=========================================================================== Editorial Letralia * http://www.letralia.com/ed_let =========================================================================== APÓCRIFAS BIOGRAFÍAS DE LA NOCHE Marcelo Jurisich, odiseo@delta.com.ar Argentina =========================================================================== Ella Mientras sonríe, la mañana le da de lleno en los ojos. Y escupe burbujas, parches de sus sueños inagotables. Se obliga a despedirse. Se ruega, al fin y al cabo es su propia diosa, con frases cortantes. El sol se fuga entre sus pupilas amarillentas que sólo esperan la llegada oportuna de la noche. La ribera de la noche. Noche. =========================================================================== Yo Una visita más al cementerio: los silencios de siempre, las caras de sepia desde las fotos rotas. Alguien que ya no descansa en su tumba saqueada. ¿Por el tiempo, por los ladrones, por los ladrones del tiempo? Conmueve la esperanza de los deudos que lloran sin parar la muerte de los que nunca lloraron en vida. Pues la verdadera lágrima debe ser vista por el otro, saboreada, compadecida, disfrutada. Hay más personas en un velorio que visitas en la casa; hay menos tazas de café que manchas de café en la mortaja. Yo, narrador infame, eyaculación morbosa de un sueño inconcluso, duermo sobra la almohada que se incendiará cuando la gire o intente cambiar la posición de mi cabeza. Ridiculez, pavadas vertidas en ánforas egipcias que no han leído el Libro de los Muertos. ¿Circulará la sangre por los cadáveres momificados? ¿La caja de esa puta griega guardará todavía la esperanza? Vaya pretexto para un texto. Tejido. Interrelación aparatosa de hilos sin puntadas que vinculan inexistentes promesas de eternidad para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero. De algún modo, todo puede simplificarse en esta idea de mercado infinito: compramos más de lo que vendemos y bostezamos tranquilos. =========================================================================== Pérdida y recuperación de mamá ¿Las tetas de mamá están sepultadas y se reproducen, como ratas, bajo la tierra? Entonces el legado es morir. O quizá el sentido -si hay un sentido- yazca oculto en mi infancia. Si definimos la sangre como un líquido algo cálido que abunda en los cadáveres y escasea en los pobres huerfanitos como yo, ¿puedo sobrevivir a la aliteración pasmosa de primer grado: mi mamá me mima? Si llorás no mamás, y, aunque mames, la rispidez de la leche cuajada por la tierra te pudre, con epicúreo placer, la lengua, que parece, sólo parece, un ojo ciego que gira. Metáfora de la voz rasposa que bluseó la negra escala aquella mañana en que desperté y, luego de que mi boca oracular formulara la pregunta presumida por el azar, escuché: muerta, muerta, muerta. Como tantos otros, como todos, muerta. =========================================================================== Nosotros La necesidad nos obliga a mantenernos, a no escupir las desdichas en la vereda, o a escupirlas, pero sin que se note. Terminamos calcando los deseos del molde de moda y olvidando la pasada intranquilidad. Terminamos usando conceptos y abstracciones como si fueran fósforos que amontonamos para contar los días que quedan para morir y encontrarnos con algo distinto. Sin los escrúpulos de la juventud se nos agota el misterio, y cada nueva sorpresa es una reminiscencia de cosas vividas. Chupamos sangre, miasma, pedazos secos de imágenes truncas y nos escondemos tras la cortina del baño, mientras leemos la historia ya narrada por mil voces. Anochecemos, aunque sin la esperanza de que el sol nos despierte. =========================================================================== Ellos Piden pan, no les dan. ¿Qué les dan? Promesas y garrotazos, indicios del futuro incierto. =========================================================================== La lección de historia La historia es sencilla. Una chica, una pobre chica de barrio, es asesinada por un cuchillero sin renombre. Más tarde, el criminal desconocido se suicida y deja una carta en la que asegura que mató a más de treinta mujeres en su exitosa carrera. Un domingo, alguien lee la noticia en el diario y duda de la veracidad de los hechos. Luego, decide actuar. La noche siguiente aparece el cadáver femenino número treinta y uno. Puta vieja con puñal en el estómago. La policía piensa: el malevito suicida era un impostor. Maldito megalómano. E investiga, con resultados inquietantes. Un pendejo que odia a su profesora de historia casi tanto como al siglo XIX (que él interpreta diecisiete), saca el revólver en el medio de la clase y espeta: -Estoy harto de usted, señora, de usted y de sus sucios cuentos. Y hace bum. La sangre baña el libro abierto en la lección del período de Rosas. Los niñitos miran asustados e interrogan al compañerito acerca de sus motivaciones y sus deseos ocultos. Pobre alumno, el sistema lo llevó a la locura. Llega su padre a la comisaría y reta al vástago por haber dejado evidencias tan palpables. Le dice: -Matar putas es una cosa, pero vos... El oficial primero Centurión le ruega al padre que lea unos papeles y ponga unas firmas. Para el juez de menores. Mientras tanto, el verdadero impostor se carga a la número treinta y dos. Puta joven. Bonita. Puñal en la boca pintarrajeada. El pendejo termina su pubertad en un reformatorio. Buscando un héroe en las páginas policiales. Pasados los lentos años, sale y se encuentra con una escena fantástica: en la negrura de la noche, ve caer el cuerpo de la número treinta y tres desde un balcón. Se acerca y lo ausculta: degollada como un gatito. Recuerda: la mazorca. La vieja de historia y los cuentitos de las gargantas tajeadas. Ja. Ja. El estudiante asesino decide comenzar a leer la Patria. Primero en la bandera, en las escarapelas, en los uniformes de los granaderos. Descubre las manchas rojas de los muertos infinitos. Recién entonces, abre un libro. Y recita: "Nadie es la Patria, ni siquiera...". Por fin, entra a un museo, toma la espada gloriosa y concluye, con atávico placer, la trama demorada. =========================================================================== Un artista del odio Con el asco, con la condena fraudulenta a veinte mil años de prisión y soledad, con el impulso asesino a degollar piernas como si fueran gargantas, con la plenitud de la historia y la singularidad de los odios, con la violencia, con el secreto insomne de la muerte entre los dedos, con la garra de felino hambriento, con el chubasco de madrugada y el frío inacabable, con el corazón en la boca y la boca apretujada frente al sexo, con la desidia, con la envidia, con la impenetrable estupidez de la ignorancia letrada, con lecturas fatuas y dioses desvalidos, con la soga en el alma, apretando, acabando, con el disco de moda dormido en el banquillo de los inocentes, con la escritura cortante y frustrante, con los miedos, con las ausencias, con las voces de los que ya no tienen ni una puta lengua para expresarse, con los abandonados y los perdidos placeres de un cuerpo a punto de caer en el abismo, con la música ruidosa de los dientes famélicos, con el gusto y el disgusto, con todos y con nadie, con las conciencias inconsistentes y las inconsistencias vanas, con mi decisión y mi hastío, digo: que la sangre corra hasta que se pudra el mundo. =========================================================================== Biografía de X ¿Escribir la historia de un suicidio? Deberías saber que nunca me gustaron los cadáveres. Menos aún si éstos fueron, en el pasado, rostros familiares para mis ojos. Pero haremos un intento para elaborar el duelo, para escapar, por un instante, del hueco sórdido aquel al que llamamos muerte. Una conversación telefónica abrió este recorrido, hace casi un mes. Quiero decir: la curiosa armonía del timbre, su invitación a imaginar un suceso; no sólo la voz apagada de un amigo -no importa cuál- que, del otro lado del tubo, me había anunciado la desaparición irremplazable de otro (¿importa cuál?). Deberías saber que el teléfono nunca suena porque sí. Cada una de las llamadas que recibas en tu vida responderán, siempre, a un designio misterioso y patético que escapa al conocimiento de los hombres. Así pensaba yo cuando levanté el tubo. Así pienso. -Murió X -¿importa el nombre?-. Se abrió las venas o las arterias, da lo mismo, con un cuchillo barato de restaurante y esperó, dócilmente, hasta que la sangre roja, escarlata, adjetivada, abandonara su cuerpo ya casi a punto de ser carcomido por el cáncer. Ahora, ¿quién fue la víctima del puñal de pacotilla que empuñó su infortunada mano: su cuerpo, su alma, nosotros o lo que quedaba? ¿Cómo contestar una pregunta tan estúpida sino simplemente diciendo: no sé? -Lo ignoro -respondí. Mi amigo Z pareció dudar ante mi indiferencia y, luego de que transcurrieran unos minutos de silencio que el teléfono no resolvía (los artefactos no se ocupan de las cosas más importantes de la vida), arriesgó una solución: -Seguramente él. ¡Fantástico! Todo un hallazgo filosófico de su parte. Hablo en serio. Me decidí a escribir la historia de X a partir de la deducción de Z. Un pobre, paupérrimo, silogismo me condujo a la salida de este laberinto, que no es otra que la siguiente proposición: únicamente los suicidas conocen los detalles de su muerte. Deberías tomar la frase precedente como un imperativo kantiano y no franquear los límites de ella, ya que no se trata de una artificialidad presuntuosa. ¿Soy claro? Escribir la historia de un suicidio es imposible, a menos que busques un cuchillo barato de restaurante, lo agarres fuertemente con tu mano derecha, abras tus venas -o tus arterias, ¿importa el nombre?- y esperes, dócil, pacientemente, que la poca sangre que alimenta tu cuerpo lo abandone y cubra, por fin, el escaso sentido que tu memoria tiene para que alguien, alguna vez, sienta deseos irreprimibles de robársela a la oquedad de tu tumba, de narrarla, como si fuera un best seller, en un bar suburbano repleto de cuchillos baratos ávidos de sangre roja, escarlata, cancerosa, enfermiza, adjetivada, como la de mi amigo, que en paz descanse, X. =========================================================================== Jack Aquel dulce paladar que besó una tarde de invierno ya no existe. Murió anoche con las piernas abiertas mientras la soledad penetraba su vientre. ¿Le hizo un hijo? Si se lo hizo, ¿es importante saberlo? Él creía que sí: a menudo es necesario enterarse de ciertas cosas. Se preguntaba si aquel bombón, aquel caramelo, se pudriría en su tumba como todo lo dulce. Si el azúcar se descompone más rápidamente que la sal, si la sal de la tierra es el hombre, si Aquiles seguía teniendo sus pies ligeros después de Troya, si Afrodita merecía el Olimpo o el Infierno. Dudas, todas ellas, que conducían a otra más profunda y escabrosa: si había muerto con las piernas abiertas, como se suponía, ¿había gozado, acaso, de la penetración de la soledad o, sencillamente, se había dejado violar para acelerar su agonía? Si gozó, se dijo, no merece ni siquiera el olvido. Si aceptó que la violaran, sin que su corazón explotara ante la angustia, ante la vejación, no había sido más que una puta insensible que no se había detenido a pensar en su amor y que, por lo tanto, no era digna de que él se ocupara de su memoria. En cualquier caso, su dulce paladar no habría soportado demasiado los embates del tiempo y, tarde o temprano, habría chupado el beso jugoso de un amante, como estaría chupando, ahora, alguna lengua abandonada en su foso por negligencia de los sepultureros. En todos los casos, su cuerpo ya no era suyo y su alma, si existía, era inhallable. Pero, si se había llevado consigo un hijo ajeno, ¿era éste mera carne o alegoría infinita de la estupidez humana ante el uso indebido de las mujeres? Pensó que si el hijo existiera habría un estigma inconfundible para llamarlo cornudo. Pensó que tener cuernos no era tan malo como mostrarlos alegremente a la luz del día. Tal vez por eso decidió asesinarla. Tal vez porque soportar la imagen de otra lengua lamiendo su dulce paladar era demasiado, o demasiado poco, para justificar su vida. De ahí a resolver que todas las mujeres que no lo amaban eran putas había sólo un paso. Y él, sumido en la neblina ominosa de Londres, ordenó a su pierna escribir, para la posteridad, para Scotland Yard, y para que mi mano no vacile en destruirte, su nombre. =========================================================================== Interludio Cuando comenzamos a querernos, atormentados por la angustia, por la desesperación del amanecer, aprendimos que la necesidad lleva a la nada, a imitar cuentos kafkianos en la soledad de la noche. Entonces nos dimos cuenta de que ser infeliz, ser cucaracha, ser miseria, era lo único que nos quedaba en esta vida. =========================================================================== Regreso A casa, en casa. De nuevo las soledades y los fulgores de la melancolía. De nuevo la tristeza, el abandono, la autocompasión y la estupidez. Por fin el fracaso y las humillaciones. En la intimidad del agradecimiento (a la nada) y el desprecio. Esperando que llegue esa mujer que nunca estuvo. Coleccionando contrastes y agujeros en la memoria. Con un ojo hacia ítaca y el otro hacia el olvido. Con prosperidad o sin ella, de cada tres pensamientos, uno a la muerte y el resto al vacío. =========================================================================== Hipérbole Exagerada pero tenue, arrastrándose como una sierpe barroca, descansa en el exilio de mi sangre, pudriéndose entre lamentos y besos que no me diste ni me darás, una porción de carne con ojos que ya no ven. =========================================================================== Roderico Con el caballo cansado, ya sin aliento, llego al final del camino después de recorrer más destinos de los que un hombre podría. Sé que me esperan el castigo y la muerte, sé que los extraños que hoy pisan mi reino dejarán su marca. La traición y la batalla quedaron en el olvido, como la blancura de tus bellas piernas y la miel de tus ojos. Pero no en vano te forcé a hacer lo que no querías. España no es nada ante la contemplación de tu vientre. =========================================================================== Agenda En la agenda del biógrafo más grande de todos los tiempos se podía leer, claramente, una indicación con respecto al uso que debía dársele después de su desaparición física: "No encontrarán aquí más que nimiedades. Se trata de una agenda, no de una novela inconclusa. Tengan en cuenta, además, que todas las anotaciones que hice en este mísero papel son anteriores a mi consagración en el mundillo de la cultura. Por lo tanto, si no quieren perder el tiempo, lo mejor que pueden hacer es conseguir un cigarrillo, preferentemente negro, prenderlo, darle algunas pitadas y llamar, con voz lujuriosa, a las mujeres cuyos números adjunto al final de la presente, en la sección Indice Telefónico. Sin otro particular, me despido de ustedes hasta el próximo viaje al Parnaso. No olviden, por cierto, alimentar a mis perros y dedicarme los tristes besos que reciben, mensualmente, los senos peludos de sus esposas. Un abrazo". =========================================================================== Guitarra sobre tu regazo Acordes furiosos sobre la alfombra. Distorsión, dolor, enfurecidos los oídos arrastrándose sobre el piso, wah wah wah wah. Como ladridos de la noche humedecida por tus piernas mastica la guitarra la carne de los sueños. Aúlla: lobo adormecido en tu regazo, pide más, rasgueado infinito, notas estiradas, cuerdas a punto de cortarse para siempre y decir adiós. Desaparecidos sobre el aire que saborea la acústica. Rebotan los misterios, los latidos, las pieles estranguladas en las cuevas del sopor. Wah wah: sintonizando, llorando, escupiendo, malgastando, el tiempo perdido que se va. Calor, color, ardor: vuela hasta las nubes y más allá. Hasta el cielo y más allá. Hasta el vientre de los milagros en los que nunca creímos y más allá. Hipnóticos tus labios babosean la decadencia y empujan la lengua a la pantalla: T.V lengua, canal en estado de putrefacción busca crucifixión amarga en los hogares de clase media. Mamá no está, vuelva más tarde. Cuando vuelvan las oscuras golondrinas de un solo verano. =========================================================================== Padres Me gustaría escribir, bajo relieve sobre tu cuerpo, el poema que nunca sale limpio, dijo. Que sale, garabato incoherente, a veces oscuro, a veces triste, a veces cursi. Se escurrió una birome de kiosko y algunas palabras de amor o de despedida salieron de su boca: -Desnudándote -lloró su deseo-, voy a intuir las formas de tus piernas y modelar el resto. -¿Con tinta azul? -Con tinta negra. Porque el negro es, más que contraste para tu piel cálcica, necesidad de mi angustia. -¿He de soportar yo el machismo inútil de tu fracaso? -Claro, mujer. El sufrimiento te define: no hay mejor modo de honrar tu nombre. Amanecí con el poema-tatuaje sobre mi piel: una rosa en el pecho y dos o tres palitos de yerba que, gracias a un caligrama deliberado, dejaban entrever un cúmulo asqueroso de superficies y profundidades, cuyo sentido jamás habría descubierto de no ser yo xilógrafa. Lo que había: ni más ni menos que un patético, indeseado y voluminoso hijo. =========================================================================== Una buena ama de casa Leyó un poema de Girondo y, atravesada por la ironía negruzca, se tomó el poco vino que quedaba, se hizo una buena paja, miró el cielo raso, blanco y aburrido como las piernas de su esposo, para, por último, prender, con toda tranquilidad, un cigarrillo. El cenicero, violento, morboso, devolvió con todo el cansancio de su ser-ceniza, ser-basura, ser-des(h)echo, el golpe de fuego del pucho iniciático que fumó aquella mañana después de que sus hijos se fueran al colegio. La quemadura la petrificó en su silla, la desnudó, la acarició y le hizo sentir, en toda su sangre, la tremenda soledad de saberse un objeto nulo, un pequeño cementerio de charlas de sobremesa, una recolectora de migas de pan. Miró el cenicero. Pensó por un instante en lo que él pensaría que era: una buena ayuda para que las amas de casa no se mataran barriendo los pisos. Al mediodía, cuando llegaron sus hijos, sus disquisiciones no eran más que una diminuta e invisible parte del incendio que devoró su dulce hogar. =========================================================================== ¿Y? Las sombras de su memoria son las parcas de mi infancia. Lamentablemente, esa mujer me condenó a escribir todo el tiempo lo mismo. Esto es: mi muerte. Cada día y cada noche hablando para que no llegue, mientras ella se ríe de mis desgracias, aunque esté vieja y a punto de escupir, por fin, el alma. ¿Vale la pena existir para recordar la infelicidad que ha pasado, que no pasa? Supongamos que sí. O supongamos que no. ¿Y? =========================================================================== Cosas perdidas (Manuscrito hallado en la biblioteca de un poeta del fracaso) Recuperamos la sonrisa, el hielo, el color opaco de la nada. Sobre la mesa, esperando, la cena inútil que nadie gustará. Me pregunto, nos preguntamos, por la extensión de las cosas, por el miedo. Y nada, una bomba, un vestigio, un recuerdo, nada. Escupimos los olores, los disgustos, las patadas contra la pared, el cielo. Una casa en cenizas, un cigarrillo, un cachorro ensangrentado. Y nos miramos, buscando en el vacío, en la oscuridad blanca y muerta, en el silencio. Y nos repetimos: hasta nunca, hasta siempre, hasta hoy. Acariciamos lo poco que tenemos, lo que no devoró el tiempo, lo que soñamos; imágenes como fotos de sepia, pequeños errores, grandes fracasos. Como en un cine sin luz, perdidos y desorientados, manoteamos objetos en el camino: y siguen los truenos, las lluvias, las inclemencias de nuestros cuerpos. Buscamos el principio, el fin, el medio. La ansiedad, la culpa, el deseo. Pero añoramos (nunca encontramos), la fragilidad de la búsqueda, la aventura, el misterio. Mendigamos minucias, migas de pan, sobras para el perro. Pedazos de memoria, fugas en el río, tiempos que no fueron. Y pintamos, cuando queremos, un cuadro a la medida de nuestros ojos, ocultando la tela, los colores primarios, la materia del ego. Usamos pinceles de crenchas acalambradas y témperas fraguadas en un kiosko de la infancia, mientras nos espera, en la sala apagada, la dentadura incólume de una abuela ya muerta que no conocimos. Escondemos besos escapistas bajo la almohada, pesadillas eróticas y duelos de caballeros. Y no omitimos las cachetadas, los mocos, los magros fuegos. Nuestro camino, luego, es un desierto, una ciudad arenosa donde nadie vive y todos lloran y hacen acopio de sus lágrimas, para mostrarlas, sana, piadosamente, en la plaza pública, en las reuniones, en los velorios, los bautismos, los casamientos. Ni hablar de los rencores que nos unen a trompadas y nos amalgaman contra el suelo, mientras nos pisotea el destino, la suerte, el azar o el potrero. Recuperamos lo que perdimos o nos robó el tiempo, lo que miramos o cegamos con envidia, lo que lamimos con placer o sepultamos con asco; pero siempre, aunque gritemos, recuperamos la sangre, lo híbrido, lo incierto. Quizá porque escribimos con odio el papel de silencios, o porque tocamos la música que nos dictan los muertos y escuchamos los ruidos que bañan mil años de carnes y cuerpos. Al fin, rodeados de desechos, de cosas sin importancia ni tolerancia, nos zambullimos en la ingravidez del océano. Y nadamos, nadamos, nadamos, pensando tal vez en un arroyo seco, en un río agotado, en un lago de espectros. Y, demasiado tarde, nos damos cuenta de que no existe otra orilla, o que es dulce, empalagosa, trágicamente inalcanzable. =========================================================================== Otro artista del odio Soy un fracasado. Soy un maldito, inútil, desesperado, hijo de puta fracasado. Mi mano es una mierda, mi memoria un desastre, mi mirada un cúmulo de idioteces que disfrazan sabidurías fingidas. Estoy destinado a perder, a llegar último a todas partes, a llorar y lamentarme, a escupir litros y litros de envidia. Nunca voy a aprender nada de nadie. No sé para qué carajo leo tanto. Sí, lo sé: para aumentar cada vez más mi furia y mi impotencia, para que mi pobre cerebro sufra el dolor de saberse un pedazo de carne inservible. =========================================================================== Drácula I "Drácula ya no vive en Carfax. Jamás vivió en Carfax, porque nunca estuvo en Londres. Apenas si sabe inglés. Es un tipo solitario que se encierra en su castillo de Transilvania a leer viejas leyendas del ciclo artúrico que no llegaron a ser publicadas, pero que él posee gracias a un antiguo copista de la corte de su tío. Algunas veces, muy pocas, hojea pésimas traducciones de cuentos de Poe. Está avejentado. Su cabello, otrora gris, ahora es blanco y puro como las nieves eternas que cubren la cima de su afamada residencia. Su cuerpo, antes poseedor de una habilidad animal, ahora es una masa deforme de huesos desgastados por el olvido. El apogeo de su esplendor cayó con mucha rapidez. Actualmente ni siquiera le interesa la sangre, por más fresca y virgen que sea. Lo empalaga, le da náuseas. Sobrevive gracias a una fiel mucama que, por compasión, cada mañana le agrega unas gotitas de sangre de cordero a su vaso de vino, sin que él se entere. El Conde abandonó definitivamente la noche. Y sufre. Sueña con ser humano y morir, de una buena vez. Ya nada le atrae, excepto la megalomanía de ser el líder de su pueblo y guiarlo a la gloria. Aunque sabe que ya está viejo para esas cosas. Suele mirarse en el espejo para deprimirse al no encontrar nada. Se siente frívolo, un ridículo personaje de ficción, una cosa nimia hecha de papel y celuloide. Si Jonathan Harker viera cómo es ahora aquel monstruo, le quitaría la estaca con indulgencia y le cosería la herida que le ocasionó en el cuello. Pero Jonathan está muerto. Aunque si el infeliz pudiera verlo... Ya ni los lobos respetan a Drácula. No hace mucho salió a acariciar a un cachorro y éste, sin el menor atisbo de sumisión, le hincó los dientes en la muñeca. La mucama, ciega de ira, no sabía cómo hacer para encontrar al animalito escondido en medio del bosque. Recién se consoló cuando su amo le dijo que el incidente carecía de importancia. Lo único que hizo el vampiro fue mirarse la herida, sonreír, e irse a dormir a su ataúd. Todavía conserva la costumbre de descansar en su cajón porque no encuentra otro lugar más cómodo. Las camas le producen una singular aprensión por la blandura de sus colchones. En el pueblo, Drácula es despreciado. Cierto día salió a pasear un rato por las calles donde tal vez naciera, pero la gente lo silbaba y le tiraba con tomates podridos. Los chicos más pequeños se reían de él. Los vampiros del cine, evidentemente, parecían infinitamente más perversos que ese viejo derruido y renqueante. De todos modos, nadie se acerca lo bastante a su castillo, porque piensan que puede estar armado. Una vez lo vieron matar a un gato salvaje con un arcabuz. Vieron cómo lo mordía y le chupaba la sangre. Pero ocurrió hace mucho tiempo. Algunos, sin embargo, dicen que Drácula se fue a alguna parte, y que este viejo al que todos creen él no es más que un casero que le cuida el castillo para que nadie entre a robar. Son los ancianos del pueblo los que lo dicen, los que ya se están muriendo. También afirman que podría ser un pobre loco a quien la soledad y el ambiente volvieron huraño. Pero al Conde no le importan las opiniones. Jamás le importaron, porque él es un noble. Noble de sangre y de espíritu. Y como no quedan muchos de su estirpe, se siente abandonado y espera que un buen cristiano le rompa el esternón para siempre". =========================================================================== Drácula II "Jonathan Harker cruzaba la calle cuando vio al Conde. No lo pudo evitar: una fuerza extraña atrajo su mirada y la fijó en el lugar adecuado. Era Drácula, no cabía duda. Sus ojos, su piel, sus facciones. ¿Qué haría? Era el mismo de la novela, exactamente el mismo. Harker, en cambio, ya era otro. Los años no pudren con la misma saña al hombre y al vampiro. Jonathan Harker pensó que debía hacer lo que habría hecho Jonathan Harker. -¡Dios mío! -exclamó. El Conde, por su parte, sonreía. Sus colmillos reflejaban la luna, aunque la luna se ruborizaba en su boca. Harker logró ver a un astronauta clavando la bandera de Estados Unidos en el canino superior izquierdo del Conde. También vio a su esposa Mina masturbándose sobre la sangre de su hijo, que yacía degollado sobre la encía roja y nauseabunda. Era siniestro. Jamás había pensado que debería vivir eso de nuevo. Los ojos rojos del Conde brillaban con el fulgor del infierno. Harker comenzó a hacer esfuerzos para imaginarse en otro lugar. Era un ejercicio frecuente en él. Se pensaba en otra parte y allí se encontraba al momento, ileso. Así que una vez que pudo concentrarse, deseó estar en el Paraíso. Y ahí estaba, creyendo, en su inmensa estupidez, que se encontraba a salvo de las garras del Conde. Enorme y horrorosa fue su sorpresa cuando vio que, sentado en el trono, Drácula permanecía sonriente. -Nadie puede escaparse de mí -guapeó. Y tenía razón. Ningún ser humano es dueño del velo de su destino. Harker lo sabía. Todos lo sabemos. El Conde se había abierto la aorta con sus uñas; su sangre fluía a borbotones y bañaba el reino del Dante. Aunque ya se había ido cuando Harker volvió en sí. Junto con la niebla y la noche. Llovía". =========================================================================== La edición electrónica de este libro se terminó en marzo de 1999 y está disponible en http://www.letralia.com/ed_let/apocrifa =========================================================================== (C) 1999 by Marcelo Jurisich Editado por la Editorial Letralia. Internet, marzo de 1999 La Editorial Letralia es un espacio en Internet patrocinado por la revista Letralia, Tierra de Letras y difundido a todo el mundo desde la ciudad de Cagua, estado Aragua, Venezuela. Contáctenos por correo electrónico escribiendo a editorial@letralia.com. Editor: Jorge Gómez Jiménez (info@letralia.com).