¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

Declaraciones insalvables

Textos y collages: Wilfredo Carrizales

1

Declaraciones insalvables

Con la corbata de sordos puesta tener una corazonada: las mujeres se podrán atisbar a través de los ojos de buey. Algunas estarán desnudas y tomando vino en copas que depuran; otras, encueradas, se dedicarán a acariciarse mutuamente hasta que se sientan espiadas e intentarán un grito que quedará en puro gesto; unas más asumirán figuras de maniquíes para desnacionalizar sus deleites de lascivia. Sólo una de las féminas tocará, esforzadamente, el violín, y hará que de las cuerdas brote el más interpretado de los Caprichos de Paganini, mientras los suculentos y blancos muslos de su hermana permanecerán expuestos al pie de las escalinatas que conducen a la disipación. (En un ojo de buey intermedio un niño de pecho estará llorando irremediablemente y la nodriza joven no le dará de mamar porque reserva la leche para su marido ebrio y hambriento.)

 

2

Ya apareció el candidato y de sus lagrimales descienden candelillas y chacolotean de lo lindo como en una jodienda de lluvia y mestizaje. Su música es pegadiza y tiene posibilidad de sacar provecho para la realización de lo que se transmuta en pegote y chaflán.

Convulso, el pretendiente sospecha de su quimera y le encarga a la madre que hace aguas un salto repentino hacia la tinaja donde lava las repugnancias.

El mejor día cae de las nubes un pellizco de llamas y el chimbador forma rizos en su pelo por el atributo que recibió cuando estaban las horas cerradas y la armonía casi pudo ser todo lo que fue.

 

3

Un sinfín de parásitos. El sincronismo adquirido por las faldas de las viejucas. El tedio como aislante de las espadas que reman. Se serena el tiempo y los usufructuarios prescinden de sus bienes y se dedican a lavar las obras pías y los retretes de altos vuelos.

Sería bueno repartir los zócalos entre los vagabundos que desarrollan derechos de aduana. La zoofilia es una necesidad de los famélicos que zigzaguean. (No cualquier eñe se encorva, ni produce ruido en el último tercio del invierno y por ello el ñandú se mantiene alerta en previsión de nudos con el arbitrio de disparos.)

 

4

El piloto estaba pimpante y su saliva le colgaba sabrosa y muy resobado hablaba y hablaba acerca de las sargentadas de su mujer. Sardónico, intentaba un swing, pero indefectiblemente se hundía en la telaraña de la maledicencia. Después iba al lugar de su venerada imagen y la regaba con aguardiente de primera y le rogaba que volviese realenga a su consorte para que la vulgaridad la terminara de trasquilar.

 

5

Damos el lugar a quienes opten por el descanso (eterno) y nuestras armas quedarán bajo custodia de los sin respuesta, porque ninguna voz de mando puede sustituir al autoconvencimiento de ser, indudablemente, dueño de su propio coraje.

Provoca aplicarse a pellizcar las nalgas de las hermanas de la caridad y convertirse en misioneros del ludibrio y despedirse muy envalentonados cuando nos suelten los perros malandrines.

¿Cuáles fueron los escenarios donde se desplegaron los latiguillos para que caminaran más de prisa los diablos cojuelos, mientras se pisaban sus luengas y sucias barbas?

Un palmo de tierra y por esos mundos a lomo de bicicleta con los pedales trabados y el manillar vuelto un desastre por el afán grandioso del comején.

 

6

Somos, a veces (se hace necesario reconocerlo), luminarias de los huecos de las ventanas, herraduras para espantar a los comemocos, escotillas desde donde se avista el carbón que nos dañará las pupilas, rastrillos para lamer los eslabones que conducen hacia la decepción de los abrevaderos...

Ciertos padres disfrutan de sus disfraces y se rozan los riñones con las tiaras que arrecian dentro de sus cintas negras. ¿Qué se juega? ¿Lo quiere cuál deidad? Detrás de las orejas saltan los pericos y la morfina hiede a escrúpulo quemado. Viene la suspicacia y no se recela; se teme y se entra en sospecha. ¿Habrá que dejarse coger por la patrona?

Cavilación. Tufo. Olfato para pensar. Trago de lozanía en la germinación. Mas, ¿para qué asustarse del sortilegio? ¿Acaso el verbo no lo puede todo? ¡Barruntemos entonces y que el jabón sirva de escarmiento en la jofaina con chamusquina!

 

7

Caballo de hierro de infinitas batallas. Taxidermia para las apariencias de los vecinos. ¡Más somos nosotros el colectivo disecado! Que si partiremos, que quizá nos engrescamos, que si la noche va cuesta arriba, que si el día parirá muñecos de almidón... ¡Zis, zas y hemos acabado y sobre la alfombra o el tapete los culos subalternos!

Se atragantan los mal paridos y telefonean a las autoridades para que clausuren a las mentes despiertas. Los gestos se resienten y las aves tontas —las agoreras— idiotizan a los atribulados cagatintas. Mariconerías para cretinos y cien patadas en los traseros de quienes no justifican los viajes.

En el trasmundo venderemos encantos y filtraciones, balas traspasadas y límites de los fiscales. Nos guareceremos bajo el toldo del raquitismo y nos dolerán los glandes al reconocerse tacaños para el gozo.

 

8

También los niños aprenden a miccionar temprano. (Echo una ojeada a mi reloj pulsera de utilería y descubro que la mañana es cicatera y no suelta prenda por temor a quedar vehementemente trastornada.) Las atrocidades que se cometen al decorar las salas de baño son disturbios en la normalidad enfermiza del hogar. ¿A quién no le gustan las joyas recubiertas de extravíos y reconvenciones? Manga por hombro y cualquier absceso en la boca del caño y un inusual desasosiego que deviene en zafarrancho al no más mencionarse la palabra “sanatorio”.

Se oscurecen los quicios y el empleo de dar muerte sirve para montar una obra de teatro, de la cual salir hinchado y con una hermosura de racimo sobre los hombros ahítos.

 

9

Declaraciones insalvables

Y pensar que hay que observar al pez petulante en su labor de zapa y estar impedido de interrogarle acerca de la crema dental que usa y la dirección de su odontólogo. Para que se vea y se sepa: no todos los peces mueren por la boca. Algunos fenecen de fastidio acartonado y su zeta quisiera piafar como un hipocampo de acuario de lujo.

(Tan de colores que se apasiona el ámbito en su verticidad y una textura excesiva, onomatopéyica, resuena en una sílaba que, acaso, (h)an puesto en reclusión para no escamarse y desarrollar un vuelo fuera del agua imaginaria.)

Un ojo detalla cada cháchara, cada contraste, cada aguzanieves y por ende gana una santidad, a sabiendas de que el pie humano vendrá y hollará y una negrura ejercerá de rastrojo.

El cuenco y la cápsula de loto y la granada, secas, se deprimirán entre la hojarasca aun cuando un líquido les provea de barniz e historia.

 

10

Aires de las botas para transitar por los bares donde gañen las perras. Perspectivas del barroco en lo agrio de la elasticidad del músculo. Carmín que descuella por encima de su carta que no enferma. Maitinada para correr cualquier albur y saldar un apéndice que renegó de su origen.

Con el almagre, a guisa de escudo, se avanza por en medio de la jaula donde hibernan los inquietos pichones. Un animal de huevos se sale de su sitio y patina encima del traje que la noche menosprecia. Así y todo se aperciben los peligros y las elecciones a bulto, a ras del suelo, con la fetidez formando un anillo.

 

11

Picar las alcancías y quemarlas y avivar el fuego de lo aproximativo. Farfullar antes de que te apuñalen por la espalda sin santo ni seña. Hasta el final apurar el cabo de vela y adecuar su talla a la virtud de la sombra proyectada en la pared. ¿Y uno tomará apuntes?

 

12

Me costó una sudoración y un saludo a la simultaneidad de los alcoholes. Sin los portes, me sobran unos infinitivos y una sintonía en los descargos. El disparo (ficticio) y el grito (válido) se anularon con natural reciprocidad. Me basta con tocarme la raya del calzoncillo y rematar al toro que no se rehabilita. De aquí que me saludo con un ardid de vocación.

La mesa se asienta bien con su filo de navaja que carece de cesura. Comparezco ante el aserto y me asilo en la cafeína. Huelo un fragmento de cristal que descansa de las calamidades de entibiarse. Entomófilo, hurgo en los élitros de las cigarras congeladas. ¡A ver!