Leonora Carrington se fue en una corriente violácea
Texto y dibujo: Wilfredo Carrizales
Leonora Carrington vio el almanaque y comprobó que ese día era el vigésimo sexto del mes de mayo. Aunque se había prometido llegar a su propio centenario, irse con la corriente violácea resultaba mucho más importante, habida cuenta de que tal cauce sólo aparecía cada mil años. Así que se sentó en un peldaño de la escalinata, abrió los ojos con decisión y alegría, puso sus manos sobre sus muslos y se dejó llevar por la correntada magenta que en pocos minutos había ascendido por los escalones. Su cabellera iba más alborotada que nunca. Leonora ladeó un poco la cabeza hacia la derecha y sintió infinita complacencia al comprobar que máscaras y seres míticos habían venido a despedirla. Hasta las piedras del muro de la izquierda habían cambiado de color en su homenaje.
Cuando la corriente violácea concluyó su largo, pero rápido viaje, depositó a Leonora Carrington dentro de una oquedad amplia que tenía todas las características de ser una cueva. Ella despertó tras breves instantes y se percató de que estaba tendida sobre un colchón de paja y de que su cuerpo estaba teñido de morado. A su lado un hombre azul la escrutaba con minuciosidad, mientras un grupo de sayones con capuchas negras y pesados crucifijos rezaban y daban vueltas alrededor de la cama. Leonora enfrentó al hombre azul y sus miradas entablaron un duelo quizá duradero, del cual ella salió victoriosa y él cayó de la cama entre las carcajadas de los sayones. Sin desviar la mirada, pero viendo una que otra vez de soslayo, ella descubrió que algunos de sus animales favoritos también estaban allí: la danta-foca, el perro con cara de león, la boa enana, el chacal viejo que caminaba en dos patas y con bastones y la cotorra de perpetuo vuelo. El sayón más alto y quien sostenía un jarrón en equilibrio sobre su cabeza se acercó por detrás a Leonora y le puso su mano negra encima de un hombro. Ella se sobresaltó un poco, mas mantuvo su presencia de ánimo. El sayón le preguntó: “¿Qué has hecho en vida para merecer este lugar?”. Todos los animales protestaron emitiendo sus respectivos sonidos. Leonora, sin cambiar de posición, y zafándose de la zarpa oscura, comenzó a hablar:
“Para mí estar perpleja fue siempre una delicia. Yo me revelaba a través del sonido visual de tambores que llegaron a ser tan familiares para mí que se convirtieron en obras prolíficas. Crucé los procesos de la alquimia y en ellos me reconocí. No eludí acercarme a los límites de la transmutación y la destilación. Vivía como en una pantalla de cinemascope. ¡Ah, cuánto aprendí de mi amado Max Ernst! Juntos creamos prevalecientes atmósferas repletas de misterio y de inescrutable fantasía o realidad. Who know it?... Los cuentos de hadas reforzaron mi interés por los estados alquímicos y los temas esotéricos se incorporaron a mi espíritu como un repertorio grande y elocuente. Con los surrealistas pude indagar en los cadáveres exquisitos y en la técnica del frottage...”.
El sayón mayor separa los dedos de su mano siniestra y trata de trabarlos en la cabellera de Leonora. Los animales rugen al unísono, pero es la encendida melena de ella la que aparta la inquisidora garra del sayón. Éste interroga de nuevo: “¿Tú construiste un mundo delirante basado en la omisión y la inclusión, en la expansión y la contracción?”.
Leonora se incorpora un poco para estar más cómoda. Una mínima nebulosa se aviene a ella y Leonora le permite revolotear un tiempo inaccesible, luego dice:
“Me veo en un amplio jardín con arbustos enanos. Yo estoy fabricando una enorme mansión con mis pinceles. La mansión tendrá tres torres: una central y dos laterales. Sus paredes empiezo a pintarlas de verde, un verde en todo igual al de los arbustos y luego las voy rematando de un color ocre desleído para que semejen colinas adheridas al horizonte. Mientras pinto, mi alter ego, vestida con una toga casi transparente, corre por los senderos del jardín y una jauría de perros pardos (que de improviso y por breves momentos se transforma en un corro de brujas) trota alocada y vertiginosamente. Imagino que detrás de la casa habrá un pequeño lago con su respectiva isla. No lo puedo asegurar, mas los gritos de retozo que llegan hasta mis oídos me indican que algunas doncellas desconocidas están bañándose entre las aguas del lago. De pronto, escucho ladridos lastimeros de los perros y esto me resulta sumamente extraño. Detengo mi labor y me aproximo a indagar. Un hombre de una exagerada flacura está azuzando a su mujer-lince para que ataque a los canes. La mujer-lince duda una fracción de segundos y eso la pierde. Le lanzo uno de mis pinceles y cae atravesada en el pecho por él. El hombre enjuto opta por arrastrarse debajo de los arbustos y se esfuma. Los perros y mi alter ego salen de escena, se apagan los clamores de júbilo en el lago y yo continúo edificando la mansión antes de que anochezca, porque no sé cómo encender una hoguera para proseguir la faena...”.
Los animales no caben en sí de tanta exultación que les produjo la historia o visión de Leonora. Los sayones rezongan y murmuran; algunos se santiguan. El que funge de adalid se rasca toscamente la cabeza y con brusquedad encara a Leonora: “¿Tu misticismo derivó hacia prácticas paranormales o acaso fue que tu imaginación se desbordó en dirección de las influencias de la brujería?”.
Leonora bosteza, se ajusta el resorte de sus pantalones y se esfuerza por celebrar una comunión entre su memoria y el sinsentido. Todas las preguntas le parecen macabras, herencia de la atávica estupidez de los encapuchados. Sin embargo, ella decide continuar el juego y señala:
“Un veredicto venido de quién sabe dónde me asignó la custodia de figuras míticas para que yo las alimentara con plata, óleo y yeso y así convivieron conmigo dos bailarines. El bailarín uno, con su rostro de jabalí satisfecho y corpulento cuerpo, danzaba sobre el estrado con una ligereza, ¿cómo llamarla?, insólita, perfectamente aparatosa, pues con sus dos delicadas patas sabía imprimirle a sus movimientos la belleza más sublime. El bailarín dos poseía un cuerpo cubierto de plumas blancas y una larga cola que superaba en amplitud y largura a la del pavo real; con sus cuatro brazos podía realizar las más extravagantes contorsiones, mientras sus tres ojos-peces se movían sin cesar encima de su cabeza de ave de presa. Solía terminar su danza apoyándose en un solo pie, mientras el otro era izado hasta formar un ángulo recto y los brazos creaban un círculo doble y de la boca del bailarín emergía una flor roja de larguísimo pedúnculo que emanaba un perfume, caro y prohibitivo para las muchedumbres...”.
Los sayones se miran entre sí con ironía y ensayan una burla que se extravía en la nada. Leonora respira hondo y luego expulsa el aire acumulado en los pulmones con una calculada impetuosidad. Los sayones se tambalean y entonces el jefe de ellos toma la palabra. “Te crees muy lista, ¿verdad? ¿Por qué tu casa siempre estaba rodeada de vapores variopintos, de humores desconcertantes, de fluidos hipotéticos que no hacían más que perturbar la tranquilidad del vecindario?”.
Leonora custodia con sumo cuidado su actividad mental. De inmediato libera a su lengua para que se explaye a sus anchas. “La fuerza de mi instinto es de naturaleza fáunica. Yo fenecía cada noche para renacer con la luz del día y el mundo lo observaba como a través de cristales coloreados por la aurora. Mi destino estaba comisionado para recibir un instrumental prodigioso. Creía a pie juntillas en el sacramento de los arcanos. Evocaba, página a página, los sucesos acaecidos en el Medioevo o en la antigua Grecia. Visité Minos innumerables veces hasta que en una ocasión un suceso por demás extraordinario se escenificó ante mí para que yo lo plasmara en un lienzo. Encima de una peana que se movía automáticamente combatían a muerte, por la posesión de una viva pieza de cerámica con forma de ganso de múltiples pupilas, un lobo horrendo de larguísima pelambre y un dragón de piel marfileña y alas de hojaldre. Debajo de la tarima un cancerbero cercenaba a dentelladas la cabeza de oro del minotauro. En lo alto de la plataforma, un coro de ángeles-sólo-testas no hacía sino lamentarse sin interrupción, con un ulular horrísono. Abandoné de prisa aquel lugar, conmovida, y me refugié en una pobre pensión para meditar sobre el significado abstruso de la contemplada alegoría y hasta que no concreté sobre una tela el acontecimiento no dormí ni siquiera un minuto...”.
A semejanza de una telaraña los sayones unieron sus extremidades para atrapar a Leonora. Empero el perro con cara de león saltó encima de la caterva de sayones y los hizo retroceder hasta la entrada de la caverna. Allí, todos, temerosos, no daban crédito al enorme poderío del can que los había expulsado con poco esfuerzo. Los sayones empezaron a debatir si penetrar de nuevo a la gruta y obligar a Leonora a reconocer que siempre se entregó a las más absurdas divagaciones o retirarse como si hubieran vencido. Al fin se pusieron de acuerdo y, al unísono, dijeron: “Aceptamos sin chistar tus prodigios, pero dinos al menos a cuál pueblo, raza o etnia perteneces”.
Leonora se pavoneó un rato para fastidiarlos e incordiarlos con impertinencias. Luego les habló en alta y clara voz: “Soy miembro de la comunidad de la gente blanca de la región de Tuatha. Ellos sólo se alimentan de potajes de cereales y frutas purpuradas, a pesar de que crían muchas gallinas y vacas. Sus cuerpos son tan traslúcidos que cuando comen juntos en la misma mesa no se distingue otra cosa que intermitentes destellos. En algunos lances sacan de sus axilas unos globos de luz y los elevan por encima de sus cabezas para que sirvan de faroles o luminarias. Yo me he permitido desentrañar su microcosmos y puedo asegurar que cabe dentro de la cavidad de un huevo. He compartido con ellos el espectáculo de una luna llena rosada que ha bajado bruscamente a beber agua de los pozos. Mi curiosidad innata me instigó a recoger la sustancia que rezumó la luna y a rellenar con ella mis propias insatisfacciones.
La gente blanca de la región de Tuatha siempre está de pie y en los escasos minutos que usa para alimentarse lo hace sentándose encima de terneros de un albo pelaje. Ellos no se casan, mas sin cesar su población crece de manera inexplicable. El principal foco de su vida es una piedra rectangular a la cual adoran hasta la locura. En las pocas estaciones que comparto con ellos me prodigan con dulcísimas granadas traídas de un jardín en permanente transformación...”.
Al llegar a este punto los sayones iniciaron una extensa serie de improperios y maldiciones, por lo que al chacal no le quedó más alternativa que emprenderla a bastonazos contra ellos hasta lograr ponerlos en fuga mientras daban gemidos que movían a la lástima. El resto de los animales invitó a Leonora a salir de la cueva. Ya fuera del recinto de piedra, ella contempló maravillada que el exterior de la caverna era una ciudad tallada donde se distinguían portales, columnas, escalinatas y plataformas. Al pie de la explanada de la puerta principal una manada de caballos carmesíes, ocres, rucios y zainos pastaba en calma y aguardaba su mensaje. Un ejército de figurillas oscuras hacía guardia con lanzas y alabardas en los accesos de la incipiente urbe y unos carros de guerra con catapultas eran conducidos a lo alto de las atalayas. Algún ser le trajo a Leonora un alto sitial con respaldo de conchas marinas. Ella tomó asiento, saludó con un gesto a los concurrentes y aspiró la nueva y pura atmósfera, en tanto que un globo gigante era encumbrado por dos lechuzas y de él se desprendía una luminosidad que daba inicio a un remozado ciclo.