=========================================================================== Editorial Letralia * http://www.letralia.com/ed_let =========================================================================== 2000: el futuro presente Varios autores === Prólogo =============================================================== La llegada del año 2000 es, no puede dudarse, un hito cultural. En el aspecto literario, es la ciencia ficción el género que mayor importancia le ha dado a esta fecha en este siglo, imaginando que a partir de este año redondo ùtres ceros se alinean sólo cada mil añosù la humanidad alcanzaría un éxtasis tecnológico o su total destrucción. O estados intermedios. La revista literaria digital Letralia, Tierra de Letras, confronta el especial año con este libro colectivo, en el que dieciséis autores hispanoamericanos dan cuenta de la forma particular como en nuestro idioma se escribe la ciencia ficción. Todos a menos de un año de convertirse en "autores del siglo pasado" ùetiqueta que hemos leído hasta el hartazgo en las enciclopedias, cuando se habla de quienes escribieron en el siglo XIXù, los escritores que aquí presentan sus textos también vieron al año 2000 como una promesa de futuro. Hoy el futuro se ha hecho presente y para celebrarlo ofrecemos este pequeño tributo. 2000: el futuro presente está compuesto por tres secciones cuyos nombres evocarán imágenes conocidas a los aficionados al género. La sección de narrativa, Crónicas marcianas, es, como lo suponíamos cuando lanzamos la convocatoria a través de los cuatro vientos de Internet, la más nutrida. Incluye textos de Eduardo Busacca, Édgar Allan García, Jorge Gómez Jiménez, Ricardo Iribarren, Eduardo Márceles Daconte, Fernando Morales, Mario Palou, Fabián Piñeyro, Lourdes Rensoli Laliga, Adrián Rodríguez Solórzano y Mauricio Ventanas. Ovejas electrónicas es el nombre de la sección de poesía, en la que aparecen dos trabajos de María Ester Fernández y Ketty Alejandrina Lis. Finalmente, hemos publicado textos de Benedicto González Vargas, Dixon Moya y Paula Ruggeri en Los mnemónicos, la sección de ensayo. En la confianza de que este libro satisfará las expectativas que se han creado los asiduos visitantes de Letralia y de la Editorial Letralia, los dejamos en manos de estos autores, y de sus peculiares visiones de la ciencia ficción. Jorge Gómez Jiménez, jgomez@digicron.com Editor =========================================================================== Crónicas marcianas (narrativa) =========================================================================== === El 2000 no, el 2001 =================================================== Eduardo Busacca (edub@superbus.com.ar) "Cada dificultad que tienen nuestros clientes es la posibilidad para nosotros de brindarles una solución. El bug del año 2000 es, sin lugar a dudas, la oportunidad del milenio". Gilbert K. Dame, vicepresidente ejecutivo de Dame Sistems, cuarta firma en facturación de servicios de informática en el estado de Obregón. Todo lo que pasó antes Alguien con mucho poder mandó preguntar a la vidente si había que temer al efecto año 2000. Ella contestó: "al 2000 no, al 2001". Pocas revistas lo informaron, pero el chip Pentium III (de la firma Intel, la más importante fábrica de microprocesadores), traía un código de identificación único. Cualquier computadora que se comunicara con otras era irrefutablemente reconocida. Muchas asociaciones defensoras de la privacidad y los derechos individuales interpretaron esto como un abuso total. Se ironizó con el lema de la empresa, "Intel Inside": pasó a ser "Big Brother Inside". Se acababa el anonimato en la red. John Grinne trabajó durante veinte años en una de las empresas de diseño de chips. Grinne era un tipo callado, tímido, de apariencia pusilánime, pero una enciclopedia viviente en lo que se refiere a la arquitectura de computadoras. Desde el año noventa y cinco en adelante, los servicios de seguridad de los distintos países fueron obsesionándose cada vez más con la posibilidad de una ciberguerra. De hecho, las violaciones a los sistemas informáticos más secretos y seguros de los distintos estados fueron poniéndose a la orden del día. De los que supieron la respuesta de la vidente, nadie dedujo nada (a no ser que la vieja ya estaría un poco arterioesclerótica) y suspiraron aliviados cuando el año nuevo del 2000 amaneció con los teléfonos celulares, los cajeros automáticos e Internet funcionando. El mundo era Y2K. Hasta ese momento los virus informáticos sólo se instalaban en archivos ejecutables, en macros y recientemente se habían logrado algunos que aprovechaban debilidades de otros programas y se ocultaban en archivos .hta o .rtf. Hasta ese momento, nadie había ido más lejos. "Hay más gente que está contra el sistema de lo que parece a simple vista". Charlton Bothiry, del FBI. El New York Times, en su edición dominical sacó un suplemento sobre una nueva realidad: sin darnos cuenta, todos vivíamos en un mundo de computadoras: cuando encendíamos el microondas, descolgábamos el telefóno, pagábamos el colectivo, las computadoras estaban en todos lados. En 2001, odisea en el espacio: ¿la computadora se llamaba Daisy? Cuando enloqueció, ¿no se puso a cantar "Mary has a little lamb"? ¿Alguien me lo recuerda? El año 2000 transcurrió apacible. Los mercados crecieron, hubo una crisis financiera en algún emergente. En algún lugar de Sudamérica, la Virgen le habló a una mujer devota diciéndole que se terminaba el mundo en fecha próxima a publicarse y aparecieron montones de productos con el texto 2000 añadido a su marca. Lo del Pentium III no le gustó a ningún hacker, como tampoco una serie de recomendaciones hechas en otoño de 1999 por el Parlamento Europeo, denominadas Enfopol: en aras de la seguridad de los estados y la propiedad privada de sus miembros, se permitía a la policía allanar, pinchar teléfonos, revisar mails, solicitar información a los proveedores de Internet, todo, sin autorización judicial. John Grinne estaba enamorado de Mary Marcelle. Tenía fotos de ella en todas las paredes de su casa. Una colección de videos de la época en que trabajaba como actriz porno y muchas cintas de su actual profesión de modelo. Lo que sucedió "No pensemos que no podemos estar peor. Siempre podemos estar peor". Abdulla Laber. El primer día de enero del 2001, exactamente cuando dieron las 0 hs. en el meridiano de Grinnewich, todas las computadoras del mundo, en un coro inconcebible, cantaron "Mary has a little lamb". Bueno, no fueron todas, pero sí muchísimas. John Grinne vació una botella de cerveza mientras miraba su video favorito de la Marcelle. Siete millones de muertos por hora fue el resultado del corderito pequeño de Mary. Accidentes de todo tipo, embotellamientos, fallas de energía, suicidios. Los del FBI, Interpol y toda la chusma vigilatoria encarcelaron a cerca de veinte mil hackers en la razzia más impresionante de la historia. Ninguno de los veinte mil pudo estar sentado frente a una computadora para tratar de averiguar lo que pasaba. Alguien recordó lo de 2001, Odisea en el espacio. Se hizo merchandising del desastre. A las doce horas, el caos cesó pero los daños y las muertes superaron las peores catástrofes. Ni el nazismo había sido tan exterminador. John Grinne, como tantos otros del gremio, trabajó en las brigadas de emergencia para restituir a los sistemas vitales su operabilidad. Ciberights denunció los encarcelamientos abusivos, el violentamiento de los derechos civiles y que, además de hackers se había aprovechado para detener activistas de derechos civiles, secesionistas de diversos grupos, musulmanes y personas de color. El presidente declaró el estado de excepción y solicitó lo mismo para todos los estados miembros de la ONU. El hombre poderoso recordó la profecía de la vidente y mandó preguntar cómo seguía: "Volverá a suceder", contestó la vieja. Y habló por primera vez del Hombre Verde. Grupos secesionistas denunciaron que todo era una maniobra de Washington para acumular poder en contra de los distintos estados de la Unión. Coincidieron en esto con el análisis de muchos grupos maoístas y troskistas. El FBI negoció con grupos de hackers su libertad y muchos dólares a cambio del descubrimiento del virus. En un diario de Oklahoma apareció la primera misiva del Hombre Verde. Decía que próximamente iba a suceder de nuevo pero esta vez sólo duraría 2 minutos. Mary Marcelle era una mujer valiente: no había temido la brutalidad de los hombres cuando comenzó a recorrer las calles a los catorce años, ni se asustó ante los reclamos de los productores de películas porno, ni temía al sida, ni a su pasado. Era una de esas norteamericanas que creen en las virtudes de América, excepto en lo que se refiere al puritanismo, y tenía la conciencia clara de pertenecer a un país en el cualquier persona podía realizar su sueño. Las brigadas de hackers montaron guardias para cuando sucediera Aquello: querían capturar al virus en ese momento. La artillería que se montó para la aparición fue la más fascinante que cualquier amante de las computadoras pudiera haber visto jamás. El hombre poderoso mandó preguntar qué había que hacer: la anciana contestó: "Esperar. El hombre verde tiene el sol a sus espaldas". La nota sobre el Hombre Verde, que apareció en el diario de Oklahoma y fue copiada por todos los del país y el mundo, costó la vida de unos cien mil desesperados más. El Hombre Verde (Green Man) fue tapa de todos los medios y no hubo hombre público que no hiciera sus especulaciones. Hasta los Simpson hablaron de él. El 23 de enero tuvo lugar el segundo ataque. Duró dos minutos, pero nadie pudo detectar cómo sucedía. Esta vez las muertes no superaron las seis cifras. El Hombre Verde pasó a ser ídolo de los muchachos Dark. Comenzaron a verse remeras con su horrible rostro verde, el que había realizado un dibujante del Washington Post. Y a continuación, en un oscuro periódico de Kansas, apareció la segunda misiva. En ella se pedía que, en uno de los principales hoteles de Kansas City, en la misma habitación fueran entregados Mary Marcelle y John Grinne. Así Grinne pasó a ser famoso y se hicieron muchos chistes sobre lo que haría en esa habitación de hotel con Mary y con el Hombre Verde. Se montaron todos los operativos de seguridad, se pusieron todos los sistemas de escuchas, el país entero giró alrededor de esa habitación en la que entraron John y Mary. Estuvieron un rato mirándose, sin hablarse y Mary rompió el silencio diciendo: "¿Vendrá el demente este o no?". Un periodista que cubría el evento fue el primero en especular sobre el apellido Grinne y su parecido con Green (Verde). Y fue el primero que tiró al aire la hipótesis de que el mismo Grinne fuera el hombrecito verde. El señor poderoso mandó consultar a la vidente pero ésta lo mandó al carajo. Las brigadas de hackers estaban atentas a cualquier cambio que pudiera establecerse en los sistemas del mundo. Los compañeros de trabajo de Grinne, sus conocidos, sus vecinos fueron reporteados. Cuando allanaron el departamento vieron las fotos de Mary y eso se filtró a los medios. Grinne escribió en un papel que le pasó a Mary: "Yo soy el hombre Verde. Quiero que te desnudes para mí, que hagamos el amor y luego te daré las claves para desactivar el virus". Mary, que no era muy quisquillosa en materia sexual como cualqueira puede imaginar, sintió un poco de escrúpulo en acostarse con ese hombre que era más asesino que Hitler. Pero era una chica inteligente y una buena norteamericana, amaba a su país y a la gente y no quería más muertes, así que se desnudó y se acostó con él. Los sistemas de video láser captaron y filmaron toda la escena. Más de doscientos efectivos presenciaron la escena con sus armas listas para atacar. Alguien vendió fotos láser del video y se publicaron en todos los medios. Las Ligas de Moralidad protestaron por esas imágenes obscenas y, en general, por la cobertura que se estaba dando a un hecho tan indecente. A esta altura nadie dudaba de que Grinne era el Verde y sus fotos y datos personales ocuparon páginas, llenaron los noticieros de los televisores y las radios. Alguien empezó a escribir la biografía del Satánico Dr. Verde. Sus conocidos no salían de su asombro. Todos coincidían el que Grinne era Mr. Pusilánime. Luego del acto sexual, John escribió: "ya está anulado el virus. simplemente revisen la arquitectura de la segunda versión de los Pentium III". Luego tomó una pastilla del paquete de pastillas que la seguridad le había permitido ingresar a la habitación cuando aún nadie sabía que era el Verde. Inmediatamente John Grinne, el asesino más grande de la historia, al lado del cual Gengis Khan, Atila y Hitler eran simples asesinos de barrio, murió. Y Mary, pese a todo, no pudo evitar derramar unas lágrimas. Luego salió y dijo: "Ya está. Se acabó". El análisis del Pentium III descubrió una parte de su código en donde estaba el virus que se activaba y reproducía a otras máquinas, el virus más asesino de la historia de la humanidad, mucho más que la viruela negra o el sida. El mundo volvió a respirar. Los hackers se dividieron en apocalípticos e integrados y la guerra de las computadoras prosiguió entre dos bandos irreconciliables: los que habían transado y los que nunca iban a transar. Los grupos secesionistas y parte de las agrupaciones revolucionarias sostuvieron que todo era una mentira del tío Sam. La historia dio de comer a todos los que alimentan las teorías conspirativas de la historia. Y Mary firmó un contrato millonario para firmar Grinne, Green y Mary, una historia erótica con un gordito simplón y un extraterreste, que fue éxito total de taquilla y donde las hermosas tetas de la modelo, su magnífico culo, en fin, toda ella se lucía como lo merecía. === Las Olimpiadas del Diadón ============================================= Ángel Campos Martín-Mora (acampo5@almez.pntic.mec.es) La sede de la nueva edición de los Juegos del Diadón había recaído en esta ocasión no en un gran mundo habitado de entre los millones existentes en el gran brazo de la espiral, sino en un remoto cuerpo rocoso lejos de las grandes civilizaciones. El Consejo Organizador lo decidió así para evitar la gran afluencia de asistentes y simplificar al máximo las tareas de seguridad. Tan sólo fueron convocados los participantes, las delegaciones de los diferentes mundos y el Jurado de la Federación. Allí se darían cita una vez más los atletas de la inteligencia, los más dotados, aquellos capaces de desvelar en algún sentido la esencia del Diadón. En el instante preciso, y como venía ocurriendo en pasadas ediciones, se mostraría de alguna forma el Primer Motor Inmóvil frente a los más aventajados teólogos de las estrellas, los sabios dotados con los más finos sensores diseñados hasta entonces. Nunca se había hecho esperar la aparición anunciada y, en cada una de ellas, siempre había mostrado un aspecto, por infinitesimal que fuere, de su estructura. Hasta entonces ninguno de los atletas había conseguido inmortalizar ningún rasgo de su esencia y, por consiguiente, todos habían sido destruidos. En más de una ocasión, dichas apariciones habían alcanzado tal virulencia que una parte de la flota olímpica desapareció junto a los participantes, a pesar de las medidas de seguridad cada vez más estrictas. Desde distintas trayectorias, todas las naves fueron llegando a los aledaños del pequeño mundo identificado por un número en el gran atlas y una breve reseña sin interés: ninguna actividad volcánica, ausencia total de atmósfera, 0'8 g en los polos... En suma, un lugar donde habría que descender con los trajes de cualquier misión rutinaria de exploración. Los transportes fueron ocupando la órbita que la Federación de los Juegos estimó más oportuna: mil kilómetros más allá de la órbita geoestacionaria. Una vez más, la seguridad imponía tal gasto de energía en mantener una órbita tan inestable. El perfil de estos campeones olímpicos era un compendio de saberes empíricos y espirituales, implementados con poderes psíquicos propios de cada especie: la telequinesia de los artrópodos de Flortan, la clarividencia de los teólogos de Cetus, la perspicacia de los gayanos... La actual edición de los Juegos del Diadón presentaba tres campeones, vencedores en las innumerables eliminatorias que tuvieron lugar en las fases planetarias y supraplanetarias: • Bésel, el mago de Flortan, entre cuyas hazañas se cuenta la inversión del sentido de rotación de un planetoide, obrador de otros prodigios que no fueron enteramente probados. Derrotó a su último adversario modificando su código genético cuando éste ya le creía vencido. • Canopus, el gran teólogo de Cetus que hubo de medirse para su nominación con el más prestigioso científico de la teoría de unificación de campos. El sabio demostró cómo los argumentos del científico se sustentaban en nociones epistemológicas contradictorias. Fue realmente cruel cuando antes de acabar con él le dijo lo que nadie se había atrevido a decirle: "tu saber no es otra cosa que una burda teodicea, descansad en paz tú y tu estúpida teoría de unificación de campos". Tal comentario le valió una amonestación del Comité de Disciplina de los Juegos. • Land, el gayano, era uno de aquellos raros casos por los que nadie apostaría. Obtuvo su clasificación haciendo gala de la perspicacia como único don. Con una técnica gris supo doblegar a adversarios espectaculares que venían precedidos de gran fama. Muchos pensaban que era un mediocre entre brillantes, pero los menos creían que había vencido a tan ilustres oponentes utilizando una mínima parte de su capacidad, y fueron éstos quienes propagaron un sinfín de leyendas de sus poderes ocultos. En definitiva, estos tres campeones eran las inteligencias más brillantes; Bésel, Canopus y Land no competirían entre sí, sino que aunarían sus fuerzas allí abajo, sobre la superficie rocosa del planetoide, donde el Diadón se mostraría en un juego en el que a cada uno les iba la vida. Era pues fundamental que cada uno confiara en los demás. Iban a ser lanzados a distintos puntos de aquel pequeño mundo y tendrían que estar en constante comunicación. Formaban un equipo y como tal tendrían que actuar. El primero que contactara con una manifestación del Diadón, comunicaría a los demás el avistamiento. Cualquier pista o información podría dar al equipo cierta ventaja en este juego tan desigual. La retransmisión de la nueva partida del Diadón contra sus criaturas se llevaría a cabo mediante tres satélites que cubrirían la totalidad de la superficie. Lo que allí ocurriese sería visionado por los mundos inteligentes cien o cien mil años después, y era posible que más de una civilización hubiera desaparecido cuando las imágenes de lo sucedido llegaran a esos lejanos mundos. Aunque los atletas culminasen con éxito su misión, no todas las especies podrían compartirlo; sin embargo, otras nuevas nacidas en los próximos cien mil años crecerían sin merecerlo con un conocimiento esencial del Diadón; darían un salto de gigante hacia la madurez evitando los desastres que todas las civilizaciones padecen en los primeros estadios de su evolución. La nave del Comité abrió lentamente sus fauces para lanzar tres diminutas cápsulas que brillaron fugazmente ante las atentas miradas del Jurado. Los transportes de Bésel y Canopus emprendieron la aproximación tomando una órbita polar, mientras el monoplaza del gayano optaba por una ecuatorial. Cada uno llevaba consigo una caja donde se había hecho un vacío absoluto, un campo energético estanco ni siquiera permeable para los neutrinos, el mejor receptáculo ideado hasta entonces para el Diadón. —Allí abajo se abre una extensa planicie, voy a descender —dijo Bésel a sus compañeros. —¡No te fíes!, puede ser una trampa —advirtió Canopus—; compruébalo con tu aurómetro. —Tranquilo, ya lo he hecho. El monoplaza de Land sobrevolaba una región torturada por innumerables impactos de meteoritos, algunos debieron ser tan grandes que sus cráteres presentaban estrías radiales que podían medirse por kilómetros. En vuelo a baja cota, su transporte rozaba las paredes de los circos cuyas sombras apuntaban en la misma dirección de su marcha. Hacía tiempo que había dejado a su espalda la roja estrella que alumbraba aquel apartado sistema, compuesto por una escasa docena de mundos deshabitados. Como en todos los planetas sin atmósfera, la oscuridad sobrevino bruscamente, muy diferente de los maravillosos crepúsculos de Gaya y sus noches iluminadas por los abigarrados racimos estelares del brazo interno de la galaxia. Una sacudida brusca de su asiento truncó su fugaz melancolía. Bésel siempre encontraba un modo original de presentarse. —¡Atento, gayano! Estoy descendiendo. Todo parece normal, mi aurómetro está en blanco. —¿Y tu lector magnético? —preguntó Land. —Registra una ligera oscilación, nada importante. —¡Verifícalo!, ¿me oyes? ¡Verifícalo! —Ya lo he hecho. Es debido a la concentración de níquel. Esa llanura es más compacta de lo que parece —dijo el mago de Flortan. —¿Hay fallas en sus bordes? —No —aseguró Bésel. —¡Sal de ahí inmediatamente!, ¡huye, es un pasillo del Diadón! —le gritó Land. —No, olvídalo, si es lo que tú piensas, yo seré el primero en captar su naturaleza, y cuando abra mi caja el misterio será revelado. —¡Maldito artrópodo! —gritó Canopus, que había permanecido en silencio a la escucha—. ¡Escucha al gayano, aléjate, vuelve a mi posición! —No necesito vuestra ayuda, es una manifestación menor y puedo atraparla solo. Bésel activó su caja segundos antes de descender del monoplaza. El mago experimentó la naturaleza mística de la planicie en cuanto se posó sobre ella. Miró a sus bordes y observó sorprendido cómo aquellos farallones ganaban rápidamente en altura con respecto a la planicie. No tardó en descubrir la verdad: la llanura se comportaba como un inmenso montacargas que se hundía en las entrañas del planetoide. Bésel se aferró a su caja mientras descendía ya velozmente al encuentro de su destino. Las paredes del gigantesco circo se llenaron de imágenes fascinantes: una sencilla lección de cómo el Diadón creó el Universo. Sin perder un segundo, el mago abrió su caja y comenzó a declamar todos los conjuros que su refinado arte le permitía con la esperanza de atrapar todas aquellas imágenes en su caja negra. Bésel dejó de emitir. Land y Canopus sobrevolaban la planicie mientras sus instrumentos de medida se habían vuelto locos; sin embargo, todo parecía normal a simple vista. Un objeto reposaba inerte sobre aquella llanura extremadamente perfecta. —Es la caja de Bésel —advirtió Canopus—. Voy a subirla. —¡No, no lo hagas! Es preferible sacarla primero de aquí y examinarla en lugar seguro. ¿Alguna objeción? —Ninguna. Los monoplazas se posaron a escasos metros de la caja que aún permanecía activada. Los indicadores "poltergeist" anunciaban la presencia de algo en su interior. La débil lectura los animó a abrirla sin las debidas precauciones. La sustancia ectoplasmática que segregó fue componiendo una borrosa figura que paulatinamente apuntaba sus perfiles. Ambos retrocedieron instintivamente. Bésel se recompuso como un genio liberado de su lámpara para gritar por última vez: —¡Lo sé, lo sé, lo he visto, por fin lo he visto! Ha valido la pena, ¡ya lo creo que ha valido! El Diadón es Narc. Instantes después, el espectro del insensato artrópodo era ya sólo un recuerdo en las confusas mentes de Canopus y Land. —¿Qué te parece gayano? ¿Narc?, ¿qué demonios significa esto? —Consultemos el diccionario Flortan. En los últimos momentos, nadie se expresa en una lengua extraña. Es muy posible que se trate de un término vernáculo; o, mejor, llamemos al Comité, ellos cuentan con un buen equipo de lingüistas y habrán visto lo que ha sucedido. No fue necesario hacerlo, un portavoz de la nave olímpica se dirigió con cierto nerviosismo a los astroatletas: —¡Atención a una nueva aparición!, la llanura ha perdido su actividad "poltergeist". —¡Maldita sea! —exclamó Canopus—. Dos preguntas: ¿qué es Narc?, ¿Tenéis imágenes de lo sucedido? —No existe el vocablo Narc en Flortan y lo único que nuestras cámaras captaron fue el gigantesco agujero que engulló a Bésel. Todo ocurrió demasiado rápido, nuestros equipos sufrieron interferencias, y cuando la imagen se restableció, allí estaba de nuevo esa llanura y la caja de Bésel. Tenéis poco tiempo para completar el trabajo, la flota entera está siendo arrastrada hacia el planeta, sólo tenemos energía para aguantar una hora, es cuanto os podemos esperar. —¡Vaya! Las buenas noticias siempre llegan juntas. Estamos a punto de atrapar el aliento del Creador y sólo se os ocurre marcharos —dijo el gayano con aparente enojo. —¡Eso es, esa es la pregunta! ¿qué es lo que alienta al Creador?, ¿por qué se nos manifiesta? ¿qué sentido tienen estos juegos para él? Land clavó su mirada en los ojos del teólogo y éste se estremeció, nadie lo había mirado de aquella forma hasta entonces. Sintió miedo y fascinación ante la revelación que le había ofrecido en bandeja el gayano. —Narc... Narci... Narcisismo. El Creador se contempla a sí mismo, se alimenta de la imperfección de sus obras, acrecienta su ego midiéndose con criaturas inferiores; sus criaturas. Pero y tú, ¿quién eres?, ¿por qué tiemblo ante tu mirada? —¡Bravo, Canopus!, no esperaba menos de ti. Yo soy Él. Ese en quien estás pensando. Activa tu caja, eres el elegido, entraré en ella y podrás exhibirme. Los siglos te recordarán como al único y verdadero profeta. Estos juegos se han acabado, ya pensaremos en otros más excitantes. Canopus, el teólogo más brillante de la estirpe de Cetus obedeció humildemente, activó su caja y la manifestación del Ser se introdujo en ella. Maquinalmente la subió al monoplaza y despegó. Pensó en su vida pasada, sus infatigables trabajos, cómo había envejecido en la búsqueda del Eterno, y ahora que estaba a su lado le pareció que su caja contenía una caricatura grotesca de sus sueños y anhelos. Miró a través de la ventanilla y sus ojos se clavaron en la llanura que el Diadón segregó, y que ahora ofrecía el aspecto de una costra reseca y cuarteada. Asaltado por una furia incontenible arrojó aquella lámpara con su ridículo genio al vacío. Allí yació la divinidad en un panteón apropiado a su catadura moral. En instantes, había reemplazado su fe en el Diadón por la de sus criaturas imperfectas pero entrañables. De sus labios emergió una oración que los siglos recordarían: Y correremos al compás que dicten los tiempos abandonando tesoros otrora deseados, y en nuestro caminar se abrirá un cielo sin estrellas hondo, pelado y mudo, un espejo en el que nos miraremos cada amanecer, al que golpearemos con dureza y entonces, sólo entonces, levantaremos nuevas catedrales a dioses que nos comprendan. === La expedición ========================================================= Édgar Allan García (garsol@ecuanex.net.ec) puedo vivir como sanguijuela por años. Charles Bukowski. La sonda caía, floja al principio, como una víbora plateada ondulando en la oscuridad, pero luego se tensaba y empezaba a temblar y a rugir como si la jalaran con fuerza desde abajo. En esos momentos sólo atinábamos a mirarnos unos a otros con miedo, en silencio. Una lucecilla proveniente del casco de Schlieman, el guía, nos permitía tener una idea aproximada de lo que pasaba a nuestro alrededor. Las paredes negras y brillosas que nos rodeaban eran lamidas por tenues chorros de agua verdosa con un fuerte olor a azufre. Respirábamos con dificultad. Martel, uno de los expedicionarios que se nos había unido a último momento, intentó encender un trikka pero éste no se prendió. Es la humedad, murmuró Clarice, pero todos pensábamos en el aire cada vez más escaso. De nuestros cuerpos se desprendía un vaho denso, pegajoso, infecto. Bajábamos lentamente, mediante un engranaje de sogas y poleas ideado por Schlieman y, según él, probado con éxito en otras expediciones. De trecho en trecho nos deteníamos y esperábamos ansiosos a que la sonda pionera nos anunciara con un bip bip el final del descenso. Nada, ni un sonido de las profundidades, apenas si nos escuchábamos a nosotros mismos, respirando con más y más dificultad cada vez, colgando en la penumbra como un racimo de animales ensartados por un gigantesco arpón. De alguna manera sabíamos que, llegado el momento, nos sacaríamos los ojos por tomar una de las mascarillas, aunque hubiéramos acordado preservar los tanques de oxígeno sólo para momentos de extrema necesidad. Luego de horas de lento, desesperante descenso, no quedábamos más que siete. Ruzzo, el ayudante del guía, se había acobardado unos quinientos metros más arriba. Vayan nomás con Schleiman, él es un suicida, yo no. ¡Yo no!, volvió a decir unos minutos más tarde y su voz se reprodujo en por lo menos cinco o seis ecos antes de extinguirse. Debemos estar a unos dos mil metros de la superficie, gimió Clarice. Pronto no habrá más cuerda, auguró Martel, con una voz tenue y pifiante que no parecía la suya. Empezábamos a asfixiarnos. Bergier se acercó al audímetro para tratar de captar alguna señal de la sonda pionera. Le pregunté si se escuchaba algo. Nada nada nada, susurró consternado. De pronto, un Schlieman aullante nos ordenó desde más abajo que nos calláramos. Hubo un ruido sordo al principio, algo como una roca golpeando contra una pared, de inmediato un chasquido siseante, largo y tenebroso, seguido de un rugido trepidante quebrándose en sucesivos, espantosos ecos. Nadie supo cómo, en medio de la súbita oscuridad, se nos vino la "cosa" encima. Sentí una sustancia viscosa, gélida rozándome la mano derecha y el rostro. De inmediato todo se volvió un remolino de gritos y gemidos horrendos. Una ráfaga eléctrica me subió por el espinazo, clavé ambas botas sobre la pared más cercana, tensé las cuerdas con una fuerza descomunal, sin pensar en nada, di un enorme salto hacia arriba. Desde entonces no hice más que jalar y escalar por esa garganta babosa, como una alimaña de las tinieblas. Cuando salí por fin a la superficie, la luz me cegó y no supe más de mí hasta que desperté en este hospital. Debo haber tardado mucho tiempo en recuperarme; al principio, sentía que iba emergiendo de una bruma densa, que mis manos torpes acariciaban una superficie rala, algodonosa, al tiempo que una enorme tenaza aprisionaba mi cerebro y lo hundía en un cubo de agua helada. Recuerdo haber gritado, pero con un ronquido extraño, parecía un gruñido de oso retumbando en un gigantesco espacio blanco y vacío. Pedazos de espejos rotos me lastimaban continuamente los ojos, pero yo no sentía dolor alguno; era como si mis percepciones externas hubieran muerto y mi conciencia profunda mirara con indiferencia lo que sucedía en la superficie. Sé que algo como un bisturí hendió alguna vez mi nuca y también que algo como un túnel de viento me succionó hacia la noche con una fuerza demoledora. Luego, no podría decir cuándo, fueron emergiendo voces, y con ellas vino el sobresalto de los pinchazos y ese olor a medicamentos, a aceites amargos, a fermentos desconocidos. Todavía recuerdo los primeros rostros que logré distinguir en medio de una luz tenue, blanquecina: la doctora Feldman y el doctor Rubianes estaban sobre mí, auscultándome. No sé si lo soñé o si en verdad alcancé a mascullar varias veces algo parecido a "la bestia de las profundidades está en camino", pero estoy seguro de que casi de inmediato se cirnieron sobre mí las tinieblas. De alguna manera, en ese tiempo ¿largo?, ¿corto?, llegué a intuir que, si bien había alcanzado la superficie, no estaba a salvo. Cuando por fin desperté, mi situación cambió mucho. Desde el principio no me creyeron lo que ya les he contado en repetidas ocasiones. Me dicen que no saben de ninguna expedición, ni de ninguna cueva o cráter profundo en los alrededores de este lugar y que jamás han oído hablar de un tal Schlieman. La mayor parte del tiempo paso solo, en un pequeño limbo de luces blancas; un puñado de tareas mínimas se adaptan con facilidad a los requerimientos de mi cuerpo y de mi mente, hasta cuando la tristeza y la nostalgia me engullen; entonces paso los días como muerto, sin probar bocado, sin hablar con nadie. Durante esas noches, cuando el aire crispado se arremolina presagiando gigantescas tormentas eléctricas, escucho con estremecedora nitidez las súplicas de Clarice subiendo por las paredes verdosas, siento las desesperadas garras de Clarice tratando de asirse a mis botas, el rugido del monstruo de las profundidades devorando a mis compañeros de expedición y, sin poder soportarlo, me revuelvo en la cama lleno de furia, de terror, de asco por esta piltrafa medrosa en que se ha ido convirtiendo mi vida, aplastada por eso que Schlieman alguna vez calificó, no sin cierta burla, de "estrategia de supervivencia". Confieso que a veces me entran unos deseos irrefrenables de aullar, de patear y cabecear hasta derrumbar las paredes que me cercan, pero me contengo, sí, me ovillo sobre mí mismo al tiempo que muerdo como un perro rabioso las correas. Comprendo que estoy indefenso y oscuramente intuyo lo que pueden estar tramando a mis espaldas. Sé que esta soledad, que este abandono es, hasta cierto punto, otra forma de sobrevivir, la garantía de que en algún momento podré escapar de este sumidero de seres lejanos y torvos. Por ahora, mi consuelo, mi único consuelo es la enfermera más joven; ella no es como los demás, no se ríe de mí ni me calma con palmaditas agresivas en el hombro ni me amenaza con la consabida terapia de shock o con enviarme a la cápsula mullida. Ella nada más me escucha, sí, se queda justo ahí, casi levitando, escuchando una y otra y otra vez la misma historia. Nunca me pregunta nada, sólo abre desmesuradamente sus hermosos ojos opalinos y luego, con una ternura que siempre me estremece, levanta su mano llena de escamas de los más variados colores, me seca el sudor del rostro, y se aleja. === El eco de Frankenstein ================================================ Jorge Gómez Jiménez (jgomez@digicron.com) Y desperté sobresaltado. Toda la noche estuve teniendo pesadillas; unas pesadillas horribles en las que me perdía en mares de circuitos integrados y passwords incorrectas. A mi alrededor, sólo disimuladas por puertas y ventanas inexistentes, etéreas pero absurdamente visibles, una multitud de computadoras me señalaban como un intruso en su compleja red de inteligencia artificial. Un eco binario llegó a mí desde el recuerdo de mi sueño: "Las computadoras dan para todo". Había una sensación como de melancolía y desesperación, a la vez, en ese murmullo. Seguramente esa frase había salido de alguna SoundBlaster escondida tras la marejada de cables; quizás, en la noche de insomnio de algún programador estrella de NeXt, esa frase había servido de apoyo y regocijo ante la aparente insolubilidad de un problema, generado por un error humano, y por la irrefrenable voltereta perenne de la data esa frase se había aposentado en el cerebro de Rogelio, insignificante programador caraqueño especialista en programas matemáticos e ingenieriles. "Las computadoras dan para todo". Siempre creí que eso era una falacia hasta esa mañana en que el murmullo empezó a seguirme a todas partes. Como un error indetectado en mi cerebro, esa frase aparecía (más correctamente, "surgía") incontenible cada cierto tiempo, a veces con regularidad de reloj y otras veces en una aleatoria y desesperante disfunción temporal total. Todo a partir de esa mañana en que desperté sobresaltado, luego de una noche absurda de pesadillas. Esa frase fue llenando el vacío que habían dejado en mí seis años de programación estructurada. El vacío de no compartir nada con la raza humana, salvo la ventana física que inundaba de luz mi cuarto durante el día y la otra ventana, más placentera en ocasiones, pero más compleja, la que representaba para mí la sola presencia de Jeannette en su corpórea verdad, en su existencia real que siempre intentaba alejarme del .28 para introducirme en su melosa malla. A Jeannette la conocí en el mercado. De eso hacía casi un año, pero su existencia era tan densa que cada día, cada minuto, cada segundo que pasaba a su lado se multiplicaba por tres o por cuatro. El final de un día de campo con ella habría sido insostenible para mi débil humanidad. No existía en ella nada electrónico, nada compatible, ella era absoluta e irrevocablemente un completo elemento de humanware. A pesar de eso, día tras día ella aceptaba soportar mi locura y venía a hacerme compañía unos minutos, y en ocasiones hasta unas horas. Alguna que otra vez, un fin de semana en que mis dedos se debatían entre seguir tecleando sentencias case y subrutinas en "C pu-pu" —como ella socarronamente definía al lenguaje—, y alcanzar su cuerpo y pasearse por las hondonadas que hacía su anatomía bajo los senos, en el anverso de las rodillas, entre su cuello y sus orejas. Si no hubiera sido por las pesadillas de aquella noche fatídica, Jeannette habría sido la mujer de mi vida. "Las computadoras dan para todo", decía el eco dentro de mi cabeza, a veces inclusive mientras le hacía el amor en algún receso que ella lograba robarle a mi trabajo en la computadora. —¿Qué pasa, Roge? —preguntaba ella entonces, e invariablemente se quedaba sin la respuesta que esperaba. Era sencillo: no podía responderle. Si le respondía, me moría. Habría sido como admitir que las computadoras me habían absorbido completamente, y no estaba dispuesto a perder los pocos minutos de placer humano que me dispensaba Jeannette. Pasaron unas tres semanas desde la noche de la pesadilla cuando pude, al fin, comprar una SoundBlaster de 16 bits. Trataba entonces en vano de interesar a Jeannette en que al menos se sentara a jugar una sesión de DooM, que escuchara los gritos de los pocos humanos que aparecían de pronto en pantalla y que se extasiara con los aullidos de los monstruos rosados. Pero Jeannette, como dije, era completamente real y humana. La realidad no era para ella lo mismo que para las demás personas. Yo era para ella Roge, aunque para la oficina fuera Rogelio-Cardozo-programador-en-ceplusplus-ingeniero-egresado-de-la-ucevé-cursos-en-el-exterior. Sé que es absurdo, y aún no comprendo cómo pudo ocurrir, pero el programador en C++ no pudo enamorarse de otra persona que de la estudiante de Letras, casi licenciada, Jeannette Morín, simplemente Jeannette, que confundía el término 486 DX4/100 con las especificaciones del motor de algún velero que pudiera llevarla hasta las Cícladas, a conocer los ídolos que vio Cortázar y que muchos siglos antes pudo haber visto con sus manos el ciego Homero. La presencia de los monstruos de DooM en el monitor, más bien le asqueaban, y sus gritos, lejos de interesarle, la alejaban de la computadora con el pretexto irreprochable de que iba a hacer café o un dulce, una de esas delicias reales que despedían tan buen aroma, exquisitez aún no simulada por el artefacto que "da para todo". Jeannette era feliz conmigo sólo cuando lograba arrancar mis manos del teclado y hacerlas posarse sobre su cintura. Tenía 22 años, una abundante cabellera rubia y los labios delgaditos, bordeando una boca pequeña como la de una niña. Le gustaba hacer para mí periquitos con esa boquita, en un intento por echarme en cara toda su humanidad, toda su presencia absoluta y real ahí, a mi lado. El resto del tiempo lo ocupaba estudiando el último año de Letras (¡oh humano oficio de escribir ficciones!) y atendiendo a un hermano que estudiaba aún el bachillerato, y al que nunca conocí. Una de las cosas que más le molestaban a Jeannette era el ruido del módem. Por eso, eliminaba la salida de sonido de la corneta cuando ella estaba en el apartamento, para no inquietar su existencia tan real y corpórea. Justamente algo que me transmitieron por el módem desde la oficina, me hizo entrar en la espiral. Una espiral perenne, cada vez más profunda, en que todo programador siente que se introduce una vez en su vida, y de la que sólo saldrá el día que el estallido atómico borre cualquier forma de energía electrónica existente sobre el planeta. Durante un descuido del gerente, uno de los empleados, a quien conocía sólo como un puñado de caracteres que aparecían de repente en la pantalla durante las transmisiones, me hizo activar un download para transmitirme un programa que había comprado donde un pirata. Ya yo había hecho el upload de los códigos que me habían encargado para un programa de ingeniería, y no pude contener la avaricia por esos escasos y aparentemente inofensivos doscientos cincuenta kilobytes que me ofrecía el colega desde la oficina, al otro lado de la conexión. Terminada la transferencia, me despedí del colega, dejé saludos para el gerente y corté la comunicación. Salí al DOS, unzipeé el archivo en mi directorio de pruebas y le pasé el F-Prot por pura precaución, pues nunca había tenido problemas con los ejecutables que me enviaban desde la oficina. El gerente era uno de esos computistas (qué palabra tan detestable) autodidactas, que habían empezado sentándose frente a una computadora desde muy jóvenes por la pura curiosidad de conducir una básica motocicleta de Accolade, y que eventualmente terminarían aprendiendo algunos comandos esenciales en Clipper para incrementar la curva de aprendizaje y convertirse en uno de los mejores programadores del país. Ese comportamiento le había obsequiado la valiosa renta de un sentido inquebrantable de la precaución ante los virus, después de varios ataques mortales que, siendo aún joven, le hicieron sacarle bastante dinero a sus padres, en costos de mantenimiento con técnicos poco confiables, de esos mineros que escarban en la ignorancia del usuario promedio. El ejecutable tenía un nombre poco menos que críptico: SXFX.EXE. Había igualmente seis archivos con extensión .XFX, y ningún READ.ME ni nada parecido. Tecleé SXFX y los caracteres de la pantalla fueron desapareciendo en un breve y torpe difuminado que terminó en una pantalla rosa en la que en breves instantes apareció el logo del programa, unas letras ampulosas, como hechas con chicle, que decían: "Sex FX". Era un visualizador de fragmentos de video, y por supuesto éstos eran simples escenas porno. Una risa estalló a mis espaldas. Jeannette, con una bandeja sobre la que había tazas y platillos, se reía de la orgía electrónica que estaba apareciendo repetitivamente en pantalla. Cerré el programa, algo molesto, y borré el contenido del directorio. Jeannette y yo nos sentamos frente a la tele, y pasamos canal por canal hasta que llegamos al Discovery, donde nos quedamos mientras comíamos los panques y libábamos el aromático café que ella tan gentilmente me había preparado. Todo tan humanware. "Descubra su mundo. Visite el interior de una computadora y recorra con nosotros el camino de los datos...". Jeannette agarró el control y se lanzó cuatro canales más adelante, hasta el Cartoon Network. Llegó el fin de mes y con él algo de dinero con el que compré un nuevo disco duro de 1.2 Gb. Tenía que transferir la data desde el disquito de 240 Mb, así que me ocupé de hacer el respaldo de mis programas durante todo un fin de semana, preparando el terreno para el inevitable desenlace del pequeño disco. Borrando aquí y desplazando más allá llegué al directorio de downloads del Procomm. Perenne, casi imperceptible en sus 253,478 bytes, esperaba agazapado al Deltree el pequeño SXFX. Casi podía sentir su respiración, mientras el comando DELTREE /Y esperaba por el nombre del archivo a eliminar. Una, dos, tres, once veces presioné la tecla Backspace y, en vez de eliminarlo, lo mandé a un disquete de 5¼"DD de los que aún me quedaban escondidos en alguna parte, y allí pretendí olvidarme del programa hasta que se me ocurriera mandárselo a algún aberrado en cualquier lugar de Internet. Pero no. No podía olvidar el programa. Semana tras semana, cuando llegaba el domingo y Jeannette pasaba el plumero sobre las máquinas, siempre llegaba hasta las cajas de disquetes y yo la observaba mientras limpiaba esa cajota roja de Basf donde yo sabía que estaba el programa, sobreviviendo dentro del disquete, recostado con otros de su ya casi extinta raza de 5¼"DD. Observando a Jeannette mientras limpiaba justamente esas cajas de disquetes, más de una vez aparecía de nuevo el persistente eco: "Las computadoras dan para todo". Jeannette se iba temprano los domingos para preparar el material de la tesis. Ese era el único contacto que tenía con la computadora, pues sólo para eso estaba instalado el Word 6 en el gigante de un giga. Ella llegaba a veces cuando yo estaba haciendo alguna diligencia en el mundo real, y se sentaba y adelantaba algo, o esperaba que yo durmiera un poco, después del sexo, para entonces instalarse con sus anteojos de estudiante de Letras y teclear sus metáforas y sus análisis hasta que yo volviera en mí, o regresara de la calle. Entonces, prudente y tratando de ser imperceptible, ella almacenaba, salía del Word y de Windows y me dejaba la C:\> limpia y gris, como siempre. Yo trataba de que ella entendiera que no me molestaba que ella siguiera trabajando en su tesis, en su instrumento para obtener el tan ansiado título de licenciada en Literatura Clásica, pero ella insistía en que prefería dedicarse a vulnerar mi talón, que en analizar el significado metalingüístico del talón de Aquiles y demás artilugios homéricos. "Las computadoras dan para todo". Un día se me salió la frase, casi de manera inconsciente, mientras almorzaba con Jeannette. Ella me miró con una expresión inmensa de reproche, como si hubiera dicho una sarta de malas palabras en público con un megáfono en la mano. "Te estás volviendo loco, amor", me dijo entonces con esa increíble capacidad suya de entenderme, de comprender el significado de mis subrutinas sinápticas. La muchacha me sonrió, al momento que me preguntaba si era periodista. "No... Soy ingeniero. Estoy preparando un programa y necesito grabar unos sonidos". Pareció no entender nada, así que le pagué y me fui. Siempre, tontamente, esperando que la raza humana me entendiera, como si fuera poco haber descubierto ya que sólo en un BBS, en Internet o en la oficina había gente con los mismos intereses que yo. El mundo estaba caminando de espaldas a mi computadora y yo suponía que era al contrario, que estaba contribuyendo, con mis códigos, a crear un mundo feliz. Esa noche escondí la grabadora detrás de la cama, amarrada a una de las patas, donde pudiera alcanzar los botones. Cuando llegó el momento del sexo con Jeannette, inicié la grabación. Quizás porque estaba consciente de que tenía una grabadora a pocos centímetros de mi cabeza, me parecía escuchar el paso de la cinta bajo el cabezal aún más cerca que los gemidos de Jeannette, sentada sobre mi cuerpo en franca posesión. Al principio fue algo engorroso. El saber que tenía una grabadora registrando todos los sonidos, inclusive el roce de nuestros cuerpos con las sábanas al término de cada encuentro sexual, me inhibía y muchas veces me obligaba a interrumpirlo todo. Jeannette me miraba entonces con angustia. Así tuviera que trabajar cansonamente el juego sexual, ella tenía que continuar en acción, pues esas interrupciones la dejaban irritable el resto del día y ni siquiera un satisfactorio coito posterior podía calmarla. Así que poco a poco aprendí a mantener mi fogosidad en nuestros encuentros sin que la presencia de la grabadora me cohibiera. Al cabo de algunos días había grabado suficientes cintas en las que los gemidos de Jeannette contenían el elemento de mayor interés para mi experimento. Sin saberlo, Jeannette me había proporcionado el primer eslabón de la cadena de caballos de troya que estaba a punto de construir a partir del absurdo eco que resonaba en mi cabeza: "Las computadoras dan para todo". No me fue difícil conseguir con un amigo que hacía jingles para comerciales de TV con su computadora, un decodificador para convertir el sonido de los casetes en impulsos electrónicos almacenados en archivos .WAV comunes. Mis primeras experiencias fructíferas con la SoundBlaster se tradujeron en tener a Jeannette, en sus gemidos, dentro de mi computadora. Mientras Jeannette sólo contaba con las células de su cerebro para concatenar durante los momentos de ocio en la universidad el recuerdo de nuestros momentos íntimos, yo contaba con una herramienta más sofisticada que la simple grabadora. Es justo decir que nunca escuché sus gemidos desde el medio original, la grabadora, con otra finalidad que compararlos con la increíble fidelidad que conseguí a través de la SoundBlaster. La grabadora, los gemidos de Jeannette contenidos en las cintas, eran para mí únicamente un elemento más de trabajo. Algunos de mis programas esperaron mientras edificaba un pequeño TSR que me dejara escuchar una y otra vez los gemidos de Jeannette. Fueron tres o cuatro días de programación intensiva, tras los cuales pasó algún tiempo durante el que sólo recordaba el programa para añadirle alguna característica o experimentar mezclando varios archivos .WAV con el fin de lograr experiencias que nunca habían ocurrido, como escuchar varios orgasmos de Jeannette como si hubiera sido una ola incontenible. Sin que ella lo sospechara, había creado con mis herramientas una Jeannette fónica y binaria, que era capaz de tener cincuenticinco orgasmos, uno detrás de otro, mientras yo inocentemente adelantaba el trabajo de la oficina. Extrañamente, mi trabajo fue más veloz durante esos días. De mis dedos emanaban líneas y líneas de código y en la oficina era muy comentado, como me lo dijo el gerente durante una transmisión con el módem, que ese año de seguro obtendría el botón como Contratado del Año por la cantidad de trabajo que estaba desarrollando. Los orgasmos de Jeannette, al contrario de lo que había pensado antes, estaban convirtiéndome en un trabajador modelo, en un componente más de la máquina, como si ésta generara por sí sola los códigos necesarios para edificar las cada vez más exigentes aplicaciones de la empresa. "Las computadoras dan para todo". Jeannette no es ninguna tonta. Es cierto que ella sabía encender la máquina, teclear WIN y abrir la ventana Word, donde se encontraba el inefable icono esperando por ella. Con el mouse, ella era una estrella. Fácilmente, a pesar de que a raíz de la redacción de su tesis esa era la primera vez que ella tocaba una computadora, aprendió a manipular al Word para generar las citas y las notas de pie de página, y se volvió muy rápida en la generación de cuadros históricos para su trabajo. Al cabo de unos meses, era constante en ella devolverse hacia los primeros capítulos y aplicar en el diseño de su tesis los conocimientos que poco a poco iba adquiriendo en las múltiples herramientas provistas por el procesador de palabras. Así que sólo fue cuestión de tiempo para que ella empezara a sentir curiosidad por la naturaleza de un archivo ejecutable. Su curiosidad la llevó con toda naturalidad a preguntarse cómo la computadora ejecutaba aparentemente por sí sola las tareas que ella le encomendaba, y así descubrió en los pocos momentos que se iba al DOS la presencia de archivos .BAT, .COM y .EXE que al tocarlos eran capaces de mostrar informes de columnas de concreto, pasearse por todos los archivos del disco duro o decirle al usuario que su computadora tiene una extraña forma de gripe y que se podría eliminar el virus o renombrar los archivos infectados. O mostrarle los gemidos de un orgasmo múltiple demasiado largo. Fue como una tormenta. Alguna que otra vez me pregunté qué pasaría si Jeannette llegaba a descubrir el programa con el sonido de sus orgasmos. No sería demasiado difícil que ella activara el programa desde el Administrador de Archivos, y que al ver el mensaje de precaución, envuelto en esa caja azul y gris —los colores que su Roge siempre le pone a sus programas—, indicándole que ese programa no podía correr bajo entorno Windows y agradeciendo al usuario se saliera al DOS para reintentar la ejecución, ella siguiera las instrucciones y finalmente descubriera la razón de que aquella vez Roge se hubiera mostrado algo frío en la cama. Cuando llegué a casa la encontré con los ojos acuosos, sentada frente a la computadora. Había encontrado la grabadora y dos de las cintas, y aunque no encontraba relación entre lo que estaba allí grabado y lo que escuchaba por la SoundBlaster, debido a los múltiples cambios y mezclas que hice, reconocía sus gemidos y aquel apodo que sólo ella se atrevía a ponerme. Roge... Roge..., dejaba escuchar de vez en cuando la SoundBlaster. Jeannette se sentía invadida. Empezó a mirar el monitor con rabia. Y no era para menos. Pensaba que de seguir por ese camino, un buen día habría sido desplazada por esa gran caja blanca en la que Roge, su Roge, osó meter sus orgasmos y, no contento con eso, modificarlos a su gusto, como si no fuera suficiente que ella existiera, que ella tuviera cuerpo y cabello y boquita de niñita que hace periquitos y sexo real. Estuvo varios días como ausente, además de sus ausencias reales en que iba a la universidad o ayudaba al hermano llevándolo al sitio exacto de la biblioteca donde conseguiría lo que necesitaba para tal o cual informe. Un buen día, de repente, noté que al llegar ella había recobrado su gracia y su natural forma de ser, su sonrisa transparente, y supuse que se había acabado la lluvia. Fue por esos días cuando descubrí que hacían falta dos disquetes azules de baja densidad. Sólo curioseaba en mi disco duro el día en que me di cuenta de que no había por ninguna parte archivos .DOC, y recordé que habían pasado ya dos días después de su última visita. Dos días. Nunca había dejado pasar más de un día sin venir a mis brazos. Fue ese día cuando me di cuenta, sin esperar mucho, que Jeannette me había abandonado, y que había preferido dejarme su sonrisa y llevarse su tesis. Ya conseguiría una computadora donde terminarla. Un sentimiento de soledad increíble se apoderó de mí. Al parecer Jeannette había aprendido a utilizar la computadora más allá de lo que yo pensaba, pues resultaba evidente que no había simplemente eliminado los archivos de su tesis, sino que además había defragmentado el disco duro para así no dejar en él ningún rastro binario creado por ella. Su Roge se quedaría únicamente con los gemidos, que a pesar de haber emanado de ella, se sentía sin derecho a borrar, comprendiendo que más allá del hecho básico de existir allí una grabación de su voz en pleno orgasmo, había un programa, líneas de código de mi propiedad, aunque las considerara líneas de código sucias, creadas a su entender para molestarla, para invadirla, para robarle y manipular a mi gusto sus orgasmos, para tener una Jeannette paralela enteramente contenida en instrucciones que rebotaban en un chip de silicio y eran de nuevo arrojadas al espacio de mi apartamento en forma de gemidos electrónicos. Una mañana, sin razón aparente, desperté, al fin, con la conciencia de mi propia y absoluta soledad. Me afeité —llevaba más de una semana sin hacerlo— y encendí la máquina. Como durante los días previos al desastre con Jeannette, activé el TSR y me puse a trabajar entre los gemidos. Y así volví al ritmo al que me había habituado antes de conocer a Jeannette. Cierto día una vecina me ofreció un cachorro que le había quedado de la última camada de su perra, una digna representante de la raza callejera. No soy muy amante de los animales, pero supongo que la costumbre de no estar solo me había arropado ya, y decidí adoptar el perrito, al que llamé Tetris. Nuevamente mi productividad fue en ascenso y alcancé el nivel al que había llegado justo después de terminar el programa, y del cual había caído estrepitosamente cuando Jeannette me abandonó. Al término de algunos días consideré que el programa había llegado a su nivel máximo de perfectibilidad posible respecto a las herramientas que tenía, e hice el upload para que lo revisaran algunos colegas de la oficina. Lo hice casi sin pensar; si me hubiera detenido a reflexionar el asunto quizás no lo hubiera enviado, pues era como enviarles una cinta de video conmigo haciendo el amor con mi mujer. "Las computadoras dan para todo", resonaba en mi cabeza mientras el marcador del upload en el Procomm se acercaba rápidamente al 100%. Pasaron algunos días y recibí noticias de mi programa. Quienes disponían de tarjeta de sonido en las computadoras de sus casas fueron los primeros en enviarme mensajes, describiéndome los efectos del programa. Invariablemente todos lo usaron en un primer momento como una distracción, hasta que se dieron cuenta de lo bien que trabajaban cuando lo usaban como TSR mientras programaban. No pasó mucho tiempo antes de que empezaran a lloverme archivos .WAV con las relaciones sexuales de cada uno, para que los procesara de la misma manera como lo había hecho con las mías. Llegó el momento en que tuve que compartir mi tiempo entre el trabajo de la oficina, las mezclas de archivos .WAV y la alimentación del cada vez más robusto Tetris, perro casero por excelencia, que nunca me molestaba para que lo sacara a pasear y que en poco tiempo aprendió a orinar en el albañal del baño. Eventualmente registré el programa con la ayuda de un amigo abogado, y empezaron a lloverme vía Internet solicitudes desde varios puntos del planeta. Poco a poco, Jeannette y su medio centenar de orgasmos estaba haciendo crecer mi cuenta corriente. "Las computadoras dan para todo". Cada vez que el eco resonaba en mi cabeza, una nueva adición era anotada para hacerla más tarde en lo que sería una versión posterior de mi programa, que a la sazón se llamó Real Sex Sounds 69.0. Desde varios lugares del planeta, mis espontáneos seguidores ofrecían variantes del programa para todos los gustos sexuales. Versiones sadomasoquistas contenían los gritos de un sacerdote que se dejaba golpear salvajemente por una prostituta lesbiana. Había quienes grababan el jadeo de una pareja de perros para calmar las ansias de los zoófilos. Una versión como ésta casi enloquece a Tetris una noche. Y yo, sentado frente a mi computadora, empezaba a establecer contacto con algunos ingenieros electrónicos para la nueva versión del programa, que incluiría una adición de hardware. Un mensaje, dirigido a todos los puntos del planeta que conocía donde podría existir algún ingeniero electrónico que pudiera ayudarme, dio la vuelta al mundo y en una semana tenía en mi buzón más de trescientos mensajes de aspirantes a colaborar con el hombre que se había vuelto tan famoso últimamente en el ciberespacio gracias al TSR que dejaba escuchar un orgasmo de cincuenticinco partes. Envié mis disculpas a todos porque suponía iba a demorar en revisar todas las solicitudes, y mientras más solicitudes revisaba más iban llegando, copando mi buzón y obligándome en poco tiempo a hablar con mi proveedor Internet para que cancelara mi cuenta y abriera una nueva con otra dirección. Cuando mi proveedor atendió mi petición, tenía en mi poder casi setecientas solicitudes para trabajar conmigo en mi nuevo proyecto. No me quedó más remedio que procesar las solicitudes con un ayudante. Me busqué en la universidad un muchacho de los primeros semestres y lo senté en la 286 a llenar una base de datos que yo mismo construí una tarde. Le di instrucciones para que obviara "ingenieros" demasiado jóvenes que podrían ser sólo muchachos oportunistas que querían averiguar qué podían conseguir; y a los demasiado viejos porque tenía la sospecha de que si un ingeniero de más de cuarenta años de edad estaba buscando aventurarse en un proyecto como este seguramente no debía ser realmente competente. Conociendo los riesgos implícitos en este método de trabajo, pero convencido de que de todas formas entre las solicitudes que sí entraran en mis condiciones debía estar el genio que estaba buscando, el estudiante empezó a trabajar y en una semana tenía completa la base de datos. Le pagué y le prometí que sería el primero en probar el producto de mi trabajo. Después de mucho buscar, decidí asociarme con Heny Umbra, un joven ingeniero electrónico de Massachusets que decía haber construido varios dispositivos sensoriales para medianas corporaciones que al final dejaban sus proyectos en la fase experimental por considerarlos poco factibles económicamente. Entre mis ahorros y lo que había producido la venta de Real Sex Sounds 69.0, pude pagarle el viaje en primera clase. Lo recibí en el aeropuerto de Maiquetía la noche del 23 de diciembre y de inmediato nos encerramos en el apartamento, le mostré el código del programa y le planteé mi idea a grandes rasgos mientras Tetris probaba los chocolates gringos que Heny había traído en su mochila. Nos fuimos a dormir cuando ya el sol empezaba a vislumbrarse por el este. Cuando desperté, Heny no se encontraba. Casi a las 2 de la tarde regresó con unas cajas. Me explicó en su español chapuceado que había hecho unos contactos con unos amigos de Caracas que había conocido en Internet, y que éstos lo habían llevado a los sitios donde podía conseguir lo que estaba buscando para iniciar el proyecto. Le insistí en que el proyecto debía mantenerse en secreto hasta que tuviera forma casi definitiva, y me dijo que no me preocupara por ese aspecto. Mientras Heny ocupaba el día en hacer cálculos y diagramar planos en una computadora equipada con un procesador Pentium que habilité para tal fin, yo iba saliendo como podía del trabajo de la oficina y pedía disculpas a un montón de nuevas solicitudes que empezaron nuevamente a llover cuando todo Internet descubrió que había cambiado mi dirección. Tetris, perro educado, se encargaba de llevar pantuflas y comer chocolates gringos que semanalmente le llegaban a Heny a través de la valija de un banco, donde un empleado, amigo electrónico del ingeniero, los recibía y se los traía al apartamento. Al final de cada día, yo evaluaba los avances de Heny y corregía algunos errores de concepción. Pasaron varios meses a este ritmo. Cuando tuvimos el producto lo suficientemente adelantado como para decir que habíamos obtenido un pre-prototipo, empezamos a pensar cómo probarlo. Se trataba de un dispositivo que, conectado a la computadora y dirigido por un programa —el cual igualmente se encontraba en su fase preparatoria—, era capaz de enviar señales electrónicas a las células sensitivas del organismo. Por supuesto, la intención era perfeccionar al Real Sex Sounds hasta el punto de convertirlo en Real & Hard Sex 69.0. El dispositivo que construimos semejaba una gasa de cuero con esponjas, como el tentáculo de un pulpo pero a la inversa, y se conectaría al pene para simular una relación sexual completa. "Las computadoras dan para todo". No nos atrevíamos a probarlo con nosotros mismos. Heny fue el primero en mirar con suspicacia a Tetris, quien no sospechaba que iba a ser un perro de indias y, además, presentaba una ventaja relativa: Tetris aún era virgen. Contábamos con su instinto, que había demostrado bastante acentuado cuando escuchó los jadeos caninos de la versión que comenté más arriba. Nos ocupamos durante dos semanas de estimular ese instinto con algunas perras callejeras que traíamos de la calle, y jugando a Pavlov empezamos a inventar la manera de que Tetris reconociera en el dispositivo —aún sin nombre— a una apetitosa vagina canina. Finalmente tuvimos que impregnar la gasa de cuero con las secreciones de algunas de las perras que obtuvieron mejor respuesta de Tetris, y así llegó el gran día. Tetris casi se nos muere. Nos fue difícil controlar la situación debido al agresivo instinto de su raza. Al contrario de los humanos, los perros no pueden quedarse quietos mientras su compañera se ocupa de conducir la relación sexual. Ellos están impelidos a moverse por su instinto, y el aparato estaba diseñado para satisfacer y explotar a la vez la capacidad del macho humano de hacer el amor de forma pasiva. Por supuesto, Heny y yo estábamos convencidos de que esto sería sólo el comienzo de un macroproyecto de sexo virtual. Lo que ocasionó problemas con Tetris, quizás, fue la eyaculación del can, que casi genera un cortocircuito. El susto dejó a Tetris tan afectado que durante una semana no quiso probar los chocolates y mucho menos saber de las perras. Sin embargo, seguíamos estimulando su instinto y éste fue más fuerte que Tetris, al cabo de varios días, cuando por fin decidió montar a una de las compañeras de turno que le trajimos. Pasado el susto, nos sentamos a evaluar los resultados del experimento. Concluimos en que la eyaculación de Tetris era el marcador para indicar que el proyecto iba por buen camino, y empezamos a crear una malla protectora que impidiera el paso de grandes voltajes hacia el organismo receptor. Un par de pruebas nada traumáticas para Tetris nos hicieron probarlo en nosotros mismos al cabo de una semana, y el resultado fue realmente un fracaso. Heny admitió no sentir ni siquiera cosquillas, y aunque no servía para mucho como alivio, yo sí recibí cierto cosquilleo hacia ciertas partes del pene, pero a intensidad variable y sin uniformidad alguna. Por supuesto, pensamos que en esto tenía algo que ver cierta diferencia entre el sexo del can y el sexo humano, así que construimos un nuevo dispositivo, más grande y con más contactos, que al cabo de varias docenas de pruebas dio, al fin, a Heny, una eyaculación casi tan satisfactoria como la que hubiera conseguido con una compañera humana. Mientras tanto, Tetris empezó a fastidiar para que lo dejaran salir a la calle. Al cabo de algún tiempo, Tetris se convirtió en un galán de primera y llegaba en las noches rasguñando la puerta del apartamento, hediondo a sexo, moviendo desenfrenadamente el rabo y con una expresión que parecía una sonrisa de satisfacción. Así, Heny, Tetris y yo, cada quien en su campo, acabábamos de entrar a una nueva y más atractiva fase de nuestras vidas. La presentación oficial de la versión definitiva de Real & Hard Sex 69.0 fue casi un evento clandestino. Se había anunciado a través de mensajes privados en el BBS, y algunos amigos acudieron a llevarse los primeros prototipos. A todos se les recomendó que usaran preservativos o probaran los impulsos en partes menos sensibles, como las manos, pues siendo un proceso artesanal, y no industrial, era factible que alguna de las Virtual Vaginas —nombre que definitivamente adquirió la "gasa de cuero"— hubiera quedado con desperfectos. Afortunadamente, ninguno de esos primeros valientes —la historia les debe su riesgo— reportó efectos perjudiciales y todos se convirtieron en fanáticos del RHS69. Como es de suponer, apenas se conoció de lo que fue llamado "la última locura de Rogelio Cardozo", Internet se transformó en un campo de batalla por obtener información sobre cómo hacerse con un RHS69. El producto estaba compuesto por una Virtual Vagina conectada a la computadora por medio de un cable como el del módem, y manipulado por un programa que era capaz de enviar los impulsos electrónicos requeridos para simular una felación, un coito normal o inclusive un coito anal. Un buen día viajé a Estados Unidos, donde me reencontré con Heny, quien había partido a su tierra natal semanas antes para promocionar el producto y gestionar el registro de la patente, que me concedía a mí derechos sobre el software y sobre la idea, y a Heny los correspondientes al desarrollo del hardware. Al transcurrir el tiempo, Heny se convertiría en un ingeniero cubierto por la fama y desarrollaría otros importantes inventos en nada relacionados con el sexo virtual, aunque antes de desligarse del trabajo original fue casi obligado, por las miles de mujeres que querían probar el sexo virtual, a crear un pene virtual con el mismo sistema. Prácticamente, lo que hizo fue "voltear" la Virtual Vagina. Sex Factory Inc. —la empresa que creamos para la ocasión del registro del RHS69— se convirtió en el objeto de todas las miradas. Cada vez que anunciábamos una nueva adición al programa, temblaban los otros fabricantes de dispositivos sensoriales. En realidad, en cuanto al hardware, no teníamos planteado crear algo demasiado más allá de lo que ya habíamos hecho, pero las adiciones de software se convirtieron en una fuente espectacular de ingresos. Le compré su propio harem de perritas finas a Tetris, quien con eso se sentía absolutamente recompensado por su intervención en el desarrollo del sistema. El día que Geraldo me entrevistó en Los Angeles frente a un público risueño, satisfecho por los resultados del producto, recibí por el celular una llamada de uno de mis abogados, anunciándome que tenía que hacer frente a una demanda millonaria que había interpuesto en un tribunal de Caracas la ciudadana Jeannette Morín por haber hecho públicas sus relaciones sexuales. En uno de los módulos del programa, en efecto, se escuchaba lejana, entremezclada con miles de orgasmos que habían servido para el sonido del sistema, la vocecilla anhelante que gemía, con evidente pasión, Roge... Roge... Supongo que pasará mucho tiempo antes de que se calmen las aguas. La demanda de Jeannette terminó en que Sex Factory Inc. tuvo que eliminar el fragmento y redistribuir los archivos .WAV entre los miles de usuarios en todo el planeta, además de cancelar a la afectada una sustanciosa cantidad de dinero. Eventualmente, Jeannette contrajo al cabo de unos años matrimonio con un escritor de segunda de Caracas, quien se encargó de escribir la autobiografía de mi ex, con lo que ésta terminó de sentirse satisfecha y no volvió a aparecer nunca más en mi vida. Sospecho que, en el futuro, Sex Factory Inc. se encargará de construir dispositivos más completos y más sofisticados, que cubran todo el cuerpo y satisfagan las necesidades de los sadomasoquistas y otros gustos extraños, como en el principio lo hice yo con los sonidos del Real Sex Sounds 69.0, programita pionero de mi actual fortuna. Supongo que por haber concluido el trabajo, ya no he vuelto a escuchar más aquel eco, "Las computadoras dan para todo", pero indudablemente los pasos están dados y la tecnología sensorial ha dado un gran salto para la humanidad. Más temprano que tarde, el "sexo opuesto" será un concepto más de la informática. Por mi parte, al igual que por parte de Heny, lo único que nos liga a la empresa es el reporte mensual de ganancias. 1995 Últimos hombres Ricardo Iribarren (iribcita@favanet.com.ar) (De: al-Azif: Canto de insectos nocturnos) Avanzada la noche, Abdul dirigió la pequeña nave con forma de mezquita hacia el descampado del planeta aún sin nombre. No necesitó la fórmula alfanumérica con la que se identificaba en las planillas de navegación: estaba prohibido usarla fuera de lo absolutamente necesario; según el Korán y el al-Azif, debía evitarse la muerte que producía la cifra. La nave se deslizó con facilidad, ya que el suelo del planeta era de tierra mezclada con partículas de metal muy finas. Fuera de la metrópolis, se formaban pistas de aterrizaje naturales, firmes y lisas. Abdul maniobró y dirigió el visor hacia la ciudad. A aquella hora, sólo quedaban encendidos los faros ambarinos de los edificios más altos, irradiando hacia el cielo azul de la noche reflejos mortecinos, sin brillo. El propio sol del planeta emitía en sordina su brillo y su calor, como si en él toda luz perdiera su potencia. La ciudad ocupaba las tres cuartas partes del planeta: alta tecnología, edificios colectivos, paredes plateadas, vacías, tanto dentro como fuera de las viviendas. Los habitantes, vestidos con prendas plateadas, ajustadas, se movían lentamente como hundidos en un extraño sopor y todos sin excepción mantenían la misma sonrisa pacífica, ausente. Por lo demás, el planeta era similar a la Tierra: una atmósfera respirable, con una cantidad muy elevada de metaloides, lo que daba al aire un leve olor a óxido. Pasaron las horas; Abdul recorrió con la computadora de la nave los suburbios, el centro de la ciudad, el cordón industrial; algunos depósitos cerraban; los obreros, como autómatas dentro de sus uniformes plateados, iban de un lado al otro. Abdul siguió mirando las calles solitarias; su misión era encontrar algo diferente a aquella uniformidad. Recordó al antropólogo virtual, confinado a las pantallas del sistema central de computadoras. Siempre vestido con el sayo negro y blanco, con su rostro tapado. Aquella mañana había volcado el informe pronunciándolo con su voz neutra: los habitantes del planeta disponían de una técnica importante que no era mantenida ni acrecentada; no había niños, poca población joven con escasos nacimientos. No se detectaban sistemas de creencias, o algo parecido a una religión. Pocas veces el antropólogo era tan escueto y daba un informe basado en cosas negativas acerca de la población de un planeta. Cuando terminó, Abdul y los otros tripulantes se volvieron al anciano Shar'iah, arrodillado y sumergido en el rezo del Dhikr y del Shikr, pasando las cuentas de su rosario; volvió hacia ellos su rostro suave. Como siempre que debía pronunciarse sobre algo importante, se tomó tiempo antes de hablar. —Según dicen los informes técnicos, la ciudad del planeta está asentada en una plancha de acero y cemento. Esto hace que las plantas de sus habitantes nunca tomen contacto con la tierra; ella no puede trasmitirle sus secretos. En cuanto a su lenguaje es muy complejo y recién estamos manejando sus principios básicos. Tienen un nombre, cuya traducción latina sería algo así como "Finisterre". Taqlid había mirado con sus ojos brillantes la figura del antropólogo, mientras acariciaba el alfanje-láser. —Si no tienen religión, maestro, podremos exhortarlos a que abracen el Islam y si se niegan, hacerles la Guerra Santa... —¿Qué Guerra Santa, hermano? —La Jihad, a la que se refiere el profeta cuando habla de aniquilar a los infieles —los ojos de Taqlid miraban con su brillo típico, apasionado y frío. —En una Sura del Korán, el profeta llega a la puerta de Medina con sus tropas luego de haber salido triunfante de una larga batalla. Entonces arenga a sus soldados diciendo que acaban de llegar de la pequeña Guerra Santa y que ahora deberán enfrentarse a la Gran Guerra Santa, que es la decisiva, la que ocurre en cada uno de nosotros. Te pregunto entonces: ¿a qué Guerra Santa te refieres? Taqlid hizo silencio y no contestó; apretó sus labios, de por sí muy finos, hasta casi hacerlos desaparecer: nunca se convencía cuando lo contradecían y custodiaba dentro de sí su pasión, llena de guerras sagradas y muertes de infieles. Ahora jugó nerviosamente con su alfanje-láser enfundado en su estuche trasparente: la hoja plateada era como la de un alfanje común de acero bruñido, pero interrumpida de tanto en tanto por vibraciones azules que lo recorrían con un suave zumbido. —Volviendo al planeta —siguió el anciano— los hombres que lo habitan se encuentran en un profundo estado de vejez. Allah parece haberlos abandonado, retirando su enorme mano que los sostenía. Es un pueblo que está muriendo y no lo saben o no les importa. —¿Qué haremos?, anciano —preguntó Abdul; el viejo suspiró antes de contestar. —No lo tengo claro. Si los dejamos librados a su suerte estaremos obrando mal; debemos tener una idea más precisa de lo que ocurre entre ellos. Debemos saber si son los últimos hombres de los que habla el Nuevo Korán, aquellos que han dejado por completo la verdad fundamental de la vida, aquellos que viven en un delgado sueño que tiende a desvanecerse... El hombre lo miró y le alcanzó la Caja de al-Hazred; Abdul la tomó, e hizo una reverencia. —Tú irás. Ahora cumple con el ritual en el oratorio. Antes debes saber que mi cuenta del Dkhir se ha interrumpido en al-Hallaj... conoces la historia. Abdul volvió a hacer una reverencia con la caja en las manos. —Conozco la historia, pero quisiera que me la relates otra vez: la inspiración de los grandes maestros desde el fondo de la historia siempre nos sirve... —En el año 70 de la Hégira, al-Hallaj y sus discípulos recorrieron una mañana las calles de Omán. El maestro estaba sumergido en el éxtasis y de pronto su voz retumbó en el silencio de la siesta: "¡Soy Allah!", exclamó jubiloso. En ese momento, los cielos profirieron relámpagos y la tierra tembló. "¡Soy Allah!", repitió al-Hallaj, y las aguas saltaron mezclándose con el fuego y reptando poderosas por el planeta. "¡Soy Allah!", volvió a repetir, y los hombres escucharon el eco de sus palabras; en toda la tierra saltaron, brincaron, se sacudieron como si fueran víctimas de un gran terremoto humano. Los guerreros que custodiaban el Libro, también lo escucharon. Quien los dirigía se acercó desenfundando su alfanje. Al-Hallaj no lo vio, sumergido como estaba en su visión del mundo desprovista de toda rigidez, con sus pies apoyados en el vacío sustancial que nos sostiene. Todo fue muy rápido: el Emir que llevaba el alfanje mayor, lo descargó sobre su cuello, y su cabeza se separó de su tronco. Aún hoy ella grita por las profundidades de la tierra y noche tras noche une con el cielo lo hondo del planeta... —Sé que los discípulos de al-Hallaj estuvieron de acuerdo con su muerte por blasfemo, a pesar de seguir sus enseñanzas... —interrumpió Taqlid. A partir de allí los otros miembros de la tripulación intervinieron y se desató una feroz discusión doctrinal. Abdul se apartó de ellos y fue hasta el oratorio Mesdjid el-Haram, réplica exacta del recinto del templo de la Kaaba. Allí se levantaba la réplica de la piedra negra y cúbica. Abdul revisó debajo de ella y sacó una pequeña caja roja. La abrió. Estaba llena de papiros escritos, algunos de ellos antiquísimos; los apartó y en el fondo, arrodillado y con la cabeza en el piso había una réplica del anciano Shar'iah de tres centímetros de altura. La tomó con dos dedos y la puso a la altura de sus ojos: el homúnculo tenía los ojos cerrados, murmuraba oraciones y temblaba suavemente. Abdul lo puso en su boca y sintió que agitaba sus brazos y sus piernas antes de tragarlo y bajar por su estómago. El tripulante consultó al astrolabio: un instrumento con la forma tradicional que conectado a la nave principal disponía de un complicado sistema de computación. Ahora estableció la dirección en que quedaba la Meca, se quitó las sandalias, y se agachó tocando con su frente el suelo. Recitó la primera sura del Nuevo Korán. —"En el nombre de Allah, el clemente, el misericordioso, Soberano en el día de la retribución Él toma tu cabeza con ambas manos, te mira a los ojos y dice: "La noche se abre en la orilla del abismo. Las puertas del infierno están cerradas. Es tu riesgo atreverte a ellas. Aquí están las llaves ellas entran en la cerradura y serás satisfecho Mi hijo al-Hazred entró por vez primera y ahora lo rodean las brumas de la locura. En el nombre de Allah, el clemente, el misericordioso. A ti es a quien adoramos, de ti es de quien imploramos socorro A través de los zumbidos de los insectos nocturnos, dirígenos por el camino recto...". Abdul repitió por tres veces la sura y se incorporó. Cada vez que la pronunciaba, recordaba "el espíritu de la pesadez", ese profundo cansancio y desaliento que solían invadirlo de vez en cuando. Sus fuerzas escapaban de él y a veces las veía en sueños o visiones como una larga cortina brillante que iba quedando sobre sus huellas y que lo vaciaba, como si perdiera la sangre. También el universo parecía drenado de colores y formas, y aun las cosas que consideraba más sagradas dejaban de tener sentido. Se vistió como los habitantes del planeta: un mono ajustado, plateado y brillante; plegó el astrolabio y se dispuso a salir de la nave. Podría haber establecido la distancia a la que se encontraban los hombres, pero prefirió no hacerlo: y aguardar la sorpresa. De pronto se tropezó con una figura; llevaba el buzo plateado, ajustado a su cuerpo, pero estaba sucio; despedía un fuerte olor a transpiración mezclado con sangre. Su rostro implorante miró a Abdul. Dijo algo en el idioma del planeta. El navegante desplegó el astrolabio y puso en sus oídos un par de auriculares. —...por favor, si no moriré de hambre... El tripulante contestó a través del micrófono, para que al hombre le llegaran sus palabras medianamente traducidas. —Estás sufriendo, hermano... —Tengo hambre; mucha hambre. Necesito que me ayudes con comida o con dinero para comprarla... Los ojos del hombre estaban a punto de saltar por el sufrimiento; Abdul recordó los apuntes sobre la economía del planeta: un socialismo rudimentario donde los bienes de producción estaban repartidos en pequeñas comunidades; los distribuía un gobierno central. Abdul y el mendigo se miraron fijamente durante varios minutos. —Tú no tienes hambre física —dijo finalmente Abdul—; tu hambre es de una naturaleza más profunda... —Es posible, pero ahora el ansia del alimento me domina y habla a través de mi boca... El hombre miró con ojos brillantes cómo Abdul sacaba de su bolsa varias monedas de circulación oficial en el planeta, se las alcanzó y el mendigo le dio la espalda con un gruñido de satisfacción, perdiéndose entre los arbustos que flanqueaban el sendero. Abdul siguió caminando, pensando en el personaje que acababa de encontrar. De acuerdo con las informaciones de la computadora, nadie en el planeta parecía tener pasiones intensas; cumplían extraños rituales diarios, muchos de ellos complicados, pero no sabían qué significaban ni por qué lo hacían. Alrededor de Abdul, a ambos lados del sendero, crecían arbustos de mediano tamaño. Se detuvo a ver sus hojas: tenían forma de mezquita, como las naves; pensó que aun en ese rincón perdido del universo, la propia naturaleza rendía culto a Allah a través de los símbolos del Islam. Era otoño en el planeta y muchas de las hojas de los árboles estaban amarillas y caían copiosamente a ambos lados del camino. Recordó una poesía de las que había aprendido en Bagdad, laboriosamente reconstruida en la nueva edificación de la ciudad. y conservada en una mezquita en Omán. La repitió en el idioma del profeta, como si las palabras fueran sanando una parte de su alma: —Del cielo caen las hojas del árbol caen los frutos redondos, brillantes como soles, mostrando cada uno la faz del Bienaventurado. Abdul no tuvo que caminar mucho para llegar a las primeras calles de la ciudad: en la entrada norte se levantaban monumentos gigantescos, algunos en forma de pirámide, y otros emulando extraños polígonos. Generaciones enteras habrían grabado aquellas leyendas en lenguaje desconocido, que iba desde signos ideográficos hasta una caligrafía apretada, engorrosa. Eran las primeras horas de la noche; dos hombres y una mujer, rubios, delgados, de pieles muy blancas, caminaban en dirección opuesta a la suya por el sendero. Se detuvieron a una seña de Abdul. Tomando sus auriculares, el astrolabio y ayudándose con gestos y señas, se hizo entender: —¿Cuál es el significado de estos monumentos? —preguntó. Los habitantes del planeta contestaron modulando sus voces en un idioma extraño. La voz surgió del astrolabio. —Alguien recibió en herencia estos monumentos, y alguien deberá cuidarlos. No sabemos para qué. No sabemos quién firmó el legado ni a quién lo hizo, pero debemos levantarnos diariamente y llegar aquí para lustrar estos mosaicos. Abdul asintió con la cabeza, y saludó con un par de inclinaciones del cuerpo. Siguió caminando y reflexionó sobre las respuestas de la pareja: tenían la noción de trasmisión pero ignoraban de quién hacia quién. Sabían que los mosaicos debían limpiarse diariamente pero desconocían el significado profundo de sus gestos, de sus actos. De igual modo, el resto de sus vidas eran una ceremonia sin rito; un conjunto de gestos vacíos. Llegó a los suburbios, donde se levantaba la zona industrial: aire con fuerte olor a hollín y metales; actividad que aumentaba por momentos. Abdul se juntó a un camión donde varios obreros se disponían a cargar y descargar; también ellos llevaban vestimentas plateadas, y se distinguían por usar calzado rojo y cuellos verdes. Miró con atención las figuras: cuando no clavaba en ellos la mirada, tenía la impresión de que había cierta deformidad, pero al indagarlos mejor, advertía que no era así, que sus cuerpos eran proporcionados, que todos se movían lentamente, y sonreían con la misma expresión ausente; sin embargo, un aire, un halo, algo indefinido que no podía registrar con los sentidos le producía un fuerte sentimiento de repugnancia. Luego de andar un buen trecho, Abdul llegó hasta las primeras casas de la ciudad que se levantaban a ambos lados de una calle ancha, en cuyo centro se tendía un cantero con pérgolas y enredaderas. Las plantas estaban secas. Un edificio alto se levantaba en medio de las casas bajas. Junto a él habían estacionado un vehículo rojo, con tres extremos que sostenían una lona. Abdul se acercó: al final de siete pisos vio una figura parada sobre una cornisa, pegada a la pared blanca con los brazos y las piernas abiertas, como a punto de saltar. Miró a los dos hombres que manejaban el sistema —una gran lona circular sostenida por soportes— a fin de amortiguar la posible caída del hombre. Uno de ellos llevaba algo parecido a un megáfono, que aumentaba la potencia de su voz. Abdul dirigió el astrolabio hacia él. —Ahora puede saltar... hágalo... El tripulante miró a su alrededor: por aquel lugar iban y venían personas que ni siquiera se detenían a curiosear lo que ocurría. —¡Salte! ¡Es una orden..! —¡Estoy desesperado..! —la voz del suicida apenas llegaba a ellos. —¡Salte..! Uno de los guardias lo apuntó con una pistola: Abdul dirigió rápidamente el astrolabio hacia ella: la computadora informó que no se trataba de un arma mortal; estaba cargada con proyectiles inofensivos; el único efecto al impactar era que el blanco perdiera estabilidad. Dispararon; el suicida se tambaleó hacia un lado, hacia otro, y cayó. Lo hizo lentamente: la gravedad en el planeta era igual que en la Tierra, pero la cantidad de partículas de metal flotando en el aire disminuía la fuerza de caída de los cuerpos. Su cuerpo golpeó y rebotó en la lona que habían preparado; lo bajaron hasta el piso: jadeaba y su rostro transpirado se deformaba por el sufrimiento. Abdul volvió a utilizar el astrolabio como traductor. —Ella no me ama... no me ama y sólo me queda la muerte. Ustedes me han salvado, pero volveré a hacerlo. Los guardias lo ataron; el hombre tembló e intentó seguir hablando, pero sus dientes se apretaron con fuerza y no salieron las palabras. Lo cargaron en el camión y arrancaron con rapidez. Abdul estaba desconcertado: en el informe no se habían registrado cifras de suicidios; decidió consultar otra vez al antropólogo virtual y activó la combinación de teclas que debían mostrarlo, pero la pantalla devolvió tan sólo estática visual. Lo intentó por tres veces, pero el resultado fue el mismo. Se sentó en un muro al borde de un terraplén y pulsó la tecla roja que habilitaba su comunicación con la nave; la pantalla se encendió mostrando el rostro de Habib. —Alabado sea Allah, el clemente, el misericordioso —dijo la voz desde la pantalla. —Alabado sea, hermano. La función del antropólogo no está conectada. Necesito algunos datos adicionales. ¿Me pueden habilitar desde ahí? —No es posible, teniente Abdul. Aquí la función del antropólogo también está desconectada. Hay técnicos trabajando para localizar la falla... En la pantalla, el llamado Habib se detuvo un momento y se volvió escuchando el comentario que le hacían. —Pregunta el anciano si ha descubierto algo. —Hasta ahora no. Los habitantes del planeta parecen tener el corazón helado... pero hay algunos detalles que requieren explicación... Se interrumpió: en la pantalla, detrás del rostro de Habib, vio el brillo azul de los alfanjes-láser. Algunas figuras se movieron hasta ubicarse en un semicírculo marcial. —Estamos a la espera de solucionar el problema... —Hermano, detrás tuyo... Habib se volvió en el momento en que una de aquellas figuras se acercaba a él blandiendo una de sus armas. La imagen se deformó de pronto, la pantalla se llenó de líneas oblicuas y se apagó. Abdul intentó volver a conectarse. Activó las pruebas del sistema: todo parecía funcionar correctamente, pero la comunicación con la nave estaba cortada. Antes de plegar el astrolabio descubrió que transpiraba y temblaba: quizá se tratara de frecuencias especiales que estuvieran en la atmósfera o en el aire del planeta y que no habían sido detectadas por los sensores; pero inventaba ese argumento para convencerse. Las figuras armadas detrás de Habib eran reales; debía admitir que algo siniestro había ocurrido en la nave. Sea como fuere, de no restablecerse la comunicación, debía acelerar el tiempo de su misión. Entró a la ciudad y caminó por las calles rectas, cuidadosamente trazadas. Grupos cargando y descargando camiones; sombras de personas trabajando dentro de los establecimientos que llenaban los suburbios; ancianos trayendo y llevando muñecos de paño. Todos se movían lentamente, en silencio. Apenas hablaban entre ellos y lo hacían sin mirarse a los ojos, como si tuvieran vergüenza unos de otros. Abdul advirtió que en muchos casos las actividades no tenían un sentido evidente, como los obreros que cargaban un camión con bolsas y al terminar, las bajaban, las apilaban en la vereda y volvían a subirlas. Al mediodía, Abdul había atravesado la ciudad, llegando a los límites opuestos al lugar por donde había entrado. Allí las viviendas eran más modestas: calculó que podría encontrar más rasgos de vida en ese sitio, y se detuvo frente a las casas bajas, con ladrillo a la vista. Mujeres barriendo minuciosamente las veredas; niños realizando juegos incomprensibles; ancianos sentados frente a las puertas de sus casas, bebiendo sustancias extrañas; todos con la misma sonrisa sin sentido. Se detuvo y volvió a intentar el contacto con la nave: el astrolabio tenía ciertos atajos por los cuales podría acceder a centros que no estaban habilitados. Bastaba con introducir las claves adecuadas. Los puentes laterales, el casco, las cabinas de los oficiales. Eran diez claves privadas que había memorizado. Al probar con el ala lateral, surgió un cartel fijo previsto para posibles comunicaciones. Sobre un alfanje cruzado por un rayo azul, se leía en letras rojas, Allah es Allah; Mohamed y al-Hazred, sus profetas. Aquello era una señal clara de que en la nave se había producido una asonada. Era la segunda desde su despegue de la Tierra; la anterior había sido protagonizada por Taqlid, y estaba seguro de su participación en ésta. La primera rebelión arrojó dos muertos, pero Taqlid no fue procesado: según la ley impuesta por el Nuevo Korán, estaba en uso de sus fueros espaciales; no era posible levantarle cargos, y mucho menos juzgarlo, hasta que no llegara a la Tierra. Preocupado, Abdul levantó la vista: de espaldas a él una figura diferente a los habitantes del planeta cruzó la calle y se perdió en un sendero lateral: era una mujer que no llevaba el mono plateado, sino que vestía un largo sayo, y su cabeza estaba cubierta como en el Islam. El hombre corrió hacia ella y cruzó la calle en dos zancadas: en aquel lugar, el barrio humilde se bifurcaba y se perdía en medio de calles circulares, donde casillas abigarradas crecían sin orden, sin continuidad. Caminó entre ellas: los habitantes que surgían frente a él mostraban invariablemente sus buzos plateados. Algunos de ellos deshilachados, sucios, pero nadie llevaba una prenda diferente. Intentó hablar con algunos; ajustó el astrolabio, y lo dirigió a tres mujeres que hablaban entre ellas. —¿Han visto a una mujer vestida diferente? Hablaron entre ellas. Se miraron, y a su vez lo interrogaron. Preguntaban qué quería decir con eso de que "vestida diferente". De esta pregunta y de lo que conversaban entre ellas, Abdul concluyó que el concepto no entraba en sus registros. —Una mujer desconocida, alguien que no sea de aquí. En términos aproximados el astrolabio tradujo al oído de Abdul lo que decía la mujer de ojos claros. —Una mujer desconocida no. Un hombre desconocido, sí. —¿Y dónde está ese hombre? —Es usted. Abdul asintió, agradeció y saludó a la manera islámica, mientras las mujeres seguían mirándolo en silencio sin mostrar señales de asombro. Al alejarse, Abdul sintió que allí estaba la clave: aquel pueblo era incapaz de sentir asombro, de emocionarse por algo. Siguió buscando inútilmente rastros de la mujer que acababa de ver. El barrio humilde se tendía a lo largo de un arroyo flanqueado de sauces cuyas ramas caían sin fuerzas sobre las aguas estancadas. En esa zona las casas eran cada vez más raras y sólo de vez en cuando Abdul cruzaba a algún habitante del planeta. Cerca del mediodía advirtió que estaba perdido y recurrió al mapa que llevaba en la máquina: las sucesivas pantallas mostraron partes de la ciudad, hasta descubrirse a sí mismo como un cursor brillante: estaba a pocos pasos de una base militar. Desde la nave habían descubierto que el lugar carecía casi de ejército; tenían gran cantidad de armas, pero obsoletas y fuera de servicio. El robot de la nave recorrió largas barracas y su cámara mostró lo que fueran armas poderosas ahora oxidándose lentamente. Abdul decidió entrar; el centinela en la puerta le preguntó si tenía autorización; él asintió y el soldado le flanqueó el paso con una reverencia. Adentro caminó por las instalaciones casi desiertas. Un grupo de hombres dirigidos por quien parecía ser un oficial —charreteras verdes sobre su mono plateado— corrían unos metros y volvían sobre sus pasos, una y otra vez; todos siempre con la sonrisa perpetua y la mirada ausente, sin advertir su presencia. Abdul estaba por salir cuando sintió en sus huesos una explosión en sordina que llegó del norte de la ciudad. Los edificios militares se sacudieron y vibraron; la tierra debajo de sus pies se agitó como quejándose; el sonido pareció provenir de abajo, pero Abdul sabía que llegaba desde el cielo: conocía los llamados "explosivos sagrados intimidatorios": su onda expansiva sacudía todo, edificios, vehículos, sin destruir nada. Era una advertencia. Escuchó el sonido de una bengala, y segundos después varias luces se desplegaron en el cielo del mediodía. Lentamente se formaron las palabras y la frase Allah es Allah; Mohamed y al-Hazred sus profetas. Debajo vio las letras cuneiformes, que mostraban lo que sería la traducción al idioma del planeta. Abdul miró a su alrededor: dos centinelas apenas habían levantado la cabeza sin moverse de sus puestos; un hombre se había detenido a pocos pasos de él: como todos los militares su cuello era blanco y negro para distinguirlo y su calzado gris. Desde donde estaba, Abdul pudo ver las transformaciones de su rostro: se borró la sonrisa beatífica; sus labios se engrosaron y su cara se deformó en una mueca. Tenía la nariz recta, como casi todos, pero el miedo la aplastó contra su rostro, dándole una expresión que a Abdul le pareció familiar. Cuando el hombre gritó supo a quién le recordaba. —¡Nos atacan! ¡Nos atacan..! —su expresión aterrorizada era igual a la del mendigo que lo había abordado horas atrás y a la del suicida que acababa de ver. Era la tercera vez que veía a alguien del planeta sometido a una pasión: el hambre, el miedo, la desesperación y sus rostros cambiaban; se deformaban, se afeaban, pero al menos dejaban esas expresiones neutras, indiferentes, muertas. —¡Vamos a morir! ¡Vamos a morir..! Abdul se sintió tentado de intervenir, de hablarle, pero se contuvo: un artículo de la ley interestelar establecía que no debían intervenir salvo que fuera estrictamente necesario. Más allá, el hombre había caído, poseído por el miedo, y se retorcía arrojando espuma por la boca. De vez en cuando interrumpía sus gritos inarticulados. —¡Nos van a matar! ¡...A matar! Miraba a su alrededor sin ver, con los ojos perdidos, hasta que cuatro soldados sonrientes, con paso marcial, llegaron desde adentro del cuartel, lo tomaron de los brazos y lo llevaron con ellos. Abdul miró un instante más las letras que cambiaban lentamente del rojo al verde y al amarillo, y volvían nuevamente al rojo. Aquello quería decir que la conducción de la nave central había tomado medidas independientemente de su decisión. La explosión había sido de advertencia; se trataba de cargas que alertaban de un futuro ataque. La leyenda, en árabe y en el idioma del país era un llamado a la conversión del planeta al Islamismo. De no producirse, se libraría la Jihad, con la destrucción completa de aquel lugar. Al tomar nuevamente el astrolabio, Abdul advirtió que sus dedos temblaban; intentó desesperadamente conectarse a los circuitos de la nave, pero sólo respondió la estática y la descarga visual. Salió con rapidez de aquel lugar: debía volver a la nave central. Caminó con rapidez, volvió a atravesar los suburbios y al salir al campo sintió hambre y cansancio, pero no se detuvo. Al llegar a la zona de los templos se desorientó; se detuvo y volvió a encender el astrolabio orientándolo hacia los puntos cardinales. el aparato mostró las pantallas de los mapas y se interrumpió casi enseguida con un parpadeo: una leyenda advirtió que al no recibir ni señales ni energía de la nave central, no podía cumplir con sus funciones orientadoras. Desalentado, Abdul se sentó en una piedra: estaba a punto de ser vencido por el cansancio, por esa fuga súbita de fuerzas que le quitaba todo interés por las cosas. Estaba rodeado de pequeñas mastabas —quizá monumentos funerarios— que apenas se levantaban de la tierra, y que formaban un extraño laberinto que interrumpía el espacio verde. Pensó en Taqlid: no sabía hasta dónde podía llegar su locura. De seguir la legislación sobre la Jihad, debían elegirse primero objetivos militares, luego barrios enteros de civiles. A su vez los mensajes llamando a la conversión debían ser cada vez más claros y contundentes, y si no se acataban, la respuesta debía ser la destrucción total. Abdul se sentó en una de aquellas mastabas: estaba cansado, hambriento, transpirado. Se levantó a los pocos minutos y tomó por un camino lateral; de pronto salió del laberinto: caminaba por un sendero donde las edificaciones se espaciaban y la vegetación era más espesa. Después de varios minutos de marcha llegó a una enorme laguna rodeada por árboles. Salió a la orilla, y a pocos metros vio la figura femenina, con sus vestimentas árabes: tenía los pies hundidos en el agua y miraba frente a sí con expresión perdida. Levantó la cabeza cuando Abdul estuvo junto a ella. Lo miró fijamente, con sus ojos oscuros, grandes, maquillados con Khol en todo su contorno; dejó caer el velo, mostrando una boca de labios gruesos. A su lado estaban apiladas varias piezas de algo que parecía pan blanco. Abdul vio un aire familiar en su rostro. En medio de su cansancio y su hambre, la miró fijamente. —¿Quién eres? —Mi nombre es Tariqah, pero me conocen como el antropólogo virtual. —¿Quiere decir que..? —Que salí de la computadora con mi propio cuerpo. Es decir, las fuerzas que me constituyen pueden unirse, impedir el paso de la luz y formar un cuerpo sólido y opaco. La mujer se levantó: era joven y vestía un largo sayo, negro y blanco. Estaba descalza y en los dedos de sus pies tenía anillos; uno de ellos de oro, con brillantes. Abdul se sintió pequeño ante la ella. Se acercó a él y acarició la cara: su mano era tibia, suave.. —Hace tiempo que te observo; que veo tus ojos mansos y buenos a través de la pantalla. No soy un robot o un fantasma. Quienes me crearon lo hicieron completamente; tengo vagina, útero y puedo quedar embarazada como toda mujer... Antes de seguir hablando, miró fijamente los ojos de Abdul. —Tengo mucho que hablarte sobre el planeta, sobre lo que ocurre en la nave... pero estás desfalleciendo de hambre. Primero debes comer. —No hay tiempo. Habrás visto recién el anuncio en el cielo... —ella asintió con la cabeza. —Es muy cierto: "Allah es Allah; Mohamed y al-Hazred sus profetas". No diría que sus únicos profetas, sino el primero y el último de todos. Él ha brindado su tradición a su yerno Alí, quien fue el primer Imam, hasta llegar al duodécimo... —El que permanece oculto. La chica tomó una de las piezas de pan, se arrodilló junto a Abdul y se la ofreció. —Come: son frutos del planeta, muy nutritivos. Ellos repondrán tus fuerzas. Abdul obedeció; tomó una de aquellas piezas, y la probó: tenía un delicioso sabor agridulce; desde el primer bocado sintió que la fuerza volvía a sus miembros, y una confianza súbita reemplazó su desaliento. Mientras comía, la mujer siguió mirándolo con sus grandes ojos negros, pendiente de sus gestos. —Tu nombre es Abdul —dijo. —Así es. Mis padres me lo pusieron por Abdul al-Hazred, el nuevo profeta que rehízo las escrituras en el 2003. Tariqah asintió con su cabeza. —Hay quienes dicen que él es el duodécimo imán... —No es posible saberlo... los imanes mueren siempre envenenados o de forma violenta, y que yo sepa al-Hazred está aún vivo en alguna parte del planeta. La mujer se incorporó; descubrió su cabeza y sus largos cabellos negros cayeron sobre sus hombros. Abdul dejó de comer por un momento: aquello era impropio en una mujer, pero ella era el antropólogo virtual, una función de la computadora; no podía exigirle lo mismo que a una mujer de carne y hueso. Además estaban en un planeta desconocido esperando un ataque en cualquier momento, y aquello quitaba importancia a las costumbres habituales. Ella esperó que Abdul comiera la tercer fruta de aquel árbol y se aflojó las ropas. Sus ojos negros tenían una extraña fascinación y el hombre se sentía pendiente de ellos. La mujer, con rápidos gestos, se quitó los sayos que la cubrían, pero no quedó desnuda: la primera impresión del hombre fue que llevaba un vestido brillante, pero la luz, que destellaba bajo el sol, surgía de su cuerpo. —Las mujeres islámicas estamos cubiertas de velos desde que nacemos, porque nuestra desnudez es sagrada y no puede ser vista por cualquiera; los velos ocultan el misterio, y al ocultarlo lo expresan... Tariqah se movía alrededor de la orilla; de vez en cuando sus pies desnudos entraban en el agua y volvían a salir: al contacto con ellos, el líquido parecía llenarse de volutas también brillantes que se esparcían por el pasto que rodeaba la laguna. Los movimientos tenían sentido, formando una extraña danza. A veces el velo se adelgazaba hasta ser una tenue túnica; por momentos se diluía en chispas y cuando estaba por mostrar su desnudez, surgían de su vientre y sus pechos tentáculos luminosos que volvían a ocultarla. Lo único que quedaba libre eran sus manos y pies desnudos, agitándose a un lado y al otro. Finalmente se detuvo y volvió a mirar a Abdul con sus enormes ojos. —"Ni tú ni yo resolveremos el misterio de mi cuerpo; ni tú ni yo leeremos la escritura secreta trazada en mi piel; ambos nos amaremos sin saber qué oculta el velo, pero cuando el velo caiga ya no seremos tú y yo". La tarde avanzaba; pájaros extraños de los colores más variados, volaron sobre la laguna. Abdul miró a su alrededor: los árboles otoñales crecían firmes, con troncos enhiestos, la hierba en el camino era verde, lustrosa. A pesar de su inquietud, de su preocupación por lo que estaría ocurriendo en la nave, Abdul sintió una extraña paz junto a la muchacha, que empezó a bailar. Por un lado pensó en tomar una segunda esposa; por el otro sabía que no podía ser: aquello que se presentaba como una mujer deseable, era un robot, el juego virtual de una computadora. —En el planeta es otoño, la época en que la vida se vuelve y corre por adentro, mientras lo exterior parece morir. En el planeta hay arroyos que bajan por las montañas y se dirigen al fondo de la tierra. Desde allí un sol verde ilumina a los habitantes, los impregna, los protege. Hay quienes trabajan en las minas extrayendo metales preciosos que nadie va a usar. Hay quienes elaboran un vino delicioso que nadie bebe. Hay en el planeta mujeres muy bellas a las que nadie goza y cuyos vientres permanecen vacíos... Para completar mi trabajo de antropólogo tuve que salir de la computadora y venir aquí, a vivir la vida del planeta. Fátima, la hija del profeta y la esposa de Alí, de quien tengo la memoria y el conocimiento, enseña que todo lo que vive es muslim y mumin; que todo lo que vive rinde culto a Allah. Los hombres del planeta están perdiendo su vida, están perdiendo el sentido de las cosas. Son los últimos hombres, pero los últimos hombres no mueren; llegan a rozar la muerte y cuando parece que se van a hundir en ella vuelven una y otra vez. Hubo silencio. La chica dejó de bailar y se sentó junto a él. A lo lejos, Abdul vio una fila de hombres y mujeres que llevaban en sus cabezas recipientes parecidos a canastas. —Recién citaste a Khayyâm; hay un velo que te está cubriendo, en caso de caer dejaríamos de ser tú y yo. Ella asintió con la cabeza. Sus labios estaban entreabiertos mientras lo miraba fijamente. —¿Y cómo puedo hacer para que caiga tu velo? —Debes decidirlo. Debes perder tus miedos, tus vacilaciones. Soy una hurí preparada para ti. —¿Una hurí? ¿Es que he muerto y fui al paraíso? —De algún modo, sí. Estás en un planeta distinto, lejos de tu hogar sujeto a cosas nuevas. Has muerto y yo soy tu paraíso. Soy virgen para ti, y cuando termines conmigo recuperaré mi virginidad. —Bien, decido que te quites el velo. Ella volvió a incorporarse. Apenas sacudió su cuerpo y la luz tomó consistencia líquida escurriéndose por su piel, hasta mostrarla desnuda por completo. Abdul lanzó una exclamación: era muy hermosa; dejó de pensar que se trataba de un robot o algo así, y se acercó a ella. Al rato se abrazaron sobre el césped junto a la laguna. Tariqah sabía trucos amatorios y gozaba entre sus brazos. Posturas, caricias en zonas inesperadas, palabras apenas murmuradas, gemidos cantarinos: sabía cómo hacer sentir poderoso a Abdul, y a pesar de su experiencia, era virgen. Se unieron desesperadamente. Abdul sentía que la cercanía de la destrucción, la lejanía de su hogar de las cosas cotidianas y sagradas, aumentaba su deseo, su necesidad de ser amado. Finalmente quedaron acostados, adormilados, uno junto al otro. Abdul estaba a punto de dormirse cuando lo despertó otra explosión: esta vez llegaba desde el sur, y en el cielo violeta del atardecer vio otra vez la bengala y las letras: Allah es Allah; Mohamed y al-Hazred sus profetas. Miró a la joven. Estaba desnuda, boca arriba, profundamente dormida a pesar del ruido. Su piel parecía trasparente y Abdul no resistió la tentación de tocar su vientre. Apenas lo hizo, su carne vibró desde un poco más arriba del ombligo hasta cerca del pubis: su piel cayó mostrando en esa zona una pantalla de cristal líquido. Murmuró algo sin despertar. La pantalla se encendió de pronto y Abdul la miró con atención: figuras borrosas se delinearon y poco a poco fueron cobrando nitidez. Vio al anciano, sentado en una silla curul; según el árabe loco al-Hazred, aquello era una señal de degradación para quien detentara un cargo de importancia. Desde el vientre de la chica llegó un suave murmullo que se transformó en sonidos modulados. Reconoció la voz de Taqlid. —...hay una sola forma de entender la Guerra Santa: hacerla a todos aquellos que no quieran someterse al Sagrado Islam; deberán sufrir la ordalía de las armas. Nuestros guerreros que mueran irán de inmediato al paraíso islámico; a nuestros enemigos sólo les esperan los braseros del infierno... Taqlid hablaba a la tripulación, y esas palabras eran una suerte de oración. —Estos hombres son débiles porque nunca conocieron el Islam. Nosotros se lo hemos enviado en forma de claras señales en el cielo. Les hemos dicho en su idioma y en la sagrada lengua de los profetas, la verdad que fundamenta nuestra civilización. Ahora de ellos dependerá elegir. Ya pueden hacerlo, tienen aparatos de radio por los que trasmiten música decadente y palabras vacías, tomadas de sus doctrinas sin sustancia. Saben de dónde ha llegado la explosión sorda, y pueden contestar a lo que les decimos pero hasta ahora no lo han hecho. Eso indica que están despreciando el mensaje que les enviamos... —Taqlid, queremos saber qué ocurre con Abdul —preguntó alguien. —Según nuestros informes, el hermano Abdul se ha unido a ellos. Pertenece a ese mundo y se niega a que la sagrada doctrina del Korán se inmortalice entre esos hombres... Una estática interrumpió la transmisión. Tariqah había despertado y se sentaba mientras lo miraba sonriendo. —Era lo que me temía —dijo Abdul—. Taqlid y sus hombres tomaron el control de la nave. Me declararon traidor y supongo que no tardarán en destruir el planeta. La mujer lo miró sonriendo mientras negaba con la cabeza. —Lo planean para la próxima madrugada, pero no podrán hacerlo aunque quieran: el planeta tiene vida, no está muriendo. Sus habitantes también, aunque no todos. Siempre ocurre que la vida de la tierra se trasmite a unos pocos. Cuando recién llegaste con tu nave, viste a un mendigo que te suplicó; luego a alguien desesperado por amor, y en el centro militar a alguien que tuvo un ataque de pánico. Abdul asintió. —¿Y eso qué tiene que ver? —Esos hombres están mucho más vivos que los otros. Ellos tienen pasiones y las pasiones salvan de la muerte... Tariqah se arrodilló junto a él y pasó sus brazos por su cuello. Despedía aroma a nardos; Abdul se estremeció al sentir el roce de sus pechos. —Tengo un plan para salvar al planeta. Sólo podremos hacerlo si despertamos a sus líderes, a los hombres que en realidad se encuentran vivos. —¿Despertarlos? —Sí, con las mujeres y con el vino. Yo puedo generar hasta tres imágenes mías, diferentes todas, y con ellas organizar una orgía. Las mujeres del planeta deberán por su parte ejercitar artes amatorias que acabo de enseñarles. Beberán el vino para despertar las cabalgaduras de sus cuerpos... —El Nuevo Korán prohíbe la vida licenciosa y el consumo de vino. Ambas cosas sólo podrán hacerse en el paraíso. —Ambas cosas pueden hacerlas los santos. —¿Qué quieres decir? —Tú eres un santo. Te lo digo con mi sabiduría de Fátima, la hija del profeta. Tú eres el santo y podrás no sólo beber vino y tener las concubinas que quieras, sino decidir quiénes de los que te rodean pueden participar de ello. Ambos callaron. La tarde avanzaba en el planeta, y Abdul pensó en Taqlid y sus hombres, en la posibilidad de la muerte. Las manos de Tariqah acariciaron su cuello; cerró los ojos y sintió una extraña e intensa ternura por primera vez en su vida. —Estás en un mundo desconocido, con la muerte que puede llegar en cualquier momento como una gota de rocío desde el cielo; eso lleva a unir los cuerpos y las almas, a nutrirse de vida para adorar a Allah... Ella siguió hablando y Abdul sintió sus palabras como un chorro caliente derramándose por sus vísceras; supo que ella tenía razón, que en aquel planeta la redención pasaba por la orgía sagrada y por beber el vino surgido de esa tierra. —"...juro por la noche cuando extiende su velo...", dice el profeta... la noche debe ser el momento; la noche de la Égida, la noche sin principio ni fin, la noche que vela todo. En la madrugada, la tripulación de la nave recibirá una señal por la cual este pueblo es muslim y mummid, es decir, practicará lo impuesto por el Islam con una fe interior profunda y sincera... —Ellos nunca conocieron al profeta. Sería necesario una campaña de difusión del Islam... —De eso ya se encargó Taqlid; él difundió la verdad básica del Islam en el cielo del planeta. Ella se levantó, cubriéndose nuevamente con el sayo. Abdul sintió celos anticipados al pensar que se acostaría con gente del planeta. —No debes preocuparte, amado. Soy una flor y nací para adornarte y perfumarte sólo a ti. —¿Sabías lo que estaba pensando? —Soy como un vino muy fino, que penetra por tu sangre y adivina tus pensamientos... Vamos a buscar a los líderes del planeta. Abdul la siguió; ella caminó con facilidad, pisando el pedregullo metalizado del planeta. Abdul lanzó una exclamación de alivio al ver la nave detenida en un descampado. Subió con rapidez, seguido por la mujer. —La computadora de la nave está funcionando. Si hay algún problema yo puedo filtrarme en sus circuitos y repararlo. Es necesario que veas a través de ella a los líderes. No conviene que por el momento te comuniques con la nave central... Abdul estaba lleno de dudas, aunque quería creer en lo que decía la muchacha. Encendió la computadora y activó los controles. Al rato, en la pantalla se dibujó un paisaje del planeta: un bosque de coníferas azules; el lente de la cámara remota avanzó entre los árboles hasta llegar a una figura con el mono plateado sucio y roto. —Es el mendigo que crucé cuando bajé de la nave. Tariqah asintió con la cabeza y marcó el lugar donde se encontraba el hombre. A continuación siguió buscando. Abdul reconoció la planta militar donde había estado, vio la cámara recorriendo los pasillos, hasta llegar a una barraca oscura. Allí dormía un soldado. —Es el hombre que gritó de miedo esta tarde. Tariqah volvió a marcar el lugar. Con el monitor, llegaron a un hospital: lo reconoció por las camas ordenadas y los enfermos inmóviles. Se detuvieron en uno de ellos. —Es el suicida enamorado... —Correcto. Son tres personas que viven más intensamente que los otros. Cualquier cambio en ellos afectará a todos los demás habitantes del planeta. Tariqah ajustó la consola de sonidos hasta lograr una melodía tocada por instrumentos de cuerda. Ella tomó un micrófono y cantó con voz aguda, modulada. Al terminar, volvió a pasar la película donde estaban los hombres acostados. Los tres se habían levantado; un primer plano de sus caras mostró en sus ojos un brillo extraño; miraban a su alrededor como buscando algo. —Escucharon mi voz —explicó Tariqah—. El lugar de encuentro es en la viña, detrás de una cantera abandonada. Debemos ir allí. Ahora, te invito a hacer la Kebla conmigo... Ambos se inclinaron dirección a la Meca, hasta tocar el piso con sus frentes. —"En el nombre de Allah, el clemente, el misericordioso...". Al terminar, mientras Tariqah murmuraba Dikhr, Abdul fue a lavarse y cambiarse de traje: un robot echó jabón seco sobre su cuerpo y lo cepilló. Una mano mecánica lavó y peinó cuidadosamente sus cabellos. Luego vistió un sayo blanco y unas sandalias negras. Al salir, Tariqah había terminado sus oraciones y miraba frente a sí con la mirada perdida. Abdul se acercó a ella y acarició sus cabellos. —¿No hay noticias de la nave? —preguntó. Ella negó con la cabeza—. Si Taqlid está al mando, habrá activado el robot censor y podrán registrar cualquier pecado, entre ellos el consumo de vino y la unión sexual... Tariqah sonrió. —No te preocupes. Soy una experta con los velos. La noche nos protegerá. La noche oscura es saludada por el profeta; la noche oculta y a la vez revela a quienes sepamos leer su mensaje de negrura. Además, tu nave tiene toda la energía... —Sí. —Bien, la vamos a necesitar. El mensaje de que el pueblo ha iniciado el camino del muslim debe estar en la tierra, en el aire, en el sol. El sol de este planeta ha sido plegado como un turbante, y el cielo está contenido, de modo que deberemos abrir una brecha para que estalle la luz, y a la vez, desplegar el sol... —¿Desplegar el sol? —Sí, en la sura ochenta y uno se menciona el sol plegado como señal del fin de los tiempos y del mundo; nosotros desplegaremos el sol como signo de un nuevo comienzo. La luz deberá caer sobre el planeta e inundarlo todo. Tariqah se levantó y se acercó al astrolabio. Se quitó sus ropas y otra vez el velo de luz recorrió el contorno de su cuerpo. Apoyó su mano en la pantalla del aparato y un rumor de energía se trasmitió desde ella hacia la pantalla. Volvieron a aparecer los tres hombres: el mendigo, el suicida y el soldado. —Están en distintos puntos del planeta; no tendrán tiempo de llegar por sí mismos. Es necesario usar una parte de la energía de la nave en traerlos... —¿Teleportación? Es una nave pequeña, el manual no dice nada de todo esto... Ella sonrió y acarició su cara. —Yo soy un personaje virtual: vivo entre los circuitos del sistema, de modo que puedes confiar en lo que te digo... Tariqah abrió con sus manos un armario que permanecía cerrado y sacó de él varios dispositivos. Ajustó rápidamente la pantalla, introdujo ciertos parámetros y dos linternas lanzaron al centro de la habitación chorros de luz blanca. Introdujo los datos individuales de cada una de las personas que quería traer. Pasaron varios minutos, hasta que en el centro de la pieza se formó el mendigo, con sus cabellos canosos, enrulados, hirsutos. Miró a todas partes, asustado y sorprendido. Casi enseguida llegaron junto a él el militar temeroso y el suicida. Tariqah se acercó y les habló a través del astrolabio. —El miedo es bueno, hermanos, el miedo anticipa los grandes cambios; pero ahora los exhorto a que dejéis de temer. Proyectaré tres imágenes mías para brindarles caricias... Si nunca tuvieron una orgía sagrada, es tiempo de que la vivan. Donde se produjeran las teleportaciones, apareció primero una imagen femenina, vestida con gasas y tules; se podía advertir con claridad su cuerpo sugerente. Despedía un intenso perfume a pachulí. Bailó alrededor de los tres hombres, abrazando a uno y a otro. Llegaron rápidamente una segunda y una tercera. Abdul advirtió que no eran parecidas a Tariqah, quien le sonrió cómplice. —Eso es para que veas que te pertenezco exclusivamente... Ahora cortaré el vínculo entre sus conciencias y la mía. Ellas serán responsables de sus actos, de su privacidad, responsables por completo. Tariqah encendió la computadora de la nave y dividió en dos la pantalla del monitor: una mitad mostraba los lugares donde debían ir y en la otra los mapas. —Aquí hay un espacio natural entre dos montañas. La bodega está detrás; estas plantas pertenecen a la viña. Ellos beberán toda la noche de este vino, muy fresco, que además de embriagar eleva el espíritu. En tanto nosotros nos ocuparemos del despliegue del sol y de la hendidura del cielo. Serán señales más que suficientes para la nave central. Debemos apurarnos. —¿Señales suficientes?: Taqlid es un fanático y se empecinó en destruir el planeta. A pesar de brindarle señales, él las puede interpretar en el sentido opuesto que tienen. Tariqah no dejaba de sonreír. —Eso ocurriría de no haber avisado yo al comando central en la tierra y al Gobierno Mundial Panislámico. En este momento deben estar recibiendo mi mensaje que contiene una filmación sobre todo lo que ocurrió en la nave. Taqlid no podrá negarse a una orden llegada de sus jefes... Abdul la miró asombrado. Más allá, cada una de las mujeres hablaba fluidamente con los hombres. Estaban cerca unos de otros; las bocas se unían casi recogiendo el aliento. Los hombres estaban emocionados y sus rostros reían al encontrarse quizá por primera vez en su vida frente a mujeres tan hermosas. —Me hablaste de hendir el cielo y desplegar el sol... ¿Cómo podremos hacerlo? —Eso es fácil; se trata de aplicar principios físicos. Lo difícil es lograr esto que ves: generar la pasión en este pueblo, tan falto de vida. Piensa que el Islam se encuentra en cualquier forma de vida que crece, que se desarrolla y ellos están empezando a vivir —señaló a los hombres que reían y besaban a las mujeres—. El planeta no lo sabe, pero son sus líderes; si ellos viven, el resto vivirá... Abdul acarició el rostro de Tariqah y ella devolvió la caricia... —Te amo... debemos unirnos, unirnos íntimamente. Abdul la besó en los labios y sus manos buscaron sus pechos; ella lo apartó con suavidad. —Sí, quiero ser tuya. Estoy programada para ser madre, para darte hijos, pero antes quiero ser tuya de otro modo... Tariqah miró a las mujeres y a los hombres: estaban bastante más allá hablando íntimamente unos con otros. Se quitó el sayo y descubrió sus pechos. —Pasa tus manos por ellos y apriétalos fuerte, desde la raíz hasta el pezón, como si recogieras algo... Abdul obedeció. La mujer cerró los ojos, y mientras la acariciaba ella pasó los dedos por sus cabellos. En la tercer caricia, al llegar al pecho derecho, Abdul sintió en esa mano algo que se movía; la abrió: era una réplica de la chica, totalmente desnuda y arrodillada con la cabeza en el suelo. —Soy yo misma haciendo la Kebla. —Deberé tragarla... —...como es la práctica impuesta por al-Hazred. Abdul obedeció y metió en su boca la pequeña figura. La paseó por su lengua: el cuerpo diminuto despedía un fuerte olor a albahaca. Lo tragó y sintió por su esófago una enorme sensación de suavidad. Al relajarse, advirtió cuán ansioso y tenso lo tenía todo aquello; la reproducción de la joven dentro suyo lo invitaba a abandonarse en un absoluto que emergía de su garganta, llenándolo de un sabor blando y dulce. —Vamos —la voz de Tariqah lo guiaba—, debemos llevar las parejas hasta la viña. Deberás hablarles. Necesitan la voz de un hombre. Abdul se acercó a ellos y miró a la chica sin saber qué decir. Ella lo animó con la mirada. —Hermanos en la fe: hoy vuestras venas se llenarán del buen vino que las colmará de vida. Volverán a hacerlo la noche en que lleguen al paraíso a contemplar la faz de Allah. Hoy conocerán las dulzuras femeninas; junto con el vino beberán de estos labios hechos para ser besados y cuando el sol desplegado vuelva a brillar en vuestro planeta, estarán embriagados de placeres, mientras la hendedura del cielo arroje chorros de luz... Abdul dejó a las parejas en la parte central de la nave, y acompañado de Tariqah se sentó en la consola de mando; marcó el rumbo en dirección a la bodega, ubicada al este. El vehículo despegó lenta y perezosamente; en pocos segundos se movió con rapidez. —Bajemos lo necesario para que las parejas desciendan —dijo Tariqah—; a continuación necesitaremos toda la energía de la nave para hendir el cielo y plegar el sol... Abdul sintió un calor intenso en su vientre; subió lentamente por sus venas; y pareció que a su alrededor todo se deslizaba con facilidad y rapidez, como si acabara de beber vino. —El cielo en la parte sur del planeta está formado por cúmulos gruesos de nubes. El láser de la nave puede perforarlas trazando en ellas un enorme canal. El cielo que se hiende: señal del fin de los tiempos y también del principio de una era... La nave con forma de mezquita se alzó, y pudieron ver debajo suyo las luces titilantes. Abdul sintió que la ciudad era un enorme animal desplazándose lentamente, acechando, dispuesto a saltar y hacer el amor con una hembra de su especie. Sintió los brazos de Tariqah, abrazada a su hombro mientras él manejaba los controles. La muchacha olía a hierbas. —Estamos sobre la bodega —dijo de pronto—, dirige el rayo de teleportación. Abdul obedeció, mientras la chica ordenaba a las parejas para que se pusieran en posición de ser trasladadas. La pantalla del visor trasmitió a Abdul la imagen del lugar: un jardín con canteros donde crecían flores extrañas, rodeado de árboles, con un arroyo y un lago cristalinos. En pocos minutos los tres habitantes del planeta y las tres réplicas de Tariqah llegaron al lugar. Siempre a través de la pantalla los vieron inclinarse sobre un tonel hundido en la tierra y beber vino con sus labios. Lo fueron haciendo de a uno, hasta que de pronto los llenó la alegría y empezaron a bailar. —Ahora hay que subir hasta encontrar la silueta del sol. Abdul remontó vuelo. El sol de aquel lado del planeta tenía un brillo azulado. —Al estar plegado como un turbante, su luz disminuye día a día. Además toda luz que se encienda en el planeta ajusta su intensidad con la de este sol. Si logramos que brille en todo su esplendor, la vida en este mundo recibirá el enorme impulso que necesita. Tariqah explicó que la nave disponía de un par de brazos mecánicos y extensibles para actuar en la superficie solar. —Estrictamente hablando no es necesario que tomen al sol de los bordes y lo desplieguen; este proceso puede lograrse si cambiamos la composición molecular del centro del astro. La cantidad de calor que emita será la misma, lo que cambiará será su grado de luz... La chica conocía la forma de activar el robot: Abdul no estaba al tanto de esa parte de la máquina, reservada tan solo a los ingenieros. Desencriptó varios programas comprimidos, que pondrían en marcha los brazos mecánicos. Una aleación de amianto y metales duros recogidos de la luna terrestre, había formado las largas manos que llegaron al sol. El proceso fue rápido: las explosiones se registraron por los baremos de las computadoras, y en pocos minutos, la silueta del sol pareció crecer, extenderse y su luz se hizo enceguecedora. —Debemos ir a la zona sur del planeta, donde están las nubes negras de amoníaco. Abdul dirigió la nave hacia allí, mientras detrás de ellos, el sol estallaba en haces de luz tornasoles que recorrían todos los colores del espectro. Llegaron a la zona más baja de la atmósfera, y la nave voló cerca de las nubes. Se extendían con un espesor de más de tres kilómetros, dando la vuelta al planeta, formando una urdimbre y una trama que evitaba la difusión de la luz. —Ahora, el láser... Tariqah buscó en las computadoras el rayo más potente, lo activó y la línea blanca, brillante con doble filo, vertical y horizontal, como un alfanje, perforó la línea de nubes. En pocos segundos, la nave recorrió miles de kilómetros. Abdul vio en el visor digital los avances del láser: al parecer, el canal se iba cerrando a medida que avanzaban. —No te preocupes —dijo la ella al terminar la primera línea—. Es necesario que lo perforemos siete veces antes de que la hendidura se consolide y el cielo quede abierto... Lo hicieron y al pasar con el láser la séptima vez, el sol cayó a chorros, inundando la nave. Aquello adelantó varias horas la llegada del amanecer en todo el planeta. A continuación volvieron hasta el lugar donde se celebraba la orgía sagrada: en una saliente, los hombres y las mujeres habían quedado dormidos. Ellas yacían desnudas, en distintas posiciones, mostrando la hermosura de sus cuerpos; Tariqah dirigió hacia una de ellas su mano, con la que hizo un extraño gesto: la hurí pareció vibrar y rodearse de un extraño halo hasta disolverse en el aire con chispas de luz líquida, que llegaron a Tariqah y la recorrieron. La chica hizo lo mismo con las otras dos. —Ahora puedes encender el astrolabio. Abdul se apuró a hacerlo: apretó los botones para comunicarse con la nave, y una imagen conocida surgió en la pantalla. —Las comunicaciones están intervenidas —era un hombre calvo, integrante del Gran Comité Panislámico—. ¿Eres Abdul Arabih? —El mismo, señor. —Abdul Arabih, en el nombre de Allah, el Clemente y Misericordioso, te exhorto a que cuentes lo ocurrido desde que llegaste al planeta. Abdul lo contó obviando la aparición de Tariqah, explicando que había descubierto en el planeta rastros de un resurgimiento espiritual y que las señales serían en principio la presencia de individuos movilizadores de la gente y la gran hendidura del cielo en la parte sur del planeta. —No me puedo comunicar con la nave desde ayer. —¿Y a qué atribuyes tu falta de comunicación? —Sé que Taqlid, con su pensamiento rígido, había hecho algún planteo al anciano comandante. Antes que yo bajara, se había entablado una discusión acerca de nuestra actitud con el planeta, si había que eliminarlo a través de la Jihad, o correspondía investigar. —Así es, Abdul. Taqlid cometió otro acto de insubordinación. De acuerdo a la Ley que regula las expediciones espaciales, deberá ser juzgado cuando vuelvan a la Tierra; en tanto seguiría manteniendo su grado y su capacidad de mando. Sólo podrá ser degradado en el espacio en caso de que asesine directamente a alguien de la tripulación. En estos momentos está en la cabina de aleccionamiento, donde lo estamos instruyendo acerca de sus verdaderos deberes. —¿Cómo está el anciano Shar'iah? —Está bien. A continuación hablarán y traten de estar en comunicación permanente, con el objeto de prever y evitar episodios como éste. Abdul se emocionó al ver al anciano, sonriendo desde la pantalla. —Desde aquí, querido Abdul, podemos ver la hendidura del cielo. En el Sagrado Korán ella anuncia un final para el mundo, aunque Abdul al-Hazred establece que es un principio para una nueva era. "El cielo abierto y el sol desplegado entrando a chorros...", como dice la parte del al-Azif en el Nuevo Libro Sagrado. El anciano volvió a hablar de al-Hallajh; a recordar su historia, y Abdul volvió a ver la cabeza rodando una y otra vez, como si evocar al santo reprodujera hasta su martirio una y otra vez. Al terminar de hablar, Abdul miró a su alrededor. —Tariqah... ¿Tariqah? La mujer no estaba. La buscó por todas partes, tomó el astrolabio y con manos temblorosas activó la combinación de teclas para acceder al antropólogo virtual. La pantalla mostró su imagen. —Sé que me deseas junto a ti, pero ahora, a pesar de que en lo ocurrido hemos ganado, nos esperan momentos terribles. Te pido que no me obligues a volver, hasta que no estemos seguros... —¿Seguros? —En el itinerario, el séptimo planeta a partir de ahora tiene una atmósfera igual a la de la Tierra pero carece de vida humana. En él podremos descender, unirnos y poblarlo en el nombre de Allah. Abdul sacó rápidamente la cuenta: el tiempo que tardarían en llegar a ese mundo era de siete años. —¿Me dices que no podré estar contigo en ese tiempo? —Es necesario que lo entiendas; en la nave no hay mujeres y como antropólogo virtual, presuntamente soy un hombre. Pero hay algo más: mi presencia desatará fuerzas terribles que no estamos preparados a afrontar. Si me matan no será un crimen, nadie lo sabrá y si se enteran no será más que destruir una función que puede volver a programarse. Seremos felices, te lo aseguro. Viviremos muchos años y tendremos una gran descendencia, pero debemos tener paciencia... —No podré, Tariqah. Soy débil. Luego de conocer la Meca, he interrumpido mi peregrinación en las puertas del infierno; mi derviche me ha dicho que era suficiente, pero creo que me detuve porque soy cobarde. Entiendo todo lo que dices, pero algo en mí clama por tenerte a mi lado todas las noches... Contigo soy fuerte; sin ti, el universo se vaciará, será un enorme cadáver. Podemos desertar y quedarnos en este planeta... —Ya lo pensé, pero no podríamos —desde la pantalla, la imagen de Tariqah vibraba suavemente, como tendiendo a desaparecer— dada la tecnología de este planeta, nos encontrarían enseguida. Es más, se ha formado una comisión que vivirá entre los habitantes y está encargada de la formación de la cultura islámica. En el séptimo planeta, en cambio, hay un gran desierto cubierto de cuevas subterráneas sobre las cuales se tienden superficies de un metal refractario a las radiaciones. Allí no podrán encontrarnos. Tendremos muchos recursos para vivir plenamente y fundar una gran descendencia. Una descendencia profusa, como las estrellas en el firmamento. Tariqah calló un momento. Miró a Abdul con tristeza. —Ahora debemos separarnos... —su voz subía y bajaba—. Sufrirás; tu fuerza escapará de ti como una enorme cortina brillante y te dejará vacío durante un tiempo; desde aquí y en horarios normales sólo podré hablar de aquello a lo que mi programa me condiciona. Nos veremos todas las madrugadas, nos juraremos diariamente nuestro amor y nuestras manos se encontrarán de este y de aquel lado de nuestra pantalla. Quiero que me jures que no harás nada para corporizarme en la nave. —No te puedo jurar, Tariqah. La imagen de la chica se deformaba momento a momento. Abdul vio sus ojos implorantes. —Por favor, júrame. Abdul abrió la boca para asentir, y en ese momento, la pantalla se llenó de rayas y quedó en blanco. Varias veces el hombre movió la combinación de teclas para activar el antropólogo virtual, y otras tantas veces salió el cartel anunciando Función desactivada. Miró su reloj: como le había dicho su amante, la computadora recién se cargaría coincidiendo con la madrugada en la Tierra. Desde la pantalla llegaron imágenes del planeta: sus miembros conversaban animadamente; algunos discutían, otros corrían y gritaban gozosos. Abdul vio al mendigo arengando a una multitud. Sintió dolor al ver parejas besándose, y en especial cuando la cámara atravesaba paredes y mostraba hombres y mujeres haciendo el amor. Sintió angustia de desolación frente a aquella vida que empezaba a surgir con una fuerza incontenible. No podía existir sin Tariqah, y mientras la pequeña nave arrancaba pensó en invertir los motores, llenar de gases el interior y suicidarse. No lo hizo; recordó que no había formulado el juramento que Tariqah le pedía, y que podía utilizar varios programas para materializarla en su cuarto sin que nadie se enterara; se aferró fuertemente a esa esperanza. Su nave subió lentamente. Desde allí pudo ver la hendidura del cielo: la luz del sol caía como un líquido espeso que se licuaba al llegar a la superficie del planeta. Arriba, su tono ambarino cambiaba lentamente al blanco a medida que bajaba. —"Soy un dolor que se agita entre banderas que se afirman..." —se dijo a sí mismo. Una parte de sí era consciente de que estaba compadeciéndose, pero no podía evitarlo. Salió al espacio. Se dirigió hacia la gran nave, con forma de mezquita, que se levantaba en medio del cielo. Brillaba con matices tornasoles. Siempre lo había impresionado ese espectáculo, pero ahora todo se desvanecía. Tariqah se lo había dicho: era como si una cortina de energía se perdiera detrás suyo a medida que caminaba. Escuchó lejanos los gritos que lo recibían. Entró en la nave; el anciano lo abrazó emocionado. Detrás suyo estaba Taqlid, con los brazos cruzados sobre el pecho; miró a Abdul con los labios apretados. El comandante saludó a todos y finalmente se detuvo junto a él, quien le estrechó fríamente la mano y se inclinó para besar ambas mejillas. —Sé que eres un traidor —dijo a su oído—. Estaré vigilando cada uno de tus movimientos... será mejor que te cuides... Cumpliendo con lo dispuesto por al-Hazred, todos brindaron con jugo de piña; Abdul bebió rápidamente el jugo dulce y a continuación explicó que estaba muy cansado. Todos podían apreciar su rostro marcado por las ojeras, sus ojos sin brillo. —Está bien, hijo. Ve a dormir —dijo el anciano Shar'iah—. Cuando despiertes me brindarás tu informe por escrito. Todo está bien... todo estará bien. Abdul quedó solo en su pieza, tomó la estera, calculó las coordenadas de la Meca, se quitó las sandalias, inclinó su cabeza hasta tocar el piso y habló con emoción. —"En el nombre de Allah, el clemente, el misericordioso, Soberano en el día de la retribución Él toma tu cabeza con ambas manos, te mira a los ojos y dice: 'La noche se abre en la orilla del abismo. Las puertas del infierno están cerradas. Es tu riesgo atreverte a ellas. Aquí están las llaves ellas entran en la cerradura y serás satisfecho Mi hijo Al Hazred entró por vez primera y ahora lo rodean las brumas de la locura'. En el nombre de Allah, el clemente, el misericordioso. A ti es a quien adoramos, de ti es de quien imploramos socorro. A través de los zumbidos de los insectos nocturnos, dirígenos por el camino recto...". Apenas pudo terminar: mientras hablaba frente a él vibraba el rostro de Tariqah: sus rasgos finos, el perfume de su piel. Cuando terminó estaba llorando. Se acostó y se durmió casi enseguida. Soñó con la muchacha: la tenía en sus brazos y ella lo miraba con dulzura, moviendo sus labios. Se despertó un par de horas después: algo ocurría; encima de su puerta una luz roja se encendía y apagaba. Era la señal de que en el pasillo del otro lado, alguien se había detenido y observaba el interior de la pieza. Abdul se levantó y miró por el visor; la luz se apagó y vio el pasillo desierto. Se apartó: la urgencia de ver a Tariqah se trenzaba en su garganta queriendo estrangularlo. Con manos temblorosas se acercó a la terminal de computadora que estaba en su pieza. Activó las teclas que estaban dirigidas a la función del antropólogo. En la pantalla apareció Tariqah, con el rostro cubierto. Abdul sabía que sólo podría responder preguntas vinculadas con su especialidad. En la ventana de diálogo del costado, eligió "Cultura"; ya entre los ítems específicos, "estilos de vida". —Mis preguntas están relacionadas con el amor —dijo por la célula sensora de voz—. Quiero saber en qué situación se encuentran los muslim que viajan por el espacio para amar a una mujer. Tariqah no respondió. Abdul miró los controles: aparentemente todo estaba en orden; desde la pantalla, la chica lo miraba debajo del velo que le cubría la boca: sus ojos brillaban y vibraban suavemente, clavados en él. Abdul repitió dos veces la pregunta, pero del otro lado siguió el silencio. finalmente decidió cambiar la interrogación. Antes de hacerlo, advirtió que la lámpara roja encima de la puerta se había encendido nuevamente y titilaba; quizá se tratara de algún cambio de guardia entre los centinelas. Decidió cambiar la pregunta a Tariqah. —¿Cómo son las relaciones sexuales entre los monos del planeta Enoch..? —Yo también te extraño —lo interrumpió su voz—. Se suponía que para salvarnos yo debía activar los controles de modo que mi doble fuera el que te contestara, pero no pude hacerlo. Sabía que vendrías a buscarme... —Entonces... —Sí, mi amor. No debiera hacerlo; sé que de este modo yo duraré como un suspiro de los pájaros de Ib'n Arabi, pero tú estarás a salvo porque la autoridad te protege... El monitor de la computadora vibró; la imagen de Tariqah pareció multiplicarse, agrandarse y en pocos minutos, la chica volvió a aparecer. Abdul sintió que la emoción arrojaba su cuerpo de la silla y lo hacía arrodillarse a sus pies. —Siempre fui fiel, sumiso a Allah, pero a ti te adoro. Ella lo hizo incorporarse, abrazó su cuello y ambos se besaron. En ese momento, la puerta que daba al pasillo se abrió con un golpe; la luz de alarma estalló con estruendo y entró Taqlid, con su rostro lleno de odio. En su mano derecha, blandía el alfanje-láser. —¡Idolatría! —gritó—. ¡Idolatría..! Se movió con rapidez; apartó a Tariqah de los brazos de Abdul, la arrojó al suelo, la tomó de sus largos cabellos negros, y de un solo golpe, la hoja azul, brillante del alfanje, cortó su cuello. Por un momento, sostuvo en la mano la cabeza de la muchacha. Con horror, Abdul vio que aún sonreía y movía sus labios como queriendo hablar; de su cuello saltó lo que sería su sangre: torrentes de líquido ambarino, brillante, intenso. Su cuerpo y su cabeza se disolvieron entre chisporroteos; y así su carne y su sangre en forma de luz líquida, inundaron el cuarto de Abdul, corrieron por los pasillos de la nave, llenaron el puente de mando, bañaron hasta la cintura a los asombrados tripulantes y se filtraron por las escotillas. La nave siguió su marcha, atravesando el espacio azul oscuro con una enorme y brillante estela ambarina de luz. === Dos relatos =========================================================== Eduardo Márceles Daconte (marceles@interport.net) *** Las hormigas de agosto El hombre cortó la orquídea en medio de la selva profunda y de inmediato brotó el líquido meloso que atrajo a las hormigas desde el fondo de su cueva. Primero derrocharon las hojillas tiernas de los cogollos. Siguieron con las hojas anchas y lustrosas que se agitaban felices en las ramas sin sospechar su trágico destino. Después enfilaron sus diminutas fauces contra los dulces tallos de las plantas, y con el ímpetu que estimula un apetito desaforado, devoraron entonces los troncos de los árboles más recios sin dejarse intimidar por el amargo sabor de sus raíces. No cesaron en su empeño demoledor hasta alcanzar las márgenes de la extensa llanura. Allí hicieron un alto, descansaron durante algún tiempo para reproducirse por millones, y otra vez se lanzaron en una ofensiva desenfrenada que las llevó hasta los confines de la pampa. Los villorrios indefensos sucumbieron ante aquella embestida sin tener tiempo a dar la voz de alarma. Cuando por fin aparecieron en el horizonte de las urbes gigantescas, ya era demasiado tarde. Los insectos, ahora en disciplinada formación de huracanados contingentes, engulleron las hortalizas y pastizales. Uno a uno cayeron los animales domésticos dejando sólo el estruendo de esqueletos bajo el sol de agosto. Paralizados por el terror, sus habitantes fueron presa fácil de las hordas que en olas sucesivas arrasaron los más recónditos refugios. Cuando sólo quedaban desolados pedregales, se volvieron sobre ellas mismas y empezaron a devorarse unas a otras hasta que la última sobreviviente, cansada de hacer círculos concéntricos en aquellos parajes solitarios, se suicidó masticando lentamente sus extremidades. La colosal esfera es hoy una estepa árida cuyos vapores azufrados despistan a los astrónomos que desde otro remoto planeta observan asombrados sus anillos de arcoiris en las diáfanas noches invernales. *** Un lunes por la mañana A Franz Kafka Demófilo Candela experimentó una desacostumbrada pereza cuando se despertó muy temprano un lunes del mes pasado. Tenía que presentarse para una entrevista de trabajo en una empresa de autobuses urbanos, y la sola idea de volver a colocarse detrás de un timón era suficiente para sentir ese desasosiego premonitorio que en época reciente trastornaba su buen humor. Pero se levantó, sorbió pensativo el café tinto que su mujer le había preparado, y se metió al baño. La ducha de agua fría reanimó un tanto su espíritu, derrotado por el agobiante peregrinaje que significaba la búsqueda de un puesto en una ciudad donde eran más los desempleados que los trabajadores. El agua golpeaba a Demófilo mientras persistía en una meditación ingrata que derivó hacia un líquido espeso que corría por su piel. De repente sintió que toda su vida se desmoronaba. No era para menos. Su epidermis se ablandaba como si fuera una resina soluble al mero contacto con el agua. Miró asombrado cómo se derretía poco a poco. De su estructura física emanaba en hilos zigzagueantes un elemento viscoso que se mezclaba con la corriente en dirección al sumidero. Era un fluido amarillento que desconcertó aun más a Demófilo pues su piel era del color de una noche sin estrellas. Su cuerpo se desleía sin que él pudiera hacer nada para impedir tal situación de desamparo. Cuando terminó de sumirse, sólo se escuchó el insistente zumbido de la ducha y los gritos de Erótida Camacho, su mujer, que ante el ominoso silencio decidió romper la puerta para encontrar que su marido había desaparecido sin explicación. Sólo alcanzó a percibir los últimos retazos de una babaza ocre confundiéndose con el chorro de agua que ahora corría hacia la boca de la alcantarilla. === Tres cuentos ========================================================== Fernando Morales (fmorales@sinectis.com.ar) *** Apocalipsis sin gloria —Pero cuéntame detalles del viaje, Irela —dijo la dama calva, dejando la taza sobre el plato. Tenía un paisaje tatuado en la cabeza, y dos signos de interrogación pintados sobre los ojos. —Pues no hay mucho más de lo que ya sabes —Irela hizo un gesto de aburrimiento. De pronto se puso tensa y lanzó un grito—. ¡Gorkin! ¡Pequeño monstruo, deja ese pobre kukish en paz! Gorkin miró a su madre con dos ojos llameantes. Suspendió por un momento la anticipada autopsia del peludo animalito, que de cualquier manera ya había dejado de temblar convulsivamente. En ningún momento gritó, porque el kukish es mudo. —Quería ver si tenía algo adentro —refunfuñó Gorkin, molesto. —¡Pues claro que tiene algo adentro, niño curioso! —en dos zancadas llegó a su lado—. Pero ya no le sirve —agregó con desaliento—. ¿Cómo te creías que funcionaba? ¿A batería? Miró los ojos del kukish, velados por la muerte, y apartó los suyos de inmediato. —Bien, Gorkin, querido, sé un niño bueno ahora y tira todo esto a la basura. Y no lo toques con las manos. Volvió a sentarse junto a la dama calva, meneando la cabeza al ver por el rabillo del ojo cómo Gorkin, luego de la molesta interrupción de su madre, hundía las manos en las entrañas del kukish, al que previamente había abierto con su filosa medallita de identificación. El daño ya estaba hecho, y nada que se hiciera volvería al animal a la vida, pensaba con resignación Irela. —Ya no sé qué hacer con este diablillo. No se entretiene con nada. ¿Me pedías detalles de mi viaje? Pues ahí tienes un detalle: se llama Gorkin. No sabes la vergüenza que hemos pasado en este viaje por su causa, creo que nunca lo vi tan enojado a Dalmo. La dama sonrió, comprensiva. —Es un niño, Irela, está en edad de ser travieso. —Pero es que no sabes, éste es un demonio. No puedes quitarle la vista de encima ni por un segundo. Fíjate que de ese planeta azul del que te hablaba, donde compré los aros, tuvimos que salir poco menos que huyendo. Hicimos allí una escala, no pensábamos quedarnos demasiado porque Dalmo quería pasar la última semana en las fuentes de Beta del Centauro, pero nos encantó el color —un azul claro, muy romántico— y la Guía decía que estaba habitado, así es que bajamos en la mitad del campo, en un bosquecillo cercano a la autopista. Dalmo bajó a estirar un poco las piernas mientras yo preparaba un almuerzo rápido. —¿Y el pequeño dormía? —¿Dormir Gorkin? —se asombró Irela—. No sabes lo que dices. Esa criatura no conoce el sueño. Se dedicaba a atrapar mariposas, arrancarles las alas y luego hacerlas volar con la mirada. —Qué chico éste —la dama lanzó una carcajada, juntando las manos. —Por lo menos no molestaba, jugaba solito. Bueno, el caso es que Dalmo se sintió inspirado y quiso hacer el amor, así es que volvió a la nave. —Me lo imagino. El aire campestre, un suave verde afuera... —Pues te lo imaginas mal. No sé en qué momento había llegado un transporte con... no sé, alrededor de cuarenta escolares, y parece ser que alguno se burló de las orejas circulares y sin pliegues de Gorkin, o algo así. Ellos tienen orejas como alargadas y con pliegues, algo difícil de explicar. El caso es que cuando escuchamos la voz del pequeño gritando "Sois todos unos guarros y os voy a guadañar" salimos corriendo, como supondrás, pero ya era tarde: todo el campo estaba regado de vísceras, cabezas explotadas, miembros separados de sus cuerpos; un desastre, te diré. La dama calva lanzó una carcajada y golpeó con la palma en el brazo de su sillón. —¡Por Dios, me imagino la cara de tu marido..! —No te puedes dar una idea. Le dije a Dalmo: tienes que hablar firmemente con el niño, querido. No seas demasiado duro con él, el daño ya está hecho, pero debes decirle cómo son las cosas. Y los dejé hablando a solas. Tenías que ver el aspecto solemne del diablillo éste, parecían dos adultos charlando de sus cosas. Y Dalmo —hay que ver la paciencia de ese hombre— que le decía "Yo también he sido niño, no es que no debas hacer nunca una travesura, pero si no controlas tu ira vas a tener muchos problemas en la vida...". Luego Gorkin, para demostrar su independencia, se puso a desarmar un animalito con cola que había atrapado afuera. Diez minutos después estaban los dos muertos de risa jugando al metesh, no sabes lo bien que se llevan. Al día siguiente fuimos a comprar algún souvenir... —Habrán limpiado todo, me imagino... —Oh, por supuesto, aquello era un estropicio. Dalmo guadañó durante dos horas y dejó el campo sin una sola víscera. Después estuve otras dos horas haciéndole masajes en la cabeza, pobre cielo. Te decía que fuimos a comprar algún recuerdo, mira estos aros, son una especie de refugio calcáreo de animalitos marinos. En confianza te voy a decir que no llegué a pagarlos, tuve que salir disparada con los aros puestos. —No me lo digas: Gorkin otra vez. —Y qué otra cosa podía ser. El niño quería tocar una pila de perfumes, y el comerciante le pidió que no lo hiciera. Era un hombre muy amable, así es que hazte una idea de la vergüenza que nos hizo pasar este demonio, porque se puso rojo de furia y dijo "Sois todos unos guarros y os voy a guadañar", y yo le dije severamente "Gorkin, pídele disculpas al señor por lo que has dicho", pero como te imaginarás estaba descontrolado, y un minuto después esa coqueta tienda parecía un descuartizadero de gogots que ríete del incidente del campo: la cabeza del vendedor quedó aplastada contra el techo, y su cuerpo hecho un guiñapo retorcido en el piso, que estaba lleno de sangre de todo el mundo. Imagínate que había mucha gente. Sólo quedó un bebé llorando en brazos de su madre, una mujer joven que no tenía cabeza. Lo vimos al mismo tiempo con Gorkin, pero el pequeño salvaje llegó antes que yo y lo explotó. ¿Te imaginas un bebé explotando de golpe, mientras Gorkin me decía "Te gané", con una sonrisa? Horrible. Y Dalmo que le dice "Pero cómo te atreves a llamar guarro a un señor mayor", y yo que le digo a Dalmo "Pero mira en lo que te fijas ahora, con el desastre que ha hecho el niño", y Dalmo —que ya sabes lo orgulloso que es— que me dice "Ambas cosas están mal", y otra vez mi pobrecito marido, con la cabeza hinchada por el esfuerzo, a limpiar el lugar con furibundos guadañazos hasta que desapareció todo, mientras le dice "Pero Gorkin, pequeño, ¿qué hablamos ayer?". La dama tomó un dulce. —Se ve que el niño tiene su temperamento. —Y no sabes cuánto. Esa misma noche, paseando por una calle muy concurrida, como podría ser aquí La Bal, para darte una idea, por no sé qué estupidez guadañó tres cuadras seguidas. Dalmo le llevaba de la mano y yo iba detrás de ellos, mirando las vidrieras, así es que no escuché bien la discusión, pero mi marido le decía "Pues no te lo compraré, y puedes enojarte todo lo que quieras" y Gorkin furioso guadañando metro a metro, así por tres cuadras. Hazte un cuadro mental de lo que era aquello: los muertos en el piso, sesos chorreando en las paredes, las vidrieras llenas de sangre. Y los dos caminando en silencio y el niño sembrando toda esa basura a su paso, y yo con una angustia terrible. Dije "Por Dios, Dalmo", pero ya lo conoces, cuando toma una determinación es implacable... así es que sin volverse me dijo "Tú no te metas, Irela. A este pequeño salvaje hay que educarlo de una vez por todas. O es que vamos a estar siempre a merced de sus caprichos..." Así es que me dediqué a limpiar todo lo que pude sin decir esta boca es mía mientras caminaba detrás de ellos. Esa noche Dalmo llamó al niño y le dijo "Sabes por qué te vas a la cama sin postre, ¿verdad?", y Gorkin, que al fin y al cabo no es más que una criatura, miraba el suelo con las manos en la espalda. Pobrecito, es cierto que había estado caprichoso, pero si uno no es caprichoso cuando es niño, ¿cuándo lo va a ser? Es totalmente lógico, ¿no te parece? Me partía el alma ver lo duro que era su padre con él, y le hacía señas por detrás de Gorkin de que ya estaba, que no lo torturase más, pero Dalmo se mantenía inflexible. Si supiera que me levanté de puntillas a la noche y le llevé un trozo de postre a su camita seguro me regañaría, pero es que los hombres no saben cuánto puede sufrir una madre en estas situaciones... Le dije: "Yo te traigo postre, será un secreto entre nosotros, pero debes prometerme que no harás sufrir más a mamita y a papito, ¿lo prometes?", y se comió el postre mirándome fijo a los ojos y no prometió nada el diablillo, pero es porque todavía estaba algo rencoroso. Ay, Señor, las madres comprendemos todo. Debemos estar hechas para eso. Así es que no le dije una palabra, me limité a acariciarlo hasta que se durmió. Y a la mañana siguiente... no me preguntes en qué momento, ni cómo lo hizo, pero el muy sabandija enterró en algún lugar del campo una cápsula de antimateria que tomó de la caja del padre, ¡y todavía viene y me lo cuenta muy contento! Créeme, se me erizó la piel, pero no quise angustiarlo y mantuve la serenidad. Ya sabes cómo son los chicos, mientras más te preocupas más se divierten. Le pregunté como si fuera algo sin importancia: "Oh, qué bien, has escondido una capsulita. Ahora jugaremos a encontrarla. Pero como tiene el tamaño de una uña, a mamá le va a costar mucho, ¿verdad?, así es que tú le darás una pequeña ayuda, diciendo frío, tibio y caliente, ¿sí?". Pero te imaginarás que no tiene un pelo de tonto, así es que no quiso abrir la boca. Entonces le dije "pero, pequeño, a lo mejor no te das cuenta, pero en cuanto se disuelva la cubierta protectora de la capsulita que está en contacto con la tierra, este planeta va a estallar en mil pedazos. ¿Es eso lo que tú quieres, Gorkin, romper este planeta, querido?", y el muy obcecado que se encoge de hombros y me dice "Son todos unos guarros, es un planeta de guarros y los voy a guadañar", y yo, con toda mi sangre fría que le digo "Pues imagínate lo que te hará tu padre cuando se entere". Y no te puedes imaginar lo que me responde: "Ya sé lo que me hará: tráeme el postre en cuanto se haya dormido", y se pone a jugar con sus cubitos transmisores. Me tuve que tapar la boca para no reírme, a veces tiene cada salida... Entonces me dije: seguramente hay una manera de que el pequeño entienda, y tomé el Manual Galáctico y le expliqué al niño, con toda paciencia: "¿Ves, Gorkin, estos lindos dibujitos? Son planetas, miles de planetas. Hay de primera, segunda, tercera y cuarta categoría. Ahora estamos en uno de cuarta, y podemos hacer lo que nos plazca en él, menos destruirlo, ¿comprendes, pequeño? Porque aunque es uno de los planetas más baratos, si lo rompemos, papá deberá pagar a la Federación mucho dinero por él, quizás dos o tres meses de su sueldo, y no podemos hacerle gastar ese dinero a papá por una simple broma, ¿verdad? Gorkin me miró y dijo: "¿Quedó postre? Tengo hambre", y empezó a armar un berrinche, así es que le di un poco de postre para que dejara de gritar y renuncié a que me dijera dónde había escondido la cápsula. Bueno, cuando Dalmo regresó de hacer sus compras lo puse al tanto de todo. Se puso furioso y se le acabó la didáctica: sacudía al niño por los hombros y le gritaba "¡Demente! ¡Monstruo! ¡A mí el dinero no me lo regalan! ¡Me vas a decir adónde enterraste esa cápsula o te destrozo el cráneo!". Estaba como loco, imagínate, Dalmo, tan cumplido, un hombre que jamás pierde la compostura. Le saqué al niño de las manos porque ya te digo, en el estado en que estaba era muy capaz de lastimarlo. Y no me creerás si te digo lo que le contestó Gorkin a su padre. Como se sentía protegido por mi cuerpo (estaba oculto detrás de mí) le dijo: "¿Por qué no me anuncias de una vez la quita del postre y terminamos con este asunto? Tengo sueño, quiero irme a la cama". Eso era una burla, claro, pero la criatura estaba furiosa, no es muy agradable que digamos que te zamarreen por los hombros, ¿no te parece? Pero yo no estaba dispuesta a permitir que le faltara el respeto al padre, así es que terminamos gritando los tres al mismo tiempo, hasta que Dalmo dijo "Está bien, está bien, Gorkin, papá no está enojado. Tan sólo preocupado. Vete a tu cama y llévate tu postre, da lo mismo". Y cuando Gorkin nos hubo besado a ambos le pregunté: "Dalmo, cariño, ¿cómo vamos a solucionar esto?". "¿Solucionarlo? Tal como veo las cosas, diría que tenemos que salir de aquí lo más rápido posible", me contestó. En ocho minutos puso la nave en condiciones y levantamos vuelo al límite de la velocidad de escape, qué nervios. Y no creas que no hubo discusiones adicionales: le dije a Dalmo "Si sigues forzando el motor esta nave será un montón de chatarra dentro de un año, y tú que siempre te quejas de lo que te costó cambiarla por el modelo anterior; por Dios, Dalmo, sé más prudente" y Dalmo que me decía muy descomedidamente que mi lugar era la cocina, no te puedes dar una idea del mal clima que se respiraba en esa cabina. Pero una tiene sus triquiñuelas femeninas (mira lo que te digo tan luego a ti, pequeña pícara), y en cuanto me puse a llorar y le pregunté si ésas eran las esperadas vacaciones se ablandó todo, es un romántico, y me abrazó y bueno, te imaginas. Y dos horas después lo despertamos a Gorkin para que viese el hongo y le dijimos "Mira lo que hiciste con ese planeta, ahí tienes el resultado de tus travesuras", pero no quisimos ser duros con él, el daño ya estaba hecho. La dama calva sacudió la cabeza sin dejar de sonreír. —Este pequeño les va a dar más de un dolor de cabeza, me temo. Y dime: ¿Fueron por fin a las fuentes de Beta..? —Ah, no sabes qué maravilla es eso. Le prohibimos a Gorkin que guadañara nada, y pasamos unos días en el paraíso, y no exagero. Este vestido que tengo puesto, por ejemplo, lo compré a un precio que si te lo dijera, no podrías... *** El huevo de Ecbatana De la tan trajinada historia del huevo de Ecbatana (en realidad, hoy se llama Hamadán y está ubicada a unos pocos kilómetros de Teherán) tengo alguna cosa para decir, ya que he estado en el lugar de los hechos desde el principio. No hubo más que lo que hubo, y cualquier otra cosa que se diga es una exageración o una mentira lisa y llana. No me mueve ningún interés personal (aquí no hay glorias académicas para reclamar ni dinero en juego), y como ni siquiera soy científico, diré que todo este episodio me ha parecido muy extraño, y ahí se acaba mi pasión. El huevo fue descubierto por una cuadrilla de albañiles que excavaban un profundo pozo, con el objeto de construir los cimientos de un hotel en Hamadán. No estaba demasiado enterrado, no más de dos metros, y la pala mecánica no sólo no lo rompió sino que ni siquiera logró extraerlo del todo. Se detuvo la obra y llamaron al arquitecto jefe y a su ayudante, que soy yo. Así es como esa monstruosidad entró por primera vez en mi vida. El arquitecto ordenó continuar con palas manuales, por temor de dañarlo, y dos horas después el enorme huevo estaba al descubierto. Era realmente grande. Del tamaño, diría, de un automóvil mediano, y altura suficiente como para que un hombre pudiese permanecer cómodamente de pie en su interior. Lo examinamos por todos lados, y luego de las exclamaciones pertinentes, y como no sabíamos qué hacer con el huevo, lo dejamos tranquilo y continuamos con el trabajo por el extremo opuesto. Al día siguiente la vida ya no era la misma, y daba la impresión de que no volvería a serlo nunca más. La gente no brota de la tierra, salvo que aparezca un huevo gigante, y esto es lo que había ocurrido. La noticia corrió como el rayo, y a lo largo del día el lugar se fue llenando de curiosos periodistas, curiosos científicos y curiosos ad honorem, que eran los que tenían que estar detrás de las vallas custodiadas por guardias armados, enviados por el gobierno local. El equipo de la Universidad de Teherán —el primero en llegar— se dedicaba con todo entusiasmo a ultrajar al huevo de todas las maneras posibles, aparentemente sin ningún resultado. Por fin un biólogo que había estado estudiando el fenómeno con un armatoste rectangular, que seguramente no era un lavarropas, se apartó y dijo con tono grave: —Es una cáscara caliza, porosa y extraordinariamente dura. Hay una cámara de aire en el extremo redondeado. Su jefe lo miró sin ningún amor. —Si sigue usted por ese camino, va a terminar descubriendo que es un huevo —dijo secamente. —Señor, me... me limito a decir lo que veo... —Lo que usted ve, caballero, es indudablemente un huevo. Y cualquier niño detrás de la valla le podrá decir que esto es un huevo. Y le digo más: cuando complete sus estudios en la escuela primaria, sabrá que todos los huevos están protegidos por una cáscara caliza, porosa y con cámara de aire. Lo que quiero saber es qué cosa hay dentro de él —lo miró despectivamente. El biólogo echaba chispas por los ojos. —En ese caso —dijo— trépese al huevo y empóllelo. —¡No estoy dispuesto a tolerar..! —no me enteré qué cosa no estaba dispuesto a tolerar porque ya me estaba alejando de allí, pero la discusión subía de tono hasta que al fin intervino alguien y acabó con el lío, entre los abucheos de la gente que quería ver sangre. Al día siguiente había dos bandos claramente definidos: los que estaban decididos a cortar el huevo por la mitad —con un misil, si era necesario— y los que no tenían ninguna duda de que debía respetarse el natural ciclo biológico del huevo, fuera cual fuese, y esperar que la cáscara se partiese sola en algún momento. La polémica fue in crescendo, hasta que alguien del grupo de los halcones gritó que ningún piojoso huevo iba a ser más importante que él y que había que abrirlo de inmediato, y alguien del grupo de las palomas le respondió que daría su vida por el huevo de ser preciso, y ambos se quedaron como dos niños, mirándose con odio a cinco centímetros de distancia. "Y esta gente tiene poder de decisión", me estremecí, contento de ser un anónimo ayudante de arquitecto. Seguramente la cosa no hubiera parado allí; todo hacía presagiar una inminente y muy humana batalla campal, pero justo en ese momento llegó una comisión de la Liga por los Derechos del Animal. Una robusta matrona encabezaba la marcha, seguida por tres ancianos cadavéricos. Cuando habló, a nadie le quedaron dudas de que estaba enojada para siempre. —¡El que toque este animal será inmediatamente detenido. Tiene derechos! —rugió. El halcón la miró con rencor. —Esto no es un animal, es un huevo. —¿Y qué supone que tiene adentro un huevo? ¿Una lámpara de pie? ¡Aquí adentro —arengó dramáticamente a la gente— hay una vida que nace: un animalito ignoto que abrirá sus ojos por primera vez al mundo, necesitado de ternura, de amor, indefenso. ¿Vamos a permitir que el Hombre consume un nuevo crimen en nombre de la Ciencia? Yo pregunto: ¿vamos a asociarnos con nuestro silencio cómplice al espantoso acto de segar una vida, una pequeña vida que late y que nos llama? —¡Sí, sí —gritaba la chusma—, que abran de una vez por todas ese huevo de mierda! De ahí en adelante todo el mundo habló al mismo tiempo y en todos los tonos de la escala, de manera que puede considerarse un milagro que el huevo terminara salvando su vida, o por lo menos su derecho constitucional a permanecer entero mientras la naturaleza no dispusiese otra cosa. Han pasado cuatro días sin novedad. Muchos curiosos han optado por volver a sus cosas, decepcionados por el poco sentido del espectáculo que tiene el huevo. Éste, ajeno a todo, levanta impasible su mole blanca al cielo, esperando el Día del Juicio Final con un poco de pereza. Los curiosos especializados tienen los nervios a flor de piel por la espera. Un psicobiólogo de barba en punta y gruesos lentes se acerca, lo contempla con ojos entrecerrados por el odio y le dice cosas terribles en rumano. La matrona de la Liga, del otro lado, lo acaricia con ternura y murmura cosas ridículas: "Tranquilo, mi pequeño, mamá no se va"; o "Nadie tocará un gramo de tu yema: tienes derechos". Todos la miran como si estuviera algo loca, pero a esta altura ya están todos algo locos. ¿Y nosotros? Nosotros, una humilde empresa de construcciones, sin dejar de estar interesados en el progreso de la ciencia y el avance de la humanidad hacia sus mejores destinos, sólo pretendemos que toda esta caterva de enajenados desaparezca de aquí, huevo incluido, y nos permita cavar nuestro pozo. Después de todo, tenemos un contrato. No nos pagan para empollar un huevo con la mirada. Aleluya. Ha venido corriendo un peón y me ha dicho con la voz entrecortada que ha aparecido una grieta en la cáscara. Algo va a salir de ahí adentro. Pero Alá es el más grande. Aleluya. Cuando llegué, aquello era otra vez un hervidero. La gente, que jamás había oído hablar de la impenetrabilidad de la materia, se agolpaba contra la valla. Efectivamente, había aparecido una grieta. La gruesa capa calcárea había tomado una coloración rosada, y el huevo entero parecía palpitar. Me acerqué más: latía como un corazón. El ritmo se aceleró vertiginosamente, alguien gritó "¡Cuidado!" y por fin se partió en dos longitudinalmente con un crujido; cada mitad se deslizó hacia su costado y quedó apoyada en la tierra en equilibrio inestable, pero nadie les prestaba atención: todas las miradas convergían en el centro. Y en el centro había otro huevo. Enorme, blanco, inmóvil. Un huevo adentro de otro huevo. Un huevo que da a luz un huevo. Un "Uh" decepcionado se levantó de la platea, mientras los científicos observaban sin perder detalle. Los periodistas daban vueltas alrededor del nuevo engendro, en busca de otra grieta, pero no había nada: era un hermoso, gallardo y perfectamente oval huevo recién nacido. Hubo una reunión. El arquitecto jefe pedía a gritos que se llevaran el huevo de allí de una vez por todas; un ecólogo tartamudo le respondió que trasladarlo sería cometer un ovicidio, si es que existía esa figura legal, pero que en todo caso no era aconsejable por la seguridad del huevo. La matrona de la Liga aplaudió de pie. El jefe amenazó con desalojar el huevo y todos sus parásitos humanos por usurpación de propiedad privada. Apelaría al ejército si era necesario —dijo. La sociedad dueña del futuro hotel estaba apretando el torniquete: les parecía muy curioso todo el episodio pero las obras se retrasaban, y ganar dinero después significa perder dinero. ("Que la Ciencia del Hombre avance lejos de mi hotel", había dicho el señor Wilkins, apuntando con su habano la inmensidad cósmica). Finalmente el arquitecto jefe concedió un plazo de gracia, aplacado por la promesa de que el nuevo huevo se partiría en menos de cuatro días, según los dudosos cálculos de los científicos, que hubieran ofrecido construir una gallina gigante de ser necesario. Pura desesperación. (Un biólogo dijo, en medio del fragor de la discusión: "Usted parece no darse cuenta de que este huevo no ha sido creado por la mano del hombre", y cuando en el silencio subsiguiente todos lo miramos con curiosidad se ruborizó. "Quiero decir... que no es terrestre, que no viene... las gallinas... bueno, supongo que me entienden"). Al segundo día el huevo palpitó, se sonrosó y finalmente se abrió con un crujido, dejando ver en su interior otro huevo. Creo que, en el fondo, nadie se sorprendió demasiado. Quedaba muy poca gente, así es que el "Uh" fue muy débil esta vez. Y tres días después ocurrió. No me explico por qué razón algo como aquello necesitaba tanta protección calcárea, pero tampoco es la única cosa de la naturaleza que ignoro. De los huevos anteriores no quedaban ni rastros: se habían disuelto rápidamente en una fina capa blanca (de la que se tomaron muestras, que desaparecían con idéntica velocidad de las cajitas de los indignados científicos), para terminar desapareciendo también en la tierra marrón. El caso es que cuando escuché, muy temprano por la mañana, un sonido extraño y pregunté qué era eso, el peón que se había quedado sin aliento la primera vez me dijo "Debe ser que vamos a ser tíos de otro huevo, patrón", y siguió arrastrando un cable. Me acerqué sin mayor entusiasmo. Detrás de las vallas había unos pocos curiosos, y adelante periodistas, hombres de ciencia y el huevo. Otro crujido. Los latidos. Y nos quedamos helados. Todos. Por entre las mitades del huevo resquebrajado se veían claramente dos pequeños ojos, y un largo pico. Los ojos estaban cerrados y pegados por una sustancia gelatinosa. No podíamos quitar la vista de allí, paralizados, salvo los de la Guardia Nacional, que tomaron posición y apuntaron con sus armas al centro del huevo (los militares tienen muy arraigada esa sabia máxima paleolítica que dice "Si es desconocido debe tener veneno, y hay que acabar con él preventivamente"). Al fin el huevo se partió con un ruido infernal, dejando ver al engendro que llevaba adentro. Pueden creerme o no, no invento nada. Han visto su imagen por televisión. Su fotografía en los diarios. Lo que salió de allí adentro era, diría, un pequeño hombrecito de largo pico. Abrió los ojos y puso un pie en el suelo. Tenía zapatos marrones y uniforme verde. Y un casquete del mismo color. Miró a la gente sin curiosidad, se volvió y sacó un objeto cuadrado del interior del huevo, que comenzaba a disolverse. Realmente tenía un aspecto muy simpático, una especie de Pájaro Loco con uniforme verde. El objeto cuadrado resultó ser una vulgar mesa plegable, con un banquito adentro. Apoyó una minúscula valija sobre la mesa, la abrió y retiró de su interior dos trozos de una sustancia similar al pan, como de veinte centímetros de largo. Luego tres láminas de algo verde, que colocó entre los dos trozos. Un sandwich. Se sentó en el banquito y se puso a comer, de espaldas a la gente. En la parte posterior de su chaqueta podía leerse, en letras rojas, ACME Uranian. Comía distraídamente, y cada tanto se volvía y miraba a la gente sin dejar de masticar. Una vez que el sandwich hubo desaparecido se limpió el pico con un trozo de tela de la valija, la cerró, apoyó un codo sobre la mesa y la cabeza sobre la mano. No estuvo más de dos minutos en esa posición. Volvió a abrir la valija, rebuscó adentro, se volvió, miró otra vez a los curiosos y finalmente extrajo algo similar a dos mangas de repostería, dos potes y dos cucharas de madera. Trabajó activamente durante unos quince minutos sobre la mesa; cada tanto giraba la cabeza para mirarnos a todos. Tomó los dos potes y volcó su contenido sobre la tierra. Levantó nuevamente la tapa de la valija, sacó una caja diminuta con una placa metálica sobre la superficie y cuatro patas orientables. Puso la caja en el suelo, con una especie de ojo de buey apuntando a la mezcla, y orientó la placa hacia el sol. De inmediato una cremosa espuma comenzó a levantarse del suelo, mientras el homúnculo esperaba, sentado en su banquito. Finalmente, y en cuestión de minutos apenas, estuvo formado un enorme huevo. Idéntico al huevo primigenio. El pájaro loco miró a la gente, guardó sus utensilios en la valija, plegó mesa y banquito. Miró por última vez y desapareció dentro del huevo, atravesando su masa aún gelatinosa. Todos estábamos demasiado asombrados para decir nada. Con la boca abierta, nos quedamos aguardando que ocurriera algo. Algo ocurrió: dos minutos después apareció la cabeza con el casquete, miró a la gente, escupió en el suelo y volvió a desaparecer. Apareció nuevamente con la tela en la mano, limpió lo que había escupido y volvió a esconderse. Inmediatamente el huevo comenzó a hundirse como si la tierra fuese jalea. Y cuando desapareció, allí no quedaba nada: sólo la infértil tierra marrón. Naturalmente hubo excavaciones, pero no encontraron nada. Ni rastros del huevo. Y teorías y conjeturas y programas especiales de TV. Y hebillas, pantuflas, cuadernos y mil objetos más comercializados con la imagen del pajarraco. Pero eso no explica nada ni ayuda en lo más mínimo. Por mi parte, les dejo las explicaciones a los científicos. El hotel está terminado, y si debajo de él hay un enorme huevo o no lo hay, me da lo mismo. A mí no me pagan para explicar huevos. *** Osvaldo está desorientado y sin saber qué trole hay que tomar Si no hubiera venido herido por tres whiskys seguro que al tipo no le doy ni cinco de bola; pero con el primero se me pianta la desconfianza generalizada, con el segundo ya quiero a todo el mundo y después del tercero me puedo dejar crucificar por la humanidad como el Señor. Y además lo único que tengo en el mundo que es la Gorda seguro que me estaba buscando para matarme, porque ese viernes había salido del laburo con el sobre del sueldo en el bolsillo convencido de que la vida es una herida absurda, y me había metido en un boliche y me había tomado tres whiskys. Y ahí fue que la llamé y le dije: "¿Gorda? Aquí tu concubino, y escuchame bien lo que te voy a decir: me voy a hacer cagar el sueldo hasta quedar tirado debajo de una mesa hablando pavadas, y si me queda algo me voy a buscar mañana alguna reventada para pasar la noche, y si no me lo curra todo, el domingo me voy a Palermo y le pido a Guitarrita alguna fija, para que los chuchos me pelen hasta la última chirola, ¿me oís? Me volví soltero y voy a vivir, Gorda, qué Marilú, Gor-da: ya me chupé la licuadora y ahora me pienso chupar la cuota de la heladera. Y si querés, buscame; te doy un dato: no pienso salir de Latinoamérica. Chau". Y corté cuando la Gorda empezaba a reaccionar, y salí del boliche contento como un chico. Y ahí me tropecé con el tipo. Tenía un impermeable con sombrero a lo Humphrey Bogart y me llevó por delante. En lugar de acomodarle una piña como hubiera hecho en otro momento, porque soy medio revirado para esas cosas, le dije: —Por qué no te fijás por dónde caminás, pipiolo. Pero inmediatamente le vi la cara y me arrepentí. Demacrada, lampiña y de color verde. Pero verde verde. "A la flauta —pensé— éste tiene la papa". —Mi... disculparme —dijo, y trató de seguir, pero yo lo tenía agarrado. Qué cuerpo flaquito, parecía una lombriz con ropa de fajina. —Pará, hermano. A vos te pasa algo —dije, y me arrepentí: otra vez el Zurdo, medio en curda, al rescate de un ser humano. El tipo sacudió la cabeza. —Yo hombre... ahora... suicidiarme. Por favor... Quería suicidarse el extranjero. Con ese cuerpo esperaba dos días más y no iba a tener que tomarse el laburo. —Pero no seás pavote, cómo te vas a amasijar. A ver, contame qué te pasó. ¿Te curró tu socio? —yo sabía que no, sabía que me iba a tirar encima el drama de su enfermedad y me iba a deprimir por una semana y dos noches, pero para qué están los amigos. Me miró con dos ojos negros y hundidos. —Rosita... Rosita no estar ningún lado. Se le quebró la voz. Chupate esa mandarina. Una mina. Pero miralo vos al vegetal enamorado. "Qué poco estaño", pensé. "Otro que no fue a la Universidad de la Vida: se le pianta la paica del cotorro y ya quiere reventarse. Y dicen que el tango está muerto". —Y vos la querías a la Rosita. —Amor... yo amor Rosita. Pero no estar Rosita... —bajó la mirada hasta el suelo. Lo agarré del brazo. —A vos te hace falta un gomía como yo, hermano, alguien que te abra un poco los ojos. Vení, vamos al boliche. Vas a ver que con dos whiskys Rosita y las demás minas te van a importar tres belines. Yo invito. Pero vení, no te quedés ahí parado como un idiota. Cuando entramos al Maracaibo ya le había dado un curso intensivo sobre cómo tenía que manejarse con las mujeres, tema que no tiene secretos para mí, pero me dio la impresión de que no me daba mucha bola. Tenía la mirada perdida y parecía que cualquier cosa le daba igual. Nos sentamos en la mesa del fondo. —¿Vos sos chorro? —le dije de golpe. Me miró sin entender. —No, te digo porque todos los ladrones están enamorados de Rosita. Olvidate, es una joda. En ese momento se acercó Mariel, revoleando el traste y con una mano en la cintura. —Pirá, loca —le dije—, éste no es un cliente, es un amigo. Es mi amigo... —me di vuelta y lo miré—, ¿cómo es que te llamás? —Baal —me dijo, y me le quedé mirando. Entonces escribió B-A-A-L con un dedo en la mugre de la mesa. —Ah, no, salame, así no se escribe. Se escribe así —y dibujé con el dedo O-S-V-A-L-D-O—. Mi amigo Osvaldo —le dije a Mariel. —Ya veo —dijo, despectiva—. Tuberculoso. Y borracho como vos. —Pero tomátelas, reventada. Quién sos, Lilí Marlene, en este cabaret de cuarta. Para que sepas —tuve que levantar la voz porque se estaba yendo—, de noche soy esta piltrafa que ves, pero de día me convierto en gerente de la Shell —lo miré a Osvaldo—. Es joda, de día también soy una piltrafa. Pero, decime, ¿dónde la conociste a Rosita? Mi amigo suspiró. Miré distraídamente cómo nos servían dos whiskys. —Yo bajar... desperfecto... golpear puerta. Necesitar inyector y metano. Dónde haber. Abrir Rosita y yo enamorar... yo... esta forma. No asustar. Rosita así... tetas. Mujeres Aldebarán no... tetas. Gustar todo grande así... oh, complicado. Clavado. El punto se queda con el auto, golpea una puerta para mangar alguna cosa, sale Rosita que debe tener un par de tetas descomunales y el señorito que se enamora a primera vista. ¿Por qué? Porque en su país las mujeres son más bien lisas de frente. Puse cara de conocedor. —Pero no, papá, vos no te podés enamorar de un par de tetas. Una cosa es el amor y otra la catrera. Decime, si querés, que el cuerpo para el crimen de Rosita te... excitó y bueno, a cualquiera le pasa. Pero cómo te vas a cazar este metejón de órdago sin haber... —¡Aldebarán yo amor todo mujer rápido siempre! —aporreaba la mesa con el puño. Le puse una mano en el hombro. —Bueno, pará, no te calentés. Después de todo, quién soy yo para decir dónde está el amor o dónde no está. ¿Y hace mucho de esto? —Dos drogs... seis meses yo amor. Rosita principio decir... extraño tú. Después yo hacer... voltura Aldebarán. Y ella enamorar. Decir: "No poder vivir sin Baal". Decir: "A veces parecer hombre mi vida y a veces verde pepino". Cosas hermosas decir. Enseñar hablar. Dar ropa. Todo voltura. Después... ella decir amor con afecto verdad. ¿Entender? —Parecés un sioux pero sí, te entiendo. ¿Y después qué pasó? Estaba todo claro: la mina primero entra por el verso, pobre tipo, con la caripela que tiene no puede ganar mucho con la facha. Y pensándolo bien, mucho verso no podía tener. Misterio. Pero parece que después la señorita le descubre alguna virtud enterrada y ahí se mete hasta las patas. Hizo un gesto vago. —Rosita presentar mamá decir traer bombones quedar bien sí sí bien yo living. Yo no inyector y metano, yo Rosita. Ella beso cuando pero yo no sentir, ella sí y decir hermoso. Yo decir Rosita querer unión total voltura y ella decir no preparada. Eso ser. ¡Yo Rosita acá! —se golpeaba el pecho. —Claro —dije yo, pero no estaba nada claro. ¿Le hicieron la rosca entre Rosita y la vieja? ¿Querían casarlo al moribundo éste las dos delirantes? ¿Qué es una unión total voltura? Le pregunté. —Ser... Aldebarán ella venir mí y hacer unión voltura. Fundir. Separar y descansar. Fundir otra vez. Así. Feliz. Graznidos amor. ¡Yo amor! ¡Yo Rosita acá! —se golpeaba el corazón— Yo hacer dinero. Mucho dinero. Comprar bombones y cosas, inyector no metano no. Quedar. Claro, pobre tipo, después de seis meses de hacerle el novio se la quiere voltear y la mina que nones. La vieja le debe haber dicho "usté nena me cruza las piernas, porque en cuanto me afloje un tranco de pollo este filón de oro se nos toma el Conte Rosso" y la Rosita, flor de guacha, le debe haber hecho la tórtola enamorada pero minga de catre. Y mientras tanto le curraban la guita. ¿La guita dije? ¿Y de dónde sacaba la guita el coso éste? Un extranjero sin papeles. Lo miré. —¿Y de dónde sacabas la guita, Osvaldo? —no me entendió. —La plata. La mosca, la tela. El dinero, Osvaldo. Dijiste que hacías mucho dinero. —Sí, sí, mucho dinero. Primero Rosita decir no servir. Después lindo. Igual. Todos pedir papelitos Baal. Baal hacer papelitos y dar. Rosita hablar así: "Estar loco Baal" y yo agradecer. Y Rosita decir: "Ser loco no bueno" y yo no agradecer más y no dar. Tu gente gustarle mucho papelitos Baal. Hacer muchos papelitos para Rosita. Dinero para Rosita. Mirar. Sacó un toco de billetes que cortaba la respiración. Mamita querida, un imprentero. Yo, el Zurdo, el corazón del barrio, el hijo de doña Cata, mezclado con la mafia internacional. Me puse nervioso. —Guardá, guardá eso, melón, que vamos a ir en cana. Pero mírenlo al señorito: uno se pasa media vida tratando de inventar un curro que funcione para piantar de la noria, y usté, un extranjero verde y flaco que habla en jerigonza es capaz de zafar en seis meses. No hay Dios, no hay. ¿Y dónde tenés la máquina, Osvaldito, amigo querido? —¿Máquina? Bosque. Tapar árboles. Yo desperfecto. Inyector... —Sí, ya sé, ya me contaste, pero vos estás muy loco, hermano. ¿Cómo se te ocurre falsificar guita al aire libre? ¿Y ahora qué? ¿Se te rompió la máquina? ¿Pero no era el coche...? —estaba algo confundido yo. —No, no. No coche Baal. Papelitos. —Bueno, dejalo así. Pero decime un poco: ¿cómo los hacés? Se entusiasmó. —Ah, igual cuerpo. Y cara. Yo hacer cuerpo Baal. Yo asustar. Baal no así. Baal lluvia luz. Papelitos igual. Dinero. Me dio la impresión de que el tercer whisky estaba haciendo estragos en el pobre. ¿Qué me quería decir con esa sopa de letras? ¿Dijo o no dijo que hacía cuerpos, o algo así? De golpe se me pararon los pelos de la nuca, cuando me di cuenta de un detalle terrible: cada vez que le venía el ataque de amor y decía "yo Rosita acá" golpeándose el pecho, no se golpeaba el pecho. Se pegaba más abajo. En el estómago. ¿Pero de dónde venía el coso éste? —Che, animal, vos no te habrás comido a la Rosita, ¿no? Se puso triste y se quedó callado, el caníbal. —No —dijo después— Baal yo no comida. Comida bueno no. Yo provisión bosque. Amigo no entender. Rosita no estar más, Baal hacer este cuerpo y unión voltura y Rosita abandonar. Yo mostrar amigo cuerpo Baal. Mirar. Miré atentamente para ver si entendía alguna fruta de la ensalada ésa, pero justo en ese momento hubo un cortocircuito en algún lugar detrás de él, o adelante, y en lugar de Osvaldo había una lluvia de chispas multicolores y una nube blanca, y me pegué un terrible jabón, y antes de que pudiera gritar "incendio" y salir de raje, se apagó solo y otra vez lo vi a Osvaldo. No estaba carbonizado. —Ahora amigo ver. Saber —dijo, melancólicamente. —La verdad, no, justo hubo... —Baal así —me interrumpió. No me escuchaba—. Y cuando Rosita decir sí unión total voltura Baal yo feliz. Y envolver Rosita y Rosita puf. Desaparecer. No separar ni descansar. Puf. ¡Yo Rosita acá! —se golpeó otra vez—. Yo suicidiar cuerpo Baal. Bueno, por lo menos no se la había comido el muy bestia. La piba debía haber juntado un paquete de tela y antes de borrarse le había hecho la ofrenda. Y Osvaldo pateando el empedrado, buscando el tiro del final. Pero qué historia repetida, hermano, ¿el mundo no iba a cambiar nunca? ¿Todo era la podrida rutina, las mismas cosas todos los días? Me dieron ganas de llorar por Osvaldo, el whisky, el folklore, por mí. ¿Por qué se me quemó el zorzal en Medellín? —Mirá, hermano —le dije—, hoy te han amurado en el teatro éste y vos querés regar las tripas sobre el escenario. Pero creeme, no todas las minas son como Rosita. Olvidate de lo que te dije del rigor, del cachetazo a tiempo. A las minas hay que quererlas y mimarlas, si son lo más grande. ¿O no tenés vieja vos? Hay que tirar para adelante y meterse las cicatrices en el culo, papá. A este pipiolo que aquí ves le han dado tantos chuzazos en el bobo, hermano, y mirame, aquí me ves, creyendo en el amor como una colegiala. Yo te voy a decir lo que vamos a hacer: vamos a garpar, nos vamos a levantar y si no nos desmayamos nos vamos a ir a mi casa, cantando abrazados Allá en el Rancho Grande por la calle. Y vas a dormir en el living. Te aviso lo que te vas a encontrar: te vas a encontrar una gorda que putea en castellano, vos la gambeteás como te salga y te me abrazás al sillón grande, y de ahí no te sacan ni con banda de música. Cuando la gorda se te va al humo para echarte a patadas, yo como un wing habilidoso arrastro la marca para el lado del dormitorio y me encierro con la gorda hasta que se olvide de vos. Yo me arreglo, ya sé cómo calmarla. Y mañana será otro día. Yo sé lo que te digo, vas a ver que el sol viene con corte de manga incluido para los dramas de la noche. Pero ahora dejame que te cuente la historia de la turra de Esther, esa sí que era una yarará, hermano, reíte de Rosita. Si te digo que en tres meses me fundió el mercadito, el puestito de la feria, la ganchera y el mostrador ni siquiera estoy empezando a hablar, ponele la firma. A esta podrida la conocí en el casino de Mar del Plata, yo estaba ganando un paquete de guita con una cábala inmortal que me pasó el Alemán y ella se me arrimó y me preguntó si creía en el amor a primera vista. Yo iba recién por el segundo whisky, le eché un june de coté y me acuerdo que pensé "la maté con mi fina estampa", porque uno nunca termina de aprender, y le contesté que sí, y ahí nomás sobre el pucho... Debo de haber estado hablando como dos horas, no lo podría decir. Ni siquiera sé de qué. Sospecho que hice un racconto de mi vida amorosa porque Osvaldo se reía como un loco, aunque no sé, porque él también estaba mamado por fallo unánime. Al final, con el sombrero echado sobre la nuca y los ojos vidriosos, me dijo "vos no sabés cómo yo querer, hermano", la lengua toda enredada (más, si era posible). Y que se volvía a su país, y después ya se me nubla tanto todo que no sé si me agradecía que le hubiera devuelto la fe en la vida o me estaba mangueando para el colectivo. Me desperté porque me estaban sacudiendo el hombro. Un cana. Tenía la cabeza apoyada sobre los brazos y arriba de la mesa. Un hilo de baba había formado un charquito al lado de mi boca, y cuando abrí los ojos... ay mamita cuando despegué los ojos. No lo podía creer. Un montón de curiosos me miraban y apuntaban con el dedo. Había un cana, periodistas, la televisión. El de la TV me arrimó enseguida un micrófono. —Para Nuevediario, señor: ¿qué era esa cosa luminosa que estaba con usted? La cabeza me daba vueltas y se me partía en cuatro. —Señor... —Qué... qué sé yo... cortocircuito —me sacaron una foto—. ¡Largá! —grité—. ¡Decile al chasirete que se borre, che, que la gorda juna el decorado y me va a venir a buscar con el trabuco! —me despejé de golpe—. ¿Pero qué les pasa a todos ustedes, están colifas? —me levanté para irme, un petisito de anteojos me cerró el paso. Obstrucción —pensé—. Indirecto para allá. —Señor, de Clarín... —Pero salí, gurrumín, desde cuándo un curda es noticia —movía los brazos en molinete mientras avanzaba—. ¿Me dieron el Nóbel a la Resaca mientras dormía? Aflojen, vamos. El policía hizo un gesto como para detenerme. Yo quería dar una imagen de varón seguro de sí mismo, pero tenía un cagazo padre. Manotié el bolsillo buscando los fasos y me quedé helado. Mis dedos habían tocado un bulto que no necesitaba ver para saber qué era. La guita falsa. El reventado de Osvaldo se había tomado el buque y, con generosidad de mamado, me metió los billetes en el bolsillo. Listo. Chau. Arrésteme sargento y póngame cadenas. Aquí parte el Zurdo rumbo a la gayola. El corazón del barrio, el hijo de doña Cata. Yo no fui, comisario, de dónde va a sacar un seco como yo un original para copiarlo. No quiero cantarle Cambalache a un jarro de plástico después del horario de visitas. No quiero. Me agarró el pánico y atropellé contra la gente, tiré a la mierda al paralítico que me pedía a gritos que lo curara y llegué a la calle pisoteando congéneres. No estaba como para elegir puntos cardinales, así es que me mandé para cualquier lado y corrí. Corrí como Bargosi hasta que el bobo me dijo un metro más y te hago sol do. Estoy a tres cuadras de casa, más calmado. Tranquilo, Zurdo, que nadie lo sigue. Asustado, lo que se dice asustado nunca estuve, pero reconozco que llegué a preocuparme un poco, viste. Rocambole. El Petiso Orejudo. Sacudo el bocho para despejarlo. La gente tiene el color que corresponde. Doña Clementina está barriendo la vereda y me saluda. "Cómo le va, Romualdo". "Como el culo, doña Clementina", le digo con una sonrisa, total es sorda y a mí me va como el culo. Gorda, pero qué digo, Marilú, Marilú de mi vida, mi única concubina, no pegués, escuchame: aquí vuelve tu Zurdo con su bigote anchoita. Pero no, amor de mi vida, cómo me voy a reventar el sueldo, corazón, vos sabés lo jodón que soy, tomá este paco y no me preguntés nada. Cuatro años de sueldo hay ahí. Te dije que no me preguntés nada. No, Marilú, nena, es legal; che, cuánto hace que dejé la joda, hoy soy un hombre honesto, vos me conocés bien. Pero che, no afané ningún banco, lo que pasa es que si te digo no me vas a creer. Bueno, está bien: me lo regaló un caníbal verde que estaba en cortocircuito y empilchaba como Humphrey Bo... ves, ves que no me ibas a... Marilú, cielo, veo una furia asesina en tus ojos... no, si no largás la escoba no salgo de atrás del sillón, Gorda, mi vida... === Tractatus de Teslae formicus ========================================== === (Tratado de las hormigas de Tesla) ==================================== Marius Paleologus (1) (palou@netrox.net) "Time past and time present are both perhaps contained in time future...". T. S. Eliot. Index I. De las hormigas como género. Donde se trata de la índole de las hormigas en general II. Del lugar de las hormigas en la Creación. Donde se las distingue de otras animalias III. De las diferencias entre las hormigas. Donde se discute si las hormigas conocen diversidad de especies, o se trata de una, mimetizada IV. De una hipótesis sobre la existencia en el reino natural de una hormiga hasta hoy no conocida ni descrita por los filósofos V. De si esa variante, caso de existir como tal, hubo de salvarse en el arca con Noé necesariamente VI. De cómo sobrevivió esa hormiga al diluvio. Donde se discute si, al entrar al arca, se ocultó en la pelambre de otras bestias e criaturas VII. De cómo llegaron dichas hormigas hasta tiempos recientes, salvando incontables peligros VIII. De cómo Maese Nicola Tesla entró en conocimiento de tales hormigas IX. De si Maese Nicola Tesla enseñó a tales hormigas a alimentarse con su ingenio mecánico o corriente alterna, o se limitó a descubrir que ese ingenio era desde el principio su única y absoluta vianda que se procuraban por algún secreto modo, toda vez que no se suele encontrar en la naturaleza X. De cómo el sabio Micer Benjamin Franklin dirimió la disputa entre Micer Edison y Maese Tesla, con ayuda del físico Micer Nero de Dresden y haciendo uso de las extrañas criaturas antes descritas, y lo que sucedió con las hormigas XI. De cómo han llegado hasta nuestra edad estos prodigios Caput I: De las hormigas como género. Donde se trata de la índole de las hormigas en general La bestia o criatura llamada hormiga suele cavar túneles en la tierra, a los que transporta su comida para proveerse de ella durante las escaseces invernales. En esos túneles existen hormigas mayores que aquellas que trabajan como siervas, por lo cual se ha dado en llamarlas reinas. Su laboriosidad y previsión ha hecho que la Sagrada Escritura la elija, por boca del rey Salomón, como ejemplo cuando en los Proverbios (30, 24-25) se dice: "Cuatro cosas son de las más pequeñas de la tierra, y son más sabias que los sabios: las hormigas, pueblo no fuerte, y en el verano preparan su comida", donde se ve que el Autor diferencia entre la sabiduría de las hormigas y la astucia de la serpiente, sinónimo de las artes con las que el Maligno indujo al pecado a los primeros padres del género humano, y corrompió así a sus descendientes, que engañados por la impostura y la falacia de Satán, buscan en múltiples vías la salvación de sus almas y olvidan así su verdadera levadura de hombres pecadores e imperfectos y sus heces adámicas. Aliméntanse las hormigas de hojas y frutos, de los que extraen un elíxir de propiedades desconocidas, que al secarse y dejarse añejar durante mucho tiempo, produce la piedra ámbar según algunos antiguos, aunque según otras autoridades sólo se trata de una piedra común que posee las especies del ámbar, dada su similitud de color, de brillo y lisa superficie. Al igual que el león, no pueden recular, y ésa es la causa de que hagan las veces de certera guía a hombres y animalias por caminos tortuosos y desconocidos, sirviendo así como adelantadas después del diluvio, del cual fueron salvadas por Noé junto a las restantes criaturas, como más adelante se tratará. Caput II: Del lugar de las hormigas en la Creación. Donde se las distingue de otras animalias Ciertos Padres de la Iglesia han referido que las hormigas y las abejas son seres idénticos, es decir, que han sido creadas el mismo día como una y la misma especie, pero en contra de esa opinión hay algunos otros que aducen notables hechos, a saber, que las abejas vuelan en busca del néctar de las flores y producen un zumbido inconfundible, mientras que las hormigas son mudas y carecen de alas. Se une a ésto el que las abejas fabrican panales, de celdas exagonales y perfectísimas, donde almacenan la sustancia melífera. Las hormigas en cambio se adentran en el mundo subterráneo, y dado su escaso tamaño y menguadas fuerzas, que sin duda suplen con tenaz empeño, se ignora de qué modo construyen túneles y grutas, en forma de laberintos, que conducen al recinto donde ocultan la llamada piedra ámbar, difícil de hallar y de comprender, de color de miel sin serlo, por lo cual se cree que gustan del polvo, en el cual se refugian y sin duda se refocilan, dado que suelen vivir en lugares oscuros, húmedos y polvorientos, de modo tal que al aumentar la humedad o desbordarse algún manantial o riachuelo hasta inundar sus madrigueras, sufren la muerte por agua, así como el fuego las espanta y ahuyenta. Únese a ello el don guerrero de las abejas, que atacan ferozmente cuando se creen amenazadas y mueren poco después de enterrar su ponzoña. Las hormigas producen a veces cierto escozor en la piel de aquél sobre el cual caminan inadvertidamente, pero no mueren, porque no tienen aguijón que clavar ni la furia altera sus humores. Son en cambio de naturaleza guerrera, pero no feroz, sino sólo por la debida obediencia a sus reinas, que les imponen el deber de conquistar tierras y dominios o defender sus posesiones, y se cuenta que suelen enfrentarse ejércitos de hormigas en singulares y cruentas batallas, de lo cual proviene gran matanza y duelo entre ellas. Es razonable pensar que las hormigas han sido previstas en el plan del universo por la infinita sabiduría del Creador para dar ejemplo de laboriosidad organizada, por lo cual son citadas por la Escritura. Pero el argumento más poderoso a favor de la diferencia entre hormigas y abejas es la distinción del nombre de las criaturas vivientes, que proviene de nuestro padre Adam. Pues dice el Salmo (147, 4) que el Creador "cuenta el número de las estrellas; a todas éstas llama por sus nombre", y más tarde agrega la Escritura (Génesis, 2, 19) que formó a todas las animalias "y las trajo a Adam para que viese cómo las había de llamar; y todo lo que Adam llamó a los animales vivientes, ése es su nombre", por lo que no se las conocería por dos denominaciones, si de uno y el mismo ser se tratara. Pero ciertas autoridades aducen en contra que no todo animal fue nombrado por Adam, puesto que los peces no se incluyen entre los que enumera el pasaje de la Escritura, pero se les ha respondido que, de no haber sido nombrados por Adam, no hubiera sido dicho a los primeros padres: "Señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra" (Génesis, 1, 28). De modo tal que el Altísimo hubo de presentar a Adam por algún medio también a los peces y monstruos marinos para que los nombrase. Pues mediante el Verbo creó Dios el universo, que ante él se inclina, y por el don de la palabra recibió Adam la potestad de señorear sobre los demás seres vivos, semejantes en ésto a él, pero inferiores porque carecen del alma inmortal. Caput III: De las diferencias entre las hormigas. Donde se discute si las hormigas conocen diversidad de especies, o se trata de una sola, mimetizada Las hormigas parecen diferenciarse sólo por el color y el tamaño del cuerpo que, con todo, siempre es pequeño, lo cual hace pensar que en el género no hay más que una especie, cuyos individuos poseen a veces señales, al modo de las familias, en las cuales es usual que se hereden ciertas marcas, como el cabello rojo o la estatura. Pero en contra de ésto hay autores que dicen conocer criaturas curiosas semejantes a la hormiga común: una de ellas es un pez, escasamente visto en los lagos de Francia, que habita en las profundidades y se asoma a la superficie raras veces, y algunos dicen que también tiene morada en los abismos de los mares, donde se oculta del hombre, aunque de ésto no hay referencia fidedigna alguna. Este pez, según quienes lo han visto, tiene en la cabeza dos largas protuberancias a modo de cuernos, donde van los ojos, su cuerpo es curvado como el caparazón de los cangrejos y lleva sus presas en la boca hasta su guarida. Se dice que la hembra deja sus huevos en la orilla, razón por la cual emerge una vez al año y en la noche; esos huevos están envueltos en una fina malla entretejida de hilos brillantes que se mueven como tentáculos. Los autores que han descrito a este monstruo creen que se trata de una gigantesca hormiga de agua. Otra es la que llaman hormiga-león, ya mencionada en la Escritura por Elifás, rey de los Temanitas (Job, 4, 11) y que el Fisiólogo describe del modo que sigue: "tiene los miembros delanteros de un león y las partes traseras de hormiga. Su padre es carnívoro, pero su madre es herbívora. Cuando engendran a la hormiga-león, ésta nace con dos atributos, pues no puede comer carne, ya que ello se opone a la naturaleza de su madre, ni puede alimentarse de plantas, puesto que ello va contra la de su padre: así muere por falta de alimento". Pero hay quien cree que no se trata de una verdadera hormiga, pues ésta avanza siempre en una sola dirección y camino, y a la descrita criatura podría aplicarse la lección que el Fisiólogo extrae del caso: "¡Ay del corazón doble, y del pecador que va por dos caminos!" (2). Caput IV: De una hipótesis sobre la existencia en el reino natural de una hormiga hasta hoy no conocida ni descrita por los filósofos En la infinita variedad de la Creación, existe una hormiga cuyas extrañas costumbres han logrado atraer hacia ellas la atención del autor, y puede suponerse que se trata de un tipo de individuo de especie diferente dentro del género, aunque ésto no pasa de ser una hipótesis, puesto que no se encuentra referencia alguna a ella en las autoridades como Aristóteles, Dioscórides y Plinio, inter alia, la cual a continuación será descrita por si pudiese resultar de alguna utilidad a los estudiosos. Esta hormiga, más pequeña que el resto de su género y de color rojizo, se caracteriza por una conducta singular y maravillosa, que más parecería cosa mágica o demoníaca, de no decirse en el Salmo 148 que todas las criaturas, hasta los monstruos marinos, alaban al Altísimo, lo cual supone cierta luz natural o raciocinio elemental, pues reconocer la existencia del Creador y alabarlo exige de la criatura en cuestión alguna capacidad intelectiva. Pero es mejor hacer abstención de juicio y describir lo que de tan extraño ser se ha observado: Hay quien asegura que la llamada piedra ámbar, elaborada por las hormigas, pierde su brillo pasado algún tiempo, lo cual advierte esta suerte de hormigas, que la recubren de nuevo néctar, hasta parecer renovada y brillante. Entonces se reúnen todas alrededor de la piedra y se deleitan viéndose reflejadas en ella. Tal es su regocijo que suelen acercarse a la piedra y rozarla, por lo que algunas quedan atrapadas en la sustancia viscosa. Es por ésto por lo que la piedra ámbar presenta a veces puntos negros en su superficie, y líneas diversas a modo de abigarrados diseños, ya sean curvas que llegan a evocar paisajes, pájaros en vuelo, o monstruos mitológicos como el dragón, o ríos y montañas, y son los cuerpos de las hormigas fundidos con ella. Cuéntase también en la Didascalia de Teodoro, que al llegar el verano aparecen, en cuevas abandonadas que pertenecieron a las hormigas, bolas de hierbas envueltas en una sustancia viscosa, dentro de la cual se advierten los cuerpos petrificados de numerosas hormigas, y las tales bolas yacen alrededor de la piedra ámbar. Hemos visto con nuestros propios ojos la existencia de tales despojos, pero además, parece ser que durante el invierno presérvanse de las heladas formando las mencionadas bolas, con las cuales rodean primero la piedra ámbar y las hacen rodar juntas, de modo tal que atraen y envuelven múltiples cuerpos de hormigas, para llevarla hasta el centro del túnel, o grupo de túneles en forma de laberinto. La piedra ámbar queda así limpia y resguardada del frío, hasta que en el verano se abre, del mismo modo como las nubes oscuras se separan para dar paso al sol o astro rey. Cuenta un discípulo de Casiodoro que al amanecer las tales hormigas se congregaban en la superficie, atraídas por los rayos solares, acarreando la piedra ámbar, y formaban en torno a ella una masa compacta de color entre dorado y rojizo, que observada desde arriba, parecía una copia del sol naciente, lo cual hizo pensar a algunos —más tarde reprobados como heréticos— en un rito de adoración al astro, cuya forma imitaban al reunirse en apretada multitud. Lo que se cuenta como cierto es que sacaban de sus grutas subterráneas la piedra ámbar a la salida del sol para exponerla a sus rayos, cosa que no hacían en ningún otro momento. Agrega el autor que mientras ésto ocurría, circunvalaban con gran excitación la piedra en una especie de remolino, de tal modo que el reflejo solar las hacía parecer una espiral de múltiples volutas que reflejaba al sol celeste, y que del movimiento se desprendía un sonido que sorprendió a quienes aseguran haberlo escuchado, porque se les antojó parecido a música y creen por ello que la piedra es la quintaesencia de cada sustancia de la naturaleza, separada y extraída de la tierra impura, que la tenía presa y como estrangulada. Al liberarse de la prisión constituida por la materia, esta quintaesencia se presenta ora sólida ora volátil. Pues cuéntase también que la multitud de estas hormigas reunidas en torno a la piedra ámbar, cuando el calor del sol es más fuerte, hace que sus emanaciones quiebren la piedra, y de su interior salga una hormiga blanca y provista de alas, que se deja admirar y agasajar por sus siervas hasta la noche, antes de emprender el vuelo en busca de las mismas flores que utilizan las abejas para elaborar el manjar melifluo. Parece que el néctar así recogido por la hormiga blanca realiza con las restantes una función desconocida, pues aguardan expectantes hasta el amanecer por el retorno de la hormiga blanca, cuyo vuelo ha de ser forzosamente nocturno, ya que nunca vuelve a tocar la tierra, y al llegar al punto de origen, los rayos del sol le producen la muerte por disolución en los elementos, de modo que sólo vive una noche y un día. Caput V: De si esa variante, caso de existir como tal, hubo de salvarse en el arca con Noé necesariamente En la misma Didascalia de Teodoro demuéstrase que toda suerte de hormiga fue creada por el Altísimo en el quinto día, pues la Escritura dice "E hizo Dios animales de la tierra según su género, y ganado según su género, y todo animal que se arrastra sobre la tierra según su especie. Y vio Dios que era bueno" (Génesis, I, 25), donde se ve que la distinción entre géneros y especies proviene del mismo Creador, y se refiere en especial a las animalias que se arrastran sobre la tierra, cualidad propia de la hormiga y que comparte con gusanos, quelonios y pequeños dragos, y para la que, como se ve, es indiferente el poseer o carecer de extremidades. Esto se explica porque, en el caso de poseerlas, no serían lo bastante fuertes para sostener el cuerpo de la bestia o bestezuela y debe arrastrar el vientre o caparazón del vientre por el polvo, como, según lo establecido en el Génesis (I, 25), ocurre con las tortugas y otros quelonios, y dice Plinio que también sucede con los cocodrilos del Nilo. Desto se deduce que todo viviente incluido en el género hormiga fue creado con el universo, porque los seres que se arrastran por la tierra surgieron de la divina mano según su especie, y así se ve que la extraña variante de hormiga antes descrita hubo de salvarse en el arca con Noé, pues en el caso contrario nunca hubiésemos sabido de ella, porque ni siquiera habría existido. Cuéntase en una imitación tardía del tratado de Cicerón De natura Deorum (imitación que algunos atribuyen a Casio o Pseudo Longinos, aunque con poca o ninguna certidumbre) que todas las criaturas primigenias, incluyendo a las hormigas, tenían un solo ojo y que sólo los primeros padres Adam y Eva tenían dos, de acuerdo con la Escritura, que dice, al referirse al pecado original: "Entonces fueron abiertos los ojos de ambos". Continúa el autor afirmando que, por tener un solo ojo, todos los animales avanzaban en una sola dirección sin vacilación alguna, pero que, después de la caída, en muchas criaturas se creó un segundo ojo, a causa de la dualidad entre el bien y el mal esparcidos por la Creación, por lo cual muchas empezaron a extraviar su camino, al ser capaces de tomar por dos direcciones diferentes, según el ojo con que observaran una u otra. Pero no es sin razón ni por azar que Dios concede a los hombres y a las bestias dos ojos y dos orejas, lo cual indica que toda bestia ha de aprender por medio de la vista y el oído dobles: uno externo y otro interno. En la escala de la Creación el grado superior corresponde al hombre, que es doble en sí mismo al poseer cuerpo animal y cuerpo espiritual, como el Apóstol Pablo escribe en su primera epístola a los Corintios. El cuerpo espiritual es volátil e invisible, y el cuerpo animal padece la corrupción, por lo cual San Marcos lo llama en su Santo Evangelio la víctima. Sin embargo, a Aristóteles se suele remitir la negación, o al menos la duda de que los animales tengan verdaderos ojos; opiniones éstas no confirmadas por los Padres de la Iglesia, pero tampoco negadas, por lo cual es lo mejor no emitir juicio alguno al respecto en espera de que las auctoritates resuelvan sobre el asunto. Dicho autor cree que, por ese motivo, las hormigas se dividieron en dos categorías: las que poseían dos protuberancias cefálicas o tentáculos, que se cree eran ojos, y las que tenían una sola, por lo cual esta suerte de hormiga fue llamada la hormiga cíclope, ser gigantesco en su especie, que además se distinguía de la primera variedad por su color ámbar, tan brillante que parecía un espejo en el cual se reflejaban las criaturas propinquas hasta confundirse con ella. Muchos autores creen que tales tentáculos son prolongaciones de los sesos, que adoptan forma de cuerno en las bestias ligadas al Maligno, por lo que debe aclararse que estas hormigas no poseen cuerno alguno, dado que sus protuberancias son frágiles y suaves y se dirigen siempre hacia la luz, por lo que más parecen ser ojos, con los cuales se orientan y de donde viene la denominación antes referida, mientras que todo ser o entidad ligado al Malo huye de la luz, porque ésta es contraria a su condición de hijo de las tinieblas. Ello explica que tuvieron que salvarse necesariamente en el arca con Noé, por cuanto el Altísimo dispuso la salvación de todos los vivientes por Él creados, y entraron en el arca en distinto número, según fuesen puros o impuros, mientras que perecieron cuantos alentaban el pecado sobre la tierra o se habían entregado enteramente a él, como lo explica la Escritura (Génesis, 6, 13): "Y dijo Dios a Noé: he decidido el fin de todo ser, porque la tierra está llena de violencia a causa de ellos; y he aquí que yo los destruiré con la tierra". Hay empero quien sostiene que este argumento carece de valor, por cuanto los animales marinos se salvaron todos sin necesidad de entrar al arca, sucediendo que entre ellos los hay puros y mansos, como los peces a los que predicó el santo Antonio de Padua, y monstruosos y temibles, como el Leviathan, pero carecemos de autoridad para pronunciarnos al respecto. Caput VI: De cómo sobrevivió esa hormiga al diluvio. Donde se discute si, al entrar al arca, se ocultó en la pelambre de otras bestias e criaturas Hay gran dificultad en saber de qué modo y en qué número entraron al arca las hormigas para sobrevivir al diluvio, pues enseña la Escritura que "de los animales limpios, y de los animales que no eran limpios, y de las aves, y de todo lo que se arrastra sobre la tierra, de dos en dos entraron con Noé en el arca; macho y hembra, como mandó Dios a Noé" (Génesis, 7, 8-9). Pero no se ve claramente en este pasaje si la hormiga era o no un animal impuro, y tampoco queda claro en el libro tercero de Moisés, llamado Levítico, porque en éste (11, 20-25) se habla de insectos alados que andan en cuatro patas, o que pueden saltar y se declara inmundos a los primeros y limpios a los segundos. Ocurre que el pequeño tamaño de la hormiga no permite saber si tiene cuatro patas o un número diferente, y alas posee sólo la hormiga blanca que vive como dormida en el interior de la piedra ámbar, en espera del rayo solar que la llamaría al mundo exterior. Por lo que no puede decirse que sea un animal alado, pues las alas vienen a un solo individuo per accidens. Hay una tercera dificultad y es que resulta imposible determinar cuándo una hormiga es macho o hembra, y por ello, entender que Noé las hiciera entrar por parejas en el arca, como a las otras animalias. Las razones citadas han creado gran controversia entre las autoridades, a favor y en contra de la entrada de las hormigas al arca de idéntica forma a las restantes bestias, pues muchos se basan en que la Escritura no hace distinción de modos, y sus oponentes alegan que tampoco hace mención de los insectos en el pasaje del diluvio. Aún la Santa Madre Iglesia no se ha pronunciado definitivamente, por lo cual es lícito referir una hipótesis curiosa sobre el tema, contenida en la mencionada Didascalia: antes de entrar al arca, Noé, sabiendo que las aguas anegarían la tierra, tomó un gran puñado de polvo que guardó en el arca en memoria del Padre Adam, que por sus pecados murió y fue convertido en polvo, y cuidó de que en esa porción de tierra se alojasen hormigas, caracoles, gusanos y alimañas semejantes, y de esta forma entraron las hormigas al arca, en gran copia y no en pareja. El Pseudo Casiano Lombardo afirma en su Tratado sobre el Génesis que, durante su estancia en el arca, las hormigas se ocultaron en la pelambre de animales mayores, como el asna, el león o el camello, a causa de la natural inclinación del género de habitar bajo tierra y de forma resguardada, pero esta opinión no goza de aprobación ni de crédito, por cuanto se sabe, a través de Avicena, quien dejó constancia en un escrito dictado a sus discípulos y transmitido por ellos, que buscaron refugio verdadero en las orejas de las bestias, atraídas por el calor y la oscuridad del interior. Se prueba ésto mediante la analogía que existe entre los laberintos y túneles que suelen cavar las hormigas para habitar en ellos, y el laberinto que forma la prolongación de la oreja cuando se adentra en la cabeza hacia el cerebro, descrito por el propio Avicena, quien lo aprendió de Galeno. Hay quienes aducen en contra de ésto que en sus obras sobre los animales, el Filósofo estableció que el oído no es un pasaje hacia el cerebro, sino hacia el cielo de la boca para conectar el tubo Eustaquiano con el habla, que es el eco de lo que se escucha. Pero debe tenerse en cuenta la grande autoridad que en la ciencia médica alcanzó Avicena, que por ella es llamado el príncipe de los sabios, y por esa razón es aquí citado. De modo que las hormigas creyeron haber llegado a una de sus cuevas al entrar más profundamente en las orejas de las bestias, y allí tomaron residencia y se sintieron en su verdadera morada. Dice el autor que al continuar su viaje por dentro de los sesos del animal, las hormigas encontraron el modo de asomarse a la luz por las ventanas de los ojos, y se sintieron satisfechas, por cuanto la natural tendencia hacia lo alto de toda criatura las hace buscar la luz del sol, que para los seres irracionales es la cosa más elevada y verdadera, y hasta para el hombre es un anuncio de la suprema Luz Divina que contemplarán los justos en el Paraíso. También refiere que las hormigas que se atarean en formar y alimentar la piedra ámbar lograron continuar con su costumbre en esta suerte de vida que llevaron en el arca, porque al entrar hasta lo profundo de los sesos del animal hasta poder asomarse a la luz por sus ojos, encontraron la pequeña protuberancia que segrega el licor ámbar, que es el más precioso de los humores del cuerpo, y de él se alimentaron y con él formaron la piedra ámbar al endurecerse, y en la cabeza de las bestias hicieron rodar la piedra hasta lo más hondo en busca del calor o fuego natural de los humores. Opinan algunos comentaristas que la bestia elegida por las hormigas con preferencia a las demás para anidar en sus orejas dentro del arca fue el unicornio, animal rebelde y huidizo que ciertos viajeros dicen haber encontrado aún en los confines del reino del Cathay, o al menos haber escuchado testimonios fidedignos sobre ésto de los sabios y ancianos del lugar, quienes lo llaman vaca velox (3). Esto se debió a que del unicornio emana un especial aroma que exhalan los humores que al secarse conforman su cuerno, el cual las hormigas parecen haber confundido con la piedra ámbar y el olor a miel que de ella se desprende. Este aroma se hace más fuerte en la fina vellosidad que cubre sus orejas, tan grandes y traslúcidas que han sido tomadas a veces por alas, pero el Pseudo Casiano Lombardo refuta ésto cuando alega con razón que yerran tales testigos al tomar al unicornio, animal de fuego, por el caballo griego Pegaso, hijo del aire. Caput VII: De cómo llegaron dichas hormigas hasta tiempos recientes, salvando incontables peligros El Pseudo Casiano Lombardo añade que, al descender las aguas y regresar la paloma con una rama de olivo en el pico y dar el Creador a su siervo Noé la señal para abandonar el arca, todos los animales retornaron a la tierra y al aire, salvo los peces que permanecieron en las aguas, confinadas ya a los mares y ríos. Pero las hormigas regresaron sólo en menor copia de las que habían entrado al arca en el polvo de la tierra que recogió Noé para recordar al padre Adam. Y la razón fue que muchas de ellas se extraviaron en el laberinto encontrado por ellas en la cabeza de las bestias y allí murieron sin hallar la salida. El autor cree que algunas lograron salir guiadas por la atracción de la luz, mientras que otras quedaron rezagadas y perdieron el camino que seguían sus compañeras, por lo cual nunca emergieron hacia la luz, absortas en la nueva piedra ámbar producida por el humor interno de la bestia, antes descrito, aunque el autor cree que no se trataba de la misma piedra ámbar, sino de una semejante. Agrega que Noé quiso devolver a la tierra, ya seca, el puñado de polvo que había tomado de ella para llevar consigo en el arca y cobijar en él a las criaturas que se arrastran por la tierra y cavan túneles en ella, para cumplir el mandato según el cual el polvo ha de regresar al polvo. Pero al hacerlo, ya no encontró en éste a las hormigas, que se habían refugiado en el nuevo laberinto semejante al que solían fabricar según la memoria de su antiguo modo de vivir. Tales cuestiones han llevado al autor a preguntarse si no habría otra oculta razón por la cual las hormigas, una vez en el arca, se cobijaron en las orejas de las bestias, por cuyos pasadizos arribaron al cerebro. Y concluye que la causa verdadera de ésto fue la restitución del orden natural que durante el diluvio se produjo en el interior del arca, en la cual ocurrió como profetizaba la Escritura antes de la venida de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo: "Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará" (Isaías, 11, 6), pues que ésto ocurría en el Paraíso antes de la tentación y caída de los primeros padres, hasta que el pecado que manchó al género humano fue también la causa de que surgiera grande enemistad entre otras criaturas. La mencionada restitución del orden natural parece entonces apuntar a la época anterior al pecado original, en la cual bestias de todo género convivían gozosas, como ocurrió en el arca, y de acuerdo con ésto, las hormigas procuraron asentarse en el cerebro de las bestias, semejante al Edén, por cuanto está constituido y atrapado dentro de las membranas circundantes, a manera de una serpiente que se recoge sobre sí misma para dormir. Se afirma que el Paraíso es el hombre, pero sólo la cabeza, que apunta hacia el cielo, y el río que fluye del Edén, es decir, el cerebro, se divide en cuatro principios, según consta en el Génesis: el nombre del primero es Fisón, igual al ojo; el segundo es Geón, que corresponde al oído, que es una cosa laberíntica; el tercero, Tigris, es el olfato, porque al inspirar el aire, se aspira un pneuma más rápido y fuerte, que anima a la criatura; el cuarto es el Eufrates o la boca, a través de la cual entra el alimento que alegra, nutre y da figura, y en el caso del hombre, por él sale la palabra, que es el mayor don de Dios, y las bestias imitan con sonidos diversos. Aunque todo ésto, por referirse a las hormigas, debe ser entendido con respecto a las solas animalias, por cuyas orejas entraron hasta llegar al cerebro y asomarse por los ojos, imitando al modo de la criatura irracional las disposiciones del Altísimo, que únicamente el hombre, hecho a Su Imagen y Semejanza, cumple en grado sumo, por lo cual su alma recibe tras la muerte, y aun en vida, como muchos ejemplos extraídos de la Escritura y de las vidas de Santos muestran, la recompensa o el castigo merecidos por su conducta terrenal, conforme a las leyes de la Justicia Divina. Sobre ésto dice el Salmista (22, 21) que la Eterna Misericordia puede librar de la boca del león y del cuerno del unicornio, de naturaleza ígnea, el cual atrajo con mayor fuerza que a otras bestias a las hormigas que buscaron la piedra ámbar en los laberintos de sus sesos. Dícese que a cambio de ese don las hormigas prestan al unicornio un gran servicio, que consiste en congregarse en torno a éste mientras duerme formando dos círculos concéntricos en derredor, que se mueven velozmente en sentidos contrarios, de forma tal que su color rojizo crea la ilusión de una llama perpetua y viva, que hace invisible al unicornio que sueña en su interior. De este curioso modo velan su sueño muy celosamente para evitar que reptiles e impuras sabandijas lo contaminen aprovechándose de su indefensión y roben sus poderes y virtudes. Poseen la astucia de percibir desde lejos el peligro que acecha y se disponen al ataque como ejército bien organizado. Pues que el unicornio sueña muy a menudo, como escribe el Filósofo en su Parva Naturalia, al soñar abrió las puertas de los sus sentidos de modo que permitió a las hormigas el acceso al túnel de luz que es por dentro su cuerno. Y al final de aquél estaba la piedra ámbar, formada por el licor caliente que sus sesos segregaban y alimentada por la luz del cuerno, y que se enfriaba con el aire exterior que penetraba por sus orejas, narices y demás sentidos, abiertos durante el sueño, sobre todo en invierno —cuando se produce la mayor concentración de ambrosía—, mientras se guarecía de las nieves en grutas secretas. La piedra le proporcionaba grande fuerza y fiereza, que las hormigas procuraban también aprovechar. Esto se explica porque también el Salmista dice (92, 10): "Aumentarás mis fuerzas como las del unicornio; seré ungido con aceite fresco", y Piconio Egeo el Filólogo, discípulo del Areopagita, cree que este aceite provenía del interior de la cabeza del unicornio y era segregado por sus sesos como una suerte de ambrosía. De lo anterior se concluye que las hormigas conservaron la memoria del primigenio estado, en el cual aprendieron a excavar sus moradas como laberintos, y por eso buscaron perpetuarlas en el Arca, y aun más tarde, como enseguida se dirá. Caput VIII: De cómo Micer Nicola Tesla entró en conocimiento de tales hormigas Refiérese en la Miscelánea del citado Piconio Egeo que Micer Nicola Tesla, varón de preclaro ingenio y profundísima ciencia, conoció los trabajos e faenas de las hormigas con la piedra ámbar y fue ésto del modo siguiente: acostumbraba el sapientísimo señor a caminar a diario largo rato por los bosques, donde encontraba el necesario solaz y recogimiento para meditar en los libros de las autoridades antiguas y desentrañar sus difíciles significados. Prefería las horas crepusculares, tanto matutinas como vespertinas, porque en ellas sol y luna suelen unirse, y como resultado de su cópula aparecen en el cielo colores como el del lapislázuli, imposibles de verse en otros momentos del día. En uno de sus deambulares vespertinos esperaba la oscuridad para buscar una hierba que reluce en la noche, llamada nyctegretox o nyctilops, porque desde lejos se la ve irradiar una fosforescencia de un verde intenso semejante al musgo que crece en los ojos de agua, en las paredes y troncos de árboles, o en el pan putrefacto, pero muchas cosas se dicen de oídas sin poder nadie asegurar haberlas visto. De modo que el sabio varón se proponía confirmar o desmentir definitivamente esa noticia. Así discurría, cuando sintió que sus pies avanzaban entre humedades, lo cual llamó su atención pues que en dicho paraje no se conocía arroyo ni fuente alguna. Y mirando al suelo halló un hilo de agua que iba a dar a una peña sobre la cual apoyaba su cabeza y cuerno un unicornio que dormitaba, lo cual causó su asombro y espanto en tal medida que hubo de detenerse y cerrar sus ojos para hacer copia de fuerzas, porque sólo en las descripciones de Plinio y en las Etimologiae de San Isidoro había conocido a dicha criatura. Y una vez que hubo salido de su grande espanto y miró de nuevo al lugar, el unicornio había desaparecido y sólo estaba la peña, a la cual el docto varón se acercó. Vio entonces que de la piedra donde había reposado la cabeza de la bestia emanaban cuatro hilos de agua que salían de una misma corriente, como el río que fluye del Edén se divide en cuatro principios, y seguían la dirección de las partes que componen la cabeza: el primero la del ojo; el segundo la del oído; el tercero la del olfato, es decir, la del cuerno que sobre las narices se alza, y el cuarto la de la boca, todo ello de la manera descrita en el capítulo precedente, similares a los cuatro ríos del Paraíso. Creyendo Micer Nicola Tesla que se trataba de los naturales humores que exhala el unicornio mientras duerme, tan apreciados por los médicos y por la farmacopea, tomó un poco de cada fluido en unas redomas que solía llevar consigo para tales usos. Pero al recogerlos sintió un aroma dulce, como a miel y un rumor desconocido, y vio entre las grietas destellos de tono ámbar y hormigas de raro color rojizo, más pequeñas de lo usual, y el eminente sabio recordó que eran las descritas en la Didascalia de Teodoro, que fabricaban y custodiaban la piedra ámbar, y según algunos también la piedra imán, que atrae a unos cuerpos y rechaza otros, según el grado de simpatía o espíritu común —o de antipatía o espíritus antagónicos— que entre ésta y aquellos exista. Maese Tesla se ocupaba entonces de las propiedades de las piedras y de los metales groseros y nobles, y las energías de los cuatro elementos que en ellos se contienen, y su mayor afán consistía en obtener la piedra milagrosa que se extrae de la cabeza del drago mientras duerme, descrita por Plinio el Viejo, de color negro brillante y forma piramidal, semejante a la piedra de Abisinia, también conocida como espejo mágico de Abisinia, que sirve a los nigromantes para sus abominables prácticas e sortilegios. Son útiles también a los astrólogos, porque creen que el dragón terreno es simulacrum de un cierto dragón celeste en cuya existencia creen, y ese dragón celeste inspira sus profecías, que muchos aseguran ser ciertas aunque los Santos Padres previenen de seguirlas y aun de escucharlas porque las consideran y juzgan como artes demoníacas, de las que se vale el Maligno para desviarnos de la Senda del Bien con falsas promesas, confundiendo la humana concupiscencia con emblemas, alegorías y poderes engañosos asociados a las supersticiones paganas. Sépase sin embargo que estos usos nefastos o cuando menos dudosos e reprochables, y más aun las artes maléficas son cosas muy ajenas al honrado y piadoso Micer Nicola Tesla, quien procuró volver al día siguiente con las vasijas e instrumentos adecuados para recoger tan curiosas materias. Hecho lo cual guardó cada una en un vaso y se durmió, vencido por la mucha fatiga, sin advertir que había olvidado poner en cada uno un rótulo que recordase de qué ángulo de la piedra había sido tomado. Esa noche Maese Tesla soñó con un ave que al abrir su cola mostraba una especie de abanico polícromo, cuyas plumas ondeaban como mecidas por el viento, de modo que de su cola irradiaban destellos. Esta ave parecía correr a gran velocidad pero al mismo tiempo dormir, aunque su ojo lo miraba fijamente. Al despertar, Maese Tesla quedó confundido, y no sólo porque no podía identificar el fluido contenido en cada vaso, sino porque durante su sueño, todos habían adquirido tonalidades diferentes: uno de un azul celeste, otro de un verde esmeralda, el tercero de color naranja, y el último dorado como el oro. Maese Tesla, quien también cultivaba el noble arte alquímico, decidió probar en su laboratorio hermético los cuatro fluidos para averiguar su naturaleza y sus propiedades y virtudes, pues el sueño de poco antes parecióle signo de buen presagio. Comenzó por el último, porque el color del oro le recordaba al del incorruptible lapis philosophorum que se obtiene al culminar el opus y que es simbolizado por el Rey coronado. Y en lugar de verter en la retorta el elíxir, decidió probar unas gotas, lo cual hizo con gran valentía, no sin antes encomendarse —como varón piadoso— a Nuestro Señor Jesucristo y a su Santísima Madre, y al Santo Arcángel Miguel, que rige en el día domingo, consagrado al sol que tiene poder sobre la creación del oro filosofal. Y al ingerir el elíxir, sintió su aposento llenarse de presencias angélicas de naturaleza ígnea, con las que comenzó a hablar en lenguas no conocidas por mortal alguno, y que resplandecían como el mismo sol y cambiaban de forma una y otra vez, como seres alados y fulgurantes que se dirigían a él de un modo inefable, en el cual también Maese Tesla respondía. Largo rato duraron estas metamorfosis hasta que al fin adquirieron la figura de un unicornio, similar a aquel del bosque, que contempló a Maese Tesla y lo instó a probar los elíxires contenidos en las restantes redomas, tras lo cual se convirtió en una estela luminosa que atravesó la pared y desapareció. Micer Tesla fue probando entonces los cuatro elíxires y comprobó en sí mismo que cada uno de ellos estaba asociado a uno de los sentidos, que se asientan en las distintas partes de la cabeza. Pues uno abrió sus oídos a la música de las esferas, el otro su olfato a los aromas de los cuatro elementos y de los tres principios, y el último sus ojos de tal modo que pudo comprobar cómo todas las cosas en la Creación estaban animadas con el Espíritu de Dios. Así abiertos sus sentidos corporales a las regiones terrenas y celestes que al hombre común permanecen ocultas, comprendió que faltaba todavía un quinto, llamado sentido común por Aristóteles, y que debía forzosamente estar asociado a la piedra ámbar. Quiso entonces probar también la resina del ámbar, pero al mirarla más de cerca, observó que en su superficie se aposentaban las hormigas pequeñas y de color rojizo que ya había visto en el bosque, en las grietas de la peña donde había apoyado su cabeza el durmiente unicornio. Pasó por su mente la idea de mezclar los cuatro elíxires y probar también el resultado, pero se abstuvo de ello al recordar que los Maestros de la Obra Alquímica desaprueban tal práctica y la consideran muy peligrosa, porque la mezcla de elementos diversos pudiera generar el caos, sin virtud germinativa, de mortales efectos para quien se atreviese a probarlo en sí mismo. Y pues que por efectos del elíxir color oro había adquirido el don de lenguas, pudo entender el lenguaje de las hormigas y supo cómo fabricaban y custodiaban la piedra ámbar, según en los capítulos anteriores se ha contado, y consideró entonces la posibilidad de emplear las fuerzas y poderes de estas animalias en el mejor funcionamiento de su notable y celebrado ingenio mecánico, productor de luz, como en el próximo capítulo se verá. Caput IX: De si Maese Nicola Tesla enseñó a tales hormigas a alimentarse con su ingenio mecánico o corriente alterna, o se limitó a descubrir que ese ingenio era desde el principio su única y absoluta vianda que se procuraban por algún secreto modo, toda vez que no se suele encontrar en la naturaleza Dícese que Maese Tesla quiso encontrar una explicación de tan curiosos fenómenos como los antes descritos, y ésto no le pareció difícil, porque era varón versado en la alquimia y en la elaboración de los metales, dado a desentrañar secretos profundísimos de todo tipo de sustancias. Entre otros, logró aprender a evitar la sublimación perniciosa, detectable por la presencia de cuerpos extraños e inmundicias que flotaban en la superficie de la vasija en la cual se mezclan los elementos y forman una coagulación llamada floris lactis o nata, que al corromperse se transforma en una suerte de limo. También consiguió esquivar la temible rojez prematura, en la cual aparecen en dicha mezcla partículas que se precipitan al fondo del vaso, para formar una masa viscosa y densa que adquiere el color de la sangre, del mismo modo como la Tierra se abrió para recibir la sangre de Abel el Justo, derramada por el infame Caín, por todo lo cual la presencia de esta rojez prematura se considera una pésima señal en el Opus sacrum. Hay quien afirma que Maese Tesla fue uno de los primeros en obtener la piedra filosofal o lapis philosophorum después de largos años de experimentación con sustancias terrenales, y que gracias al gran poder e fuerza que de la piedra emana, compuso su celebrado ingenio conocido como corriente alterna, consistente en un fuerte desprendimiento de fuerza luminosa que se logra por la cercanía de dos o más gigantescas piedras imanes, tan descomunal que puede mover hasta molinos y mecanismos diversos. El contacto con la piedra bendita llenó a Maese Nicola Tesla de vigor regenerante y quedó preso de inmenso entusiasmo, gracias al restablecimiento del humor vivificante, perdido y consumido por la larga duración de la obra alquímica, dejando atrás lo que los filósofos llaman sequedad astral o abismo sin eco, resultante de los humores superfluos y corruptores que provocan la melancolía y sumen el alma en el más oscuro abandono. Hay quien cuenta sin embargo que Maese Tesla no inventó el ingenio denominado corriente alterna, sino que lo encontró del misterioso modo a continuación descrito: Al regresar a donde primero encontró al unicornio, al anochecer, Maese Tesla halló en su lugar un pequeño grifo de color bermejo, que tenía cara de niño y estaba lamiendo la piedra sobre la cual se había recostado el unicornio. Al terminar, se desprendió de sus lomos la piel, como algunas criaturas suelen mudarla, y dicha piel cayó en la hierba. Maese Tesla la tomó en sus manos, y su contacto provocó en ellas un raro estremecimiento, como el de un fluido que las sacudiera, hasta que se desintegró al ser bañada por el rocío de los arbustos. Maese Tesla miró hacia el bosque por donde había desaparecido el niño grifo y vio dos ojitos fulgurantes. Miró de nuevo a la piedra donde estuvo el animal, y encontró sobre ésta a las ya conocidas hormigas, hecho sumamente raro, por cuanto dichas animalias no suelen salir de sus madrigueras por las noches. Levantó entonces la piedra y encontró, cavado en la roca, un diseño como de laberinto, lleno de hormigas, y en el centro, la piedra ámbar que irradiaba luz propia. La dejó al sereno nocturno junto con una piedra lunar en un recipiente que empleaba para esos casos, y durante la noche hubo una tormenta que descargó sus rayos sobre las piedras, y al otro día encontró que ambas piedras juntas producían la descarga luminosa que llamó corriente alterna. Se sabe que las hormigas se alimentan de ella, pero no ha sido posible hasta hoy saber si fue Maese Nicola Tesla quien las enseñó a hacerlo, al mostrarle las virtudes nutricias de dicho fluido, o fue el propio Noé quien descubrió en el Arca la cuidadosa vela de la piedra ámbar por parte de las hormigas, y les señaló la fuerza y poder emanados de ella como único alimento durante el diluvio, de modo que, una vez adquirida la costumbre, continuaron en lo adelante y para siempre sustentándose de la corriente alterna como única vianda. Sea como fuere, la notable invención de Maese Tesla arriba descrita no ha dejado de suscitar envidias y competencias de todo tipo en otros sabios y artífices, que no han perdido ocasión para desacreditarlo. Entre ellos se ha destacado el docto Micer Thomas Edison, quien se había considerado hasta entonces el más relevante creador de ingenios mecánicos, y llegó a construir un aparato por él llamado generador de corriente, que por vías desconocidas llegaba a iluminar pequeños entornos sin ayuda de vela o bujía alguna. No faltó quien dijera que se trataba de un hábil engaño, y que Micer Edison se valía de insectos semejantes a las luciérnagas, ocultos en ciertos puntos de su escenario, toda vez que la luz supuestamente generada era débil e insuficiente para describir minuciosamente los detalles de los objetos, pero de ésto se hablará en el siguiente capítulo. El caso es que el ingenio de Maese Tesla parece sobrepasar con creces el poder y alcance del anterior, cosa que no puede atestiguar quien ésto escribe porque no ha tenido ocasión de observarlo con sus propios ojos, y debe atenerse a los testimonios de quienes lo han visto. Hubo de pasar más tarde por una durísima prueba al ser denunciado al Santo Oficio por sospecha de practicar las artes demoníacas, y dícese que el denunciante fue Micer Edison. Maese Tesla fue de este modo digerido, cocido y fundido en el fuego de la tribulación, al punto de llegar a tal desesperación que imploró el socorro de la Gracia y la Misericordia divinas. Y ocurrió que su buena fama de probo y discreto varón, devoto y del todo conforme con lo que manda la Santa Madre Iglesia, propició que algunas personas benevolentes hiciesen llegar su invento hasta el Papa, quien entusiasmado con éste, comenzó a emplearlo en sus propios palacios de Roma, y declaró a Maese Tesla protegido suyo, con lo cual fueron silenciadas las acusaciones y cerrado el proceso inquisitorial, con lo cual se confirma que la Providencia nunca abandona a su suerte al hombre justo. Caput X: De cómo el sabio Micer Benjamin Franklin dirimió la disputa entre Micer Edison y Maese Tesla, con ayuda del físico Micer Nero de Dresden y haciendo uso de las extrañas criaturas antes descritas, y lo que sucedió con las hormigas Tras hacerse evidente la envidiosa animadversión que Micer Edison sentía hacia Maese Tesla, dio mucho que hablar el hecho de que los partidarios de uno y otro sabio adujeron el mismo argumento para atacar al contrincante, ésto es, que podía haber empleado también una extraña sabandija luminosa llamada cocuyo, según ellos descrita en un libro compuesto por el adelantado hispano Gonzalo de Oviedo e intitulado Historia natural de las Indias, en cuyo capítulo XV se da testimonio sobre esta criatura del aire, abundante en ciertas islas allende el mar hasta ahora desconocidas, y no descritas en Orbis Terrarum alguno, lo cual ha hecho considerar este dato como absurdo y fantasioso. Dícese que el susodicho insecto posee dos alas firmes y duras, y bajo éstas, otras dos más finas y frágiles que se desprenden durante el invierno. Sus ojos fulguran como candelas y emiten un destello intermitente, de modo que por donde pasan, irradian tal claridad que puede verse como a la luz del día. Es por ésto por lo que se ha acusado a Micer Edison de haber empleado gran copia de estas criaturas, encerradas en su aparato, para alumbrar las estancias. Pero no parece razonable esta imputación, por cuanto la existencia misma de dicha sabandija no está demostrada. Dícese también sobre estas alimañas que son capaces de inducir el sueño, pues muchas de ellas, encerradas en una vasija, emiten un zumbido que adormece a animales o a hombres que se encuentren cerca, por lo cual el apócrifo autor advierte que no se deben emplear lámparas formadas por los susodichos cocuyos cuando es necesario permanecer atento durante la noche, como sucede con los Maestros alquimistas, que han de velar el atanor y el proceso de cocción en el fuego blanco y el fuego rojo, hasta aparecer el abrazo del fuego doble, o con los Santos monjes que sacrifican el sueño para dedicarse a la oración. Pues uno y otro pretenden por diversas vías la Redención de la materia manchada por el pecado, de acuerdo con el pasaje de la Escritura (Isaías, 1, 18), que reza: "si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana". Entonces Maese Tesla, abrumado por tantos embrollos, calumnias y maquinaciones, cayó en un estado de profunda melancolía a causa de la confusión de la bilis negra con los restantes humores, y atacado por la fiebre, comenzó a delirar. Así pasó dos noches, y en el delirio se le escapaban confusas frases sobre unas máquinas que podrían controlar todo el trabajo humano con sólo accionar unos fuelles o teclas que, ayudados por la corriente alterna, harían en unos instantes el trabajo de mil copistas, contadores y amanuenses. Sus alarmados servidores no lograron con brebaje alguno sacarlo de tan delicado estado, y a causa de la extrema debilidad del enfermo, no se atrevieron a solicitar una sangría del barbero del pueblo. Temiéndose ya por la vida de Maese Tesla, se hizo venir a Micer Nero de Dresden, físico sobresaliente y profundo conocedor de Avicena, de Galeno y las autoridades médicas, y viejo amigo de Maese Tesla. Micer Nero acudió a toda prisa a la cabecera del enfermo, y tras observar los síntomas, preparó una pócima compuesta por granadas mondadas mezcladas con pimienta y heces de ratón. Puso todo ésto a cocer durante varias horas hasta que adquirió el color de la herrumbre y comenzó a exhalar un fuerte olor a azufre. Destiló el líquido obtenido, y procedió a bañar con éste a Maese Tesla, ayudado por uno de los sirvientes, mientras pronunciaba en voz alta el siguiente conjuro: "Sublata causa, dollitur effectus". Hecho lo cual sentóse junto al amigo enfermo a esperar por el resultado de su tratamiento. Maese Tesla tuvo fuertes sudoraciones, tras las que comenzó a salir de su estado febril. Para calmarlo y hacer que durmiese, Micer Nero de Dresden tomó entre las suyas la mano del enfermo y comenzó a contarle interesantes noticias que había leído en un manuscrito recientemente comprado a un mercader proveniente del Cathay, entre las cuales descollaba la referente a ciertos árboles que dan un fruto envuelto en sus hojas que, al caer al agua en tiempo oportuno, cobra vida y se convierte en un pájaro al que llaman ave de árbol, pero se malogra si cae al suelo (4). Todo ello agradó a Maese Tesla quien, sosegado por la conversación, cayó en un sueño profundo y reparador. Soñó entonces que yacía en su lecho y el niño grifo encontrado en el bosque le lamía las manos para atraer su atención y lo invitaba a seguirlo. Se adentraban ambos por un frondoso bosque, en uno de cuyos claros estaba un pelícano que irradiaba fuego blanco de grande resplandor, y hundía el pico en su propio pecho. Y de la herida brotaba un surtidor de un líquido dorado y transparente que se bifurcaba, y cada uno de los chorros así surgidos se dividía a su vez en dos hasta que los hubo en gran número; y debajo se colocaban los polluelos del pelícano, que abrían sus picos para alimentarse con los chorros. Hasta que el pelícano fue totalmente consumido por el fuego, y entonces acudieron las hormigas rojas en busca de las cenizas, y las transportaron poco a poco y con grandes esfuerzos hacia el laberinto donde guardaban la piedra ámbar. Una vez repuesto y en condiciones de reanudar su vida normal, Micer Nero le ordenó llevar consigo durante largo tiempo una bolsa de alcanfor, cuya propiedad consiste en ahuyentar los espíritus oscuros atraídos por la bilis negra. También le recomendó ciertas abluciones, capaces de blanquear al cuervo, resultante de la extrema negrura con que la bilis de Saturno se insinúa en la materia, y de transmutar al Saturno lánguido o melancólico en el Júpiter jovial, removiendo así las heces de la pasión inútil o pensamiento derivado de la bestia, morbosamente fijados en el atanor interno del hombre, que no puede ser limpiado con lejía. De tal modo, la oración dulcificaría lo amargo para no permitir a los pequeños cuervos retornar a sus nidos, una vez purificados por el rocío de los filósofos. Micer Nero de Dresden indagó por el número de noches empleadas por Maese Tesla en vigilar, en compañía de las hormigas, la cocción en los fuegos blanco y rojo. Pues la fusión de ambos engendraba una suerte de rosa blanquísima, de efímera vida y belleza inefable, que adquiría diferentes tonos, desde el caléndula hasta el amaranto para diluirse finalmente en los éteres, como humo que se difunde en el viento. Y supo que el excesivo velar, los repetidos ayunos y la desazón producida por las acusaciones de Micer Edison eran la causa del desequilibrio de la bilis negra y la consiguiente melancolía de Maese Tesla, por lo cual se propuso remediarlo e hizo venir para ello al prodigioso alquimista anglosajón Micer Benjamin Franklin. Advertido por el físico, Micer Franklin acudió bien provisto de criaturas luminosas, dicen algunos que los extraños cocuyos antes mencionados —aunque de ésto no hay prueba alguna— y un bastón de metal que empleaba como bordón en sus peregrinaciones, aunque muchos decían que tenía usos mágicos. Al entrevistarse con Maese Tesla, procuró enterarse discretamente de los pormenores de su disputa con Micer Thomas Edison, hecho lo cual envió mensajeros en busca de los más eminentes sabios de Oxford, París y Bolonia, y convocó a una sesión en la cual se mostraría públicamente la eficacia del ingenio creado por Maese Tesla. En la fecha fijada para la asamblea de sabios, ansiosos de esclarecer la verdad, Micer Nero de Dresden y Micer Benjamin Franklin, quienes actuaban como jueces en compañía del monje Roger Bacon, autor también de múltiples artefactos ingeniosos, colocaron en dos habitaciones diferentes a los contendientes y aguardaron todos la caída de la noche para comenzar la prueba. Tocó el primer lugar a Micer Edison, quien dispuso su invención, la cual comenzó a alumbrar. Entonces, Micer Franklin puso en libertad a los insectos que traía consigo, quienes se posaron en la vara de metal y enseguida, con extraños zumbidos, se comunicaron con sus congéneres, de modo que éstos comenzaron a luchar furiosamente por salir del aparato cuya luz provocaban, para reunirse con los restantes, y el engaño quedó al descubierto, con gran estupor de los allí reunidos. Los sabios de Oxford pusieron a prueba entonces la capacidad del invento de Maese Tesla para alumbrar en la oscuridad. Fueron colocados frente a frente los imanes, y en el centro la piedra ámbar rodeada de las hormigas, y todos los doctos varones allí congregados pudieron presenciar cómo, con la sola ayuda de los imanes y la piedra, se llenaba de luz la estancia, cuyas ventanas habían sido cubiertas con espesos cortinajes, hasta el punto de poderse leer con poca dificultad las letras pequeñas, ya desgastadas, de un antiguo manuscrito, por lo cual Maese Tesla fue aclamado por tan insigne asamblea, cuyo mayor asombro provino de observar que las hormigas, alineadas como ejércitos en torno a los imanes y la piedra, comenzaban a moverse en círculo todo el tiempo que duró la prueba y hasta su final, tras lo cual volvieron a colocarse alrededor de la piedra ámbar. No queriendo los amigos de Maese Tesla concluir con la infamante vergüenza de Micer Edison y considerando que había sido suficientemente escarmentado, anunciaron la exhibición de un nuevo prodigio, aprovechando que la noche se anunciaba tormentosa. Micer Franklin abrió las ventanas y colocó bajo éstas su bastón de metal, cuyo extremo inferior introdujo en un candil. Al comenzar la lluvia, se escuchó un fuerte trueno, y el relámpago entró por la ventana hasta la vara de Micer Franklin, aterrando a algunos de los presentes que, creyéndose amenazados, intentaron huir entre alaridos de pánico. Pero fue mayor el estupor cuando la luz, atraída por el bastón de metal, encendió el candil y desapareció para dar paso a una suave llama. El hecho fue consignado en los anales de las abadías y universidades de las cuales provenían los doctos varones allí congregados, y dícese que nunca más Micer Edison ni ningún otro envidioso se atrevió a molestar nuevamente a Maese Tesla, quien salió por completo de su estado de melancolía y dio gracias a sus buenos amigos Micer Nero de Dresden y Micer Benjamin Franklin por el auxilio inestimable que le habían brindado. Caput XI: De cómo han llegado hasta nuestra edad estos prodigios Se ha visto en nuestra edad que las hormigas rojas, que custodian la piedra ámbar, buscan cobijo y amparo en el interior de los ingenios hoy llamados eléctricos que funcionan al modo inventado por Maese Tesla o corriente alterna, que tiene como base la piedra imán, hija de la piedra ámbar. Dícese que los discípulos de Maese Tesla —inspirados también en los tratados de Maese Blas Pascal y Micer Gottfried Wilhelm Leibniz, amigos y colaboradores de Maese Tesla— buscaron facilitar mediante este ingenio los complicados cálculos de los astrólogos y las cuentas interminables de los tesoreros reales, para lo cual construyeron un laberinto de metal compuesto de minúsculas celdas, en las cuales colocaron pequeños trozos de piedra imán y de piedra ámbar, rodeados por las hormigas. Dicho laberinto fue colocado en una caja cuadrada sobre la cual se dispuso una lámina de vidrio o cristal, en cuya superficie aparecían signos luminosos. Los sabios interesados en calcular debían pulsar unos pequeños botones fijos a unos pedúnculos, y en el cristal aparecían las cifras a sumar o restar y los resultados bien ordenados de las cantidades computadas, por lo cual se convino en bautizar a estos ingenios como ordenadores o computadoras. Lograron también utilizarlos para recopilar y guardar citas de autoridades y sabios, colecciones de aforismos y sentencias, y toda suerte de conocimientos, con grandísimo provecho, pues con sólo oprimir dichos botones podían traer a mano cuestiones cuya búsqueda por los medios ordinarios hubiera sido extremadamente fatigosa. Al comprobar los grandes beneficios proporcionados por tal dispositivo, todos los sabios de las más diversas regiones se apresuraron a emplearlo en sus estudios y faenas. No han faltado quienes, celosos ante cualquier innovación, auguren terribles castigos y plagas a quienes hagan uso de tan insólitos instrumentos. Cuéntase que a fines del pasado siglo, nigromantes, charlatanes y agoreros vaticinaron el fin del mundo, destruido por la parálisis de los mencionados ingenios, también llamados computadoras u ordenadores. Tanto revuelo e inquietud causaron, que los más eminentes teólogos, convocados por el Papa, discutieron largamente los pro y los contra de tales predicciones y del empleo de los aparatos. Y en medio de las discusiones llegó la fecha prevista sin que se manifestara contratiempo alguno ni se cumplieran las profecías del Apocalipsis, con lo cual los autores del escándalo cayeron en descrédito y fueron duramente castigados por los señores feudales a los cuales servían, y fuertemente amonestados y corregidos con durísimas penitencias por Obispos y Legados del Papa. Hay quien dice que Micer Edison, incorregible en su envidia hacia Maese Tesla, estuvo detrás de toda la intriga como su cerebro maquinador, pero no se han encontrado suficientes indicios para inculparlo, aunque las pesquisas continúan. Vueltos de este modo al orden, los ingenios eléctricos de múltiples configuraciones y usos continúan funcionando con ayuda de las hormigas que en su interior custodian la piedra ámbar, y también la piedra imán, hija de la anterior, sin reclamar otro alimento que la propia corriente alterna. He aquí por qué todos los razonamientos expuestos explican que tales criaturas figuren en los bestiarios como Formicae Teslae, donde se pone fin a este tratado para honra y adelantamiento del desocupado lector, quien sabrá sacar provecho de este saber, jurando el auctor que nada hay en éste que contradiga lo dicho, enseñado y establecido en la Escriptura y por la Santa Madre Iglesia y las autoridades admitidas por ella e basadas en el Filósofo. Notas 1. Pseudónimo tras el cual se cree que se ocultan el alquimista Mario Palou y su Soror Mistica Lourdes Rensoli-Laliga (S. XX-XXI D.C.). 2. Bestiario medieval. Madrid:Siruela, 1996, p. 172. 3. Cfr.: Athanasius Kircher: China Ilustrata. Amsterdam, 1667, p. 258b; del mismo: Mundus Subterraneus. Amsterdam, 1665, cap. VIII. 4. Bestiario medieval, ed. cit., p. 145. === El final ============================================================== Fabián Piñeyro (ccaase@mail.eribeiro.com.br) Al final, tan bienvenida al principio, la conquista del espacio fue un mal negocio para los que no pudieron abandonar la Tierra. Al principio, y esto se puede ver sin esfuerzo con sólo leer los himnos de la época, los letristas no ahorraron alabanzas para aquellos pioneros que tras desafiar gases que envenenaban la piel y tras ponerle el pecho a bacterias inapelables, acabaron fundando capitales en lejanos parajes del universo, acabaron creando sociedades que hasta poco tiempo antes existían solamente en las esperanzas de los atormentados y en los delirios de los pasados de rosca... Al final, los más poderosos entre los hombres útiles construyeron sus casas de fin de semana en las capitales de los planetas conquistados y perdieron así cualquier reparo a la hora de soltar las poderosas armas que acabaron reventando cielo y tierra en gran parte. Al final, el planeta quedó de regalo para quienes no pudieron partir. La serranía se volvió depósito de fierros y todo río se detuvo como un viejo motor. Los miserables derribaron las alambradas de alto voltaje que protegían los barrios nobles y ocuparon las casas limpias de todas las capitales del planeta. Poco tiempo después el viejo planeta fue (esta vez sin eufemismos), un lugar en donde el más fuerte impuso su ley y donde nunca nadie jamás volvió a pronunciar la palabra crimen. Los que pudieron y sus familias se largaron a ese ancho mar que es el espacio y la Tierra quedó hecha, apenas, un mal recuerdo necesario. Ford es un planeta muy chico. Los edificios de la capital, por ejemplo, no son paralelos. La pronunciada curvatura de esta esfera hace que, como ocurre con los rayos de una rueda de bicicleta, sus altas torres de departamentos se proyecten hacia el cielo en distintas direcciones. Para darnos una idea, el planeta es tan chico que cualquiera puede recorrer su ecuador en dos días con la ayuda de la misma bicicleta. En Ford, un sencillo sistema de iluminación contrarresta perfectamente la noche. Funciona de esta manera: dado un punto cualquiera del planeta y su perpendicular correspondiente, cuando la lumbrera atraviesa la línea demarcatoria en una cantidad x de grados con respecto a dicha perpendicular, se produce una variación de luz en el punto del que hablamos. Esta información, derivada por un sensor al sistema central de control, ordena la actividad de un grupo de reflectores que sustituyen la falta de luz natural en dicho punto y etcétera, etcétera... El ojo humano no percibe la diferencia. Aquí, el animal oficial es el perro. Su olfato es la mejor de las armas en la lucha contra la droga. Y no estamos hablando de aquellas viejas drogas inyectables que actuaban entre los centros del submundo neuronal y la periferia de nuestra conducta, y que tanto desvelaron a los hombres útiles durante el siglo de la luz eléctrica. No... El animal más importante de este planeta es el perro. El planeta Ford tiene una sola capital. Una ciudad amurallada, con siete puertas, no mayor que una docena de shoppings, y rodeada de la más nauseabunda y peligrosa ralea. Aquí también el esplendor de la cultura humana vomita alrededor su resaca de bilis y desamparo. Cada una de las siete puertas está vigilada por una torre y en cada torre hay dos guardias: uno antiguo y otro bisoño. El bisoño aprende. Al guardia viejo, en general, le queda poco tiempo de vida en la capital. En breve, las autoridades lo expulsarán más allá de alguna de las siete puertas. Claro que, al menos, podrá llevarse lo que ganó a lo largo de su vida. Podrá comprar una casa, podrá contratar un servicio fúnebre prepago. A los otros viejos, los comunes, aquellos que no pertenecieron ni a las fuerzas de seguridad ni a las iglesias, cuando les llega la hora son arrojados a extramuros con lo puesto, no pueden llevar siquiera una miga de pan en el bolsillo.... Viejas con tetas como odres vacíos, viejos que escupen entre los dientes al hablar, al preguntar, al implorar para que los dejen pasar un día más en la capital. Al final, cuando la guardia los toma por los sobacos para depositarios más allá de la más cercana de las siete puertas, junto con la mersa, lloran y patalean como malcriadas. Yo los vi y se me ha llenado la cara de vergüenza. ¿Para qué? En lugar de encaminarse con la frente alta y el honor sin mancha. ¿De qué les sirve permanecer en la capital cuando corren peligro de morir como bolsas de huesos rotos, pisoteados por las bandas de jóvenes borrachos que el gobierno tolera? Jóvenes sin carrera, capitalinos de buena familia pero condenados al mismo futuro, al mismo exilio senil. Jóvenes que salen a matar viejos sólo porque quieren quitarse lo que les espera de delante de sus narices. ¿Para qué llorar entonces? ¿Por qué no dejarse acompañar por el guardián, en silencio, sin chistar? ¿A qué lamentarse..? Más allá de las murallas se vive a oscuras, bajo calles cubiertas con toldos, en casas con ventanas ciegas. Y todo porque los habitantes de los barrios se niegan (nos negamos) a ver a través de la luz que nos llega desde el centro. Más allá de las murallas de la capital de Ford casi no se ven colores. Todos los habitantes de Ford, o sus padres o sus abuelos, abandonaron la Tierra para ir detrás de un paraíso. Pero esto no fue nunca un paraíso, no fue siquiera el efímero paraíso que sí proporcionaba la más barata de las drogas de la época anterior. Ah, de aquellos tiempos en que las drogas regalaban estrechos paraísos. Oh, bendito siglo de la luz eléctrica. Si el tiempo es al entendimiento lo que la eternidad es al conocimiento, ¿cómo se entiende, entonces, la droga del tiempo? ¿Cuál es, en realidad, la promesa de la droga del tiempo si , como toda droga, encierra una promesa? Yo creía por entonces (y me refiero a la semana pasada) que en un lugar más allá de cualquier Historia, como en un depósito de objetos perdidos, en estantes y secciones al estilo de un hipermercado, descansaban los objetos que ya formaban parte del porvenir de las personas. Descansaban los olores, las cosas que no imaginamos que existirán y también aquellas que vendrán para no superar los límites de nuestra imaginación (hechos gaseosos, hechos para ser puro pensamiento). Descansaban las ínfimas causas que desencadenan grandes acontecimientos y descansaban, claro, en un sector protegido, las diversas dosis de la droga del tiempo. Dosis en cuyo contacto ese eterno galpón que es el futuro se volatilizaría, se haría líquido leve y pasaría acelerado casi luz por el agujero de nuestra mente para derramarse en nuestro interior y modificar nuestro cuerpo entero. Así imaginaba yo el futuro antes de ir a su encuentro. Un espacio omnipotente en donde ya estaban el terrón de azúcar que endulzaría mi té una mañana cualquiera y el pájaro que en una tarde indefinida pasaría volando sobre mi cabeza sin que yo lo viera. Estarían mi asesino o mi benefactora. Y suponía también, (sabía quizá), que en gran emporio, en esa eternidad desde donde el Supremo nos arrojaba la vida, existían licores maravillosos que los dioses guardaban para Sí, nada más que para no parecerse a los hombres, nada más que para no ser menos dioses... Y recurrí a la droga del tiempo. La droga te deja vivir la cantidad de años que vos quieras condensada en la fracción de tiempo que elijas: un año en quince minutos, una década en una hora. En los laboratorios clandestinos de la Tierra se trabaja sin descanso para satisfacer a todos los desanimados del universo. El tiempo de vida de un hombre se acumula en cada dosis como el aire en un globo resistente. A mayor cantidad de años condensada en la pastilla mayor será la explosión de tiempo en tu interior, en tu piel, hasta en tu propio olor. A mayor cantidad de años condensada, mayor será el monto de esta apuesta, todo indica que perdida de antemano. A mayor cantidad de años, más lejos te encontrarás de una simple aventura burguesa. Yo tenía la certeza de que para lograr atraer aquellos licores debía recurrir a una dosis extremamente concentrada: la mayor cantidad de años en el tiempo más corto posible... Claro, al final dormí como un caballo. Después de semejante baqueteada, lo que me vino fue un profundo sueño. Al despertar, era un viejo de ochenta años. Y entonces, a correr. Que no te agarren las bandas de jóvenes ni los guardias. Sobre todo los guardias viejos, que están cerca del retiro. Hombres que gastaron su vida alcahueteando para hacer cumplir las leyes que los poderosos inventan para pasarla cómodos mientras la gentuza las respeta, y que ahora no soportan que vos rifés así tu tiempo, como si el tiempo revoleado al techo fuera el de ellos. Si te agarran los guardias viejos, ya sabés: que no vean que no sos un viejo verdadero: porque si no acabarán dándote para que tengas... Pero prefiero no hablar de estas cosas y sí de la droga del tiempo, de lo que acaba de ocurrirme a mí con la droga del tiempo. Al final, fueron unos cincuenta años en cuarenta y ocho horas. Viví las sensaciones, las transformaciones y los hechos imaginables de los próximos cincuenta años de mi vida en dos días. Luego dormí como treinta horas seguidas. Y desperté hambriento y con el semblante, las extremidades y los pulmones de un hombre de ochenta años. Ahora pienso que si fuera posible revertir el tiempo, la juventud estaría a menos de tres días de mis manos... Pero claro, el tiempo reversible no es más que una invención de la literatura, un anhelo de la metafísica, una travesura de la música... Por suerte, Malena estuvo a mi lado. Me acompañó hasta unas horas atrás, cuando atravesé la más pequeña de las siete puertas. Todas las drogas tienen su efecto sobre el tiempo. Desde que los hombres descubrieron el paso del tiempo, desde que la memoria les recordó que una serie de acontecimientos enfilados por la naturaleza o por el destino era el tiempo y lo volvieron a convertir en espacio para medirlo, desde que a alguno se le ocurrió colocar números entre el segundo y el siglo, las drogas tuvieron su efecto sobre el tiempo. Mientras duraron los efectos de la droga, en esa cincuentena de años condensados en unas cuantas horas sentí, por encima de la confusa mezcla de impresiones que arrastraba el tiempo encabritado, una guerra, una reñida y carnicera guerra. Y lo peor no fue el transcurso de esa guerra, quizá veinte segundos llenos de noticias amargas: (recuerdo en clip el rostro de un muchacho risueño y, una fracción de segundo más tarde, su cuerpo negro como el vino, muerto como un tronco de árbol que se acaba de quemar, con los ojos abiertos por el asombro, ya inútiles). No, lo peor vino más tarde, en lo que aparentemente fue la tranquilidad del regreso a casa, a la paz de mi lugar... Fue cuando, en un maldito instante, supe que me había acostumbrado a la masacre como alguna vez me había acostumbrado a la lluvia o a vivir sin noches. El hombre se hace a la barbarie con asombrosa facilidad... Sentí, entonces, que toda la cultura humana era un vestido transparente, una máscara con el hilo flojo. En algunas oportunidades descendí por un pozo de levedad y desahogo adornado por las gotas de una lluvia de plata. Y yo supongo que se trataba del sexo y de sus orgasmos. Orgasmos tan duraderos como la llama de un fósforo arrojado contra la nieve. Sentí, también, cómo iban desapareciendo mis dientes: las caries actuaron con la eficacia de una banda de pirañas. Por suerte, Malena estuvo conmigo hasta el final. Ella estaba con miedo. Nos sentamos bajo la copa de un árbol tupido, los guardias de la torre no podían vernos. Pero ella tenía miedo. Era el principio de la tarde, hora en que los jóvenes patoteros duermen, y ella temblaba de miedo. Aunque estuviéramos a veinte metros de la Puerta Menor y a mí me sobraran fuerzas para llegar corriendo, atravesarla y ponerme a salvo de cualquier ataque y, definitivamente, decirle chau a todo. Voy a morir en pocos días o meses. Malena volvió a la vida cerrada, estrechamente circular, de este pequeño planeta de rotación despreciable. Ya perderá la frescura en los labios, la firmeza de la carne, y ya se ganará un lugar aquí, en la semioscuridad, en el lugar adonde todas las miserias vienen a parar, el lugar elegido para emplazar el cementerio de todos los habitantes de Ford. La droga del tiempo tiene un efecto secundario y desagradable. Nos deja percibir las noches. Las vemos en la forma de un incesante parpadeo. La explicación tiene que ver con el desfasaje entre la frecuencia de la luz artificial que hace que en Ford siempre sea de día y la frecuencia que resulta según sea la cantidad de años que condensamos en cada pastilla de la droga del tiempo y etcétera, etcétera... Es un parpadeo fastidioso. Es un viaje, dentro del viaje, hacia el pasado, hacia el viejo siglo de la luz eléctrica en donde ser terrestre era un orgullo y en donde la noche era la madre de todos los placeres, de todas las metáforas y de todos los miedos. Otro problema, quizá el peor, es que el cuerpo envejece en un santiamén, sin tiempo para la lenta y sinuosa resignación, sin esas tranquilas mesetas que la vida nos ofrece para que nos paremos a ver cómo se cae nuestro cabello, cómo se arruga nuestra piel. Dos veces me acerqué al espejo bajo los efectos de la droga del tiempo. En las dos, el espanto venció a la curiosidad. Cuando atravesé la Puerta Menor me despedí de Malena como un abuelo se despide de su nieta adolescente. Si el tiempo fuera reversible, pensé una vez más, atraído por las vueltas morenas de su cabellera, en unas cuantas horas volvería para quitarle el vestido con los dientes como a ella tanto le gustaba. No sé de dónde me vienen las fuerzas para, no andar, sino arrastrarme por las calles negras de la periferia, entre rostros oscuros, entre gente deforme, entre sordos colores. Cuando acababa de dar los primeros pasos por estros barriales desordenados, un viejo con cara de chino me abordó y me invitó a tomar un aguardiente. Quería saber si había yo alcanzado a percibir alguno de los círculos perfectos que forma la Historia en sus incontables vueltas. —Porque todo vuelve a repetirse —dijo—. Todo vuelve a repetirse. Es a eso a lo que llaman esencia. Ese punto en donde todo vuelve a comenzar. Dije que no, que no había visto nada. Él prosiguió: —Algunos dicen que la euforia que promete la droga del tiempo proviene de la todopoderosa sensación de salir comprando futuro como si se estuviera en el mercado de la Eternidad. Que es solamente eso. Y que como arruina el cuerpo en un santiamén muchos la relacionan con el paso del tiempo. El viejo pasó un largo rato sin decir una palabra, bebiendo de a pequeños tragos. —Nunca imaginé que todo iba a terminar así —habló al final—. Casi no queda un espacio en el universo conocido en donde la Historia pueda volver a repetirse. Se me ocurre que la juventud es como esas fiestas en las que se bebe demasiado y se dicen cosas de las que luego uno se arrepiente. Yo no soy un hombre que morirá de viejo. Soy un muchacho que en una noche de farra se bebió la vida entera. Y esta idea, aunque parezca absurda, me ayuda ahora a recorrer las calles periféricas de Ford. Sobre si alcancé a conocer el licor que los dioses le escamotean a los hombres no sabría qué decir, fue todo demasiado rápido. Probablemente se trate de aquella fina lluvia de plata que yo confundí con orgasmos infinitesimales. Ahora sólo me queda esperar que la muerte sea mucho mejor que los símbolos de la muerte, mejor que todo aquello que queda de este lado de la humanidad: el respeto angustiado, el desconsuelo, el cajón, los gusanos, la expresión "dejar de existir"... Sólo me queda esperar que la muerte, la verdadera, se parezca poco a la forma en que los hombres la viven. Me pierdo en el laberinto que forman las calles de la periferia y me digo: —El final es siempre lo más difícil. Quiero pensar en Dios y me encuentro con que en Ford no hay suficientes motivos de inspiración para esa tarea. Porque Ford esta demasiado alejado de la naturaleza. Esta todo lo alejado que un planeta pueda estarlo. Y la idea de un dios ajeno a la naturaleza carece completamente de misterio porque la muerte, tan natural, es un misterio y etcétera... Y ahora que hablo de naturaleza me doy cuenta de que aquí, en Ford, un planeta pequeño de rotación insignificante, un planeta sin noches, un planeta sin ciclos... Aquí en Ford, repito, nunca nada jamás alcanza a nacer de la tierra. === Tres relatos ========================================================== Adrián Rodríguez Solórzano (yamasaki@racsa.co.cr) *** Voracidad Muy distante de la Tierra está Ur. Está o estuvo, aún no lo sabemos, pues su débil luz nos llega todavía, sin precisar con certeza desde hace cuánto tiempo fue irradiada. Pero Ur, en realidad, fue un inhóspito mundo peligrosamente incivilizado. Allá los nativos, en su tiempo, agruparon a los miembros más ancianos de sus tribus y los encargaron de la administración de la justicia. Las sentencias de estos grupos fueron respetadas indefectiblemente por los conciudadanos dignos, quienes esperaban así contrarrestar la ola delictiva que hacía zozobrar la convivencia en Ur. Empero, a fe que sí, los resultados fueron funestos. Así lo evidenció el caso de Al, otrora inescrupuloso y malvado, a quien se le impuso por castigo a sus múltiples fechorías la pena de convertir en oro cuanto tocaba. Y así ocurrió, para desgracia de Al, acarreándole angustias y sinsabores pues, como es de suponer, comidas y bebidas, amigos y familiares, muebles e inmuebles, todos, convirtiéronse en oro conforme los tocaba. Se supone que aquello sería su escarmiento y que, con la divulgación de su caso, imperarían el orden y el respeto nuevamente. Y tocó... y tocó... y tocó. Mas, imprevisto resultado, Al invocó poderes insospechados y, después de múltiples intentos infructuosos, logró, al menos, modificar su estricto régimen alimenticio: en vez de hierbas y larvas, asimiló minerales. Entonces, glotón inexhausto, comenzó a comerse al pueblo. ...Hoy, Ur es tan sólo un hueco negro en el espacio. *** ¿Evolución? (Tan breve como la vida misma) En el ocaso de aquel estío, decimoctavo del siglo MDCIV, las papilas vibrátiles le advirtieron la presencia inequívoca de su entrañable compañera. Volteóse entonces y, telepáticamente, compartió con ella la decepcionante angustia de saberse padre de un engendro bípedo. ¿Mutación degenerativa de su primaria especie reptante? *** Al revés A muchos años luz, en tiempo y distancia, está Quid Pro Quo, un mundo tan enrevesado como su propia concepción. Allí, mejor aun, allá, los quidproquoteños están divididos: unos creen, inflexiblemente, en cualquier cosa ininteligible; los otros, inteligiblemente, sólo creen en las cosas ostensibles. Es en lo único que se parecen a los terrícolas. Así, una mitad tiene por cierta la reencarnación; la otra, más ortodoxa, la cuestiona y rechaza. En todo lo demás difieren de nosotros. Los procesos vitales morfológicos, fisiológicos y metabólicos, que allá significan lo contrario, así como los procesos mortales del envejecimiento, muerte y descomposición, por ejemplo, están absolutamente invertidos en relación con nuestro orden cronológico de las cosas. Ellos, al morir, que en realidad no lo es, en vez de ser inhumados son objeto de incineración y luego, igual que aquí, de olvido. Muchos años después, aunque su orden cronológico es para nosotros inadmisible, las dispersas cenizas se reunifican lentamente y, de golpe, estallan crepitantes en una incandescente flama que se reduce, igual que las cenizas, hasta desaparecer, al tiempo que se delinea un cuerpo, al principio amorfo, y luego perfectamente definido: un senil y exánime quidproquoteño que, después de un sombrío estertor, vuelve a la vida según los términos nuestros; pero, según los conceptos biológicos de Quid Pro Quo, literalmente nace. Nace envejecido, claro, para ir desenvejeciéndose conforme pasan los años. Después nacen los hijos, por generación espontánea, supuestamente, y también envejecidos. Luego se casa, aunque hay veces que primero se divorcia. La adolescencia... la pubertad... la infancia y, al final, la fatídica muerte, a veces siendo niño, a veces siendo feto. Entonces, insepulto, se le incinera y llora... Hubo una época, de triste recordación para los quidproquoteños, en que un dictador, tirano y prepotente, instauró la eugenesia como práctica obligada en funerarias y similares (en la Tierra se habría instaurado en clínicas y hospitales... pero allá esto sería un disparate). El tirano, pretendiendo mejorar la raza, ordenó que los débiles, facinerosos, violadores, políticos y, en fin, toda la lacra de la sociedad quidproquoteña, fueran inhumados al morir y con ello se impidiera su renacimiento y la proliferación de su especie. Comoquiera, en esa época se despobló aquel mundo y ello causó profuso malestar en el seno de los grupos de apoyo, que no es presión, haciéndose cada vez más ostensible hasta que, rebasada la paciencia quidproquoteña, el dictador fue despojado de sus inicuos poderes y, equitativamente, enjuiciado, muerto e inhumado. Fue el último enterramiento que se recuerde. El que fuera enterrado así se dispuso para que viviera, literalmente, la misma experiencia de sus víctimas sepultadas. Nadie en vida supo qué pasó con él; pero, al cabo de un tiempo indefinido, su cuerpo inerte se marchitó y fue objeto de un proceso de putrefacción similar al que sufren nuestros muertos. Un siglo después, el irrefrenable proceso biológico reunió, siempre bajo tierra, sus diseminadas partículas y las fue fundiendo paulatinamente hasta formar los contornos de su cuerpo. Configura luego vísceras y huesos hasta que un día, plenamente envejecido, renace o nace, según se admita o no la reencarnación. En su caso, empero, apenas abre los ojos y procura absorber el aire ambiente, sin remedio muere sofocado por la tierra que le impide respirar. Otra vez aquel cuerpo se marchita y descompone lentamente, por no habérsele dado la oportunidad de ser quemado. Algún día, quizás, la erosión de la tierra permitirá que afloren sus partículas y, así, se dé el proceso de fusión al aire ambiente. Mientras, ni modo, deberá esperar... seguir esperando; en todo caso, llevaba ya varios siglos de morirse de inmediato, lo que, al menos, le daba en un instante la experiencia de saberse un vivo fúgido, aun estando muerto casi siempre. Por ahora —¡qué más da!—, a esperar que en el siguiente siglo pudiese renacer al aire libre. Mientras tanto, inmutable, la vida proseguía en la superficie de aquel mundo enrevesado, muriéndose la gente después de hacerse joven. === Los talos mirando al cielo ============================================ Mauricio Ventanas (mventanas@hotmail.com) La gran desgracia de los talos fue que inventaron demasiado pronto los cohetes. Antes de conocer la geografía del cielo y de la misma Tierra. Mucho antes de inventar los barcos, los aviones, los paracaídas o los automóviles. Antes siquiera de aprender a cultivar la tierra y a domesticar a las evasivas cabras monteses, que los miraban con desdeño desde las laderas escarpadas del monte Talón, cumbre de la isla de Talia. Los primeros cohetes tripulados resultaron intentos sumamente prometedores. Volaban alto, firme, lejos, dejando hermosas y uniformes estelas de fuego, como caminos marcando el rumbo de los hombres por el cielo. Sin embargo nunca era posible recuperar a los tripulantes, debido a que al volver, los cohetes se estrellaban tan violentamente contra la tierra, que no quedaban ni los escombros de ellos. Esto era considerado un grave infortunio, ya que no había manera de recabar información sobre las observaciones desde las alturas o sobre la maniobrabilidad de los cohetes, aparte de que los familiares de los pilotos perdidos les lloraban desesperadamente y a veces en su quebranto formaban ligas radicalistas para la oposición a la carrera espacial. Encima de todo, puesto que era necesario asignar las misiones a científicos muy brillantes, su pérdida resultaba siempre un duro golpe para la misma ciencia. En determinada ocasión se intentó lanzar los cohetes desde la costa, levemente inclinados hacia el mar, para que cayeran sobre el agua. Pero como los talos no tenían barcos, no había manera de ir a rescatar el módulo de comando y los tripulantes acababan sumidos en las profundidades. Más duro aun fue descubrir, cuando por fin lograron que uno acuatizara muy cerca de la playa, que de todas formas el impacto contra el agua era demasiado fuerte y nadie podría ser capaz de sobrevivir. Este resultado fue tan desalentador que el Rey Sonio decidió convocar una asamblea, para decidir sobre la suspensión por tiempo indefinido del proyecto de la conquista de los cielos. Sin embargo el asunto no resultaba tan sencillo, pues siendo los cohetes lo único que los talos sabían hacer realmente bien, urgía encontrarles lo más pronto posible algún valor utilitario, que les permitiera mercadearlos a través de los fenicios y resolver así su complicado déficit comercial. El pueblo entero de Talia tenía sus esperanzas cifradas en esa posibilidad. El futuro de los cohetes se debatió por meses, mientras imperaba en el reino un panorama cada vez más hambriento y sombrío. Se llegó al extremo de proponer disparates como por ejemplo usar la propulsión para hinchar las velas de los barcos fenicios, pero el único mercader que tuvo la osadía de probar un prototipo enfrentó resultados catastróficos: apenas al encender motores, el impacto del propelente hizo estallar las velas, lanzó el barco incendiado marcha atrás a velocidades atroces, hasta hacerlo perder la estabilidad y dar una docena de tumbos despampanantes, ante los científicos atónitos y el dueño del barco, visiblemente decepcionado. Finalmente el navío se hundió con tal violencia que quedó enterrado varios metros bajo el lecho marino, desatando olas gigantes y desbandadas descomunales de peces. Así que con este fatídico experimento se terminó de condenar la rústica industria pesquera de Talia, y por supuesto hasta ahí llegó también toda posibilidad de entablar cualquier tipo de alianza estratégica con países poseedores de otras tecnologías. Otra idea más interesante fue ofrecer los cohetes como objetos de entretenimiento, puesto que todo despegue y trayectoria no dejaba de ser un espectáculo grandioso, pero al ver los costos y los complejos preparativos involucrados en cada lanzamiento, todos los clientes potenciales se inclinaban rápidamente por eventos más tradicionales, como el teatro, la lucha libre y el circo. Fuera de la isla, simplemente los cohetes no tenían un lugar en el mundo. Dentro de la isla quizás tampoco cabían. Quizás su lugar era en el cielo, con los dioses, y era la misión de los talos llevarlos hasta allá. Ningún debate pudo desatar a los talos de esa convicción. La votación final de la asamblea fue ampliamente a favor de seguir intentando, y probar cualquier idea que se apareciera. Después de varios otros intentos fallidos, la situación en Talia ya era verdaderamente desesperada. Los fenicios estaban empezando a embargar los muebles de las casas, el acero de los cohetes y hasta los destornilladores, aunque no supieran para qué servían, y los embarques de pan y pescado eran cada vez más restringidos. Sin nada más a qué recurrir, se llegó por fin a la idea más descabellada de todas, el fin último, atacar de una vez la meta central de todo el proyecto: un cohete tan potente, que se elevaría tan alto y llegaría tan lejos, que ya nunca volvería a caer a la Tierra, sino que seguiría su curso indefinidamente, internándose en los misteriosos mares del firmamento hasta llegar a Júpiter, para que los tripulantes hablaran con él en persona, y obtuvieran ayuda divina para salvar a la nación. Contra todas las expectativas de los talos, esta iniciativa llamó muchísimo la atención, pues sucedía que sin querer los fenicios habían esparcido por el mundo una notable fama sobre su gran destreza para surcar los cielos. Llegaron propuestas de inversión de las naciones más remotas, a cambio simplemente de llevar mensajes a Shiva, a Zeus y Hera, a Mercurio, a Marduk y a cientos de otros dioses de los que los talos no tenían ni idea. La misma logística de todo este trabajo de mensajería celestial abarcó un capítulo entero en la elaboración del proyecto. El supercohete en cuestión constaba de cuatro cohetes normales atados a los extremos de una cruz, y en el nudo de la cruz el módulo de comando, provisto éste de una gran ventana al frente para no perder de vista a Júpiter y mantener en todo momento el rumbo hacia él, y otra gran ventana en el piso para mirar el suelo y reportar cuanta observación los tripulantes consideraran de relevancia científica. Para efecto de enviar los reportes, el módulo contaba con un escritorio mediano y una cava repleta de botellas. Las botellas, una vez agotado el vino o cualesquiera víveres que contuvieran, serían el medio para transportar los mensajes en caída libre de vuelta a Talia. Junto al escritorio, el módulo de comando contaba con una escotilla especial por donde se podían dejar caer las botellas lejos de la turbulencia provocada por los impulsores. El día del gran lanzamiento llegó pronto y puntual, siendo como eran los talos sumamente diestros en el oficio de hacer cohetes. En otras circunstancias quizás una gran multitud se habría congregado en los alrededores de la plataforma de lanzamiento, pero ya para entonces la población tala evidenciaba los estragos de los proyectos fallidos y de la precaria situación económica. De hecho las delegaciones de inversionistas casi los igualaban en número. Los cuatro tripulantes, Altón y Eda, Sindo y Lina eran lo mejor que quedaba de la diezmada élite de pilotos. El Rey Sonio los despidió con un breve discurso, sin dejar de insistir en que estaban ante la misión más importante y crucial en la historia de Talia. Esto les encomendó: —Vayan con Júpiter, salúdenlo de mi parte, háganle patentes los respetos de todos los habitantes de la Tierra y pídanle por favor que nos ayude con las cosechas, que como bien se nota, no somos nada buenos agricultores. De ahí partirán a llevar los mensajes a todos los demás dioses. En calidad de ofrenda, se llevaron a la única, terca y malamansada cabra montés que habían podido atrapar. Aun siendo tan apetecida su carne, nadie se había atrevido a sacrificarla, puesto que era la única cabra que tenían. Más bien la cuidaban como un tesoro. Por otro lado, a falta de críos, tampoco daba leche. Así que a fin de cuentas era una cabra valiosa, soberbia, singular e inservible, ¿qué mejor uso para ella que darla a Júpiter en ofrenda? Cumplido el protocolo, todo fue esperar a que apareciera Júpiter en la noche. Subieron al módulo los tripulantes, tirando de la cabra, que se revolvía patas de frente en absoluto estado de rebeldía, desconfiada y reacia como si la llevaran a la horca. Una vez en sus puestos, afinaron las direcciones y partieron, dejando esta vez cuatro hermosas estelas de fuego, que se envolvían suavemente en espiral, a medida que la nave corregía el rumbo. Inmediatamente se esparcieron todos los talos en tierra por la isla, para esperar la caída de las botellas. En esta diligencia fueron tan eficientes y meticulosos, que los correspondientes avances en cartografía resultaron de gran valor para toda la humanidad, si bien es cierto que los talos no fueron capaces de negociar un gran precio por las técnicas desarrolladas, pues los mercaderes fenicios las valoraron como bienes intangibles. Al poco tiempo partieron los delegados, ya que los beneficios de la inversión no se esperaban a muy corto plazo (amén de que no había comida como para quedarse un gran rato) para ir a ver los resultados en sus propias tierras. Luego, en medio de una tenue llovizna de vino, casi un olor, apenas perceptible, empezaron a caer botellas, causando gran alborozo por toda Talia. De la primera a la décimo tercera lograron recuperarlas íntegras, y una vez ordenados los mensajes, los Talos en tierra reconstruyeron el reporte de la misión, tal como sigue: 1. Cielos de Talia, año 95, tiempo de Júpiter en Escorpión 2. Excelentísimo Rey Sonio, queridos hermanos talos: 3. Aún no acaba la fase de despegue, el estremecimiento dificulta la escritura y tal vez parezca un poco prematuro iniciar la comunicación. 4. Sin embargo, debido a la velocidad que sigue cobrando la nave, tememos mucho que pudiéramos en cualquier momento chocar contra el cielo o pasar de largo frente a Júpiter. 5. Así que decidimos desperdiciar algo de vino y empezar a reportar de una vez. 6. Desde las alturas nuestra ciudad es muy bella. 7. La tierra de Talia es enorme. 8. (Corrección al mensaje 7) Talia es una gran isla. 9. (Corrección al mensaje 8) Talia es una isla diminuta que se esfuma entre las nubes. 10. Comprobamos que la Tierra es redonda: es una gran esfera bella y azul con pinceladas blancas. 11. (Corrección al mensaje 10) La Tierra es un poco más grande que la Luna... 12. Aún no hemos chocado con el cielo. 13. Júpiter sigue a la vista y mantenemos el rumbo hacia él. Con este último mensaje el optimismo cundió glorioso y los talos aguzaron entusiasmados sus sentidos, conscientes de que a partir de entonces las botellas serían cada vez más difíciles de localizar. Pero no llovieron ya más botellas, ni vino. En cambio sí empezaron a caer sobre muchas naciones torrentes de buenaventuras, al punto de que todos los inversionistas con el curso de los años se dieron por satisfechos de sobra. Los dioses multiplicaron las plantaciones, enviaron sabios, profetas, Mesías, héroes, artistas, conquistadores, se edificó Alejandría y la humanidad floreció como nunca antes ni después. Pero los talos, allá esperando en su isla, se hicieron ancianos, harapientos y mal comidos, de tanto mirar al cielo y de tan poco dinero que les quedó después de hacer el cohete más grande y perfecto. Se quedaron así, mirando al cielo, imaginando los mensajes perdidos tras las estelas de fuego de Altón y Eda, de Sindo y Lina, que los miraban a su vez a ellos alejarse por la ventana del piso, cada vez más pequeños, en la isla pequeña, esfumándose entre las nubes de un planeta Tierra, que ya desde Júpiter no sería más que un punto azul a la deriva en la inmensidad, desafiando frágil los dominios del Sol. Y se extinguieron así, sus miradas lánguidas pendientes de la esperanza —de que cayera tan sólo una botella más— ante la rotunda indiferencia de las evasivas cabras del monte Talón, que nunca los perdonaron por embarcar a una de las suyas en semejante ocurrencia. =========================================================================== Ovejas electrónicas (poesía) =========================================================================== === 2000 ================================================================== María Ester Fernández (hmazzucchi@arnet.com.ar) Cuando el almanaque desguace Las hojas antiguas Y se eche al abismo anhelante De la página en blanco Habrá sabor inaugural Habrá silencio o estallido milenario Habrá explosión desconcertante Y nuevamente la vida se filtrará En cada agujero que se lo permita Y nuevamente la muerte La acechará en un rincón En un juego infinito === Boca muda ============================================================= Ketty Alejandrina Lis (kettylis@citynet.net.ar) a Domingo Martínez Castilla Boca muda ¿boca-fauces al acecho? no no muda muda labios en doma y aplanados brazos como ramas de los sauces se confunden y beben la savia de sí mismos todo musgo las piernas. Impresiones digitales ¿lenguaje del código genético? ¿cifra de herencia de otras vidas? ni aquí ni allá somos un nombre sólo un número o transparencia en clave. Corre Anikó, mi niña, corre y ofrécete a quien te ofrezca más porque tenemos hambre los circos con enanos y payasos aún no se inventaron eso vendrá más tarde cuando se canse el arte de decir que es para todos cuando óleos y esculturas sigan valiendo más que un desdichado nacido de hembra loba solitaria y madre andrajos por galas alisando el suelo de granito la lengua de borrachos repletas las tabernas gritos a granel pechos y nalgas manoseados prodigio de cosechas en las eras en los feudos mendigos en los campos y mucho vino en jarras de hojalata atan con un cordón que dobla las esquinas la vida a la materia ¿Qué es lo real? ¿este rostro con nombre y número en su documento? ¿aquel otro que se cubrió con pieles de carnero o ese que bajando el puente levadizo de un castillo de Bretaña salía a cazar ciervos? ¿perteneció a algún clan luchando por el mismo ideal de William Wallace en las montañas de la vieja Escocia? ¿aulló hasta quebrar los dientes en la hoguera? ¿usó blusa de fino encaje? ¿gabán de terciopelo? ¿ayudó a preservar algunos alimentos? hilera de vasijas dádiva de frutas secas punta filo un puñal y la muerte negra y loca construyendo inexorable la explanada. -Metzadah, todo se ha perdido nada ha valido nada no se purificó el desierto sólo hemos trazado un círculo engañoso donde duerme mi cuerpo entre otros cuerpos pero estoy aún aquí en la planicie guardando para mí y protegiendo la transparente belleza de tu aire-. Todo es sueño soñado en la epidermis y por debajo el cauce es continuado y se deriva desde el tramo más caudal del precipicio. Velo tras velos se espesan y recubren hilos distintos para la misma urdimbre añorando la luz que fue el principio del principio la libertad perdida la inocencia. Volver la boca muda ¿para qué al acecho? miren tenemos todo aquí tenemos esta lluvia que corre por encima del rojo-lila-rojo negro-rojo derramándose en los cuartos a cielo abierto miren tenemos nada aquí y cómo se hace tierna tierra maternal ajusticiada contrapuesta al viaje de regreso entre un cielo de maleza y un oro de melaza y cómo se hace si los brazos-ramas hundidos en el tronco de los sauces bebiéndose las pestilentes aguas de ellos mismos van haciendo piruetas igual siglo tras siglo como si ayer siguiera siendo hoy hoy bóveda y sol en la misma curvatura el cielo y la idea de ese cielo el agua en alfabeto el alfabeto nadando sobre el agua ¿la carne es débil? ¿a quién se le ocurrió afirmar a manera de un axioma tamaña tontería? la carne es por completo frágil frente al tiempo él sí que se derrumba débil línea de flotación delgada hundida en el pasado sin palas ni semillas sin posibilidad alguna de cosechar las mieses. ¿Y cómo se hace sino dejar muda la boca ajustar tela adhesiva a los dos párpados y pesar como quien pesa un fardo el espumoso granito de la lengua? =========================================================================== Los mnemónicos (ensayo) =========================================================================== === Hacia una definición del género de la ciencia ficción ================= Benedicto González Vargas (bagv@geocities.com) Una de las respuestas más difíciles que es dable encontrar —o no encontrar— en la definición de géneros literarios es la relativa a la ciencia ficción. En un artículo reciente Xavier Ternisien dice que hay centenares de respuestas que los especialistas discuten, siendo uno de los tópicos de la discusión a cuál de los dos componentes del término debe darse mayor importancia: ciencia o ficción (1). Quienes dan mayor importancia a lo científico dicen que "la verdadera ciencia ficción es aquella en que los efectos de los avances científicos y técnicos, ya sean buenos o malos, se revelan en un futuro más o menos remoto. Rechaza lo irracional. Se habla entonces de 'hard science', ciencia pura y dura. (...). Otros, por el contrario, privilegiarán el término ficción. Pondrán el acento en lo imaginario e integrarán en el género a toda obra de ficción que se sitúe en algún lugar lejano, en el tiempo o el espacio, o que apele a lo irracional. Esto incluye lo fantástico, el horror y la Fantasy" (2). La diferencia central entre ambas corrientes es que la primera, al marcar su acento en el término ciencia, incluye entre las obras del género ciencia ficción a aquellas que tratan de asuntos que están íntimamente ligados al desarrollo científico y tecnológico y que acontecen en un futuro más o menos distante o remoto. Este grupo, que podríamos llamar —siguiendo a Ternisien— como purista, no acepta como ciencia ficción la "Fantasy". Pero, qué es la Fantasy. En inglés el término puede "designar toda obra de imaginación extravagante y caprichosa" (3). Vale decir, se incorporan a ellas temas en que el futuro lejano puede ser reemplazado como un pasado remoto y en que la ciencia y la tecnología pueden verse desplazadas por la magia. En este tipo de obras se insertan las sagas como Conan y El Señor de los Anillos, entre otras. Dice Pascal Thomas, especialista en el género, que "una de las funciones más importantes de la ciencia ficción es expresar bajo forma literaria los cambios que la ciencia puede aportar a nuestra visión del mundo" (4). Vale decir, algo así como que la ciencia ficción imagina nuestro futuro a partir del desarrollo científico y tecnológico del presente. Luis Madariaga, por su parte, dice: "La ciencia ficción es una de las formas de literatura utópica. La novela de anticipación sitúa la acción en un futuro imaginado de acuerdo con unas previsiones más o menos científicas" (5). Aquí se explicita que la ciencia ficción es utopía, si tomamos la definición de utopía más habitual, diremos que es "un sistema halagüeño, pero irrealizable" (6). O bien, la definición de Larousse: "Un país que no existe, un lugar imaginario. Concepción imaginaria de un gobierno ideal" (7). Parece claro que la definición de Madariaga se refiere a que es un tipo de literatura cuyo asunto apunta hacia lo inexistente físicamente, hacia lo ideal ubicado en un lugar y momento imaginarios. Otro elemento importante en la definición dada por este autor es que se trata de literatura de anticipación; esto es, creación de lenguaje cuyo tema es un intento por anticipar hechos futuros, todos esto con "unas previsiones más o menos científicas" o, lo que es lo mismo, partiendo de la realidad científica actual, una proyección que podría llegar a acontecer, sin que sea esto una verdad incontestable. Cabe recordar que uno de los precursores del género, Julio Verne, fue capaz de anticipar el desarrollo tecnológico de la humanidad, casi sin errores, pero eso no significa que la ciencia ficción no pueda equivocarse en sus previsiones. Nos parece importante remarcar que los puntos de vista de Thomas y Madariaga son plenamente coincidentes. El estudioso Fernando Sánchez Durán, por su parte, dice que "la ciencia ficción engloba todo lo escrito en el cual predomina lo fantástico con un sustrato científico" (8). Vale decir, el autor plantea que este género literario es predominantemente fantástico, donde la creatividad del autor se expresa a través de su imaginación, la que crea mundos, realidades, personajes, escenarios, acontecimientos, etc., que sólo existen por la acción lingüística de narrarlas y su único referente real y físico es la ciencia, la que actúa como sustrato o sedimento de la fantasía narrativa del autor. Esta definición, al excluir los elementos mágicos, deja afuera a aquel mundo de la leyenda que se sitúa en un pasado remoto y que relata los hechos de los héroes legendarios. No obstante, el propio autor reconoce que "en un espacio futuro y en un pasado remoto, todo es posible" (9). No obstante lo anterior, considera que este tipo de literatura ya ha sido delimitado en sus características y que éstas son distintas de las de la ciencia ficción propiamente tal, aunque tienen un origen común que se remonta a los tiempos primitivos de la narración oral, que creaba "espacios narrativos atemporales, que conscientemente se indeterminan con el fin de introducir lo mágico, sin que violente la lógica del lector" (10). David Pringle, uno de los más reputados estudiosos de la ciencia ficción, dice que este tipo de quehacer literario se remonta a los Voyages extraordinarios de Julio Verne y los Romances científicos de Herbert George Wells. No obstante, en la actualidad, puede significar diversos tipos de arte, aparte de la literatura, tales como cinematografía, comics, radioteatros y hasta juegos de video y programas computacionales. Él, no obstante, entrega su propia definición, aunque reconoce que es producto de criterios personales oscuros e instintivos, dice: "Ciencia ficción es una forma de narrativa fantástica que explota las perspectivas imaginativas de la ciencia moderna" (11). Luego añade que, en todo caso, "como cualquier definición es necesario explicar los elementos que las constituyen" (12). Entiende por ciencia moderna la cosmovisión científica aceptada por las personas de los siglos XIX y XX, especialmente la cosmovisión aceptada por las personas inteligentes, pero profanas en materia científica, como lo fue el patrimonio colectivo de la concepción newtoniana del universo, la geología de Lyell y la biología evolucionista de Darwin. Estas ideas, que representaban el avance científico, abrieron nuevas perspectivas de espacio (estrellas y galaxias lejanas); de tiempo pretérito (dinosaurios, cavernícolas, mitologías varias) y futuro (mundo del futuro). Pero, sobre todo, establecieron la idea del cambio, la comprensión de que hemos evolucionado prácticamente de la nada y que podemos seguir evolucionando hasta el infinito. Asimismo, las distintas concepciones filosóficas, sociales y políticas, dejaron asentadas las ideas de cambios drásticos (capitalismo, marxismo, fundamentalismos religiosos, etc.). Todo esto hizo que la gente tomara conciencia de la importancia de los cambios producidos por la modernidad tecnológica (tren a vapor, telégrafo, radio, televisión, informática, entre otros) y comenzó a advertir todo lo que podría llegar a cambiar en el futuro. Así empezaron Verne y Wells; así, también, Orwell y Huxley. Por otra parte, Pringle también considera que existen, aparte de la ciencia ficción, dos subgéneros similares pero que tienen algunas características distintas, éstos son los que él denomina como: a) relato de horror sobrenatural (Drácula, por ejemplo), donde irrumpen fuerzas sobrenaturales superiores a lo cotidiano e imposibles de explicar desde un punto de vista científico, lo que los hace, precisamente, de horror, y b) los relatos de espada y hechicería (El Señor de los Anillos), donde la ciencia es reemplazada por la magia y los hechos ocurren en tierras fantásticas. El carácter de estas últimas obras es menos terrorífico y más agradablemente divertido. Otro aspecto que David Pringle destaca en el tema de la ciencia ficción, lo encontramos en el análisis que él hace de la novela ¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio!, de Harry Harrison, donde dice: "La ciencia ficción, más que establecer nuevas tendencias, sigue fácilmente a la moda. Extrae ideas de las ciencias, de la sociología popular y de los suplementos dominicales de los periódicos, las recrea y las exagera hasta convertirlas en imágenes de pesadilla del futuro". El escritor de novelas de ciencia ficción Olaf Stapledon (autor de La última y la primera humanidad, 1930 y de Hacedor de estrellas, 1937, entre otras) ha dicho, refiriéndose a los escritores del género: "...para que esa construcción imaginaria de futuros posibles sea poderosa, nuestra imaginación ha de estar sujeta a la más rigurosa disciplina. No hemos de transcurrir los límites de la cultura particular en que vivimos. Lo meramente fantástico sólo tiene un poder menor. No es que debamos buscar la profecía (...), únicamente podemos seleccionar una hebra, de toda una maraña de posibilidades igualmente válidas. Pero tenemos que seleccionarla con una finalidad. La actividad a la que nos lanzamos no es ciencia, sino arte. Sin embargo, nuestro objetivo no consiste pura y simplemente en crear una ficción admirable desde el punto de vista estético. No se trata de crear una historia ni ficción solamente, sino un mito. Un mito verdadero es aquél que, en el marco de una cierta cultura (viva o muerta), expresa de manera sublime, a veces de un modo trágico, las creencias más importantes de esa cultura" (13). Indudablemente, Stapledon nos revela las claves de su propia estética literaria, de su propia manera de aproximarse al género que nos ocupa y nos dice lo que él entiende por verdadera ciencia ficción, que no es otra cosa que la equilibrada creación literaria que surge de la propia realidad cultural en que se vive y de la cual se toma una idea, una posibilidad entre muchas, para explotarla desde un punto de vista artístico, donde la fantasía es menos importante que una sólida base científica y ésta, a su vez, no debe hacer desaparecer ni la calidad artística ni la trascendencia misma de esa cultura de la cual ha emergido, para reafirmarla y sustentarla como identidad. Finalmente, para terminar con este panel de opiniones, el escritor de ciencia ficción Michael Moorcock, en el prólogo del libro de Pringle, dice, a propósito de las representantes femeninas del género, que lo han utilizado para "expresar su propia y justificada cólera" agregando, además, que el género tiene enormes posibilidades para que los autores canalicen su "impaciencia, su rechazo a la injusticia y a las frustraciones políticas, y su indignación frente a la codicia, la locura, la violencia y el mal uso consciente (o inconsciente) del poder que hoy se despliega por doquier" (14). Este autor plantea, por lo tanto, que el género tiene, además, una especie de tarea o misión en el mundo actual, que no es otra que convertirse en un llamado de atención respecto de todas aquellas cosas negativas que el desarrollo y la modernidad han ido acarreando (o han sido incapaces de eliminar), como los innumerables tipos de injusticias existentes. De todas las opiniones anteriormente expresadas, podríamos inferir una definición que intente dar cuenta, más o menos cabalmente, de la esencia del género: Ciencia ficción es un tipo de relato fantástico, ubicado en un momento preferentemente remoto (incluso espacialmente), con una base científica perfectamente identificable con un lugar y una cultura determinadas. Sus motivos literarios son anticipatorios del porvenir de dicha cultura, especialmente con el objeto de prevenir respecto de las posibles desviaciones a las que esa sociedad podría llegar. Con esta definición, que pretendemos más operativa que exhaustiva, nos daremos a la tarea de caracterizar el género. Caracterización de los relatos de ciencia ficción Muchos de los autores citados anteriormente caracterizan el género determinando ciertos rasgos que se reiteran en las obras literarias pertenecientes a él. Dichas caracterizaciones son una especie de inventario de los elementos que distinguen a este tipo de obras. Revisemos brevemente algunas de las más acabadas: Xavier Ternisien establece en su artículo las siguientes: • Las sociedades descritas en las novelas de ciencia ficción son un reflejo deformado, caricaturizado, llevado al extremo, de la propia realidad de nuestra sociedad. • Un mundo real dominado por las multinacionales. • Una gigantesca red informática en la que deambulan verdaderos caudillos "sin dios ni ley". • Un ciberespacio dominado por las inteligencias artificiales. • Los individuos son modificados por implantes que los convierten en cyborgs (mitad hombres, mitad máquinas). • Crítica política y social. • Denuncia de los totalitarismos. • Denuncia del peligro nuclear. • Grieta entre los componentes de la sociedad, debido al distinto acceso a la información. • Viaje espacial. • Paradoja sobre el tiempo. • Extraterrestres. • Colonización de la galaxia. • Androides. • Preocupaciones metafísicas. • Realidad virtual. • Ingeniería genética. La lista es, a nuestro juicio, lo suficientemente clara como para que cada uno de los términos no requiera una precisión específica (tampoco lo hace Ternisien). Sin perjuicio de que nuestra propia clasificación, que cierra este estudio, sí la entregue. Fernando Sánchez Durán presenta los siguientes cuatro motivos que él identifica como los más frecuentes y que le permiten caracterizar el género: • Posibilidad de que la explosión demográfica haga imposible la supervivencia del hombre. • Vaticinio de que una explosión nuclear aniquilará a la humanidad. • Determinismo tecnológico que supedita lo humano a las superestructuras científicas. • Implantación de un gobierno dictatorial a nivel mundial que planifique y oriente, por determinados cauces, el quehacer del hombre. Omitiremos también, por ahora, mayores precisiones, pero volveremos al tema más adelante. David Pringle, por su parte, en las 226 páginas de su ensayo sobre ciencia ficción, va rescatando, de cada una de las cien obras que analiza, las características más sobresalientes del género. Esta es su lista: • Las tribulaciones que provoca en la sociedad común un Estado totalitario. • Las plagas que exterminan a la humanidad. • La telepatía. • La invisibilidad. • El holocausto nuclear. • Dispositivos militares ultrasecretos que se ponen en marcha en forma prematura y que provocan enfermedades en los seres humanos. • Pérdida del sentido de humanidad tras la guerra nuclear. • Viaje a través del tiempo a la velocidad de la luz. • Manipulación de los medios de comunicación masiva del siglo XX. • Seres extraterrestres, enormemente poderosos, que vienen a hacer el bien a la Tierra, a pesar de los propios seres humanos. • Invasiones extraterrestres con fines malignos. • Mundos alternativos. • Viajes por mundos paralelos. • Universo mental. • Mundo altamente automatizado. • Paisajes electrónicos. Estos son algunos de los temas que David Pringle considera como los más recurrentes en la novela de ciencia ficción. Indudablemente, podría compilarse toda esta lista en unas pocas ideas que sean capaces de contener a otras, pero preferimos dejar la clasificación de este autor norteamericano tal y como va apareciendo en su ensayo crítico sobre las cien mejores novelas del género (sólo los títulos publicados entre 1949 y 1984). Ahora bien, si revisamos en forma comparativa las tres listas ofrecidas con anterioridad, necesariamente debemos concluir que hay temas muy recurrentes y que, sin lugar a dudas, es allí donde podemos encontrar las características más esenciales del género. A partir de dicha comparación enunciaremos aquellas que nos parecen ser las más relevantes, para una mayor comprensión del alcance de cada una, daremos una breve explicación que permita ilustrar de mejor modo esta caracterización: 1. Ubicación temporal en un futuro lejano. Los hechos ocurren en un futuro lejano, muchas veces remoto, donde la sociedad humana se desenvuelve en medio de importantes avances científicos y tecnológicos. 2. Redes informáticas y tecnológicas que lo dirigen todo. Mundos altamente automatizados; las computadoras, los cerebros controlan el mundo y las actividades de los ciudadanos. Algunos pocos humanos privilegiados (pertenecientes a grupos de poder), tienen acceso a toda la información. 3. Presencia de entidades multinacionales que controlan a la humanidad. Son los depositarios del poder (político, económico, cultural, informativo, social, etc.). De su éxito depende la paz mundial. 4. Implantes electrónicos o biónicos de todo tipo en seres humanos. La manipulación genética, las operaciones para instalar sistemas computarizados en el cuerpo, muchas veces con fines militares, plantean serios problemas de índole moral. 5. Estados totalitarios mundiales. Corresponde a la crítica social y política respecto de dónde puede llegar la humanidad si sigue por el camino en que se encuentra, es aquí motivo recurrente de la ciencia ficción. 6. Ecología. Los equilibrios ecológicos se ven seriamente dañados ante las difíciles circunstancias por las que atraviesan las sociedades del futuro. 7. Explosión demográfica. Un importante aumento, alarmante en realidad, de los seres humanos, crea serios problemas para la alimentación mundial. 8. Explosión-guerra nuclear. El holocausto nuclear que destruye a la civilización es producto del fracaso de todos los dispositivos tecnológicos, políticos y económicos de los que disponía la utopía futura para el desarrollo de las sociedades. 9. Plagas. De toda índole, con su consiguiente reguero de enfermedades, hambre y muerte. 10. Extraterrestres. De todo tipo y naturaleza, buenos y malos, que invaden o son invadidos y que se encuentran en contacto con los seres humanos para cumplir una determinada misión. 11. Clima de violencia generalizado. Las ciudades de todo el globo viven un clima de violencia desatada, producto y consecuencia de la actuación de una o más de las características antes mencionadas. 12. Elementos de parapsicología. El psiquismo, la telepatía, la hipnosis, los sueños premonitorios, aun las preocupaciones metafísicas, son parte importante del existir diario de muchos de los personajes de la ficción. Con las doce características antes mencionadas, hemos intentado confeccionar la lista de los elementos más relevantes del género de la ciencia ficción. Es nuestro interés que esta caracterización sea capaz de englobar la mayor cantidad posible de temas, especialmente los mencionados por los investigadores citados anteriormente. Creemos que, si bien habrán quedado muchos tópicos sin incluir, al menos los más importantes y recurrentes están inscritos entre estos doce que son, a nuestro juicio, fundamentales. La literatura de ciencia ficción tiene muchos y muy grandes cultores y lectores y es un género cuya complejidad amerita que nos detengamos algunos momentos a reflexionar sobre su naturaleza y alcances, tanto estéticos como sociales. Notas 1. TERNISIEN, Xavier: "Nuevas fronteras de la Ciencia Ficción" en Revista Mensaje, febrero de 1996, páginas 45-48. 2. TERNISIEN, Xavier: Op. cit., página 45. 3. TERNISIEN, Xavier: Op. cit., página 46. 4. Citado por TERNISIEN, Xavier: Op. cit., página 46. 5. MADARIAGA, Luis: Diccionario de literatura, Editorial Everest, León 1980, página 85. 6. RANCÉS, Atilano: Diccionario ilustrado de la lengua española, Editorial Ramón Sopena, Barcelona 1995, página 750. 7. GARCÍA PELAYO Y GROSS, Ramón: Pequeño Larousse ilustrado, Editorial Larousse, Buenos Aires 1980. 8. SÁNCHEZ DURÁN, Fernando: Narrativa chilena ultrarrealista, Editorial Universitaria, Santiago de Chile 1991, página 19. 9. SÁNCHEZ DURÁN, Fernando: Op. cit., página 12. 10. SÁNCHEZ DURÁN, Fernando: Op. cit., página 21. 11. PRINGLE, David: Ciencia ficción: las 100 mejores novelas, Editorial Minotauro, Barcelona 1995, página 11. 12. PRINGLE, David: Op. cit., página 12. 13. Citado por PRINGLE, David: Op. cit., página 113. 14. MOORCOOCK, Michael: prólogo al libro de PRINGLE, David: Op. cit., página 10. === El siglo de las siglas ================================================ Dixon Moya (dixonm@hotmail.com) En muy poco tiempo, este texto será un producto del milenio pasado, incluso nosotros mismos nos miraremos al espejo sintiéndonos reflejo de una era lejana. Quizás los factibles hijos que engendremos a partir del año 2000 nos vean con una mezcla de curiosidad patética, por nuestra antigüedad, cobrando mayor sentido el llamado "choque generacional". La ética y moral, es decir, el conjunto de comportamientos y hábitos cotidianos de los hombres, seguirán siendo afectados por el cambio científico. Nuestro actual siglo será un montón de datos acumulados en un libro o un disco compacto, que los historiadores futuros catalogarán con algún apelativo de fácil recordación. Por mi parte, propongo que este siglo veinte, cambalachero y próximo a ser un largo recuerdo, se conozca como el "Siglo de las Siglas". Así como al siglo dieciocho se le identifica como el "Siglo de las Luces", por la profusión de ideas y acciones revolucionarias, y existe un "Siglo de Oro de la literatura española", un buen apellido para el actual podría ser "de las siglas", teniendo en cuenta que la abreviación es una característica que se ha venido multiplicando en lo corrido de estos años, a todo nivel. Si bien el abreviar no es algo nuevo, sobre todo en el trato entre personas "de origen noble" (Don), o en la correspondencia a Su Divina Majestad (S.D.M.), y otras aristocráticas presencias, se ha visto su popularización en las diversas esferas de la vida social. El hombre nunca antes necesitó de condensar expresiones y nombres, Adán se limitó a denominar objetos y animales, pero alguien empezó con una moda, que trascendió lo efímero para ser una constante de nuestra comunicación actual. La verdad, jamás se había avanzado tanto en un lapso tan corto, ni se había convivido de forma tan agitada y cambiante; es, tal vez, sólo la premisa de lo que nos espera a la vuelta de la esquina milenaria. Conceptos como Estado, sociedad, gobierno, comunicación, moneda y religión pueden cambiar, modificarse o incluso desaparecer. Pero como no es posible anticiparse, lo único factible es hablar sobre lo actual, mientras se convierte en pasado. Esta centuria ha producido más información que la acumulada en todas las épocas de la humanidad, y cada día transcurrido significa un atraso intelectual constante y progresivo de las personas que habitamos este planeta. De allí la necesidad de simplificar, de abreviar los nombres y mensajes; es un síntoma y manifestación de nuestra complejidad técnica y social, proyectada e interpretada en el lenguaje. Porque si algún curioso científico social desea entender este siglo, debe manejar esas pocas letras, que sin su soporte informativo no tendrían ningún significado, pero que casi todos los ciudadanos del mundo entendemos, y que por la importancia que le damos a su sentido las signamos con mayúsculas como ADN, ONU, AA, USA, URSS, OLP, IBM, VHS, NASA, SIDA, CIA, FBI, CNN, COI, FIFA, NBA, GMT, BBC, UNICEF, IRA, ETA, TNT, DDT, FIAT, etc. Incluso situaciones no comprobadas, sólo supuestas, tienen su propia sigla (OVNI), así como nuestra doble y dudosa moralidad ha calificado lo relacionado con el sexo con una letra repetida (XXX). No falta recordar que uno de los sonidos más escuchados en el mundo entero, durante los últimos meses, ha sido NATO (OTAN). En Colombia, mi país, hemos tenido la experiencia con otras siglas dolorosas como FARC y ELN, de las cuales esperamos su compromiso para alcanzar otra palabra corta de inmensa significación, paz. Todo esto para concluir que los presentes cien años han sido pródigos y sorprendentes. Un período tan exuberante, voluptuoso y generoso en recursos y transformaciones, que ninguna abreviatura puede simplificarlo, ni siquiera la más conocida, S. XX. Puerto Ordaz, Venezuela, 1999. === El tiempo y la máquina ================================================ === Bioy Casares: la ilusión de la inmortalidad =========================== Paula Ruggeri (cuasar@ciudad.com.ar) "El mundo es una casa habitada por espectros, pero la literatura es una casa que intenta ser habitada por espectros". Emily Dickinson. El hombre ha descubierto los principios de la Naturaleza y los ha usado. Sólo los principios filosóficos el hombre no es capaz de reducir, tecnificar, usar en su beneficio. Tan sólo los personajes de Bioy Casares lo han intentado. "El tiempo son los cambios", declaró Leibnitz y ésta es la materia que utilizan el Dr. Morel y el Sr. Vermehen para producir la inmortalidad. Hay una eternidad temporal verdadera. Es un imperativo de la condición humana que dicha eternidad temporal verdadera, no sea para el hombre más que irreal. Pero existe un método para que la eternidad temporal, además de verdadera, sea real para el hombre: consiste en eliminar su carácter de temporal. El obstáculo es que la eternidad es temporal por definición. Por eso eliminando este carácter de temporal se alcanza una eternidad ilusoria, pero jamás la eternidad verdadera. El problema se resolvería, entonces, de una sola manera: eliminando, no ya lo temporal de la eternidad, sino lo temporal en el hombre. Esto es lo que han intentado todos los anteriores y posteriores héroes de la literatura dedicados al afán de vivir eternamente. Pero no Morel. No es que Morel haya desechado esa solución por imposible: tal como uno se puede imaginar a Morel, no la desechó por imposible, sino por correcta. Morel quiere ganarle al Destino, sí, pero haciendo trampa. Como Fausto, pero Fausto le hace trampa al Diablo y no a Dios. Nada nos indica que Morel haya creído en Dios ni en el Diablo, pero todo demuestra que desafiaba ese poder invisible, intangible de la existencia de limitar al hombre y que, por necesidad de trazar una analogía consigo mismo, el hombre considera como una voluntad y algunos llaman Dios. El ser humano, al decir de Sartre, "tiene apetito de ser Dios", y ese apetito, añado, tiene que ser aumentado con la certeza de que Dios no existe. La imitación de algo que no conocemos siempre será fallida, distinto sería crear la eternidad, pero eso es imposible. Sólo podemos imitarla. Pero no disponemos del modelo imprescindible para cualquier imitación. Entonces la forma más adecuada para producir una eternidad ilusoria consiste en suprimir de nuestra vida todo aquello que nos recuerde que no es eterna. Esto es lo que los seres humanos hacemos habitualmente o procuramos. Salvo que los personajes de Bioy Casares no se conforman con ello. Bioy tampoco. Prácticamente nadie se conforma con ello. Lo importante de las novelas (y de los cuentos, y de los sueños), son esas cosas en las que no se inspiran en la realidad. Las buenas ficciones tienen una cualidad: no importa si son o no son verosímiles. Bioy nos ahorra las explicaciones (que son tantas veces gratuitas, cuando no cansadoras) del funcionamiento de la máquina de Morel. El invento de Morel podría ser tanto científico como mágico, lo mismo da. Lo que importa saber no es el mecanismo de la máquina, sino que ésta es un medio en sí. Su único insalvable defecto es que la inmortalidad que produce, descontando su monotonía, sólo puede ser apreciada por terceros: la inmortalidad de Faustine puede ser vista por cualquiera, pero no por Faustine, y tampoco puede ser compartida. Y si pudiera ser vivida por Faustine, sería aun peor. Imaginen a Faustine conociendo de antemano cada paso, cada gesto, cada cosa que va a hacer o decir sin poder cambiar nada. Sosteniendo las mismas conversaciones y riendo de la misma manera con Morel, cuando su conocimiento de Morel ya es otro. Riendo cuando llora. Agradeciéndole a Morel el pañuelo que se le voló y esperando el día que Morel no lo atrape y se vuele definitivamente. La inmortalidad ha de ser imposible, ya que ninguna de las formas imaginadas puede ser satisfactoria ni la repetición de los actos, porque es un medio ilusorio, ni la reencarnación, que se paga con la pérdida de la historia personal, ni la vida eterna del cristianismo, que se paga con la pérdida del cuerpo. Estoy bastante lejos del análisis literario, es verdad. Me encargan una crítica: debo confesar que en mi vida me he visto alguna vez en tal aprieto. En el caso de algunos escritores, al criticar una se ve obligada a ensalzar, pero no se puede repetir lo que se ha dicho cien veces. Y nada que no puede ser halagado debe ser analizado: ser detractora es algo innoble. No valen la pena para el lector los halagos cuando éstos son efectos inmediatos de la lectura, no son el fruto de ningún análisis, no son tampoco su comienzo. El halago, además, inventa el misterio donde no hay ninguno: después de maravillarse de Hamlet, se cae en el error de juzgarlo un carácter incomprensible, cuando lo mejor es que es perfectamente comprensible y que no hay ser humano que no sea Hamlet. Si hay que maravillarse por algo, es porque no hay misterio alguno. Tal vez es la rareza de Hamlet. Mientras que es casi imposible imaginar el pensamiento de Otelo: hallar los pasos de algún sentimiento común en el hombre que, a consecuencia de tocar sus manos un pañuelo, va a ponerlas en el cuello de la mujer que ama: eso es incomprensible, éste es un misterio. En las cosas que no se explican en una obra, hay dos categorías: • Las cosas de las que se quiere hacer un misterio. • Las cosas que no se explican porque no tienen la más mínima importancia. Sólo las primeras son misterios. En la literatura que se reconoce fantástica y en la que no, la trama crea una figura en su auxilio cuando debe ignorar un paso lógico para llegar a su fin: esa figura es el misterio. No son misteriosos los escritores aficionados a la parábola, salvo porque los lectores, en general, no lo son. Hay dos clases de escritores, lo dicta el más elemental principio aristotélico: los que lo son y los que no lo son. No tengo que defender este juicio de la acusación de simplista: no voy a acomplejar lo que es simple cuando tengo la fortuna de hallar algo que lo es: hay escritores y hay personas que escriben libros. La existencia de esta segunda multitudinaria categoría de escritores tiene una explicación simple también: es la existencia paralela de personas que compran libros, pero que no son lectoras. Las tendencias o, más exactamente, modas literarias son banales por definición, lo son más ahora, ya que se ha puesto de moda el mal. Esta moda es, pues, como dijo Norman Mailer (quién también perteneció a una moda, pero de una generación para la que la moral aún existía), de la banalidad del mal, y el mal institucionalizado es peligroso, el mal moralizador lo es aun más, pero el mal banal es un enemigo nuevo y más peligroso. Es más que "apenas un signo de estos tiempos". Tiempos de pragmatismo dudoso, ya que los que hablan de pragmatismo no saben ya lo que la palabra significa, tiempos de fascinación por todo lo estéril y de la insanidad admirada como cosa pueril. Tiempos en los que los cultores del terror han olvidado los principios del terror y se solazan con él; como se puede notar, lo horrible ha dejado de espantar, pero no ha habido más que un paso para que algunos lo disfruten. Las modas literarias, las verdades publicitadas (válidas e indiscutibles por la sola prueba de la publicidad que se les confiere), hacen de la gente lo que el león de Palermo, lo que el dios Baco a los personajes de "Clave para un amor". Los que queremos renovar las filas de los escritores, los que siempre seremos lectores, podemos inclinarnos a ver el fondo de la trampa que se tiende con poca astucia, pero lo suficiente para que tantos desprevenidos caigan en ella, siempre estamos sopesando lo poco que ofrece el "mundo" de los "intelectuales", la invisibilidad material de sus promesas, la practicidad de su soberbia, las pruebas lácticas de su irreductible inutilidad, con el poder de la imaginación, y los incontables beneficios de conservar cierta ignorancia. La imaginación es honesta. La fantasía es ética. Bioy ha seguido un camino. Kant y otros demuestran que, de la Razón pura, es inevitable pasar a la Razón práctica. Bioy aplicó los principios metafísicos a la literatura, luego inevitablemente, su literatura deviene en principios éticos. El mayor exponente es la novela El sueño de los héroes. También buenos exponentes son sus últimos trabajos. Su curso podría asombrar en estos tiempos pero no asombra el curso uniforme de un hombre que considera que "no hay peor calamidad que el hombre que no confía en su propio juicio", que hace que un joven personaje reciba el consejo de ser fiel al presente. Bioy pertenece a otro tiempo o no pertenece a ninguno y ambas cosas son envidiables. Es preciso cierto orden. Es sabido que es imposible escribir todo lo que se pretende escribir: una escribe, con suerte, una octava parte, y sólo por empecinarse en esa carrera contra el tiempo que es vivir, y muy especialmente, si una se niega a vivir de acuerdo a la sabiduría. Toda obra ha de hacerse rebelándose y negándose a aceptar la sabiduría. De aceptarla una no escribe nada. Es por esto y no por esos anhelos mundanos que nos atribuyen a los que escribimos (tan sólo porque los ostentan muchos) que la literatura y todo lo escrito puede ser llamado anhelos de inmortalidad. Cuanto más sabio es un hombre, menos escribe. Y escribe más cuando más necesita vivir. El simple anhelo de inmortalidad no es más que anhelo de justicia; en esto radica su simpleza. Es cierto que se escribe para otros. Pero es aun más cierto (por todo lo anterior) que se escribe para sí mismo. También es cierto que se escribe frente a un espejo. Es verdad: el espejo son los otros. Sabemos que morimos: vivimos negándolo. No importa si morir es sólo dormir para despertar en el Cielo, el Infierno o vagando por los Campos Elíseos en la mejor de las compañías: perdemos esta vida, perdemos el mundo. Entonces, si el escritor busca la inmortalidad, puede negarlo, puede mentirnos a todos, puede mentirse a sí mismo. Y puede escribir sobre los geranios: no dejará de lamentar que se marchiten. Puede escribir sobre el Cielo, desearlo ardientemente, como una Santa Teresa o un San Juan de la Cruz: lo anhela, lo espera. Los místicos vivían en el mundo como en el cielo; por esto la muerte no era una pérdida para ellos. Es preciso cierto orden, es preciso terminar esta nota. Está de más decir que busco con ella la inmortalidad. Una de las pruebas de que, después de todo, tal búsqueda es vana, es que es imposible empezar algo y no acabarlo. Debería ser posible escribir inagotablemente: el río puede fluir sin cansancio, ¿por qué no podría el hombre escribir sin detenerse? El hombre piensa, el río no. El río tiene una ventaja absoluta con eso sólo. El río no piensa, por ende no conoce; no puede conocer entonces la muerte. ¿Y existe lo que no se conoce? Necesariamente, esta nota tenía que acabar con un solipsismo (y un solipsismo atrozmente repetido). =========================================================================== La edición electrónica de este libro se terminó en enero de 2000 y está disponible en http://www.letralia.com/ed_let/2000 =========================================================================== (C) 2000 by Letralia Editado por la Editorial Letralia. Internet, enero de 2000 La Editorial Letralia es un espacio en Internet patrocinado por la revista Letralia, Tierra de Letras y difundido a todo el mundo desde la ciudad de Cagua, estado Aragua, Venezuela. Contáctenos por correo electrónico escribiendo a editorial@letralia.com. Editor: Jorge Gómez Jiménez (info@letralia.com).