El conejo siente la indignidad entre los guijarros sumergidos:
Lo acompaña la niebla que cuelga de una ventana,
La fundación de un edificio para una historia sin armonía
Y la cabeza de un dios que protege a los muertos con el puño en alto.
En el cristal del agua se rompen los ruidos
De máquinas cercanas que sacuden las pesadillas
Y las ausencias y los sollozos de extintas escarchas.
El poema se refleja y se descifra en la esfera
De quienes lo miran con rostros de leyendas
Y se sienten atraídos hacia adentro,
Hacia la caída de la memoria en su violación de fronteras.
Ya cuesta poco ceñirse a los balbuceos de la luz
Y todo cuanto especula se pierde rápidamente
En la fisura que el yo exhala con dubitación.
En las pupilas otro conejo atisba
Y su tentación de inmortalidad concede una prueba
Y se evidencia que no hay trampa en su encrucijada
De líquido rastro y entonces el mundo puede finalizar
En la escena de un resplandor que revierte la intemperie.
El dios protector de semblante de fuego
Pulveriza los desvíos y en forma por demás sigilosa
Roza los temores de las entrañas.
Un espejo móvil nos lleva al subsuelo
Y en el remolino que nos espera precipita nuestras visiones
En la soluble claridad de los sueños que se exhuman
Para colmarse de hidrografías de epidermis
En las respuestas que perpetúan los oráculos
Bajo la travesía incierta del alféizar de la ventana.
II
Con fe de desvalido roedor, el conejo, ya trastocado,
Humedecido por el vértigo de las algas
Preexistentes de la jofaina,
Intenta desmantelar su alma y la urdimbre de sus miedos.
Él desea copiar el desorden que avista en el cielo,
Pero una bruma de lentejuelas le ajusta una llaga que fosforece.
No cualquier animal posee su diluvio doméstico
Y puede probar su atadura y el salmo de los trozos.
Sonrisueño reverbera en su óptica
Y el crepúsculo le depara un vacío que repercute
En la simpatía de las estrecheces
Que nunca terminan de tenderse.
El poema se sabe inmerso en un bautismo
Tan turbio que imanta la sed de los observantes.
Del otro lado (¿será un lugar pronto ubicable?)
Una realidad se manifiesta con repentinos visajes
Y la imperceptibilidad de las cosas
Toca el fondo donde se adulteran las imágenes
Que no se mojan.
El tiempo roe los bordes de las apariencias
Y se adhiere al ingenuo sollozo del lepórido.
La esfinge que acaba por atraer la lluvia
Proclama la autoridad sobre el poema
Y lo arrastra hasta sus leyes de inciensos y ritos.
Acaso luego se agrietan los maleficios,
Pero los fulgores seguirán flotando en el agua
Insistente de las acostumbradas alertas
Y el conejo se verá expuesto
A probar que su alma, recodo de idolatría,
Se repite entre los guijarros e incomprensiblemente
Le disputa al poema el eco de los vocablos atajados.