Nos creíamos capaces de todo. Pero ni él pudo evitar el final.
Guillermo Deheza Allport: ¿nunca conocieron a alguien así?: hermoso, vibrante, seguro, aplomado,
valiente, solidario, culto, memorioso, sagaz, tierno. ¿Seguro que no?, bueno, pero así era él.
—No me caben, se derraman fuera de mí tantas cualidades. Me sobra. Así como al cerebro le sobran
neuronas (sólo aprovechamos el diez por ciento), a mí me sobran virtudes, sobreabundancia que me permite
hacer, decir y obrar siempre, en cada ocasión, como se debe, comme il faut
—me dijo alguna vez, el muy desgraciado.
Yo soy un abogado, digamos, no exactamente exitoso. Miembro de número de un gran estudio, no me he
destacado en la profesión. A mis 42 años, sabía que no caería en mis manos ninguna cuenta millonaria.
Soy un buen abogado, pero sin el carisma, el aura, el brillo necesario para el triunfo. Él lo tenía.
Memoria asombrosa, simpatía: basta, era odioso.
Entonces, me propuso un negocio: abrir un estudio especializado en casos de corrupción (para defender a
los corruptos, obviamente).
Yo haría el trabajo de base, la rutina exigente, la búsqueda en biblioteca, la pista imposible, el
modelo de interconexión de causas-efectos que apoyara la argumentación.
Él aportaría contactos políticos, el ambiente de la Recoleta que yo desconocía, y, más aun, el de
San Isidro, que para mí —Jorge Colombitti— es tan lejano como inalcanzable. Y su enorme capacidad de
argumentación, la retórica llevada al grado máximo de excelencia. En un ambiente chato, en el que aun
abogados de talento insisten en fórmulas gastadas, en jergas al uso, Guillermo Deheza Allport aportaba
originalidad, potencia léxica, agudeza.
Primero fueron pequeños favores a gente de poder, devueltos con intereses en la ocasión menos pensada.
Un informe confidencial aquí, una escucha telefónica por allá. Una secretaria seducida hoy nos contará
secretos de su jefe mañana. Un regalo apropiado a la mujer del diputado ahora, y dentro de un año
visitaremos el dormitorio de la dama mientras el legislador anda de viaje por su provincia. Así iba
construyendo Guillermo su trama. Sólo una memoria prodigiosa —o una agenda impecable— podía
garantizarle saber qué mentira había dicho, a quién y cuándo.
Después, cosas más ominosas. Ocultar pruebas, plantarlas en otro lado, sobornar policías y jueces,
pagar periodistas, inventar rumores.
Yo me resistía a meterme en esa trama y me limitaba a aportar argumentos jurídicos o líneas de
discurso, a redactar escritos, elevar memos. Pero no pude evitar comprometerme cada día un poco más. Tuve,
alguna vez, que disculpar a Guillermo ante su mujer —sabiendo que retozaba en algún hotel— pretextando
reuniones de urgencia "en el Ministerio...". O simular que no estaba en el estudio, ante la
presencia de algún enojado ex cliente dispuesto a poner cosas en claro.
Una vez la policía irrumpió en mi domicilio con orden de allanamiento y me llevó detenido ante el juez
Iramagian, acusado de falsear documentación, robo calificado, amenaza, privación ilegítima de la
libertad, y diez delitos menores, incluyendo exhibiciones obscenas.
Mí único llamado permitido fue a Guillermo. "Calavera no chilla", me dijo el maldito. Al otro
día estaba en la calle, libre.
—Fue una broma —me dijo, con su mejor sonrisa. Una muestra de su creciente poder: inventó una causa,
plantó pruebas y me mandó ante el juez. Sólo para demostrarme su capacidad.
—Adiós —le dije—, no te banco más.
—Pero no seas bolas, Jorge. No te lo tomes así.
—Sos un inconsciente, no tenés idea del daño que me hiciste. Como mínimo soy el Boludo Mayor del
Foro Argentino.
Me convenció de seguir juntos. Más allá de la bronca que me dio su jugarreta, me demostró que era el
mejor. Y yo necesitaba ganar, alguna vez, estar del lado del mostrador donde se deciden los grandes
negocios. Llenarme los bolsillos, pagar la educación en universidades privadas para mis dos hijos, mudarme
al Country, cambiar el viejo Escort por una 4 x 4, ir a Europa una vez al año y al Caribe cada verano,
mostrarle a mi viejo que su hijo triunfaba, y a Mirtha que se había casado con el mejor de la barra. Fue mi
perdición.
Cuatro años duró la Gloria, así con mayúsculas. Acumulamos juicios ganados, procesamientos eludidos,
armamos campañas de prensa exitosas y, a cambio, ganamos cientos de miles de dólares, que invertíamos en
préstamos hipotecarios.
Pero era incorregible.
Lo encontré en la cama con Mirtha. Los asesiné mal, nunca fui buen tirador. Los hería y no terminaban
de morir. Guillermo argumentaba, hablaba, se disculpaba, me convencía, casi, mientras yo seguía
disparándole.
No tuve, luego, el coraje de matarme. Tan sólo me entregué y conseguí alguna disminución de la pena
mostrándome colaborador con la justicia, develando la trama secreta que yo, a la sombra de Guillermo,
ayudé a armar en esos años. Algo aprendí de él.