Se sube Beckett a la cola del pez con su voz trágica para procurar rebasar la situación límite de su condición de hombre dramático. Espera irremediablemente a Godot para resolver los enigmas salvajes y breves de nuestro tiempo. Con la memoria y el olvido nos sugiere campos de reflexión. También sueños de la evasión para que salgan expulsados de nosotros en busca de un horizonte que nunca se encuentra.
Beckett desde la cola del pez regresa, previsiblemente, hacia las ciudades donde descansan los perros y atisba de una rápida mirada las chimeneas que encarnan la ignorancia, consustanciada con las verdades que se derrumban. La vida se vuelve un naufragio, una prolongada cuestión del sabor que se precipita hacia su confín. Beckett no está fatigado, pero la enfermedad engorda el sistema bienpensante y entonces apela a un exilio que lo transforme en un auténtico pretendiente del mundo. Son otras las ilusiones que lo alienan y que nombran un santuario de sucesivas siquiatrías.
Él podría ser un personaje de sus propias piezas teatrales. Pronunciarse acerca de la indisposición de la catalepsia, presionar con eficacia a la beatitud de una estética enervante, conducir hacia las inaccesibles consagraciones de lo invisible. En relación dialéctica marcharía en pos de la muerte que lo inmovilizaría con su intrascendencia y su prisión de méritos fundamentales. Sus músculos y sus nervios no se postrarían ante el espectáculo de los privilegios inactivos.
No podemos hacer nada para particularizar a ese hombre llamado Samuel, apellidado Beckett. Si nos permitiera hablar en su presencia diríamos vaguedades. Es mejor no decir nada, que las palabras sean de otros. Yo por lo tanto no me obligo ni siquiera a farfullar, no sea que me dispense un descubrimiento de mí mismo que ponga en peligro mi sed de aprender de él.
¿Cómo sería todo si él no hubiera arribado? El mal habría quedado sin exprimir, sometido a la nula contrariedad de subir. La matriz de una prosa suntuosa derivaría hacia la pasividad en las acciones, la conversión de los géneros en unos productos poco condensados y en una epopeya masturbatoria que jalonaría los pasajes del desconcierto de los observadores.
Trajo Beckett sus libros y los arrojó sobre la mesa de trabajo. Se crispó al sentirse en posesión de una materia catártica y sus precedentes sicodramas se reprodujeron en la apariencia de un demonio poseído.
Ya lo vemos ilustrarse dentro de la metamorfosis y exaltar las pasiones que se acumulan en el ámbito que los humanos ocupan a porfía. Nos imaginamos el resultado de su estilo en una imagen resumida de la vida entera. El deseo es lo menos que se evidencia, mas la sombra de la deliberada partida nos contagia el milagro y la falsa bonhomía del ser en su solitaria comunicación.
Hay que arrostrar la insistencia en la virtud de la sublimación de las pasiones y en la pobreza de la conciencia cuando quiere atormentarnos con una expresión que constituya el golpe de fuerza de una poética signada por la arbitrariedad. Beckett eleva la voz para que lo entiendan. Se sospecha mensajero de la indiferencia que elige como dicha. Se le nota la posibilidad de envejecer y de ser humilde por más que el poder de su verbo se imponga para que los actos desquiciados de los hombres no cesen de acontecer.
Me insinúa Beckett un descenso hacia la región donde los ensayos se convierten en cosas neutras. La deformidad de las palabras libres, allí, por convicción, se tumba encima de una ausencia de tiempo y distancia. Allá, en aquel fatuo morir, el fin atiende a sus bellas horas.
Beckett innombra a las historias, las desasiste de las certezas que las mantienen. Si él fuera un moribundo encontraría la cama perfecta sobre la superficie que degradaría su interés. Su encubierta insania decoraría con oscuros colores a la entrada del porvenir. La existencia oprime a los seres y les impone su impureza de propósitos. Las figuras antiguas se acercan y se tornan contemporáneas, fantasmas sin sustancias, imágenes mecánicas que pugnan por ocupar los vacíos.
¿Habrá otro Beckett más incesante, más interminable, más enhiesto en su intimidad traversa? De pronto, en un día como éste, devendrá en ángel. Como un yo de plenitud malvada. Desde su ángulo enarbolará el argumento de la vida perdida, de los momentos eternos que saltaron al interior del subconsciente.
Beckett mira por encima de los muros y después afirma: “Yo cierro los ojos para no dormir de ninguna manera. Así aprecio mejor los cerramientos, las mentiras que reviran sin reposo”. En el aura plena de las noches, él resucita como un guijarro en medio de las fuentes citadinas. Lo absurdo marca su revuelta y su nihilismo no se jubila, a pesar de la trágica sabiduría que porta. Él canta para llegar al fondo del Dios elemental. La razón no le vacila y en su ritmo cotidiano sostiene la escena insoportable de los injustos corazones serenos.
Samuel Beckett, héroe de su fingida heroicidad, se agita e intenta lograr la emancipación. También demora en la preparación gris del ambiente con pinceles que capitanean las ansias de extranjerías: ¿inertes herramientas de la contradicción?
Todo ha acontecido y Beckett viaja en la cola del pez. Con sentimiento profundo se confía al Diablo y a su entorno. Anhela tomar el tren de la fe dramática, pero asevera que los porqués poseen su envés y resulta una más adecuada tachadura en el alma humana la penetración en el simbolismo de su locura.