Griego
“Ismenia”, por John William Godward (1908)Yannis Ritsos
Ismenia

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(Un joven oficial de la guardia ha pedido que le reciban en palacio. Su padre trabajaba desde niño en las granjas y se había convertido, de cierta manera, en el hombre de confianza de la casa. Hoy, viejo y enfermo, envía a su hijo con un pote de albahaca y una cesta de frutas a presentarle sus respetos y su saludo a la última representante de la gran familia exterminada. La autorización le es concedida. El joven oficial aparece, bien ceñido su uniforme, guapo y vigoroso. Su cara respira la cordialidad del campesino helénico, de todo su físico emana una visible sensualidad, sin duda cultivada por el contacto con la gente de la ciudad y por la holganza de los cuarteles; parece singularmente emocionado, halagado y poco menos que turbado ante la noble dama, muy maquillada y apretada en su corsé, que conserva no obstante el encanto indefinible de una belleza apagada y lejana. Él deposita casi con torpeza el pote y la cesta en el piso, como si con ello cometiera una falta, y transmite el mensaje de su padre. Ella le ofrece una silla frente a la ventana, le interroga sobre la salud de su padre, y se informa del buen estado de las granjas. Él habla entonces de manera interminable sobre la vida en los campos; de las cosechas, los árboles, los ríos, los caballos, las vacas. Ella, aunque distraída, da muestras del más vivo interés por todo, y repara en la inhabilidad de las recias manos, puestas sobre las rodillas. Bello crepúsculo primaveral. La luz, vaho rosáceo, entra por la ventana abierta, y tiende lentamente al naranja, al malva, al violeta, al ultramaro. En el jardín se escucha el canto de los pájaros. Por momentos, un reflejo de su recargado ornato pasa sobre los muebles, sobre el espejo grande, por los cristales o por la cara del joven. De repente, éste calla. Cae la tarde. Un silencio y una espera inexplicables. Quizás por eso ella se pone a hablar a su vez, como para llenar el vacío o para desviar la proximidad de algo que habría que evitar pero que es sin embargo ineluctable:)

Venga de vez en cuando, me será placentero. Aquí,
el tiempo es lento. Nada ocurre,
como no sea esta vulgar corrupción de la madera de los muebles,
de las vigas del techo, de los pisos, de las escaleras,
del estuco, de las cerraduras, de las cortinas, de los goznes
—lento cambio, una herrumbre solapada, sobre todo en las manos y en las caras.
En los muros los grandes relojes se detuvieron —nadie volvió a darles cuerda.
Cuando a veces me paro ante ellos, no es para ver la hora,
sino mi cara reflejada en el vidrio,
extrañamente blanca, una cara de yeso, impasible, intemporal,
mientras en el fondo oscuro, las agujas detenidas
justo detrás de mi imagen son lancetas inmóviles
que no tienen más heridas que abrir, que no tienen más
nada para arrebatarme, miedo o esperanza, espera o ansiedad.

Esta lentitud multiplica la distancia
entre mí misma y yo, entre un gesto y otro,
entre un recuerdo y otro. Sería necesario todo un mes
para pasar de un aposento a otro. Una especie de vaga neblina
permanece entre las cosas. Con frecuencia, en las mañanas de invierno,
me paro allá, tras los cristales, y miro la distancia como a una amiga. Al fondo,
sucede que alguien pasa, vaporoso,
una mancha sin rostro, sin carne; ni siquiera intenta uno distinguirla,
tampoco se preocupa por saber adónde va, aquí o allá, da lo mismo.
                                                        Los árboles,
inmateriales también. Si en aquellas horas un leñador
intentara con su hacha cortar un sauce o un ciprés,
no habría sonido, ni madera, ni hacha.
                                                        Esta bella incertidumbre
es la única realidad —hace de mi una forastera
lejana, casi invulnerable, como la mancha en la bruma;
amo esta ligereza, y al mismo tiempo la temo.

Si me quitara estos brazaletes, si me soltara el cabello, en la noche,
si desanudara las cintas de mis sandalias, si tan sólo me quitara
estos pesados collares, que me aprietan la garganta como los eslabones
                de una cadena,
creo que me elevaría, me volatilizaría. Y no lo quisiera.
Sin duda por eso los llevo. A su manera, me retienen,
aunque a veces me molesten, los llevo y en mi sueño, me siento como
un perro que yo misma hubiera atado a una puerta caída.

Un foso de silencio, usted lo ha dicho, rodea esta casa,
respetable o no —qué importa. En alguna parte aquí, en el fondo de mí, quizás,
existe un largo y estrecho corredor, sin claraboyas,
ni lámparas, ni puertas —no conduce a parte alguna. Huele
a tabla podrida, polvo, moho, cucarachas, a tiempo pasado.
Cruzan hombres sin decir nada, llevando sillas rotas,
grandes arcones de madera, cuadros, espejos muy antiguos...

A veces es un vaso de cristal que cae, un clavo, la mano lívida
del viejo retrato de un General o un ramo de violetas
de las manos diáfanas y delicadas de alguna dama pintada
—nadie se agacha para recogerlos, además ni siquiera los ven,
en esta dulce permanencia de la sombra, donde todo se funde
y se acomoda a la ley de lo tácito y de lo inútil,
del silencio, inclusive de las ratas.
                                                         Lo único que se escucha
es el trotecito de las ratas (de ninguna manera su roer
—aquellas cosas no tienen solidez, no pueden roerse), simplemente
se sienten correr a lo largo de los muros y sobre nuestro cuerpo,
tal vez adentro.
                                                         Es una bella ocupación
seguir en silencio este desplome
en un vacío tan vasto (sin fondo ni fin)
que produce una extraña sensación de inmensidad,
un poco a la manera de esas grandiosas ideas que mencionamos
                con tanto orgullo:
libertad, inmortalidad, eternidad y algunas otras.

No tanto desplome —estas cosas no tienen adónde ni de dónde caer—,
más bien como algo colgado que no cuelga de nada,
algo con alas, si usted lo prefiere, como los pájaros, por ejemplo,
que suben y bajan, inmóviles entre sus alas. Yo diría
un gran vuelo inmóvil en la futilidad absoluta,
un equilibrio extremo —una extrema levedad
de toda la materia —y así mismo de la muerte.
                                                       Por eso usted me ve tan dichosa...
si eso se llama dicha: la ausencia de toda segunda intención,
de toda ambición —un delicioso entumecimiento invernal
con plena conciencia del frío; desde luego, estoy de corazón
con aquellos que sufren de frío, que se interrogan a propósito del frío,
que se arropan con un montón de franelas, de abrigos, de mantas
para preservarse de él. Extraña preocupación esa de preservarse
—preservarse siempre, preservarse del frío, del calor, del hambre, de la sed,
de la enfermedad, del error, de la muerte. No se nos ocurre imaginar
que el frío sube de nosotros mismos, y que de él no podemos a fin de cuentas         escapar.

Con seguridad un poco de fuego en la chimenea, el invierno, representa algo
—siempre me ha gustado ver danzar las llamas. ¡Sus movimientos
                son tan fáciles!
Ángeles incorpóreos, de todos los colores. Sus sombras
en el cielo raso, en los muros. La sombra del telar grande o del devanador,
la sombra de una guitarra colgada en la pilastra. Y, por sobre todo,
si los cuerpos están desnudos —las sombras agrandadas de los miembros sobre sus propios cuerpos, como otro cuerpo más sombrío y más rojo—, la sombra del                 pecho bajo el pecho,
con la punta del seno subrayada, la sombra de la boca en la boca,
esa terrible certeza física, esa deliciosa aversión,
cuando los miembros se enderezan para, en definitiva, doblegarse
en un profundo recogimiento que no es de humillación.
                Ceder, yo pienso,
es la medida de la grandeza. Aquellos detenidos por el miedo siempre,
no tienen la fuerza (mi hermana, por ejemplo) para inclinarse,
y permanecen crispados sobre las heladas cimas de su propia impotencia.
¿De dónde viene su orgullo, entonces? ¿Dónde está su virtud?

Pero mi hermana creía arreglarlo todo con sus “es preciso”, sus “no es preciso”,
               
habríase dicho que anunciaba esa religión futura
que partió el mundo en dos (el más acá y el más allá), que partió el cuerpo del hombre en dos, repudiando todo lo que estaba por debajo de la cintura.

Yo sentía lástima de ella, es verdad. Poco faltó para que me hubiera hecho daño
a mí también. Si han celebrado tanto su gloria
es porque les evitaba tener que obrar por sí mismos. Sobre su cara,
honraban su propia resistencia vencida. Se perdonaron a sí mismos,
se declararon inocentes y así quedaron tranquilos.
                                                  Si ella hubiese vivido, ¡ah!, con seguridad,
la habrían odiado. Su única idea
era morir. Ahora digo yo: a sabiendas
de que no había forma de impedir la muerte, antes que aceptarla,
día tras día, tal como es, recompensa de una vejez ingrata y estéril, prefirió
ir sola a su encuentro, inclusive provocándola, en nombre
de una grandeza de alma insolente y engañosa, haciendo un heroísmo
del miedo que sentía de sí misma y de vivir, disfrazando
su propia muerte, inevitable, con una inmortalidad fácil,
sí, sí, fácil, a pesar de todo su enceguecedor destello. ¿Cómo pudo soportarlo,                 Dios mío,
ella que se encolerizaba por la cosa más insignificante, tanto era su miedo,
                ella siempre aterrorizada
ante la comida, la luz, los colores o desnuda ante el agua fresca?
                                                 Jamás
dejó a Hemón tocarle una mano. Siempre retraída
                en un rincón
como quien no quiere perder nada, replegada sobre sí misma,
las manos metidas en las mangas,
la espalda contra el muro, fruncido el ceño,
era la primera en acudir cuando sobrevenía una desgracia,
experimentando orgullo, quizás, para su propia desgracia
                —pero ¿cuál desgracia?

Nunca usó joyas. Hasta el anillo de compromiso,
lo había sepultado en un cofre, paseando
entre nuestras juveniles risas su sombría arrogancia,
esgrimiendo su áspera mirada por encima de nuestra despreocupación,
como una espada prestigiosa y vana.
                                                               Y si a veces la veíamos ayudar en la mesa,
                traer un plato, un cántaro,
hubiérase dicho que tenía en las manos una cabeza de muerto
que colocaba entre las ánforas. Nadie seguía embriagándose.

Una noche en que nos divertíamos, muchachos y muchachas, uno de nosotros,
en el ímpetu del juego,
tuvo la idea de que intercambiáramos vestidos, los muchachos se vestirían
                de mujer
y nosotras de hombre. Qué rara plenitud, qué desmañada libertad
                había en ese cambio —como extraños en la piel, aunque éramos
los mismos. Sólo mi hermana
había conservado su vestido negro y permanecía apartada, petrificada,
reprobadora y agresiva. Nosotros bajamos como una tromba las escaleras,
salimos al jardín y nos dispersamos. Las muchachas,
vestidas de hombre, eran más audaces que los muchachos. Había luna...
una gran luna brillando como un plato de cobre. De las ventanas subía
la música, filtrada por el follaje.
                                           Hemón
tenía puesto mi vestido y era tan mío, aquella noche,
que bailé en el estanque bajo los surtidores y el agua me chorreó
por los cabellos, los hombros, las mejillas,
como si llorara, después me sentí helada de pies a cabeza y tuve la impresión
                de que me había convertido
en la estatua dorada de mí misma, iluminada por la luna,
ante los ojos ciegos del padre. Todavía me estremezco hoy.

Fue en esa ocasión cuando mi hermana desapareció durante tres días.
Seguro se refugió en casa de su padre. Fue él quien la trajo,
en un mulo. Colgados cabeza abajo de la albarda,
dos gallinas blancas y un gallo multicolor, yo me sorprendí al ver
que parecían estar cómodos en esa posición invertida, la fatiga, quizás,
¿o la resignación? ¿Sabiduría y dulzura de lo inevitable? Ella
                ni siquiera se fijó en eso.

Parecía que mi hermana hubiera tenido vergüenza de ser mujer. Es posible
                que fuera esa
su desdicha. Tal vez por eso está muerta. Cada uno de nosotros quisiera,
                sin duda,
ser una cosa distinta de la que es. Unos lo soportan más o menos bien,
otros no. El destino, como se dice, nos retiene prisioneros en el círculo
                de lo imposible,
giramos en derredor del pozo, en cuyo fondo permanece encerrada,
enigma sombrío e insoluble, nuestra cara. Mi hermana, rechazaba todo consejo, toda concesión —inflexible y desesperada.

Un verano, sin embargo, mientras todos dormían
y yo bajaba descalza por la escalera, la vi
junto a la despensa del comedor, una escudilla de uvate a sus pies,
comiendo grandes cucharadas de pan remojado. Me retiré de inmediato.
No se escuchó, de súbito, más que el canto de las cigarras en el jardín. Ella no                 me había visto.

Jamás se lo dije. Nada supo. Le tenía mucha lástima.
Porque también sentía hambre (y ella lo sabía). Quizás sentía
también necesidad de amar. No soportaba la idea
de tener que doblegarse ante su propio deseo, que no era, evidentemente,
obra suya, y que no dependía de ella para nada. La muerte nada más... no,
sólo la hora y la manera de acabar eran lo único que se podía elegir.
Es un hecho, ella las eligió. Y su “sin amigos, sin nadie que me llore”,
y sobre todo su “sin haber conocido hombre” fueron su única verdadera                 confesión,
su primera bella humildad, su única generosidad de mujer,
su última y única sinceridad, como para justificar, de alguna manera,
su amarga presunción. Eso la perdonaba a mis ojos.

Y aquella otra vez, cuando quisimos abrir el tarro de conservas
y lo encontramos medio vacío (todos lo miraron, asombrados),
ese rubor que brotó en sus mejillas. Yo miré para otro lado. En las ventanas,
el día era de una blancura deslumbrante y tenaz, tanto, que deseé,
                de todo corazón,
el enceguecimiento de todos frente a todo. Algunas estúpidas rosas del jardín
crecían hasta el alféizar. Sentí por primera vez que la muerte
no era negra, sino blanca —uno no puede esconderse en ella. Dos sirvientas
fueron castigadas por esa fechoría. Estoy segura de que, desde ese momento, ella había tomado la decisión de morir. Sólo esperaba el momento.

La infeliz joven sentía miedo de la carne y miedo del pecado —¿cuál pecado?—
¿entonces es pecado vivir acorde con su deseo? Jamás
estuvo mi hermana más bella que cuando muerta. Fui yo quien le coloreó
                las mejillas,
notoriamente (tal vez recordé su rubor ante el tarro de conservas, en el comedor),
después le apliqué rojo en los labios, y negro en sus ojos inmensos,
con corcho quemado (ella nunca se maquillaba). Le puse también
un collar de cinco vueltas para esconder las horribles marcas en la garganta,
lindos aretes con dos cupidillos desnudos, sortijas, brazaletes,
y una hebilla ancha de oro en la cintura. Maquillada así, ataviada así,
se parecía a mí de manera extraña.
“Cómo se parece a Ismenia”, dijo en voz baja una niña. Ahora
había renunciado a sus decisiones terribles, a sus líneas de conducta moral,
a sus prejuicios e idiotas pretensiones masculinas. Muerta,
por fin se había convertido en mujer.
                                                     Al lado de ella su novio,
desnudo (¿cómo era posible que pudiéramos con tal precisión, en la muerte,
calificar la belleza del cuerpo? —tal vez era que
embalsamaban las flores de naranjo, con las cuales los habíamos recubierto),
y aquella juventud en edad de amar, aquella juventud plena, desprotegida,                 inasible...

Nadie o casi nadie prestó atención al cuerpo de Eurídice. Las mujeres
tardaron mucho en el acicalamiento de Hemón, insistían
en lavarle otra vez, cuidadosamente, uno por uno los dedos de los pies y
                de las manos, las axilas, el pecho, el vientre,
y ese movimiento de él (cuando lo volteaban), ese dulce gesto de abandono,
más bien de rendición, me recordó la noche en el jardín,
la gran luna, el agua que me calaba hasta los huesos. —Hubiera querido poder
ponerle de nuevo mi vestido. Pero no me atreví.
                                                     Una mariposa color naranja con manchas negras
                entró por la ventana,
y se posó en su sexo. Las mujeres entonaron de repente los cantos funerarios
y lo vistieron atropelladamente. Entonces murió de verdad.

Afuera, bajo el peristilo, se escuchó el lamento salvaje de Creón,
y el tintineo de su sable tornaba más impresionante el silencio de sus guardias.
A veces me pregunto si no nacimos simplemente
para admitir de una vez por todas el hecho de que vamos a morir. Y que,
                por tanto, en el intervalo
de este dilema injusto, está nuestra vida.
                                        Hemón
se había alejado de todos. Ya no le pertenecía a mí hermana,
ni a sus amigos. Una gran calma lo había invadido, casi una satisfacción
—la irreparable pérdida física—, una certeza tranquila:
nadie puede ya quitarnos lo que no existe,
tan sólo la memoria lo guarda intacto en el fondo de sí, muy para ella,
y, con seguridad, lo adapta a veces a los demás. Usted tiene algo de Hemón,
esa timidez de la gente fuerte e íntegra. La barbilla también,
con ese surco en el medio.
                                                        Por las tardes cuando me quedo aquí,
me pregunto por qué los pájaros del jardín cantan todavía
                —por eso, quizás,
por el nuevo surco que traza el arado...

                                                     Los muertos, sabe usted,
ocupan siempre mucho espacio —por pequeños e insignificantes que sean,
se crecen y llenan toda la casa. Pronto no queda
ni un rincón para sí. Mi propia madre,
tan respetable, siempre tan reservada, tan a la sombra,
adquirió de súbito una autoridad indiscutible
sobre los floreros, los utensilios de cocina, la ropa blanca
y los postigos más cerrados, los largos finales de tarde
en que comienza a llover y su largo ganchillo de tejer brilla lóbrego rebasando
                     la vieja cesta de labor
—aquí está el lugar de la madre, allá la sonrisa que tenía,
y sus maneras, su pensamiento... todo eso, ahora, que sólo pertenece
                a los muertos.

A veces me detengo ante un espejo,
y peino mis cabellos. La luna de cristal
está por entero llena de sus cuerpos. Sólo cuando abren sus enormes brazos
como para impedirme pasar, alcanzo a ver por instantes,
bajo las axilas, tirado en un rincón, un pequeño trozo de mi cara,
o uno de mis ojos como si estuviera tuerta. En las gradas de la escalera,
todas las mañanas, encontraba las huellas polvorientas
de sus pies desnudos, y agrandados. Era difícil
subir o bajar sin pisarlas.
                                                      Hasta que un día,
escuché a nuestro nuevo jardinero subir de cuatro en cuatro las escaleras
—“señora, señora, florecieron los claveles”, gritaba, sin aliento,
hubiérase dicho que a punto de llorar. Sus cabellos goteaban,
recién mojados. Era el mes de mayo. Entonces bajé las gradas.

En efecto, los claveles habían florecido. El surtidor de agua estaba allá,
                un poco más lejos.
Sacamos las jaulas de los canarios a las bancas del jardín,
lavamos sus platillos, les pusimos agua fresca y cañamón,
y desayunamos bajo los árboles. Comenzaba a calentar.
Puse un clavel en mis cabellos. El pan tenía un sabor a vida.

Tal vez esos claveles habían sido enviados por su padre. Él sabía
cuánto me gustaban las flores. Cuando iba a la ciudad,
me traía siempre en su pañuelo, con un poco de tierra húmeda,
bulbos de ciclámenes salvajes. El mismo me ayudaba a plantarlos.
Yo creo que florecen todavía en la parte alta del jardín. Si usted quiere,
podremos, alguna vez, ir a verlos.
                                                        Manifiéstele
que me acuerdo siempre de él. Nada ha cambiado en el fondo de mí,
no, nada —por lo demás, eso es lo triste, en el momento en que todo cambia
afuera y alrededor nuestro —las casas y los coches, las caras, las manos,
                las armas,
y las maneras de peinarse, de vestirse, hasta los sombreros que usábamos...

Recuerdo los paseos de aquel entonces en coche, por las tardes
—esos sombreros nuestros, con flores, espigas, cerezas de cera,
y esas largas cintas que flotaban, lejos detrás de nosotros,
y nos rozaban a veces las orejas, como riendas amistosas, que el viento halaba
suavemente, obligándonos
a mantener la cara levantada, alisando la piel de nuestras mejillas, tirándola                 también
hacia atrás, en una profunda sonrisa (tal vez imitábamos sin querer a los caballos
que nos arrastraban) —cintas azules, amarillas y rosadas,
raíces multicolores— como si hubiésemos sido árboles,
árboles celestes y libres que se desplazaban.
                                                           Y la bufanda de nuestra madre batía sus alas
detrás de nosotros como un enorme pájaro malva y transparente.

Y mientras se levantaba la estrella vespertina, me pareció, era extraño,
que el ruido de su bufanda había cambiado de repente.
Se había convertido, no sé cómo, en mal augurio. Temía
que se enrollara en su garganta y la asfixiara, que la envolviera por completo,
como se hacía en otros tiempos con los muertos.
                                                        Cuando llegamos a casa, nos apresuramos a encender
las lámparas, a hacer cualquier cosa.
Ante el portal, los dos faroles montaban guardia. Mas tarde,
cuando apareció la luna, parecía la hebilla de un cinturón invisible,
sobre la cual temblaba la sombra de un cisne o mejor, sí, la bufanda de mi madre.

Tenía mi hermano pequeño la manía de las hebillas, las chapas y los broches.
                Había juntado
toda una colección de diversas épocas, de hombre, de mujer,
chapas de correas militares y otras muy antiguas, muy trabajadas
—de formas raras, extrañas figuras, extrañas representaciones
de hombres, de dioses, de pájaros y de monstruos.
                                                 Cierta vez, una tarde de otoño, me las mostró,
al ponerse el sol, y adquirían toda suerte de brillos en la penumbra.
Yo nada entendía de esto. Y aunque él me explicaba, tenía la impresión
de que hablaba para esconder algo, seguía sin entender lo que quería decirme,
y era precisamente eso lo que me gustaba. Quizás era lo mismo que él buscaba,
una puesta en evidencia de lo inexplicable.
                                                        La mayoría de ellos tenía un chispazo rojo oscuro como la sangre, o un color verde-gris
como las entrañas del hombre. Pero yo experimentaba sobre todo la sensación
de cuerpos desnudos y robustos, en la flor de su edad, después del gesto                 impaciente
de soltar un cinturón. Cuando se lo dije, montó en cólera (¿pero hay en el mundo
algo más inexplicable, más inconcebible incluso, alguna cosa
más tangible y —quizás por eso— más inasible que el cuerpo humano?).

Fue él quien se marchó adonde los argivos. Mi hermana tenía debilidad por él.
Ambos eran absolutos, susceptibles, injustos. Quiero decir
que ambos tenían una concepción muy personal de la justicia. No veían
la justicia de los demás ni la injusticia general. Eso los perdía,
y perdía con ellos a los demás. No obstante, yo guardo las chapas y los broches.                 Es la única cosa
que ha quedado de él. Como me di cuenta más tarde,
los había encontrado en cinturones de muertos. Esa precisión no alteró en modo alguno mi sentimiento primero, al contrario, lo fortaleció.

Extraño sin embargo cómo, en medio de todos estos cambios, estas vicisitudes,
estas puestas en orden, como se dice,
no queda al final, destacándose claramente sobre todos los muertos,
sino el cuerpo humano indefenso, despreocupado, obstinado, maravilloso.
                Yo creo
que la única belleza está ahí, en la ignorancia, y la virtud única en la juventud
                —¿pero cuánto dura ésta?
¿Y cuánto duramos nosotros mismos? Ésta se renueva, dirá usted,
con las generaciones que se levantan —pero no para nosotros, no,
                no para nosotros. ¿Dónde está pues tal renovación?

Recuerdo, cuando recogíamos las sobras de la mesa —huesos, semillas
                de frutas, migas de pan;
yo atrapaba con el rabillo del ojo, sabe usted, a esas espirales de oro,
magnéticas, elásticas —las cáscaras de naranja— como si hubiesen querido
retomar y guardar su forma primera. Un grito antiguo subía hasta mis labios,
“no, no”. —Nada decía. Miraba. Arrojábamos las mondaduras
por encima de la baranda al fondo del patio. ¿Nunca le pasa eso a usted?
Un grito que se retiene. Y las noches olían a piel de naranja.

Agradezca a su padre de mi parte por estos magníficos regalos
                que me ha enviado hoy. Espero
que su mal no sea grave. Nos hizo pasar buenos momentos en las granjas
—nuestros mejores veranos. Allí conocimos los caballos, los frondosos plátanos, los manantiales; puedo decir que hasta las estrellas. Allá aprendimos
los nombres de las plantas y de los pájaros —abejarucos, mirlas, jilgueros.
Un día me trajeron una perdiz en una jaula. Murió al poco tiempo,
de manera tan inexplicable como puede morir un hombre. La enterré debajo
                de dos manzanos. No pude llorar. Poco más lejos gritaban
los muchachos bañándose en el río. Después, desnudos, todavía mojados,
galoparon a pelo sus monturas y se internaron en el bosque.

Tal vez era usted uno de ellos. A mí, no me lo permitían.
A mí, me enseñaban por separado la equitación en una especie de picadero,
un campo cerrado pleno de ortigas, de hierbas secas y flores de malva.
                Era una bella época.
Pero lo que más me gustaba eran las vendimias, cuando todo estaba impregnado                 del olor a uva exprimida,
la casa, el aire y el agua, las vestimentas, las ventanas. Yo miraba
los pies de aquellos que aplastaban la uva, rojos, muy rojos,
como recubiertos de sangre en ese combate pacífico
al que no faltaba cierto salvajismo. Y le decía a mí madre:
“Faltaría que sus mujeres les laman los pies
para que tanto buen jugo no haya corrido en vano”. Y mi madre reía.

Esas tardes eran inmensas. La creación entera
aromaba como a jalea de mosto, espesa y líquida que miríadas de estrellas,
por encima de las cisternas, espolvoreaban de fina canela blanca.
                                Un caballo
relinchaba en nuestro sueño.
                                                      El caballo de Hemón, sabe usted, cuando desapareció                 Hemón, no quiso volver a moverse de su tumba.
Yo le llevaba de comer y de beber, yo le ofrecía azúcar en la palma de la mano
—nada le llamaba la atención. Al cabo de una semana murió también. Después                 todo se volvió tranquilo.
Nos repartimos las vestimentas, cerramos sus habitaciones con llave. Nadie
volvió a pronunciar sus nombres. También cubrimos los espejos.

A lo mejor su padre le habrá narrado los años tan difíciles que conocimos                 nosotros.
¿De qué ha servido todo eso, Dios mío? ¿Qué es lo que han ganado?
                —Obligaciones, molestias sin fin,
heroísmos sin objeto— grandes puertas se abrían y cerraban en las mismas                 tinieblas.
Máscaras de yeso, de bronce, de oro y terciopelo.
Ardides y adulaciones, disfraces, —¿para esconderse de quién? ¿De ellos                 mismos? ¿De otros? ¿Del destino? Y esta infame glotonería de la gloria
—yo creo que toda gloria reposa sobre cierto número de equívocos,
y de seguro sobre un rechazo a la vida—, ¿a quién puede servirle eso, la gloria?

Un hombre gritaba en la parte baja de los peñascos —o quizás en el fondo de nosotros mismos—
gritaba, gritaba. Nadie oía. Todos se apresuraban a ir — ¿adónde?—, a hacer
                — ¿qué? No tenían un instante para ellos
para desvestirse, acostarse, soñar con sus propios cuerpos, mirarse en un espejo                 o mirar a otro.
Se veían solamente en los ojos de los demás —¿pero qué ver ahí dentro?
acaso lo que deseaban, pero de ningún modo lo que eran.
                                                     Un día, un pájaro entró al comedor. Todos quedaron                 boquiabiertos.
No sabían qué responder, aunque nadie les había preguntado nada. La cólera
                se apoderó de ellos.
“Sáquenlo, sáquenlo”, gritaban. Se levantaron de sus sillas, agitaron los brazos,
quebraron dos vasos. El pájaro salió por la ventana.
Los sirvientes habían bajado, recogían las trizas de vidrio. Yo los observaba:
sonreían solos —el pájaro, lo conocían. Les guiñé el ojo
y sonreí con ellos. Son siempre los inocentes (¿no cree usted?)
los que tienen aspecto de culpables. Usted también lo sabe —estoy segura.

Jamás me ha abandonado el temor a que me sienten un día en el trono.
Para buscar honores es preciso tener algo de qué huir, de sí mismo o, más aún, de los hombres y de la vida. Me habría gustado mucho
no ser famosa, no tener más sombra que un lugar, cualquier parte,
en donde estar sola, quitarme despacio las sandalias,
y jugar, qué se yo, con las llaves de mis gavetas en la mano despreocupada
que dejaría colgar por fuera de la cama.
                                                                     La cara de mi pobre padre —me acordaré siempre—
hubiérase dicho una mano crispada, aferrada
a un gran telón negro para hacerlo caer. Tanto, que a veces me digo,
que tal vez no ha sido un mal el que él se haya cegado —porque así, es probable,
ha podido observar su propio interior, y acordarse poco a poco
de las cosas que no había visto, tal vez así las habrá visto de veras, puesto que
                hasta ese momento,
era la mirada de un amo (adulado, por supuesto) la que para él se reflejaba
                en los ojos
de esos sujetos desorientados por temor —a él y a ellos,
yo los veía desde niña y daba lástima verlos.
                                                            Porque ¿qué podemos contra esa servidumbre que conlleva el gobernar y dar orden sobre orden, cuando cada uno, en definitiva,
obedece a lo que gobierna, en efecto —y primero a esa inmensa desconfianza
que se extiende sobre todos y sobre todo?— si por la sala pasa la sombra
                de un                 pájaro,
a la hora del crepúsculo, es un puñal que se esgrime, hecho de metal silencioso.
Por eso los tiranos son todos los días más tiránicos. Desde el momento en que los otros tienen miedo o necesidad de usted, ¿qué se puede esperar de ellos?

Mejor entonces no mandar, y no ser mandado, (¿es esto imposible?)
—ya es suficiente con todo lo que nos ha marcado desde antes de nacer,
                ya es más que suficiente
con la muerte acechándonos. —Con ella, al menos, uno se familiariza, digamos,
y lo que ocurre entre ambos pierde su acerbidad. El cuerpo se relaja,
los cabellos, las ventanas, los ojos pierden su color,
se abre la mano en cuya palma habíamos colocado
una pieza grande de oro macizo, pues toda nuestra vida
no ha sido otra cosa que una crispación para conservar esa moneda, el miedo
a dejarla escapar, a perderla. Uno de nuestros brazos se volvía inútil,
la mitad de nuestra vida, toda nuestra vida se volvía inútil.

Ahora la mano se abre sola, libre.
La moneda ha caído. Nos la han quitado. Sólo nos queda en la palma
la profunda marca del esfuerzo interminable. La carne se ha relajado,
y reposa. Desde ahora puedes agitar
con libertad las dos manos. Puedes caminar
y agitar sin temor las manos vacías en el vacío
—un nadar lento y liviano en una maravillosa gratuidad, hasta que te ponen
                otra moneda, de bronce, entre los dientes.

Pero ¿para qué mentir? —como decía también su padre. En ese cuerpo                 ablandado que menciono,
una cosa permanece intacta, dura, pertinaz; es el deseo, y el sentimiento
de una injustificable tardanza. Y aquello es inconcebible. Con frecuencia
                las mujeres, en tales momentos,
toman en sus brazos a las estatuas, las besan en la boca de piedra —sueñan
que pasan la noche con ellas. Si alguna vez ha visto usted húmedos
los labios de las estatuas, ve saliva de mujeres abandonadas.
                                                     La memoria, claro, es una especie de refugio. Y,
sin embargo, también se agota, necesita nuevas representaciones, así sean
                del azar —e incluso extrañas.

Yo, elegí esta ventana. Cuando me asomo así, mitad adentro, mitad afuera,
miro y recuerdo. Nada me pertenece. Todo está en calma.
Vuelvo a observar los árboles, los pájaros, los colores, los pies pesados
                de los cazadores que regresan con la tarde —y soy libre.
Ellos tienen algo qué decirme, qué confiarme. A veces me avergüenzo de esta nueva ternura —esta casi                 nueva infancia que se instala sin que yo lo quiera
                en el borde de mis labios, como si fuese
una golondrina que hace nido en un techo derrumbado.
                                                     Extraño, aun así, cómo el ruido se ha calmado
                —no se podía escuchar otra cosa—,
cómo se ha extinguido en lontananza. Pero, ¿soy yo todavía? ¿Era yo?
En aquel entonces había gente que subía, bajaba,
alguien insinuaba algo al oído de otro, —gestitos espasmódicos,
políticos, militares, diplomáticos, —ah qué gentes execrables, Dios mío,
como reproducidas en serie y numeradas, copiadas las unas de las otras.
                Ya no                 se sabía ni el mes, ni la hora, ni el año.

Guerras, revoluciones, contrarrevoluciones (¿cuántas veces ocurrió lo mismo?),
—la ceniza vuela sobre las plazas, resto de los fuegos que se encendieron
para las grandes fiestas o para los muertos —la misma ceniza.
A veces eran quemados también aquellos que, aún en la víspera, merecían
                el nombre de héroes.
Las hojas de laurel ya no querían decir nada.

Cerrábanse los ojos como se cierra una puerta en una casa ajena,
para no ver, para no pensar. Maquinaciones, tráfico de influencias, traiciones.
Los más flexibles espinazos se mantenían todos los días muy derechos.
Tebanos, argivos, corintios, espartanos, atenienses —¿cuáles eran
                los verdaderos amos?
—parecía que un poder secreto hubiera tirado los hilos desde lejos.
Hombres enmascarados salían a media noche provistos de linternas sordas,
algún personaje conocido tuyo se volvía de repente un reflejo blanco o el ruido                 de una caída.
Y todos, en el miedo, parecía que se juntaran de nuevo.
                                                      Una tarde, arriba, en el desván de un pobre estudiante,                 se oyó una flauta. Las mujeres
se apiñaron rápidamente en la calle. Se arrodillaban, lloraban. El loco,                 desaliñado,
se golpeaba el pecho con una piedra. “Mamá, mamá”, gritaba.
“Mamá, quiero morir, quiero morir”, gritaba.
Pasó un camión carpado. La gente se apartó. La flauta quedó en silencio.
El loco orinó en medio de la calle. Se dispersó la gente, de nuevo,
desconocida, incómoda, extraña.
                                                              Pero yo era muy joven entonces, tan joven
                que ni siquiera lo sabía. Olvidaba con facilidad. En esta ventana,
estaba colgada, en suave balanceo, atada a un trozo de cuerda,
una rosita. Nada más que eso. Pronto se secó, también ella.

Sonaban las campanas, luego enmudecían. Llegaban hombres, volvían a irse                 apurados.
Caían lluvias diluviales. En las casas las cisternas se desbordaban.
Hubiérase dicho que el agua iba a llevárselo todo, arrastrarlo hacia el mar
                y lavarlo todo.
El sol volvía. Lo secaba todo. Nada había cambiado. El jardín
se hacía el inocente. Sólo brillaban los claveles. En lo alto del jardín
resonaban las imprentas, las máquinas de escribir. Los mismos hombres,
                con otras máscaras,
en actitud mecánica entraban a las salas, se sentaban
como en los tribunales ante grandes mesas negras, lustrosas,
sus manos eran grandes arañas linfáticas y ávidas que desplegaban
                gruesos rollos de papel, leían, escribían, sellaban,
enviaban otros papeles, gesticulaban, abrían desmesuradamente la boca,
ni voz ni grito salían —un agujero negro en el vacío.
Tal vez gritaban “viva” o “abajo” —yo nada distinguía.

Sólo se percibía el miedo. Aunque yo ignoraba en ese tiempo cuál.
                Me asombraba
que puedan tener miedo las máquinas, las mesas, las sillas,
la boca de una chimenea, el vino dejado en el fondo del vaso,
la gallina cocinada, en la bandeja, un tenedor levantado por encima del plato
—que se quedaba allí, frío, paralizado.
                                                     Guapos mensajeros llegaban, abrían también la boca:                 no emitían sonido.
Pero, en su caso, era distinto. Estaban sin aliento. Nos gustaba mucho
su manera de acezar. Se podía ver su lengua
roja, muy roja, como un hermoso verano pleno de ríos y árboles.

Es entonces cuando mandan a buscar al viejo adivino, el ciego. Un niño
lo tomaba gentilmente de la mano. Majestuoso, socarrón como un simio,
                tenía bello porte
con su luenga barba que le bajaba hasta las rodillas, sus grandes ojos vacíos
(yo estaba segura de que fingía estar ciego y de que su barba era postiza),
y su bastón de mando, —respiraba calma y beatitud, —plenitud.
Conocía —ese era el comentario— el lenguaje de las aves, del fuego, del silencio                 y de los vientos.
Una paloma se mantenía en su hombro.
                                                     Mi hermana sentía miedo, se escondía                 a sus espaldas                 o se iba para la otra habitación,
yo tenía la certeza de que, desde allá, escuchaba a hurtadillas. Yo, la amaba
                de veras. Un día,
él, me sujetó por la barbilla, me levantó la cabeza. “Serías más hermosa
                —me dijo—
si hubieras sido un muchacho”. “¿Y si fuera uno?” le respondí.
                Y nos reímos ambos,
cómplices. Los demás montaban en cólera contra con él,
como si fuera responsable de todo lo que debía sucederles. Él, golpeaba el suelo                 con su bastón y se iba.
Tras de sí volvían a caer algunas plumas negras, blancas o rosa dorado.

Se hacía un gran silencio por unos instantes, como si todo hubiera perdido
su peso y su significación. Las rodillas se volvían
suavemente algodonosas. Nadie rechazaba
a la gata que se subida en la mesa mordisqueaba un pescado.
                Por los cristales de la ventana
se filtraba una luz blanquecina, acrecida. Y, de inmediato, los tambores tocaban                 frenéticos. Una trompeta en lo alto de la fortaleza,
otra enfrente, en los olivares. Por la noche,
encendían fogatas de colina en colina. Pasaba gente con antorchas.
Un agujero prodigioso se abría en la oscuridad. Se percibía el caos. Y otra vez
la noche se ocultaba en la noche. Todos se ocultaban. Yo nada entendía.

Se nos pedía a veces recitar poemas delante de extraños.
Nosotros, los niños, no queríamos. Llorábamos. A veces se nos pedía ofrecer
un ramo de flores a un horrible viejo flaco de dientes postizos. Otras,
se nos empujaba al balcón para que saludáramos también nosotros a la multitud.                 O se nos escondía
abajo, en los subterráneos, con las grandes jarras. Nosotros observábamos
                las arañas.
La vela goteaba. Cogíamos las gotas todavía cálidas. Hacíamos con ellas
liebres, arados, barcas y hombrecitos desnudos. Otras veces nos enviaban
de noche, con una escolta, a las granjas, junto a su padre.

Ni siquiera teníamos tiempo de quitarnos las sandalias, de vagabundear                 en el verdor,
de coger solos una manzana. Ellos nos mantenían a su lado.
Las banderas habían cambiado sobre las fortalezas, los edificios públicos.                 ¿Quién era el vencedor? ¿Quién el vencido?
Los jinetes se apeaban de sus cabalgaduras, retiraban sus sillas, las llevaban
                al corredor, se sentaban en los taburetes, se quitaban los cinturones,
se quitaban las botas. Tenían pies grandes.
Olían a pino y a chivo. Las mujeres fingían catarros.
Hacían girar sus molinos de café ante las ventanas hasta el aparecer de la luna.
Entonces, yo creo, fue cuando los zorros y los lobos descendieron del bosque.
La noche resplandecía como si la hubiesen pasado entera por cal.
El río había cesado de correr. Las piedras eran blancas.
Junto a las camas bostezaban las grandes botas de los jinetes.
El más joven tenía mucho calor. Se desvistió por completo,
pasó por detrás de la cortina, la cortina estaba luminosa.
Hojas de oro caían sobre las terrazas. Los gallos cantaban.

Es en esta época, más o menos, cuando mi padre se pincha los ojos. De golpe                 todo volvió a ser rojo, rojísimo con manchas verdes,
y los platos fueron rojos también con un agujero en el medio. Un poco más tarde,
se oyeron de nuevo las trompetas. Los hombres se sobresaltaron en su sueño,
ciñeron sus espadas, saltaron a los caballos. Una sombra inmensa
quedó en el patio —tal vez la de la luna del alba,
o tal vez las alas inmóviles del león de mármol sobre la antigua torre.

El vacío de los cuerpos en las camas permaneció cálido todavía por un momento.                 Después se enfrió.
Las mujeres se reclinaban y lloraban allí. Mi hermana
adelgazaba cada día más. Se tornaba más dura, más pálida.
Nos eludía, a Hemón y a mí. Salía sola, tarde.
Quizás iba hasta las puertas de Tebas, quizás iba a hablar,
allí, con esa mujer de cuerpo de león cuya mirada paralizaba
con dos preguntas glaciales, inclusive cuando no estaba mirándote.
Esperaba, es evidente, algo excepcional. Por la noche, no dormíamos.

Las banderas caían al suelo. Con frecuencia yo fingía dormir
y la observaba —acostada más allá, en actitud inmutable. Una noche,
el claro de luna había invadido la habitación y la bañaba hasta el talle.
La vi mover los dedos iluminados, como una bailarina, como una sacerdotisa,
como trenzando una cuerda invisible, como escribiendo cifras en el aire.
Contaba algo, tal vez los años que había vivido (o, mejor, ¿su inexistencia?),
después los llevó a su garganta y los dejó allí, argentados, de repente
se sobresaltó, como si hubiera tenido miedo. Se levantó,
cogió una sombrilla blanca de nuestra madre, con sus encajes, la abrió,
y se sentó debajo, acurrucada en la cama, como para protegerse
de la luna, o de las sombras de la noche. Parecía así como agujereada
                por pequeños meandros azul plata.

Entre tanto, debí dormirme. Cuando reabrí los ojos,
vi las patas fundidas de las camas, todopoderosas, peludas, brutales.
Oí al cacharrero que pasaba por la calle. Iba a trabajar. Miré por la ventana.
En el suelo había paquetes vacíos de cigarrillos, banderitas, pañuelos de papel,
                casquillos.
Tras los cipreses se alcanzaba a ver el cercado de la marmolería,
con un enorme jinete de bronce a la entrada. En el comedor,
en medio de la mesa puesta para el desayuno, la gran lámpara
se había hecho añicos. En lo sucesivo podía esperarse cualquier cosa.

Sólo quedaban pedazos de vidrio y de luz. En la puerta estaban dos cojos,
                muy altos, en muletas.
Los sirvientes los echaron. Los hombres se habían ido.
Entonces no hubo nadie más allí. Las mujeres no volvieron a maquillarse.
Arrastraban hasta tarde sus pantuflas. Olvidaban encender las lámparas.
Hacían signos de la cruz, con disimulo, bajo sus cabellos. Las ortigas crecían alto                 en el jardín.
Las llaves habían sido escondidas en la hiedra. El caballo de mi padre, viejo,
se fue una tarde. Nunca volvió. Encontramos una de sus herraduras
                y la colgamos en la puerta de la cava. Su cabestro fue extendido
entre dos árboles para secar la ropa.
De vez en cuando, en medio de la confusión general, se hacía un silencio                 prodigioso, terriblemente transparente. Todo adquiría otra óptica, otra                 acústica, otro interés,
pleno, éste sí, de indiferencia. Todo se veía en los ojos, todo se escuchaba.
Las gallinas entraban al cementerio, escarbaban el suelo todo el día,
dejaban huevos enormes en cualquier parte, en las margaritas,
bajo un matorral de romero, en la carretera o sobre las sillas. Una mano invisible
retiraba uno tras otro los grandes clavos oxidados de las puertas.
Las moscas despertaban temprano y chocaban con rudeza contra los vidrios.

En la parte de afuera de las murallas de la ciudad, los muertos eran legión.                 Siempre he tenido curiosidad
por los muertos —no por tratar de domesticar a la muerte,
ni por habituarme a ella. A veces escapaba a la vigilancia de mi madre
y mis preceptores. Trepaba hasta la fortaleza. Miraba
a través de las aspilleras —transportaban a los muertos en carretillas, en                 parihuelas, sobre escaleras.
Otros quedaban tirados abajo en la planicie, en actitudes espléndidas,
tranquilas, jóvenes y hermosos al lado de sus corceles que habían muerto debajo                 de ellos.
                Yo los miraba
sin la menor tristeza, —hermosos, consagrados al amor.
Hasta que llegan nuestros propios muertos. Y entonces hemos crecido.

Vi a mi hermana al alba, en el patio, marcada por el destino —lívida. Las manos,                 el vestido, el cabello, cubiertos de tierra. El cierzo matinal nos traspasaba.                 Tiritábamos. El amanecer descendía,
en toda su blancura, acribillado de cuervos negros.

¿Pero todo eso para qué, Dios mío? ¿Qué han ganado? El resto lo sabe usted.
Nada quedó. Tan sólo la Esfinge de piedra,
indiferente y siempre ahí, en su peñasco, a la entrada de las puertas de Tebas.
—Ya no hace preguntas. El vano ruido se acabó. El tiempo se ha                 vaciado.
Un domingo de nunca acabar con las ventanas cerradas. Increíble
cómo, en las tardes de verano, todavía regamos los jardines.

Un foso de silencio, usted lo ha dicho. Mire, la luna acaba de aparecer.
Se oye también, afuera, el surtidor de agua. ¿Usted no lo oye? Sus manos
son hermosas con sus callos de trabajar la tierra. Espero
que no vaya usted a quedarse en el ejército. Cuando termine su servicio,
vuelva a la granja al lado de su padre. ¿Ve usted esa puerta, aquí?
Conduce a mis aposentos. El corredor que da al sur jamás está vigilado. Golpee                 siete veces. A media noche, yo le abriré.
—Espere, tengo varias cosas para mandarle a su padre.

Algunos vestidos de Hemón —los he guardado en el armario—
le irán de maravilla, me imagino. Y su última espada, tenga, es de oro, con marfil                 y rubíes, —ni siquiera tuvo tiempo
de ceñirla a su talle. Váyase, la noche es bella. Y tenga cuidado en la escalera.

(Está oscuro. Ella entra en su apartamento mientras en la escalera se escuchan todavía los pasos del joven oficial que se aleja. Ella busca a tientas los fósforos en la mesa de noche, enciende las tres velas del candelabro, golpea un disco de metal. La nodriza aparece. “No comeré esta noche”, dice. “No necesitaré de ti. Puedes ir a acostarte. Espera. Tráeme un vaso con agua y dale cuerda a ese reloj del salón, lo habíamos olvidado. Coge también esta cesta con frutas. La planta la pondrás en la ventana”. La sirvienta trajo el agua y se fue. De nuevo el silencio. Ella cierra las dos puertas con llave. Se oye ahora el reloj de al lado. Las nueve. Las nueve y cuarto. Las diez. Las diez y media. Ante el espejo, ella se quita el maquillaje. Se desviste. Pecho caído. Marcas de corsé en el vientre. Las huellas digitales del tiempo en los muslos. Las once. Se quita los collares. La piel, fláccida, pende bajo al maxilar. Once y cuarto. Toma el candelabro con la mano izquierda. Se aproxima al espejo. Con el dedo anular de su mano derecha estira la piel bajo los ojos. El globo ocular turbio, con una fina red de venas rojas. Después se lleva las manos a los cabellos tinturados. Las raíces blancas. Expresión de náuseas en el rostro inmóvil. Estirados los extremos de los labios. Once y media. Comienza a maquillarse. Se viste de rojo. Vuelve a ponerse las joyas. Se tiende sobre el sillón de terciopelo rojo, ante el espejo. Cierra los ojos. Medianoche. Siete golpes discretos en la puerta. Silencio. De nuevo siete golpes, más fuertes. Silencio. Y otra vez los golpes. Después nada. Un largo silencio. El cristal brilla. Ella se levanta, se aproxima al espejo. Vuelve a maquillarse. Blanca como el yeso. Los ojos inmensos, muy negros. Una máscara de yeso. Se cambia, se pone un vestido de su hermana, estrecho, que cae recto, plisado, de color marrón. Se pone un cinturón de ancha hebilla. Abre la gaveta de la cómoda. Coge algo. La espalda vuelta contra el candelabro y el espejo, bebe agua a sorbitos irregulares, como si tomara aspirinas. Se echa vestida sobre la cama, con sus sandalias. Inmóvil. Tranquila. Cierra los ojos. Sonríe. ¿Se ha dormido? En la pieza de al lado, se oye el reloj.)

Esta obra fue escrita por Yannis Ritsos en Atenas, septiembre-diciembre de 1966, y en Samos, diciembre de 1971.