Febrero es el mes de la disparidad, no porque tenga menos días, sino debido a que se desplaza hacia un extremo del almanaque.
2
El solitario está en la orilla del mar y únicamente permanece un resto de luz reflejado en un segmento del agua sorprendentemente quieta. El hombre lee unas cartas que quiere lanzar al oleaje. Las recorre repetidas veces con la mirada a ver si logra conseguir una razón para no deshacerse de ellas. Al final las deja caer a sus pies y se retira con lentitud cuando ya es simplemente una silueta que comienza a avanzar cansada.
3
Se ha colgado un espejo de una pared enfrentado a otro espejo para inducir al error de quien se atreva a mirarse en cualquiera de los dos.
4
Una mano se alarga pegada a un blanco muro y luego abre y cierra el puño alternativamente. La última vez que se abre muestra unas enormes hormigas negras que dan vueltas y vueltas en el perímetro de la palma de la mano hasta que se escucha un grito y la mano se agita con violencia y las hormigas salen despedidas por el aire, pero no llegan a caer al piso.
5
La máquina de escribir no quiere perder la memoria. Alimenta su fuego con papel carbón.
6
El día siguiente siempre hay la esperanza de encontrar una señal que nos lleve aparte y nos conduzca adonde unos ojos nos aguardan para acariciarnos con la mirada.
7
Existen noches que transcurren a través de un caudal violento de oscuridad. Los objetos sumergidos dentro de ellas brillan con sucio lustre y se les percibe con una rigidez como la del cobre con pátina.
8
La anciana desemboca en la estrecha calle seguida por los rayos del sol. Es un amanecer de una estación indefinida, aunque una tenue bruma impone su silencio en la vía y nos lleva a pensar que el otoño fluye.
9
El poeta escribe con letra menuda sobre las páginas de un cuaderno. Se sabe observado desde arriba por alguna de las deidades –la vinculada al mar, tal vez- y su pluma fuente se desliza dentro del misterio que la contiene.
10
Las bandadas de gaviotas se entremeten en las nubes para que el sol se despida con dignidad. Luego ellas chillan y se dispersan y queda en el aire un hervidero de sombras que no se desvanece.
11
Imaginar a un paseante caminando por el rompeolas congelado de una bahía. Imaginarlo pequeño, débil y con un colosal paraguas negro que pudiera protegerlo de la inclemencia del frío.
12
Frente a un ventanal, un libro abierto sobre una breve mesa. Los poemas del libro aguardan al lector que se ha autoexcusado y ha salido a contemplar la poesía que se desprende del firmamento incendiado.
13
La tierra arada hasta que concluye en triángulo. La resolana se circunscribe a un terreno albo que cerca a los caballones. Un árbol espigado y solitario: guardián de la nada en un tiempo sin contornos.
14
La fotografía fijó su rostro surcado de arrugas y la bonhomía que le pertenece, pero no fijó los pensamientos que en ese momento le hacían sonreír.
15
Me miro la tetilla izquierda y la oigo cantar. Aparto un poco los vellos para escuchar mejor y mis oídos perciben una tonada que habla de sangre escondida y alguna otra sugerencia relativa al adiós de los temblores.
16
El agua empozada en un hueco: metáfora de la indecisión. Un árbol señero se apuntala en la orilla. Se reconoce la intensidad de su fuerza, el dolor que no lo hace sufrir. (El agua secreta formas que huyen arrastrándose).
17
Morder la cortina hasta desgarrarla. Luego reír y colocarse una venda en los ojos. Acto natural para poner en orden las cosas.
18
El artista se asoma a la puerta de su vivienda. Verifica si aún su paraguas está recostado de la pared. Esboza una sonrisa con determinación. Acaso la luz del día le favorezca. A veces una imagen atrevida flota en el espacio.
19
A la iglesia en el descampado se llega por un larguísimo y estrecho sendero. Ciertas tardes un lujoso vehículo se estaciona frente al templo y nadie desciende de él. ¿Los ocupantes del automóvil vendrán a rezar o sólo a echar una siesta diferente?
20
Se abrió el pecho con las manos y adentro había un reloj que marchaba a desgano con tres agujas invertidas.
21
Un gato me mira fijamente trepado sobre una tabla carcomida; otro me atisba a través de la ranura de una puerta; uno más me observa encaramado encima de un farol. Mi gato interior maúlla o ronronea y se lava la cara con una pata.
22
La muchacha duerme vestida sobre la playa. Las olas lavan sus pies. Un brillo de cristal se aloja en la arena.
23
Nunca ha hecho votos. Abre la verja de su puerta de hierro en muy raras ocasiones. Lanza semillas al viento desde el ático. Escucha piar quedamente a los pájaros.
24
Las moscas juegan a las transposiciones durante un rato. Luego quedan pegadas al papel matamoscas y se completa el espectáculo. El fin no era previsible. Sin embargo, aconteció.
25
Un cello tocado por un rayo de luz mientras permanece recostado de una vieja alacena en una cocina. Se escuchan las notas del “Preludio No. 1 de la Suite para Cello” de Bach. De pronto, múltiples aromas emanan de todos los rincones.
26
Bocanadas de humo en la noche que comienza. Tres mujeres fuman finos cigarrillos emboquillados y sus blancos cuerpos desnudos se mueven sensualmente. Un hombre aparece y se sienta en una silla. Luce un traje oscuro recién comprado. Las mujeres lo rodean y al mismo tiempo le arrojan humo a la cara hasta tapársela. Cuando el humo se disipa el hombre ya no está. Sólo permanece el traje.
27
Y les pregunté, ¿cómo hacéis para que los niños no anden por los tejados derribando cometas? Y no tuvieron respuesta y les noté una gran tristeza en sus rostros porque ellos nunca habían sido infantes.
28
Entre el cielo y la tierra camino yo. Entre yo y el cielo caminan mis fantasmas.
29
Las casas se mueven en la orilla del mar. Si no se presta atención se saca la errónea conclusión de que son barcas que flotan. Pero no: son casas que han aprendido a moverse con las mareas.
30
Desperté. Encontré frente a mí centenas de esqueletos de primates y monos de todas las especies. Eran como una gran familia que me estaba aguardando. Aunque no se movían, yo sentía que sus huesos palpitaban y que sus cráneos emanaban sentimientos que me protegían y trataban de explicarme porqué ellos estaban allí y yo no.
31
Canarios dentro de los pulmones del ornitólogo. Trinos en el aire que él expira. Presentida pulmonía por el exceso de plumas.
32
Allí fue a parar el trozo de periódico: entre helechos secos que esperan el inevitable comienzo del incendio.