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Aldabas

Texto y fotografía: Wilfredo Carrizales

Aldabas

A las puertas damos golpes con ellas y si no hay puertas, las inventamos
y despertamos a los que moran en soledad y semejan llevar una vida
distraída de peligros y trabajos y entonces los muros pueden abrirse
para señalar la eternidad de un duelo y seguir con el favor de las cosas.
Las aldabadas hieren las maderas y cifran los tiempos para corromper al cielo
y hacen que los perros busquen refugio lejos de los portales
con el miedo en los hocicos y su ley de vértigo guindando en las colas.
Somos pecadores y con las aldabas provocamos retumbos
sobre las pieles donde ebrias se tienden las xilografías
que señalan la verticalidad de las entradas de las casas.
Aldabeamos temprano para que todo encaje
en los signos que se encienden con el paso de las idolatrías
bajo las camas, a la sombra de un ocio casi perfecto.
Sujeto a la puerta principal a veces un aldabón
grita su origen en algún hierro que suena tenso en la oquedad
y el eco se va yendo lejos, suspendido en la arista de una leve tormenta.
En otras ocasiones suele haber picaportes, pero éstos son nombres quebrados
que carecen de fuerza para sustituir a las aldabas.
Las aldabas no gimen, más bien se agitan con compases
para llenar los espacios de expectativas y anuncios
y por ello las golondrinas vuelan a su alrededor como espejismos deshabitados.
Y en los atardeceres los pestillos prometen fastos
que las aldabas encuentran sin avanzar
y entre dos bostezos de un extraño huésped
un talismán del tamaño del bronce se presenta y tatúa unas estrías.
No concurren a las aldabas los inútiles pájaros,
ni los pedigüeños que preservan su honor.
Una aldaba permanece retiñendo en lo que resta de noche.
Otra aldaba se sacude la modorra y anuncia el legado de la campana.
Una aldaba más se desprende del hábito ceremonioso y se libera.
De puerta a puerta las aldabas se cuentan historias y cuitas;
también se interrogan: ¿para qué somos? ¿Y hasta cuándo? ¿Y con quién?
Hay días en que las aldabas no están
y entonces las premuras por golpetear las puertas se desvanecen
y sólo perdura un sordo olor de carcoma y humedad.
Desde los umbrales las aldabas proponen develar los secretos
estancados en los costados de las puertas
y luego ellas piensan que emigran hasta inalcanzables molduras
que al final no son más que desgarramientos de sus venas.
Si se logra mirar a las aldabas golpeándose a sí mismas
al borde de pesadumbres, será que ningún consuelo
embellece ya las ceremonias del ruido
que antes latían sin fatalidad dentro del contorno baldado.