Lo que me decía mi abuela

¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

Lo que me decía mi abuela

MI ABUELA siempre me decía:

que los mejores perros eran los criollos barcinos debido a su lealtad, honradez y sabiduría para cuidar las casas y ahuyentar a los ladrones;

que para conjurar a la lluvia el más eficaz método consistía en colocar en el patio dos cuchillos de plata formando una cruz;

que cada vez que, de noche, atravesaba el firmamento un cometa las plantas de cambur quedaban cubiertas de hereque y los frutos entonces se pasmaban;

que tuviera cuidado extremo con los enanos de los circos porque ellos se especializaban en secuestrar niños que luego vendían en la frontera a las bandas de pordioseros;

que ella nunca aprendió a leer ni a escribir, pero cuando hablaba con las personas éstas quedaban maravilladas por su excelente dicción y sintaxis adquiridas en su niñez escuchando el rumor de los riachuelos donde se lavaba el pelo;

que era muy peligroso quedarse dormido bajo un árbol de tamarindo porque el hálito de esa planta hinchaba exageradamente a cualquiera que se atreviera a descansar al amparo de su sombra maligna;

que cuando había tormenta se hacía necesario tapar los espejos con gruesas sábanas para evitar que los diablos proyectaran sus imágenes sobre las superficies lustrosas;

que al escucharse el triste canto de la pavita sobre alguna rama cercana esto indicaba que alguien en los alrededores iba a morir;

que resultaba muy conveniente para la buena circulación de la sangre comer en ayunas un pedazo de queso blanco y duro acompañado de un trozo de papelón;

que debajo del fogón de la cocina habitaba un viejo duende que le contaba fascinantes historias de lejanas tierras, pero ella tenía prohibido relatarlas a otras personas;

que nunca se le debía disparar con revólver a una serpiente porque entonces se ponía erecta y comenzaba a lanzar chorros de veneno que enceguecían;

que si uno se hería con un clavo oxidado había que hervir rápidamente virutas de hierro con orín y tomarse esa cocción en tres porciones mientras se mantenían los ojos cerrados;

que cuando un sapo penetraba a la casa no se debía molestarlo, sino que más bien había que procurar que se alojara en un fresco rincón y así el croaría atrayendo la buena fortuna;

que los locos eran los seres humanos más inteligentes porque podían hablar con las paredes, con la lluvia, con las estrellas y con las nubes y sólo se alimentaban con el rocío y con hojas de yerbabuena;

que las chicharras tenían la capacidad de transformarse en corteza de árbol unas horas antes de que sucediera un terremoto;

que al dejar caer unos cubiertos dentro de una jofaina de porcelana se emitían unos sonidos en clave, cuyo significado sólo podía descifrar una viuda de veinte años;

que en la oscuridad de la cocina se reunían las ratas a planificar sus fechorías y resultaba fácil desbaratar sus planes golpeando un caldero de cobre;

que a perpetuidad había que tener en la casa palomas en jaulas porque ellas atraían con sus zureos a las ondas de la magnanimidad y la bienaventuranza;

que a medianoche los gatos se enmascaraban y rondaban por los tejados en busca de almas en pena para rasguñarlas y hacerlas sufrir aún más;

que había que tener sumo cuidado en plenilunio y evitar que la luz fría del satélite se colara hasta donde uno estuviera durmiendo, ya que causaba imbecilidad permanente;

que si por casualidad alguien se topaba con un perro rabioso no había que salir huyendo, sino que se tenía que mirar fijamente a los ojos del can, mientras se retrocedía con calculada lentitud hasta que esto desconcertaba por completo al animal y lo obligaba a revolcarse en el suelo;

que era improcedente acumular pedazos de telas en los armarios y cajones, ya que con el tiempo producían ratones devastadores de múltiples coloraciones;

que cuando una centella caía en el patio, al siguiente día, muy temprano, había que cavar hasta dar con su cabeza de platino;

que con la borra del café se podía predecir el futuro si se esparcía encima de una mesa donde hubiese yacido un fantasma;

que al elegir a un felino para que jugara con los niños se debía escoger al que presentara el pelaje más terso y amarillo, característica que simbolizaba docilidad y obediencia;

que valía la pena sobarle la giba a un jorobado si esto iba acompañado con una sincera plegaria para que ocurrieran hechos prodigiosos;

que las hormigas a veces se desviaban de su consabido camino y se internaban en los laberintos domésticos donde esperaban encontrar manjares olvidados;

que todavía existían brujas y que se congregaban sobre las copas de los árboles de aquellos patios signados por insondables amenazas;

que durante los eclipses los novios debían evitar tocarse, so pena de llenarse los cuerpos de lunares;

que el agua de mar recogida en Jueves Santo nunca se corrompía y que servía además para curar todas las llagas y supuraciones;

que el eco en las habitaciones era nefasto, pues podía sobresaltar a los durmientes a la hora de los sueños más esperados;

que les tenía gran cariño a los grillos y a los saltamontes porque le habían enseñado el arte de las adivinanzas cuando era muy niña;

que conocía la llegada del incipiente otoño tropical no por la caída de las hojas, sino por el crujido de los troncos al mediodía;

que unas tijeras guardadas dentro del abdomen de un frasco con figura de sirena brillaban, a intervalos, mientras la brisa mecía las cortinas de las ventanas;

que el tiempo no transcurría al borde de los estanques, en cuyo interior dormitaban unos seres muy parecidos a bagres, sólo que más enormes y más grotescos;

que resultaba muy difícil cruzar a una iguana con un camaleón debido a sus disímiles horarios para la siesta;

que en cualquier lugar había pepitas de oro, pero únicamente podían encontrarlas aquellos individuos que no se proponían obtenerlas;

que el azogue mataba la concupiscencia de los caballos al no más olerlo;

que los “turcos” eran capaces de cargar enormes maletas repletas de ropa sobre sus cabezas debido a que desde pequeños dormían patas arriba;

que las sombras de los difuntos se paseaban por sus antiguas moradas con nuevas demandas que arrastraban pesadamente;

que en las vetustas fotografías en grupos cada cierto tiempo aparecían desconocidos que nadie lograba identificar;

que para hacer huir de la casa a algún visitante indeseable bastaba con colocar una escoba dañada detrás de una puerta y en cuestión de minutos el fulano se marchaba urgido por un inexplicable apuro;

que existían dos tipos de ceguera: la inducida por medio de malas artes y la provocada por la avaricia y la estolidez;

que lo mejor para hacer crecer el cabello y mantenerlo brillante era lavarlo con una papilla de aguacates maduros macerados, puesta al sereno y orientada hacia la estrella polar;

que los monos eran niños que nunca crecieron por falta de educación, pero que anhelaban reivindicarse sin lograr la vía para ello;

que era harto peligroso para un impúber jugar solo con barajas españolas debido a las habituales guerras entre los reyes;

que al saborear una sustancia amarga había que contar rápidamente hasta treinta y tres y de esta manera el amargor se tornaba en dulzura;

que los maníes habían sido domesticados por un pueblo que se figuraba que era original;

que para trenzar hilos convenía antes haber comido opíparamente, ya que de esta guisa se evitaba que los hilos se enredaran;

que el elogio a las mujeres feas era de difícil comprobación;

que las fiebres continuas en un profeta indicaban un retraso en las marchas de las deformaciones;

que no valía la pena recordar a los mártires, pues al final se descubría que todavía andaban con vida y divirtiéndose;

que con las mejillas sonrosadas se podía engañar al carnicero y obtener de él una rebaja en los precios de los solomos;

que las notas y comentarios de los antiguos textos a menudo se veían interrumpidos por la imprevista caída de una velluda araña del techo;

que quien solía ganar la lotería recibía un diploma honorífico para que no olvidara cuánto dinero había gastado antes;

que nunca vio en la realidad un árbol de manzanas, mas en sueños trepó muchas veces a uno y se hartó de frutos rojos y gustosos;

que con la mitad de lo que costaba una calabaza se podía adquirir tres cuartos de gallina y una vela de sebo;

que la piedad cuando era verdadera oprimía el corazón;

que si se abría un pozo para cazar animales pronto se descubría que quien primero caía dentro de él era el propio cavador;

que en los umbrales se veían reflejos de los mundos subterráneos;

que quien fallecía súbitamente lo hacía a regañadientes y por eso se le continuaba viendo recostado contra los portales;

que en el interior de los agujeros moraban los más increíbles y diminutos seres: desde gallos volátiles hasta babosas sin músculos;

que la cebolla hace llorar porque recuerda a sus parientes tempranamente fallecidos;

que tras las barandas se escondían hombres con caras de peces entrecruzados;

que si se hacía un viaje con cadenas de hierro en los pies se atraían a muchos lobos;

que al derramarse el licor en el suelo se corría el riesgo de perder la cordura;

que dos rivales en extremos opuestos llegaban a provocar la polarización del suministro de víveres;

que las hierbas les servían de camuflaje a las mariposas, a duras penas, durante los años de grandes sequías;

que la boca abierta enseña los dientes, pero también los atisbos de una caries anunciada;

que los cicateros poseen escamas y garras para defenderse a sus anchas de los actores listos;

que los bandoleros se abrazan cuando van a partir y descubren la bondad en la mitad de sus rostros ahítos de tertulia;

que los tontos reposan sobre las parrillas sin prever que todavía no alcanzan la perfección;

que viajar a pie es la más excelsa experiencia que se pueda disfrutar, sobre todo si se va calzado con zapatos de lona que marchen hacia atrás;

que las aves también pueden parir mellizos, aunque luego quedan aturdidas y oyendo campanillas;

que un sol rojo es una rueda que se desplaza con la sangre cocida al vapor;

que un cuerpo desnudo sobre una meseta de cebada constituye la máxima manifestación de lo obvio;

que a los verdaderos anonimatos no los cubre la tierra ni los aplacan las sanguijuelas;

que las hierbas trepadoras se asoman por encima de las paredes para probar si pueden atisbar hechos fortuitos;

que los garfios se desanclan guardados en el interior de cobertizos de paja;

que donde no se puedan encontrar palabras para manifestar los misterios del día era más adecuado no insistir y permitir que lo imparcial se expresase;

que en el primer mes de una estación existía la tendencia a ignorarlo todo y a aplicarse en un desvarío sin ilusión;

que la música voluptuosa arrastra al viento hasta más allá del confín donde las aves se transforman en vibraciones compactas.

Lo que me decía mi abuela