Letralia, Tierra de Letras - Edición Nº 20, del 17 de marzo de 1997

Sala de Ensayo

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El haikú: el universo en una gota de rocío

Ramón Iván Suárez Camaal

Para algunos escritores el universo cabe en una gota de rocío. También miran el infinito en los ojos de un gato cuando resplandecen en la noche. Así Jorge Luis Borges descubrió el Aleph, punto de confluencia de todos los sitios, y otro iluminado, José Lezama Lima, el Tokonoma.

De modo similar el haikú es una llave que nos permite acceder al ámbito donde el vacío ocupa la materia y el tiempo se detiene gracias al estado de iluminación poética que en tan breves límites se produce. Imaginemos los jardines Zen de Japón: unas pocas piedras, unos cuantos trazos, dos o tres árboles sugieren el vasto mundo. Frente a ellos podríamos decir:

Llega el haikú del milenario Japón y enraíza su bonsai en la lengua española. Conserva su carácter de miniatura —3 versos, 17 sílabas—. En ellos, la visión se ciega y habla con los otros sentidos: los del cuerpo y el alma transfigurados por el misterio en esta alquimia verbal y metafórica.

Hay aquí una riqueza sugestiva propia de los que sueñan despiertos: el sol es el brillo de las alas de la libélula; la cárcel, las manos que la atrapan; la tierra, el color de esas manos. Y la libélula pudiera ser la poesía que las manos persiguen vanamente. Asoman otras interpretaciones, tantas como lectores.

Fue Mastsuo Basho quien elevó esta género poético a su mayor altura, aunque hubo otros cultivadores no menos notables: Sokan, Buson, Issa, Shiki. Matsuo Bonefusa adoptó el seudónimo de Basho porque sus discípulos lo llamaron con el nombre de un árbol muy apreciado en Japón. Y bajo sus ramas atendieron sus lecciones de amor a la naturaleza. Los puedo imaginar caminando por el bosque detrás de su maestro o sentados en torno a él. De improviso una libélula se posa en un gajo, el más despierto de sus alumnos exclama:

A lo que el maestro responde: "¡No! ¡No!", y corrige:

Esto, porque la poesía torna ágil lo estático, vuelve hermoso lo cotidiano. El haikú crea, con una descripción concisa, cierto estado de ánimo. Evoca, a través de una imagen, todo un mundo de sugerencias, captura en el instante los atisbos de eternidad.

Octavio Paz, al comentar esta forma poética breve, asienta:

Ejemplifico:

Es la atmósfera espiritual, sin embargo, la dádiva del haikú al Occidente. Detener nuestra vertiginosa vida diaria para contemplar una flor que aroma la orilla de un estanque, armarnos de saludable paciencia para recorrer con los ojos del alma los hilos de la telaraña que se irisa con el sol mañanero, degustar la gota de miel de sus tres renglones. Qué remanso para nuestro vertiginoso vivir este prodigio de orfebrería verbal que nos legó Japón y aclimató en México el poeta modernista José Juan Tablada.

Escribir haikú apacigua. Para crearlos hay que ejercitar una aguda observación, paciencia y amor por plantas, animales y paisaje. La simplicidad rinde los mejores frutos; la metáfora debe emplearse moderadamente. Basho definió el haikú de este modo:

Es simplemente lo que está sucediendo en este lugar, en este momento.

Y en el momento en que escribía estas consideraciones bajó una mosca a la página llena de tachaduras, flechas, enmiendas y asertos. La mosca es un haikú viviente, ubicua criatura de la muerte y de la vida. Recordé uno de la escritora mexicana Gabriela Rábago Palafox:

Y encontré uno más de Shiki:

Escribir haikús es abandonarse a la contemplación: ver sin ver, estar presto a capturar una sensación, gozo franciscano de cantar a las criaturas de la creación, llegar al mundo por la escalera del vacío. Shiki, poeta más cercano a nuestro tiempo, aportó una serie de considerandos para los que cultivan este arte. Transcribo algunos:

Para los diletantes de la poesía o para los que apenas llegan a sus jardines son valiosos estos pétalos de la intuición. Pócima del ensueño, la tomamos a cuentagotas y aún así, su efecto es profundo, placentero. El que los escribe lanza esferas de jabón a los caminos del viento; el que los lee, persigue estas mariposas, estos colibríes de la palabra con el ánimo de dejarlos escapar. Apenas son el roce de unos labios en el cuerpo de la magia o polvo de luna que impregna los dedos y el espíritu.

No resisto la tentación de leerles algunos que salieron de mis manos y que sembré en la página:

El haikú no se agota con la primera lectura. Sirvan estos comentarios como una invitación a leerlos. A continuación transcribo algunos haikús de los niños y jóvenes del Taller Literario Syan Caan de Bacalar, quienes ofrecen así su florilegio de voces frescas.



       


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Depósito Legal: pp199602AR26 • ISSN: 1856-7983