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“The Book of Shadows”, de Don PatersonDon Paterson
The Book of Shadows
Extractos

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El descenso y el vuelo son sensaciones idénticas en todo, salvo el detalle final. Recordémoslo al ver a esos enamorados de su propia caída.

 


 

Un abismo perfectamente humano:

—En ese entonces te sentía tan cerca...

—¿De veras?

 


 

De pronto nada que yo hiciera podía impresionarla. La palabrería deslumbrante, los halagos sublimes, los poemas y canciones que puse a sus pies... Empecé a temer lo peor: que, si era amado, era amado tan sólo por mí mismo.

 


 

El arte mediocre es peor que el malo. El malo no nos hace perder el tiempo.

 


 

Casi todo en este cuarto te sobrevivirá. Para este aposento, tú ya eres un fantasma, una cosa blanda y patética yendo y viniendo.

 


 

El tiempo de mi vida adulta que he vivido el momento presente no abarcaría más que un día. Si tan sólo hubiera vivido ese día; éste hubiera derramado su luz sobre todos los otros como una lámpara en una oscura galería. En lugar de eso, guío mis pasos iluminado sólo por chispas y por lo que ellas brevemente hacen visible.

 


 

Incluso ahora (años después), jamás cometo el error de parecer totalmente bien o contento al hablar con ella.

 


 

él es un hombre que no vale nada, por eso sabemos que nuestra amabilidad para con él es caridad verdadera. No vale nada, pero es útil.

 


 

Sólo las épocas inseguras valoran la voz individual; en parte, porque anima al artista radical a un discurso más fácil de identificar y suprimir.

 


 

Tengo una enemiga, con jamás mencionarla la atormento continuamente. Si ella fuera hombre, haría exactamente lo contrario.

 


 

Hay escritores para quienes ninguna forma existe: demasiado listos para la novela, demasiado escépticos para la poesía, demasiado verbosos para el aforismo. Lo único que les queda es el ensayo —el medio menos apropiado para ser escarnecidos. Terminan de críticos.

 


 

No hay que confundir petrificación con fuerza interna. Los muertos que caminan con frecuencia parecen increíblemente estoicos. De hecho, lo son.

 


 

Ninguna furia más moralista que la del pecador acusado del pecado equivocado.

 


 

Después de un largo periodo de reflexión decidió que, de hecho, otra vez estaba en lo correcto.

 


 

Cuando me alejo de un hombre y de su mujer, a ella le crecen alas y a él cuernos. Resisto a estos pensamientos hablando inmediatamente bien de él: es un gran tipo, es un gran tipo, es un tipazo... mi conjuro contra los demonios. Contra las alas, sin embargo, no tengo protección alguna.

 


 

Nunca logro ser suficientemente breve. Me extravío siempre en el lado equivocado del silencio.

 


 

Si él hubiera sido solamente o vanidoso o moralmente bajo, hubiera sobrevivido. Pero como ambas cosas, fue destruido por sus celos, incapaz de creer que alguien se habría comportado mejor que él.

 


 

W. calculó mal. Pensó que se estaba dejando ver demasiado, cuando que quería ser apreciado por sus raras apariencias. En menos de un año ya lo habían olvidado.

 


 

No es nuestro amor lo que deseamos ver correspondido, sino nuestra necesidad. Podemos habituarnos a los desequilibrios de aquél (precedentes históricos y literarios inclusive proveen cierta nobleza y aura trágica). La necesidad no reciprocada, en cambio, al sufridor lo torna monstruoso, patético, vulnerable, un gigante en pañales.

 


 

Renunciar no al yo mismo, sino a ti mismo. De alguna manera una proposición muy diferente.

 


 

Un joven francotirador de la crítica de teatro me destrozó por mi “simbolismo naive y pasado de moda”. En mi siguiente obra, un joven francotirador de la crítica de teatro es escarnecido por la audiencia, colgado y destripado en la primera escena. Me complazco profundamente en el pensamiento de que incluso él — por más naïve y pasado de moda que piense que fue todo eso— no encontrará ningún simbolismo ni nada por el estilo.

 


 

Nuestros sueños también pueden ser mediocres. Ayer leí el obituario de F.: “Un verdadero visionario”. Quizás, pero sus visiones eran de segunda clase.

 


 

Toda condena de la atrocidad que no procede de una auto-acusación es mero sentimentalismo invertido. Erramos al no identificarnos con los perpetradores, los cuales también son nuestros hermanos. Me doy cuenta de que esto es, claro, un discurso únicamente masculino.

 


 

Extrañas ceremonias que nadie te dijo que tendrías que contemplar. La primera amante en morir en ti. Has hecho el amor a una muerta, los blancos miembros que estuvieron abrazados a ti hace tan sólo un año se están pudriendo en la tierra. La última vez has de haber dejado pasar algo desapercibido, algún signo, algún tono inicial de lo que devendría.

 


 

El tiempo nos cura tan bien que nos borra a nosotros mismos. Somos sus heridas.

 


 

Los poemas verdaderos son fugitivos, avergonzados de su humana procedencia.

 


 

Fue sexo sin remilgos ni tanteos, siendo —por una vez— un medio directo hacia un fin. Sé que el amor nos aniquiló. Las parejas no deberían decir éramos como uno, cuando lo que se quiere decir en realidad eséramos nada.

 


 

La capacidad para sufrir es relativa al sufridor. Para algunos, un ligero malestar es tan intolerable como una piedra en el hígado. De ahí la creencia sincera que tienen los escritores de que sus fastidios y aburrimientos los justifican para dar vida a las peores cosas que hayan pasado jamás.

 


 

Tristeza de los zapatos viejos. Calzarlos nuevamente. De pronto recuerdo a los viejos amigos que no he visto en años y, luego, el porqué.

 


 

El estilo es una estrategia de evasión.

 


 

Examinando el rango de sus experiencias sexuales, un hombre puede juzgar las profundidades en que se ha hundido y la altura de sus ascensos; mas no debe pensar los medios, sólo en la escala.

 


 

Al fin encontró su real musa silente. Hasta ahora, él ha creado con la imaginaria, con la muerta y con la indiferente (y una vez, vergonzosamente, con una sordomuda). ¿Pero, cómo hubiera podido saber que este silencio sería tal abominación? Por primera vez, el sonido de la palabra fue retenido. Pero, ¿cuál palabra?... gastaría horas petrificado, especulando.

 


 

Las conversaciones de los sabios giran alrededor de excepciones —cualesquiera cosas que escriban— y mientras más saben y relacionan, menos les parecen excepcionales. De ahí que la taciturnidad sea la marca de todos aquellos pensadores medianamente decentes.

 


 

Terminé un libro enorme de plegarias sacadas de todas y cada una de las religiones mayoritarias (me niego a creer que todavía haya más de esas malditas cosas). Lo bueno, tener un prejuicio confirmado: la plegaria es realmente la forma más baja de literatura; en ninguna parte el deseo y las lisonjas son cantados tan impúdicamente.

 


 

El lector puede atestiguar el intercambio, pero nunca participar en él. La poesía, en el final, es una transacción privada entre el autor y Dios. El poema verdadero es principalmente una cortesía espiritual, el acto de regresar un libro prestado.

 


 

L. me cuenta un sueño en el que defeca una gran y compacta cagada, y cuando mira hacya abajo descubre a su cerebro dando vueltas en el retrete. Él creé que eso es una alegoría; yo, rápidamente, coincido con él.

 


 

El arte puede ser definido como la práctica de resolver problemas científicos sin usar el método de la ciencia. La distancia entre las estrellas es atravesada sólo por la imaginación artística; el ave del paraíso planea hacia la vida de las palmas de un marinero aburrido. La trisección del ángulo, empleando solamente un arco y dos compases, es, de acuerdo con la prueba irrefutable de Wantzel, imposible; la solución, por supuesto, es descartar los instrumentos y ejecutarla a mano limpia.

 


 

Las cosas más eróticas que puedan ofrecerte se originan en el más puro egoísmo de tu amante. La caridad, por otra parte, es el antiafrodisiaco más efectivo.

 


 

Yo estaría abatido durante horas, fetal y agonizando de aburrimiento, porque (me lo ha hecho saber mi madre) habían sacado mis libros al darse cuenta de que mandarme a mi cuarto no era para nada un castigo. Los próximos veinte años los pasé acumulando más libros de los que podría leer. Ahora, en dos vidas no los terminaría, ni cuatro camiones podrían llevárselos, ni cien mamás. Esa revelación fue suficiente para disuadirme de buscar la raíz de mis otras manías.

 


 

Toda idea originada nada más que en el ocio para pensar, se revelará —cualquiera que sea su ingenio y elegancia— como una perfecta futilidad.

 


 

Si queremos que nuestro trabajo nos sobreviva —aunque sea por un solo día— debemos dejar de defenderlo en este mismo instante; quizás con ello aprenda a ser autosuficiente.

 


 

Oído en las duchas. Una buena balada de vestidores: “lo que llegas a entender cuando, después de estar lejos por un mes, yaces con su coño en la cara otra vez y piensas: ‘el hogar’ ”...

 


 

En la visita de las tres de la mañana al retrete, me di cuenta de que, pillado a la hora adecuada, no tendría problemas en renunciar a la carne. Me vi a mí mismo como un completo extraño: no otra cosa que un fantasma con la vejiga llena.

 


 

El infierno es una soledad forzada; el cielo, una voluntaria.

 


 

En arte, el único crimen de ignorancia es el redescubrimiento del cliché. La renovación del mismo es, por otra parte, la flor del genio; siendo una revelación de que no sabíamos lo que siempre supimos.

 


 

Ella no estaba a gusto con la idea de tenerlo a solas en su casa, menos por los secretos que él podría descubrir que por la falta de los mismos. Esa carencia era, de hecho, su peor secreto.

 


 

Si tan sólo los poetas y los novelistas pudieran ser transmutados en musicalidad, incluso por unos cuantos segundos. Entonces, después de unas cuantas notas, la mayoría se revelaría como una banda de rechinidos y bufidos sin armonía interior ni rudimento técnico. ¡Dios!, el tiempo que nos ahorraríamos...

 


 

Todos nuestros instrumentos son precisos, excepto el reloj. Éste sostiene sus manitas en el aire y saca una conclusión...

 


 

El lenguaje de los ángeles y de los bienaventurados consiste de un solo verbo, con un número infinito de tiempos, modos y conjugaciones. En cambio, en el lenguaje de los demonios y de los condenados cada palabra es parte de una jerigonza sin relación con ninguna otra, esta lengua es la materia forzosa del estudio de miserables, quienes —bajo el acicate de los gramáticos infernales— están condenados para siempre a la memorización de vastos, interminables, libros. Las dos lenguas son, por supuesto, exactamente una y la misma; la diferencia es que este dato no es del conocimiento de los hablantes de la segunda.

 


 

Equivocó el énfasis. La historia de su vida se leería como un gran libro subrayado por un idiota.

 


 

La crítica teórica (una materia concebida sin otro propósito que la estimulación de los intelectos subempleados o inempleables) es incapaz de aceptar sin complicaciones una solución aburrida, no importa qué tan correcta sea: eso contradiría su estatus de pasatiempo.

 


 

La mejor parte de las etimologías yace enterrada fuera del alcance de la vista. Las palabras son tumbas cerradas en las que los cuerpos yacen todavía respirando.

 


 

Cuarenta el próximo año. Excelente, eso se la carga. Oficialmente, el tiempo es corto. Puedo dejar de aparentar que algún día leeré a George Elliot, que toda mujer me amaría, que encuentro al Mozart no otra cosa más que una completa aburrición...

 


 

Él sólo percibía valor en esos que le recordaban a sí mismo. Su círculo no era otra cosa que una sala de espejos resquebrados y deformantes.

 


 

El único consuelo del poeta es el pensamiento de que, ahora mismo, en alguna otra parte hay un hombre, o una mujer, infinitamente más inteligente, haciendo de sí mismo un bufón al trabajar en la composición de un par de versitos.

 


 

Hablar con un amante frecuentemente resuelve los problemas de nuestro matrimonio, al evidenciar que no podría uno pensarse a sí mismo en otra parte.

 


 

En el artista verdadero no hay más progreso que en el arte verdadero.

 


 

Nos convertimos en nuestras profecías: el mero embarazo de haber confesado que dejaremos a nuestro amante nos da el coraje para hacerlo. Este ejemplo evoca un sistema más profundo desde las sombras. Debemos abrir la brecha antes de seguirla, el aire estancado con demasiada frecuencia se solidifica contra nosotros; en esas ocasiones, el dios dentro de nosotros mismos se adelanta, y nosotros seguimos el vacío de su paso en busca de la salvación. He ahí por qué la transición suele sentirse como un abandono.

 


 

Un genio de provincia desentierra lo peor de mi persona. Como de costumbre, pasa la tarde tratando de probar que “mis buenos contactos” son lo único que nos diferencia. Me enfada tanto que lo atormento asegurando que está en lo correcto y hago obvio que yo nunca seré uno de los suyos. Incluso mi arrogancia se sintió tan afrontada que tuvo que dejar sentada su superioridad.

 


 

Para ese hombre, quien no ha escuchado nada más que a Bach, todo lo subsecuentemente oído le ha puesto en la mente un poquito de Bach. Los malos críticos siempre conciben similitudes que nada deben a los trabajos criticados en sí mismos, y que deben todo a la escasez de ejemplos sobre los que se apoyan; su ignorancia se empecina en ellos.

 


 

El mundo me decepcionó tan pronto como llegué a él. Estoy orgulloso de no haber perdido tiempo.

 


 

El sexo anal, a despecho de su risible reputación de bestialidad, es para la mayoría de las parejas una muestra de civilización, un refinamiento. Como la mayoría de los refinamientos —foie gras, Webern, Buñuel— luce mejor en perspectiva y mejora, inmensamente, con la adición imaginaria de una voz recordando la decadente sofisticación que ambos están disfrutando.

 


 

Me consideraba inmune contra las sirenas del suicidio hasta una mañana en que, de alguna manera, logré percatarme de un doloroso cambio marino, la idea se me ocurrió por casualidad. Desde ese momento me he atado con desespero al mástil de mí mismo.

 


 

El secreto del trabajo es encontrar la vocación por la que nos perdemos y nos traemos tanto como cuando hacemos el amor: nadie piensa en las calorías que así se pierden como un trabajo.

 


 

Cualquier cosa que provoque un asentimiento inmediato sólo ha reconfirmado un prejuicio.

 


 

Si sabemos que perdonaremos en algún momento en el futuro, debemos perdonar ahora; si pretendemos parar de odiar, paremos ahora. Esto es realmente decir que puesto que moriremos, deberíamos morir ahora y actuar en parte como fantasmas, con su ecuanimidad y su distanciamiento.

 


 

El aforismo es un breve gasto de tiempo. El poema es un completo gasto de tiempo. La novela es un monumental gasto de tiempo.

 


 

El problema con todo compendio es que los críticos siempre encontrarán los peores detalles y entonces los aducirán como representativos. Sacudirán un libro como un calidoscopio, hasta que luzca lo suficientemente feo como para ajustarlo al prejuicio que han introducido con ellos.

 


 

Un libro de aforismos no tiene la menor intención de comprometer a los lectores en ninguna suerte de diálogo; a juzgar por su tono de aserción implacable, no tiene opinión de ellos. Esa relación tan deshumanizada es la ocasión donde se renuncia a la “voz” por completo: el libro no es otra cosa que eso, un objeto inane, una res. Lo que el lector siente es una especie de desdén último, el de la tinta por lo humano, el de lo mineral por lo animal.

 


 

La diferencia entre el aforismo y el poema es que el aforismo primero establece su conclusión. Es una forma sin tensión, y por lo mismo simultáneamente perfecta y prescindible. No hay camino, ni historia, ni deseo.

 


 

Un poema es una forma verbal que anuncia su propio significado; no más, no menos. Igual el aforismo, la diferencia es que en éste todo lo que existe es el anuncio.

 


 

¿Por qué tantos aforismos sobre el aforismo? Sólo una hormiga puede corregir los modales de otra hormiga.