=========================================================================== Editorial Letralia * http://www.letralia.com/ed_let =========================================================================== GOYO Y OTROS CUENTOS María Elena Ludeña, chediam@faces.ula.ve Venezuela =========================================================================== Así fue Argimiro La última gota de agua había caído ya, sólo quedaban las gotas de rocío en las hojas de los árboles, y ese fresco verde-limpio... Las calles, de tierra roja, tenían unos charcos gigantescos que parecía que era necesario atravesarlos en canoa, y las ruedas de la carreta se quedaban allí pegadas dentro de esa masa roja, pegajosa y caliente, a pesar del aire helado que comenzaba a correr, y el burro que se resistía a seguir luchando contra el mar de fango... Las finas y delicadas señoritas, de familia, se negaban a salir de sus casas hasta que no saliera el sol y secara bien las calles, pues los elegantes zapatitos de satén que habían copiado de una revista vieja se podían dañar... Los tenderos se sentaban con aire de fastidio tras los mostradores de sus empolvadas mercancías a esperar la venta que les arreglara el día, y el frío empezaba a sentirse pues la época de invierno ya había llegado, anunciándose con un fuerte aguacero de gruesas gotas de agua que a todos había tomado por sorpresa, pero a él no. Pocas cosas tomaban por sorpresa a Argimiro, él siempre estaba prevenido para lo que viniera, así pues él había observado los pequeños y frágiles cambios de la naturaleza, había percibido el frescor de la brisa que corría más rápido, las hojas que se iban cayendo poco a poco, el azul del cielo que era más pálido, el olor de la tierra que había cambiado también, el trino de los pájaros se hacia más impaciente... y todo eso lo había notado Argimiro, el loco, como le decían todos, pues a él a veces le costaba expresar las cosas que sabia; desde pequeño, Argimiro había tenido todo tipo de problemas, porque tartamudeaba y tenía un tic que le hacía estremecerse y mientras más le regañaba su madre más se acrecentaba su problema. Y esto era lo que le había hecho apartarse de todo y de todos, con lo que se ganó el apodo de loco. Poco le importaba eso a Argimiro, pues así lo dejaban tranquilo y podía dedicarse a lo que más le gustaba, y disfrutaba, en realidad gozaba yéndose al campo para mirar a los pájaros, las hormigas y los gusanos, y todos los animalitos que allí se encontraban para aprender de ellos, Argimiro llevaba en sus bolsillos migas de pan para alimentar a las pequeñas pues su delicada laboriosidad le conmovía y así les aligeraba el arduo trabajo, también miraba los árboles y las nubes que, calladas desde arriba le miraban y enviaban señales que sólo él, Argimiro, sabía interpretar. Y por esa afición de irse a los campos fue por lo que le encomendaron cuidar las vacas para que pareciera que tenía oficio. Y la madre que era una señora de familia, pues era descendiente de los primeros pobladores de aquel pueblo y tomaba parte de todas las actividades de la iglesia, colaboraba con la escuela y con la asociación de viudas, sentía vergüenza y dolor de ver a su hijo ser el burlete del pueblo; Argimiro, el menor de los cinco hijos de doña Teodosia, era la oveja negra de la familia, pues Nemesio, el mayor, era el boticario del pueblo, respetado y querido; Ambrosina, la segunda, estaba casada con el doctor; Hilario, el tercero, se había ido para el ejército, y Cesárea, la cuarta, estaba por casarse con el hijo de don Chucho, el prefecto. Sucedía entonces que cuando le preguntaban a doña Teodosia por Argimirito, a la honorable señora le daba un sofocón y sólo respondía con un diáfano -Está bien, sí; mire, y dígame cómo sigue su querida suegra, que cuando la vi me pareció como que estaba delicada... -y así la conversación se perdía por otros rumbos. Argimiro sabía que la madre sufría pero no le importaba, pues hacia tiempo que él había dejado de tratar de entenderse con ella. Él era libre como el viento y los pájaros, y no podía verse atado a una casa, a unas obligaciones. Le gustaba sentarse en la plaza a mirar la gente y pensar, crear historias sobre ellos que sólo se contaba a sí mismo. Gracias a su afición de mirar y escudriñar la gente y las cosas, podía prever los acontecimientos, las conductas y los resultados, por lo tanto nada le tomaba desprevenido, así que para él no fue sorpresa cuando Carlotica se le acercó para hacerle saber que lo quería y lo comprendía, y que sólo soñaba con pasar los días a su lado, y comenzaron entonces a salir juntos y mientras Argimiro miraba las nubes ella callada leía y después empezó Argimiro a tratar de hacerle comprender lo que veía y ella entendía y parecía interesada también. Y Argimiro sin grandes preocupaciones se enamoró de Carlotica, y cuando le declaró su amor lo hizo sin tartamudear, y hasta el tic se le quitó cuando ella apasionada lo besó después de darle el sí. Y la gente fruncía el ceño cuando los veía pasar por las calles tomados de la mano embelesados en ellos mismos sin ver a nadie, y murmuraban, y en susurros decían: -¿Será que el loco de Argimiro se compuso y se dejó de loqueras? ¿Será que don Pantaleón sabe las andanzas de Carlotica? Fin de mundo, mi amor -decían las viejas, "Qué lástima por esa niña, de una familia tan decente, ¿ah?, y anda con ese loco de Argimiro p'arriba y p'abajo...". Pero ellos hacían oídos sordos a todos los comentarios mientras seguían paseando, y ambos mirando las nubes y preparándose para todos los cambios de clima y viviendo felices, libres y amándose mucho, haciendo realidad los sueños... Entonces decidió Argimiro enseriarse y consiguió trabajo de cartero para empezar a ahorrar para casarse, pues ellos querían formar un hogar y llenarlo de hijos. Trabajaba todas las mañanas, subía, bajaba y entregaba cartas, telegramas y encomiendas con tal rapidez y amabilidad, que poco a poco se fue ganando el respeto de toda la gente del pueblo para orgullo de Carlotica. Comenzaron los preparativos para la boda, ya tenían la casa y los muebles, la fecha fijada, la torta encargada, y los músicos convidados. Pero en eso estalló la guerra civil, y llegaron soldados de uno y otro bando al pueblo donde se trabaron en una fuerte lucha, y lo que Argimiro no pudo prever, y Carlotica temía, ocurrió: una bala perdida lo alcanzó y lo mató sin darle tiempo para notar qué era lo que le estaba pasando, dejando a Carlotica sumida en el más profundo dolor. Y cuando la guerra acabó a ella no le interesó saber quién ganó, sólo supo que Argimiro perdió, y que ya no le tenía a su lado contándole historias de las nubes y las hormigas, y sólo quería llorar y dormir para no pensar, para no sentir... La obligaron a vender las cosas que habían comprado para su casa, y a salir, a comer y a volver a vivir. Empezó Carlotica a irse a los campos, a oír a las hormigas y ver las nubes, y la gente empezó: "Pobrecita, ¿será que se puso loca?, esa niña sí que sufre, ¿qué ira a ser de ella..?". Y una tarde Carlotica no volvió, pasaron los días y nadie supo de ella hasta que decidieron irla a buscar y la encontraron allí tiesa, entumecida con una sonrisa fría en los labios, pues hacía ya días que se había ido con Argimiro y ahora los dos desde las nubes contaban los árboles y veían los prados. =========================================================================== Goyo A Alberto. Gregorio estaba aferrado a la idea de la muerte. Siempre que podía en soledad y silencio, aunque sólo por unos segundos, él pensaba en la muerte... No podía evitarlo, era algo que iba más allá de su voluntad. Obsesionado, vivía en un pueblo pequeño, Mendoza, con dos calles; una que subía y otra que bajaba, que por nombre tenían la calle de arriba y la calle de abajo, y la Panamericana que bordeaba todo el pueblo y que a pesar de que la habían hecho hacía ya más de cuarenta años todavía la gente del pueblo le decía la carretera nueva. En Mendoza, todos se conocían y les costaba aceptar a los extraños. Don Goyo, como le decían los niños, había nacido allí, también sus padres y sus abuelos, él era miembro de una de las más antiguas familias de Mendoza. Goyo era barbero, cosa que su padre, don Eulogio Graterol, no veía con mucho agrado pero como Goyo era el menor de sus hijos, no le quedaba más remedio que aceptarlo, porque Teodoro, el mayor de los hijos de don Eulogio, que ahora se encargaba de mantener la finca, era el que a su muerte quedaría al mando, para lo cual desde pequeño había sido preparado. En Mendoza, las costumbres eran muy fuertes, y el mayorazgo se imponía desde tiempos inmemoriales y para desconsuelo de muchos, seguía manteniéndose. A Goyo poco le preocupaba el asunto. Cuando tuvo edad para entender que a él le correspondía aprender un oficio porque era muy poco lo que le iba a tocar de los bienes familiares, se dedicó con calma y paciencia a buscar algo que le gustase y conviniese, con el apoyo total de su madre, doña Elsa Becerra de Graterol, que lo consentía y mimaba, no tanto por ser el menor de sus siete hijos, sino porque siempre había sido el más enfermizo, empezando que había nacido ochomesino. En Mendoza decían que un niño que nacía a los ocho meses tenía menos posibilidades de criarse que cualquier otro. Después, cuando tenía cuatro años, le dio sarampión, a los siete se cayó de una mata de mamón y estuvo inconsciente por dos días y le tuvieron que agarrar seis puntos en la cabeza; a los nueve, le dio un ataque de lombrices que casi se murió, y para completar estaba el asma que sufría como desde los dos años que le había dado bronquitis; era, pues, como decía doña Elsa, un muchacho enfermizo y requería de muchos cuidados. Inés, su hermana, la tercera del grupo de hermanos, fue la que le sugirió la posibilidad de que se hiciera barbero, porque don Aniceto, el barbero, ya estaba viejo y no tenía sucesor y necesitaba un ayudante. Sin problemas fue aceptado por don Aniceto como ayudante y aprendiz, y trabajaba con diligencia, trataba a los clientes con amabilidad, quienes veían en él a un amigo y confidente, y en la barbería de don Aniceto se trataban los más diversos temas, desde el abono que debían utilizar hasta los problemas de cuernos que les ponían a sus esposas, y las parrandas con muchachas ligeras de cascos. Goyo, al principio, escuchaba callado pues pensaba que no debía meterse en los asuntos de esas buenas personas; pero pronto, al sentirse en confianza, su personalidad abierta y parlanchina salió a flote, y sus comentarios agudos e irónicos no se hicieron esperar. A la vuelta de un par de años, don Aniceto decidió retirarse del oficio y le dio a Goyo la oportunidad de comprar algunos de los implementos que habían en su barbería, para que pudiera establecerse por su cuenta. Resultaron pocos los objetos que compró Goyo, porque tenía ciertas ideas de cómo mejorar el decorado y modernizar la barbería; los demás muebles como sillas, lavamanos y espejos, los mandó a hacer y los encargó a una ciudad vecina. El resultado fue una agradable sorpresa para los vecinos de Mendoza, pues aparte de cortarse el pelo y afeitarse, había una pequeña salita donde las damas podían arreglarse las uñas mientras disfrutaban una taza de aromático café. Al cabo de poco tiempo la barbería de Goyo se convirtió en uno de los más populares centros de reunión, incluso más que la plaza de Mendoza, todos los que querían saber algo, o conocer a alguien, o concertar un negocio, o simplemente cordializar con sus vecinos acudían sin falta a la barbería de Goyo. Todos disfrutaban tanto de su trabajo como de su agradable compañía, y de sus comentarios mordaces y picantes que siempre tenía a flor de labios. Goyo aparentaba ser un hombre feliz y tranquilo sin mayores preocupaciones que el común de las personas; incluso menos, pensaban sus amistades, pues nunca se había decidido a casarse, ya que ninguna muchacha le era grata, todas tenían algún defecto sobre el cual no perdía oportunidad Goyo para comentarlo con un ácido sentido del humor, con el mismo que aclaraba que los hombres en realidad le desagradaban. Pero eso no le preocupaba en lo absoluto; solterón empedernido, siempre estaba predicando sobre las ventajas de la dulce y feliz soltería. Lo que en realidad le preocupaba era la muerte. Pasar de plano como lo llamaban los estudiantes de metafísica, el nacimiento a otra vida; en fin, lo que le atormentaba era el cambio de vida a muerte. No tanto el hecho de morirse, él entendía que eso es parte de la vida misma y que todo ser tiene que morir, eso estaba totalmente claro y eso no era el problema, el problema era lo que pasaba después con el cadáver, le atormentaba imaginarse el primer día cuando en medio de la sala de la casa estaba el ataúd abierto rodeado de flores y velas, sillas unas mas cómodas que otras, dolientes unos más sinceros que otros, sin que falten los que van sólo por las galletas, café y demás bocadillos que suele ofrecerse en estos sitios, también le atormentaba la tradicional cortinita blanca atada con una cinta lila con un gran lazo en el centro en la puerta principal, que anuncia a todos los vecinos la presencia del difunto, pues Mendoza, como era un pueblo muy pequeño, no tenía funeraria, los servicios fúnebres de ataúd y transporte se contrataban en una ciudad vecina que quedaba como a unos quince minutos, pero los rezos y las últimas despedidas al difunto se las daban en la casa donde había vivido. También era terrible para él imaginarse las "simpáticas" señoras que en muestra de gran afecto hacia los familiares del muerto llegaban y decían: -¡Ay!, tan bello que se ve, ¡quedó igualito! Cuando el pobre difunto estaba amoratado e hinchado, aparte de las personas que iban sólo a criticar: -¿Viste?, tenia la boca abierta. Y luego abrazaban a los deudos diciendo: -Resignación, resignación. No, el solo hecho de estar rodeado a su muerte de personas que nunca le habían visto con buenos ojos, sólo por curiosidad morbosa, le crispaba los nervios, y cada año que pasaba más fuerte se hacía esta particular obsesión. Así, pues, empezó a idear un plan; él quería saber, lo necesitaba, quiénes eran las personas que estarían a su alrededor el día que lo velaran; aparte de eso, deseaba con desesperación conocer la sensación de estar dentro de un ataúd. Sentir la suavidad del satén que cubre las paredes del estrecho cajón, la casi imperceptible almohadilla que colocan debajo de la cabeza, pero por sobre todo lo que más le interesaba era poder oír las lamentaciones de los amigos, y los comentarios mordaces de los que no eran tan amigos, también saber si los enemigos irían a regodearse de su infortunio o simplemente se quedarían tranquilos... Esta curiosidad le carcomía, no le permitía estar ni un solo momento en calma, cada momento en que se quedaba en silencio rumiaba su obsesión. En uno de esos momentos de febril imaginación ideó una manera de ver su propio funeral: iría a un velorio donde ya todo estuviera armado, no fingiría su muerte porque comprar ataúd y todas esas cosas que hacen falta era demasiado caro, así pues que iría a un velorio y en el momento en que no hubiese nadie en la sala, sacaría en un rápido movimiento al muerto y lo escondería y él tomaría su lugar por un rato mientras conocía la sensación de estar muerto, escucharía todos los comentarios, claro está que no eran para él pero eso no importaba, y luego sin más ni más se saldría del cajón, y ya así terminaría su obsesión. Habiendo tomado esa decisión, encontró algo de calma y sosiego, y comenzó a esperar al próximo muerto. Tardó algún tiempo hasta que encontró al muerto adecuado, porque era muy importante que fuesen de la misma talla y peso, y llegó el día tan esperado; consiguió al muerto deseado, sólo tenía que esperar que llegara el mediodía para que todos se fueran a almorzar y él se quedaría cuidando al difunto, momento que aprovecharía para hacer el cambio. Esa mañana la pasó inusualmente callado y nervioso hasta que al fin llegó el mediodía y se dirigió a la casa del finado, amablemente se acercó a la viuda y con cara de circunstancias le dijo que se fuera tranquila a comer y descansar que él se quedaba acompañando al difunto, cosa que le agradeció profundamente la buena mujer. Cuando se quedó solo, miró a todos lados y abrió la tapa de vidrio y miró fijamente al muerto a la cara y le dijo: -Mira, chico; es mi turno ahora, por un ratico nada más... Y con no poco esfuerzo, lo sacó del ataúd y lo arrastró hasta la otra salita, luego se serenó un poco, se secó el sudor y cuidadosamente se metió en el ataúd, justo a tiempo porque ya venían entrando las personas que venían a dar el ultimo adiós. Goyo sentía tanta satisfacción que no podía disimular una leve sonrisa, en ese momento se acercó un hijo del finado que se dio cuenta de que la tapa de vidrio no estaba bajada, y entre lágrimas y sollozos decidió bajarla al mismo momento que aprovechaba de cerrar completamente el ataúd pues ya era hora de irse a la iglesia para la misa de cuerpo presente. Metieron el ataúd en el carro fúnebre y su conductor, un jovencito como de unos dieciocho años, aburrido por el funesto trabajo que tenía que desempeñar, se colocó en los oídos los audífonos para poder escuchar una música estridente a todo volumen. No pudo escuchar el golpeteo desesperado en la tapa del ataúd. =========================================================================== Filix Era una planta joven, no muy frondosa; el verde de sus pequeñas y perfectas hojas, cada una simétricamente igual, pero tan diferentes a la vez, resaltaba con el rojo encendido del matero de plástico, que había sido comprado con el cariño de quien ama las plantas pero no tiene el dinero para pagar los caros y finos materos de cerámica italiana que venden en la tienda de Pascualino. El helecho estaba puesto cuidadosamente en un rincón de la casa donde no le daba ni mucho ni poco sol, simplemente lo necesario. Cuando recién llegó del campo en el que había nacido, sentía una gran confusión que se confundía con miedo, y con gran cautela y precaución alzaba sus tímidas ramas para observar el nuevo mundo que tenía a su alrededor, e inspeccionaba todo, y así vio un montón de cosas extrañas para él, pero que había oído nombrar por un geranio que había sido trasplantado, pero que nunca había soñado conocer. Pronto empezó a sentir más confianza y la confusión de los primeros días estaba pasando, ya le era más fácil aceptar la mano cariñosa que lo regaba todos los días y de vez en cuando le removía la tierra. Al helecho le gustaba en las mañanas estirar poco a poco sus ramas y lentamente ir mirando alrededor y con buenos modales darle los buenos días a las demás plantas y objetos que se encontraban en su entorno, pues él era muy educado. Ese día, cuando se desperezaba se encontró con dos grandes y escrutadores ojos que lo miraban fijamente sin pestañear. Con mucho recelo y precaución le devolvió la mirada, y descubrió que era un pequeño humano sentado en el suelo que no hacía más que mirarlo. El helecho, al sentir que el tiempo pasaba y los enormes ojos negros bordeados de rizadas pestañas, pues ya había detallado cuidadosamente al pequeño humano, no se iban, empezó a ponerse nervioso, y haciendo de tripas corazón se aventuró a decirle: -¿Y tú qué me ves? -claro está que no esperaba respuesta, pues hacía tiempo que se había dado cuenta de que los humanos no entendían absolutamente nada de lo que las plantas trataban de comunicarles, a pesar de que lo hacían de todas las maneras posibles aquéllos no las entendían, por lo cual los humanos eran considerados por las plantas algo brutos, y la gran mayoría sumamente peligrosos. -No sé -fue la respuesta. -Entonces no me mires -respondió el helecho, sin darse cuenta ninguno de los dos de que por primera vez se habían comunicado y que tal vez se entendían. -¿Qué eres tú? -preguntó el humanito. -Soy un helecho -respondió orgullosa la planta. -¿Un qué? -Un helecho. -¡Ah! El pequeño, sentado sobre sus rodillas, seguía mirando al helecho, pero parecía que sus pensamientos ya se habían ocupado de otras cosas, quizás lejanas, quizás cercanas, no se sabe. La inmovilidad del niño y sus ojos inquisitivos ponían nervioso al helecho, por lo cual se atrevió una vez más a dirigirle la palabra: -¿Qué eres tú? -a pesar de que el helecho sabía perfectamente lo que el pequeño era, lo preguntaba a modo de conversación, ya que él pensaba que había que ser decente y educado incluso con los humanos. -No lo sé -fue la respuesta. -¿Que no lo sabes, cómo es posible? -exclamó un tanto sorprendido el helecho. -Dime -dijo el niño-, ¿cómo haces tú para saber qué eres tú, es que te lo ha dicho alguien? -Bueno, ejem, es algo difícil de responder pero yo siento que soy un helecho, también será porque todo el mundo lo dice. -Sí, claro, todo el mundo dice que soy un niño, pero... ¿cómo lo sé yo? -Bueno, mira; yo creo que eso mejor se lo preguntas a tu mamá -le respondió el helecho un poco fastidiado porque ya se estaba sintiendo acosado con tantas preguntas. -Ese es el problema -continuó el niño-, ella no me puede escuchar. -Se deberá acaso a que no le hablas lo suficientemente alto -respondió el helecho dispuesto a terminar la conversación. -No sé, pero nadie me oye -insistió el niño-, además nadie me oye. -¿Qué? Entonces... ¿cómo me hablas a mí? -No sé, simplemente te miro y te oigo. -Y... mmm... a los demás no los oyes... ¡ya! -Algunas veces, pero tengo que esforzarme mucho y entonces me siento mal. -Caramba, eso sí que es un problema serio. -¿Y bien? -¿Y bien qué? -Bueno, dime, ¿cómo sabes qué eres tú? -¡Ah, eso! Bueno, porque desde que nací sé que soy lo que soy, y ya -afirmó sencillamente el helecho. -Entonces tú crees que todos sabemos lo que somos desde que nacemos. -Sí. -Y... ¿cómo sabes que eres? -Pues porque siento -respondió el helecho meciéndose graciosamente con la fresca brisa que entraba por la ventana. -Y, ¿qué es sentir? -quiso saber el niño. -No lo sé exactamente, pero es algo que te viene desde dentro y te hace saber que estás vivo. -¡Ay! Creo que no estoy entendiendo nada, ¿qué es vivir? -Sentir -afirmó categóricamente el helecho. -¿Es lo mismo sentir que vivir? -Creo que sí. -¡Ah! -exclamó el pequeño, y meciéndose sobre sus rodillas su atención fue captada por otra cosa, momento que aprovechó el helecho para reparar sus malos modales y saludar a todos sus vecinos, quienes lo observaban escrutadoramente, ya que ellos nunca habían podido comunicarse con el pequeño. Sin embargo la atención del niño pronto volvió hacia el helecho y sus grandes y dulces ojos le hacían sentir incómodo y molesto pues no podía estar tranquilo si había alguien que lo miraba, y por lo tanto le espetó: -¿Quieres hacerme feliz y dejar de mirarme? -¿Qué es ser feliz? -comenzó nuevamente a preguntar el pequeño, y a la vez dio la impresión de que sus ojitos se ponían más redondos y curiosos. -Es una forma de sentir. -¿Dónde está? -yo no la he visto. -Ay, caramba, eso sí que es algo difícil de explicar, pero según lo que yo entiendo la forma de sentir que es ser feliz, está a tu alrededor; claro está, si tú la sabes reconocer. -No entiendo, explícame eso. -Bueno, a ver si puedo; mira, yo tengo buena tierra, agua, y hasta tengo un humano que me cuida todos los días, lo que me da una sensación de bienestar que me hace ser feliz. -Sí, bueno; pero dime, ¿dónde está? -Mm, está dentro de cada quien. -¡Ah! Ensimismados en la conversación no se dieron cuenta de que la madre había llegado, y que apresurada se dirigió hacia el niño y le tomó en sus brazos llevándoselo sin percibir la muda despedida de los dos amigos; ambos sabían que no iban a volver a verse, porque la madre preocupada no permitiría que se encontraran de nuevo por temor a que se hicieran daño, pero había nacido entre ellos ese lazo inexpugnable que une a dos seres que comparten el mismo mundo: el del silencio impenetrable de aquellos que no pueden comunicarse con los demás. =========================================================================== Las gallinas de Fanny A Sofilú, que siempre me da buenas ideas. Fanny pensaba que las gallinas eran diabólicas. Esto lo pensaba todos los días cuando tenía que levantarse a las seis de la mañana para soltarlas del gallinero donde las encerraba todas las noches, porque su abuela decía que si dormían afuera se las llevaba el rabipelado. A Fanny le molestaban las gallinas, le parecían tontas, y además le quitaban el sueño y más tarde le quitaban tiempo de jugar con su muñeca porque, según decía su abuela, los huevos había que recogerlos recién se salía la gallina del nido, y entonces cada vez que una gallina se salía del nido la abuela llamaba a Fanny para que fuera a recoger los huevos, y ella tenía que interrumpir todo lo que estuviera haciendo para ir, inmediatamente, como decía la abuela. Recoger los huevos era lo que menos le molestaba, lo que más le fastidiaba era cuando tenía que ir a darles los desperdicios que quedaban en la cocina, las gallinas la rodeaban y en la desesperación por comer y alcanzar los mejores bocados, picoteaban todo e incluso la picaban a ella, y como se le acercaban tanto, podía verles bien los pequeños y redondos ojitos, marrones, llenos de rayitas que la miraban inquisidores, esos ojos le parecían a Fanny que estaban llenos de maldad, pues no se les veía la parte blanca como a los demás animales, además a esa distancia podía sentirles el olor característico, pero desagradable de las gallinas. Eran las gallinas negras con la cresta roja y las patas con un fuerte color anaranjado las que más le molestaban, pues le parecían pequeños diablos, listos a saltarle encima quién sabe con qué nefasto fin. Este era el trabajo que Fanny tenía que cumplir, pues la abuela decía que todos tenían que colaborar en el oficio de la casa, pero que a los niños no se les podía mandar a hacer cosas muy fuertes porque se podían pasmar, así que encargarse de las gallinas y de los mandados era el oficio de los niños y como la única niña de esa casa era Fanny no le quedaba más remedio que cumplir con lo que la abuela decía. De todo el pueblo, la familia de Fanny era, a juicio de ella y de sus amigas, la más pintoresca. En la casa de la abuela vivían las tías y el papá de Fanny. Las tías de Fanny eran muy particulares, una era gorda como una vaca y la otra tan flaca y seca que se jorobaba. Otilia, la gorda, era telegrafista y pasaba el día comiendo paledonias que compraba por docenas; y luego, al volver a la casa, se quejaba y angustiaba por estar gorda y todo el tiempo lo pasaba tomando brebajes e infusiones para rebajar; se tomaba todo lo que le dijeran que era bueno. Había tomado conchas de berenjena en ayunas, garbanzos crudos remojados, hojas de alcachofa hervidas, una pasta de lecitina de soya que el solo olor le daba náuseas a Fanny; y así se había hecho todos los remedios habidos y por haber para rebajar pero no dejaba de comer paledonias, suspiros y demás golosinas. No había vestido que le quedara bien, ni siquiera los que le hacía la costurera, por lo tanto siempre estaba mal vestida, ajustada con los botones que si respiraba fuerte se le saltaban, y las mangas que no le permitían rascarse la nariz de lo apretado que le quedaba en la espalda, y para completar tenía el pelo que no se quedaba de ninguna manera, corto o largo, limpio o sucio, siempre parecía sucio y estaba pegado a la cabeza, no había manera de acomodarlo, y esto la hacía sufrir, pero no se lo demostraba a nadie, ella siempre estaba de buen humor y sonriente. Matilde, la flaca, era, por contraste, tan flaca que parecía que se la iba a llevar el viento. Era maestra y tenía la cara marcada de un acné muy fuerte que le había dado de adolescente, y ahora, aunque no era una jovencita, todavía tenia problemas de espinillas y barros que le salían por toda la cara. Estaba comprometida con Ramón, quien tenía la bodega más grande de todo el pueblo, desde hacía ya como diez años y aún no se decidían a casarse, y todas las noches como a las siete, Ramón iba a visitarla con un ramito de flores que cortaba en la plaza, y se quedaba hasta las nueve que llegaba Asterio, el papá de Fanny y hermano mayor de Matilde, con cara de tranca, porque Ramón le caía mal, y después de un breve saludo él decía que estaba cansado y que quería dormir para lo cual necesitaba silencio, entonces se levantaba Ramón, se despedía y se iba para volver al día siguiente y así durante toda la semana a excepción del domingo, que era el único día que salían juntos y era para ir a la misa de once, a la de cinco no iban porque era muy tarde y las muchachas decentes como Matilde no salían tan tarde sino era con la mamá o con los hermanos, y de ese modo ya se habían consumido diez años de su vida. Asterio era el mayor de los hijos de doña Cleotilde, se había casado sólo una vez en su vida y había sido con la mamá de Fanny, y eso había pasado sólo por descuido, pues se habían tenido que casar porque Fanny ya venía en camino, con la mala suerte que su esposa era muy débil y no había podido sobrevivir al nacimiento de Fanny, hecho que en realidad a Asterio no le entristeció la gran cosa, porque hacía ya algún tiempo que había notado que las mujeres no le agradaban demasiado, aunque los hombres decididamente no le gustaban. Tenía a Fanny y sentía que ya había alcanzado una de las metas que se había propuesto de pequeño, que era tener al menos un hijo; aunque él hubiera preferido un varón, estaba satisfecho con Fanny, y para cumplir la promesa que le había hecho a su difunta, de cuidar a su hijita y darle todo lo que pudiera necesitar, había comprado un puesto en el mercado de una ciudad vecina que quedaba como a unos quince minutos, donde vendía todo tipo de loterías, la de los animalitos, los números, terminales de las loterías principales, y afines. Eso le llevaba todo el día y, cuando llegaba la noche, cansado se comía sus arepas con mojo y guarapo y se ponía a leer el periódico, después daba una vuelta por la plaza, conversaba aquí y allá para finalmente irse a dormir. Los días que veía a Fanny eran los domingos, pues salía muy temprano cuando la niña aún dormía y regresaba cuando ya la niña dormía, que iban con la abuela y Otilia a misa. Los domingos, Asterio se afeitaba la barba y se recortaba el bigote, se echaba gomina en el pelo, que usaba con la raya por la mitad, y se ponía su mejor camisa que era una guayabera azul; además, ese día se ponía zapatos pues el resto del tiempo andaba en cotizas; en fin, se ponía sus mejores galas. A Fanny la abuela le ponía cada dos domingos un vestidito nuevo que ella misma le hacía, y aunque parecía un despilfarro gastar tanto en vestidos nuevos, la abuela decía que a pesar de ser pobres la niña tenía derecho de darse un lujo; sin embargo, Fanny hubiera preferido en vez de tantos vestidos, le permitiera no atender las gallinas el domingo, pues no había manera de convencerla de que las gallinas no eran animales diabólicos. Los domingos, al salir de misa, Asterio le compraba un polo de coco a Fanny y así se sentía buen padre; después, se iba a la plaza a conversar con sus amigos y más tarde se reunían todos en la casa de alguno a jugar dominó y fumar tabaco, no bebían cerveza por respeto al día domingo, día del Señor. Fanny podía irse a jugar con sus amiguitas a la plaza, pero siempre del lado de la casa de ella para que su abuela las pudiera ver por la ventana, porque nadie sabía lo que le podía pasar a unas niñas a quienes dejaban solas en la calle. Ese día, Ramón llevaba a Matilde a almorzar a su casa con sus padres y ella no regresaba sino hasta las cinco. Otilia se reunía con Josefa, que era su mejor amiga, y se sentaban en la ventana a ver pasar los galanes hasta que llegaban los que las cortejaban a ellas, pues a pesar del desdichado aspecto de Otilia, tenia un pretendiente que estaba muy enamorado de ella, pues decía que tenía un carácter muy agradable y la sonrisa siempre dispuesta. Josefa, la amiga de Otilia, estaba siempre al día de las últimas noticias sobre los bebedizos que eran buenos para rebajar, porque ella también era gorda, pero era muy cobarde y experimentaba con la pobre Otilia que se dejaba hacer de todo con tal de bajar de peso. Y esa tarde llegó Josefa con la nueva fórmula mágica que les haría perder veinte kilos en un mes; se la había dado Petra, que era la bruja del pueblo y leía el tabaco, montaba y quitaba trabajos, y curaba a la gente con toda clase de asquerosos brebajes. La fórmula que le había dado a Josefa, consistía en que en una noche de luna llena tenía que irse a una encrucijada a recoger los hongos que nacieran en una bosta de vaca, guardarlos para el día siguiente cuando, con anterioridad habría recogido y tostado cinco plumas de una gallina negra que haya estado clueca, debía moler todo eso y hacer unas infusiones que debía tomar todas las noches antes de acostarse, por tantos días como kilos quisiera rebajar, de la mezcla. Sólo debía utilizar una cucharadita pequeña por taza y después ponerse una pijama roja, al revés. Otilia se emocionó mucho con la posibilidad de por fin conseguir su sueño y el día anterior a la luna llena le encargó a Fanny que le recogiera las plumas de gallina, y se dedicó a tostarlas a pesar de las quejas de todos debido al terrible olor que despedían las plumas. Otilia hizo caso omiso de las protestas de todos, pero se compadeció de Fanny, y le regaló dinero para que al día siguiente pudiera comprar caramelos en la escuela. Fanny quería mucho a Otilia, porque ella siempre tenía tiempo para oír sus cuentos y a veces, muy de vez en cuando, jugaba con ella haciéndole ropa para su muñeca. El día siguiente fue de gran ansiedad para Otilia, pues ese día había luna llena, apenas pudo esperar a que anocheciera para que todos se durmieran y se pudiera escapar para ir a buscar los hongos en la encrucijada. Cuando por fin tuvo todos los ingredientes y los materiales, Otilia casi temblaba de la emoción, sería flaca, los vestidos le quedarían bien, y en su deseo de acelerar el proceso decidió aumentar la dosis, pensando que, si una cucharada era buena y le hacía perder un kilo, cinco o mejor ocho, no, diez, eran mucho mejor. Y así lo hizo, se preparó el bebedizo, se puso la pijama roja al revés, se apretó la nariz, porque la bebida tenía un olor espeluznante, y apuró todo el líquido de un solo trago, y rápidamente se fue a acostar. Apenas llegó a su cama sintió un extraño cosquilleo en la punta de la lengua que iba subiendo a su cara, a la vez que iba sintiendo una especie de euforia que por un breve momento le hizo pensar que no la dejaría dormir. Se acurrucó bajo las cobijas cuando, de repente, vio cómo una gallina bastante más grande que las comunes entró a su cuarto; se levantó para espantarla, pero cuando se le acercó ya no estaba. Volvió a su cama y trató nuevamente de dormir, pero estaba sintiendo náuseas, a las que no les hizo caso, porque repentinamente estaba muy cansada; entonces volvió a ver la gallina, pero esta vez más grande que la anterior y seguida de muchísimos pollitos que se acercaban cada vez más y más a su cama, y la miraban fijamente, y Otilia del miedo que tenía no podía ni siquiera gritar, y la gallina empezó a picotear sobre su estómago y todos los pollitos también y le dolía mucho pero no se los podía quitar de encima y empezó a temblar y le castañeaban los dientes como si tuviera mucho frío, pero sudaba a mares, no sabía si era de miedo, dolor o de los dos a la vez, y se enrolló en las cobijas, pero la gallina se hizo más grande y los pollitos le picaban más duro y al fin logró articular palabra y llamó a su mamá, aunque sólo le salió un grito gutural y horrible. Todos se despertaron y corrieron al cuarto a ver qué era lo que pasaba y la encontraron allí, vuelta un ovillo entre las cobijas, con la saliva escurriéndosele por un lado de la boca, con los ojos volteados y lo poco que se le entendía era: "Ga... lli... na...", cuando se dieron cuenta de que Fanny estaba allí mirando, con los ojos que se le salían de la cara del pavor que sentía; alguien la sacó, quizás Matilde, y la mandó a dormir, pero la pobre no podía dormir, en su mente sólo se repetía la imagen de la pobre Otilia contorsionándose y babeando diciendo Gallina, gallina. A la mañana siguiente, entró la abuela en el cuarto de Fanny; la abuela se veía cansada e inusualmente demacrada, y se sentó en la cama de Fanny y con suavidad le retiró de la cabeza la cobija, y, al ver la carita flaca, tan pálida y asustada, trató de sonreír para tranquilizarla, pero no pudo, entonces la tomó en sus brazos, la arrulló un rato, la besó en la frente fría, y con mucha suavidad le dijo que la tía Otilia se había enfermado y que se había muerto, y que se pusiera el vestido blanco, porque ya se iban para la misa de cuerpo presente. Fanny no pudo entender totalmente lo que quiso decir la abuela con eso de que la tía Otilia se había muerto, pero sí sabía que no era nada bueno lo que le había pasado, y mientras se lavaba para vestirse seguía recordando las últimas palabras que le oyó decir a Otilia y que le retumbaban en la cabeza: Ga... lli... na..., y pensaba que las gallinas son diabólicas. =========================================================================== La autora María Elena Ludeña Párján nació en Valera, estado Trujillo, Venezuela, en 1971. Reside actualmente en la ciudad de Mérida, estado Mérida. Ha cursado estudios de Letras y de Ciencias Políticas en la Universidad de Los Andes. Habla castellano, húngaro y francés; perteneció al Consejo Editorial del periódico "El Murachí", de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la Universidad de Los Andes, y fue miembro del Orfeón Universitario de la Universidad de Los Andes y de la Coral de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas. =========================================================================== La edición electrónica de este libro se terminó en octubre de 1997 y está disponible en http://www.letralia.com/ed_let/goyo =========================================================================== (C) 1997, María Elena Ludeña. Editado por la Editorial Letralia. Internet, octubre de 1997. La Editorial Letralia es un espacio en Internet patrocinado por la revista Letralia, Tierra de Letras y difundido a todo el mundo desde la ciudad de Cagua, estado Aragua, Venezuela. Contáctenos por correo electrónico escribiendo a editorial@letralia.com. Editor: Jorge Gómez Jiménez (info@letralia.com).