Una tarde lluviosa me encontraba curioseando por el armario vetusto de mi abuelo. A la sazón tendría yo ocho o nueve años. Aprovechando que el abuelo estaba ausente y que la abuela dormía me dediqué a registrar en el interior del mueble en busca de libros allí escondidos. Los encontré amontonados en un rincón y los saqué a la luz de la linterna. Había obras de Marx, Julio Verne, Víctor Hugo, Volney y algunos ejemplares de la Biblioteca Popular de Autores Venezolanos. Me fijé en uno cuyo título era Poemas y traducciones de Juan Antonio Pérez Bonalde. Me senté en el piso y comencé a hojear el ejemplar. “Vuelta a la patria” me fastidió y pasé a la sección de traducciones. Me topé por primera vez con el nombre de Edgar Allan Poe y su poema “El cuervo”. Quedé fascinado con el título, pues nunca antes había leído nada acerca de esa ave y tampoco había la posibilidad de observarla porque en nuestro país no existía. El pájaro más cercano a la apariencia del cuervo visto por mí era uno al cual llamábamos “tordito” y que nos picoteaba y arrancaba los cabellos cuando atravesábamos la plaza de mi pueblo. Así que con gran excitación comencé a leer el poema traducido. Mientras avanzaba en la lectura un temor empezó a apoderarse de mí, pero también el acicate de saber cómo concluiría la composición. Al terminar de devorar el poema una sensación de pesadumbre, angustia e incertidumbre llenaba mi espíritu. Metí de nuevo los libros en su lugar remoto y me llevé a mi casa el ejemplar de Pérez Bonalde para releerlo con más calma y diferente estado de ánimo en una posterior ocasión. Por las noches recordaba un fragmento del poema: “...La ventana abrí —y con rítmico aleteo y garbo extraño / entró un cuervo majestuoso de la sacra edad de antaño” y la sentencia varias veces repetida “¡Nunca más!”. El libro permaneció olvidado durante mucho tiempo en mi biblioteca hasta que ya en cuarto año de bachillerato y con un nivel bastante bueno de inglés lo volví a sacar y lo comparé con la versión original de Poe. Aunque se diga que la versión al español de Pérez Bonalde es la mejor, a mí me gustó más la del peruano Felipe G. Cazeneuve, tal vez por ser más literal. Poder leer “El cuervo” en el inglés arcaico de Edgar Allan Poe asimismo me deparó un placer inefable y me dejó la eterna curiosidad y el interés por esa ave tan inteligente, ladina y, acaso, misteriosa.
Más o menos por la época cuando concluía el bachillerato pude ver en la Cinemateca Nacional en Caracas el filme del director Lew Landers, El cuervo, basado en un fragmento del poema y que constituye un homenaje a Poe. La silueta del ave negra proyectada sobre la pared del cirujano Richard Vollin (magistralmente interpretado por Béla Lugosi) es inolvidable y recurrente en mi memoria. También la perfecta actuación de Boris Karloff en el papel del delincuente Edmond Bateman y su rostro deformado son la manifestación expresionista de una película que hubiese, tal vez, agradado al mismo Edgar Allan Poe. “A veces, sólo a veces, el cuervo puede traer de vuelta el alma para enmendar el mal”, se afirma en el filme.
En el apartamento donde vivo ahora ya no puedo contemplar a los cuervos en su regreso, al caer la tarde, a sus árboles donde pasarán la noche. Antes vivía en un departamento ubicado frente a la avenida Chang An, la más larga de Peking. Desde el balcón observaba con cierto arrobo la vuelta de las bandadas de cuervos entre graznidos y aleteos pausados. Algunas veces bajaba de prisa por las escalinatas, ganaba la avenida y me dedicaba a seguir a los cuervos hasta sus numerosos dormitorios vegetales (altos y robustos álamos blancos) situados a ambos lados de la arteria principal de la capital. El piso debajo de los árboles siempre estaba cubierto de una costra blanca, remanente de las deposiciones nocturnas de las aves. Las copas de los árboles eran un único crocitar por largos momentos hasta que la oscuridad cerraba los picos y los cuervos se sumían en el anonimato de cada noche.
Otras veces, especialmente los fines de semana, aguardaba el ocaso sentado en un banco radicado al pie de la Torre de la Campana y desde allí, embelesado, veía pasar a los cuervos envueltos en el rosicler, ora silenciosos, ora ruidosos y aprensivos. Fue en una de esas ocasiones, cuando ya la noche había recuperado sus fueros, en que me metí por un callejón y me di de bruces con un hombre que llevaba en una jaula a un hermoso cuervo macho. Le pregunté cómo lo había conseguido y me dijo que lo había criado desde pequeño. Le pedí permiso para tomarle unas fotografías y lo sacó de la jaula. El cuervo graznó quedo y se puso a dar unos pasos frente a mí. Parecía que me estaba reconociendo y yo le aseveré que “¡Nunca más!” lo había olvidado. Se comenzó a aglomerar un gentío y le comenté al hombre: “Aquí están, como cuervos congregados”. El hombre rió y mostró sus dientes deformes y amarillentos. La gente aludió al paso del cuervo y al paso de la noche. Antes de retirarme le di las gracias al hombre por permitirme hacer migas con su ave renegrida y para despedirme, le solté: “El cuervo vuela, la liebre corre”. Él miró hacia el cielo y comprendió que el tiempo no había transcurrido en vano.
Un cazador le disparó a un cuervo y lo hirió en un ala. El ave no cayó y escapó volando con el ala sana. El hombre volvió a cargar el arma. El cuervo dio una vuelta y regresó por detrás del cazador. Le picoteó la borla roja de su gorra y huyó de nuevo. El cazador comprendió que el ave era más inteligente que él y que además tenía sentido del humor.
El nombre en inglés del cuervo se deriva de la onomatopeya de su graznido. Por ejemplo, “crow”, originalmente se escribía “cráwe” y en alemán, “krähe”, lo cual evidencia una relación. El nombre en alemán se parece mucho a la voz del cuervo.
Hay otro nombre, “raven”, derivado del antiguo idioma de Europa del norte: “hrafn” y los lingüistas lo encuentran relacionado con la palabra “khraben” del germánico.
En chino se llama wuya o duya y cuando el cuervo emblanquece cualquier prodigio o maravilla es posible. Hay gente que no puede distinguir a los cuervos machos de las hembras. Yo tengo un método, pero no lo divulgo para no causar daño a la comunidad de aves. También sé que después que los cuervos pequeños crecen pueden alimentar a los cuervos viejos.
Miren aquellos cuervos. Ellos no siembran ni cosechan; no guardan, ni almacenan. Dios les provee y los alimenta. Los cuervos graznan y bendicen al Cielo. La oscuridad se interna en ellos.
Un cuervo cuando tiene frío se abriga bien. Se sienta en una silla, se coloca sus anteojos redondos y comienza a leer viejas historias de sus antepasados para los niños que se allegan a su morada.
La gente imagina al cuervo como un ave muy extremista. A veces es cordial; otras veces, severo. Ora enmudece; ora se vuelve locuaz. Por momentos parece sagrado; por momentos, cruel. Ellos son la quintaesencia de la negrura, pero a la gente les gusta imaginárselos impolutos.
El cuervo está hecho de noche y en la oscuridad trasiega y crece.
Unos marinos extraviados en alta mar soltaron a un cuervo para saber si había tierra cercana. El cuervo encontró alimento y agua. Lavó su plumaje y no regresó. Los marinos se alegraron y bendijeron al cuervo, empero jamás localizaron la isla en tinieblas donde se quedó a reinar el cuervo.
Un viajero se desplazaba, con el sol de verano en su cenit, a través de abruptas y desoladas montañas. De pronto miró hacia el cielo y cayó desmayado, boca arriba y con los ojos abiertos. Vino un cuervo y le devoró ambos ojos. El viajero despertó y creyó que había anochecido, aunque le pareció extraño que en las cercanías se oía graznar a los cuervos. Lo atribuyó al cansancio y se echó a dormir sobre una manta. “Nunca más” despertó porque no hubo sol al cual atisbar.
Un rey contemplaba a sus tres hijas que danzaban desnudas alrededor de un naranjo. Las muchachas reían y sus pequeños senos temblaban como frutas en agraz. El rey sonreía complacido. Repentinamente apareció un cuervo y la piel de las jóvenes quedó manchada por un eclipse de plumas oscuras.
Los cuervos originalmente eran blancos y por desobedecer la ley del Cielo y provocar su ira fueron tiznados y perdieron su bello canto.
Un cuervo vio a un escudo de armas cuyo vértice estaba coronado por un haz de doradas mieses. Sin dudarlo, voló y se posó sobre el haz. Comenzó a graznar y entre los graznidos repetía: “¡Moraré en lo eterno y me conservaré!”.
“¡Vean partir a los cuervos!”, gritó el comediante y la muerte pasó rauda tras ellos porque sabía que las aves no ignoraban dónde estaban los cadáveres pudriéndose bajo la hojarasca.
El adivino aseveró: “El oráculo ha predicho lo siguiente: un cuervo en vuelo me indicará el lugar que yo más anhelo y necesito”. Una bandada de cuervos estaba picoteando sobre unas tumbas. Ellos dijeron: “¡Adelante, buen hombre, te esperamos en tu casa!”.
Una mujer degollaba a un toro inmovilizado, mientras ella miraba con devoción al sol. Un cuervo se detuvo sobre uno de sus hombros y le preguntó: “¿No pretenderás con esto rendir al Astro Rey?”.
El orate le advirtió a quienes se burlaban de él: “Indudablemente ustedes morirán ahorcados. Después, desde lo alto del patíbulo, los cuervos los devorarán hasta dejarlos en huesos y sólo entonces sabrán de la lucidez”.
Valerio el cuervo aún vuela por los bosques de Roma. Salta sobre el enemigo, lo golpea fuertemente con las alas y lo picotea hasta matarlo. Luego grazna sobre el cuerpo ensangrentado y a continuación parte hacia el este en pos de nuevas victorias.
Un hombre solitario daba un paseo. Escuchó a dos cuervos que conversaban. Uno le preguntó al otro: “¿Dónde vamos nosotros hoy a buscar alimento?”. El otro dijo: “Yo sé de un cocinero que fue asesinado. Está echado detrás de aquel viejo muro sobre la verde yerba. Nadie sabe que está allí. Excepto su halcón, su perro de caza y su bella mujer. Su halcón captura aves para otra persona; su perro de caza atrapa liebres para otro; su mujer se convirtió en compañera de otro hombre. Hoy nosotros podremos saciarnos. Tú te posas sobre su blanca cabeza y la picoteas. Yo picotearé sus hermosos ojos azules. Nos llevaremos parte de su cabellera y con ella construiremos nuestros nidos. Muchas personas están tristes y sufren por la desaparición del cocinero, pero nadie sabe dónde está arrojado su cuerpo. Cuando su cadáver se transforme en un montón de huesos, sólo el viento por largo tiempo los esparcirá”.
Las bandadas de cuervos vinieron volando sorpresivamente y comenzaron a picotearnos en las coronillas. Ellos sabían que en ese punto nos hacían sufrir. Se marcharon graznando sin cesar y sus sombras se proyectaron sobre el suelo como nubes de espanto. Las jaulas que traíamos para encerrarlos quedaron destrozadas y desperdigadas por doquier. Un interminable dolor puebla nuestras almas.
Un tonto andaba por los callejones de un pueblo. Sus zapatos crujían: ¡Crac! ¡Crac! Sin previo aviso descendieron unos cuervos del alero de una casa y empezaron a darle picotazos en las orejas. El tonto emprendió una carrera e iba gritando: “¡Mañana cambio los zapatos, mañana lo hago!”.
Un jefe civil de un municipio tal prohibió cualquier acción que dañara a los cuervos, so pena de pagar un severo castigo. Los cuervos comprendieron claramente la razón porque ellos eran los encargados de devorar los cadáveres y las cosas putrefactas.
Cuando el jefe civil murió su cuerpo fue llevado en parihuela a un descampado y allí lo dejaron. Los cuervos lo devoraron lentamente al tiempo que crocitaban con mucho pesar.
Un anciano cantaba: “El cuervo revolotea sobre mi cabeza. Él gira encima de mi testa. Viene y circunvoluciona; viene y da muchas vueltas. Él es mi hijo y se va con el viento. El viento le levanta la cola. El viento alborota sus plumas. Él es mi hijo. Yo soy su padre y tras el viento yo lo corono”.
María Antonieta, un día de octubre de 1785, desayunaba en una pequeña isla del palacio de Versalles. Acababa de tomar una galleta y la mojaba en un vaso de leche. En ese preciso instante apareció volando un cuervo. La miró a ella mientras batía sus alas con suavidad. María Antonieta se asustó un poco y decidió darle el resto de galleta al cuervo. Desde entonces se inició una amistad entre ella y el ave. María Antonieta, cada día por la mañana, le daba alimento al cuervo. Volaba de un árbol a otro y seguía a María Antonieta en sus paseos.
En 1793 María Antonieta fue guillotinada. El cuervo se perdió durante varios años. En 1810 María Luisa se acababa de desposar con Napoleón. Una mañana tomaba su desayuno en la misma isla de Versalles. Descubrió a aquel cuervo. El ave daba giros encima del quiosco y graznaba con fuerza. Parecía querer comer parte del desayuno de María Luisa. Ella le refirió a Napoleón lo sucedido con el cuervo. Él consideró que era una señal de mal agüero y le ordenó a María Luisa abandonar Versalles.
Pero quien sufrió una calamidad fue Napoleón, no María Luisa. En 1816 mordía el polvo en Waterloo y sería exiliado. María Luisa y su padre vinieron una vez más a la isla de Versalles. De pronto ella escuchó un graznido. Levantó la cabeza y allí estaba aquel cuervo que, sin razón, graznaba asustado. Después los jardineros y sirvientes lo convirtieron en su amigo y lo alimentaban. Los visitantes, desde lejos, veían también con frecuencia al amigo especial de María Luisa.
Van Gogh atrapó a la bandada de cuervos que sobrevolaba encima del trigal. Él sabía que los cuervos eran una fuerza de la naturaleza. Luego las aves se dispersaron dentro del trigal para protegerse del vendaval que se avecinaba en busca de víctimas.
Van Gogh tenía conocimiento de que la naturaleza era la eterna rival del hombre. Los cuervos representaban esa contradicción. Por una parte ellos amenazaban los medios de subsistencia de los campesinos y, por la otra, los cuervos y los campesinos vivían de los cereales que la tierra producía.
Van Gogh miró por última vez las negras nubes que giraban y que tapaban el espacio ocupado por el trigal. Ya los cuervos se habían ocultado y en el corazón del pintor una determinación fatal encontró cabida.
El cuervo tomó de la mano del niño un pequeño alambre de metal y con paciencia lo dobló hasta convertirlo en un gancho. Con esta herramienta el cuervo se dedicó a sacar pedazos de salchichas del interior de la botella que el infante había escondido debajo de la mesa. El niño lloró y el cuervo graznó de satisfacción y orgullo.
Cría cuervos y acuérdate de tus ojos. Echa cuervos a volar y encontrarás embelecos por los caminos. El mal nacido andará corvo y los cuervos le proporcionarán sus ungüentos. Cuando te hiera un cuervo frótate con pan y ponte a la sombra por varios días. Donde graznan los cuervos abundan los aduladores. El cuervo abandona su nido al alba y se premia con gula y audacia. Entre los negros escoge el cuervo su más eximio profeta.