Encuentro a Alfred Hitchcock en un apartado rincón. Le ha dado una o dos chupadas a su habano y la primera ceniza no ha caído aún. El último de los pájaros, el que no se fue con el resto de la bandada, está posado sobre el largo tabaco de Hitchcock y despliega sus alas, no para marcharse, sino para demostrar que piensa quedarse allí hasta que la candela le queme las patas. Hitchcock esboza una expresión de malicia, como un niño sorprendido en una de sus travesuras. Sus mejillas se hinchan con el humo del tabaco absorbido y si de repente hablara o saludara su rostro se velaría por instantes.
El pájaro encima del habano no parece sentir vértigo. Yo recuerdo algunas escenas de The Birds y vuelvo a sentir la angustia y el miedo al ver que cientos de aves trataban de penetrar a la casa e ignorábamos la causa.
Este pájaro de ahora echará a volar en el momento menos esperado. Las puertas y ventanas están abiertas y Hitchcock sabe que el ave no regresará, pues el filme ya ha terminado y no habrá remake.
2
Entro al bar y la dama negra canta los blues y su fraseo y su tempo siguen siendo insuperables. “Lady Day” no explica nada porque la vida no ha sido fácil. La soledad es su talante de terciopelo. Todo o nada para distinguir a los amantes. Ella canta con el cuerpo y con el alma y aunque el verano todavía está muy distante al jazz le quedan innumerables edades.
Los faroles chispean como pequeñas luces de la luna y el día tiene más de veinticuatro horas. “Lady Day” evoca aquellos estúpidos casos que la halaban hacia abajo, pero estaba segura que siempre un corazón llamaba a otro corazón y le decía: “Ésta es la vida, mi bello” y los sueños debían ser mantenidos en cualquier circunstancia.
Ahora “Lady Day” canta “Strange Fruit” y veo de nuevo al negro colgado del árbol, dejado allí como escarmiento, a la espera de que otro linchado le haga compañía.
El brillo ha comenzado a viajar y ellos no vendrán por ti. Así que puedes continuar cantando hasta que la noche sea tu significado y te acaricie plenamente.
3
Sorprendo a Salvador Dalí sobre una mesa. Abre los ojos desmesuradamente, se triplica y sus bigotes se extienden hacia los lados como flechas o dardos mortales. Los tumultos del mundo han quedado afuera y Dalí, con paciencia catalana, me habla de su destino y de Gala y del laberinto que fue su vida. El misticismo le sigue interesando y a través de él pinta para conseguir la fusión de los imposibles.
Dalí parpadea brevemente y cae en la cuenta que le aguarda en la puerta un taxi lluvioso. Sin embargo, en lugar de retirarse, opta por una metamorfosis que lo acerque al ideal de un viejo cornudo. Todavía está encantado por su participación en aquella película de Hitchcock.
Dalí se harta de estar encerrado y levanta la piel de la habitación y por allí accede a la cuarta dimensión. Desde allende la región ignota se siente el despertar de unos aromas de vinos y luego la risa de Dalí se escucha, mientras en su entorno un coro de posibles ángeles repite sin cesar “¡Sí, sí, sí..!”.
4
Allen Ginsberg me calcula de siete en siete las cuentas del rosario, al tiempo que sonríe al fin de la madrugada en un callejón semioscuro. Me observa fijamente y luego me dice que su generación fue destrozada por la locura. Su alarido todavía retumba en la ciudad y él a veces escudriña adentro para encontrarse con un espejo vacío: la realidad de ningún planeta nuevo. Las puertas de la ira permanecen abiertas para que ingresen los caballos de hierro que portan los polvos de olvidadas glorias tristes.
La mente del poeta respira con odas de plutonio y mortajas blancas. Se le iluminan por momentos las pupilas y las imágenes de la fama y de la muerte lo cercan por igual. Deliberadamente me pasa su hambre de verbos y tiempos correspondidos y yo los tomo y los guardo bajo los libros de consulta.
El poeta se aproxima a su propia sombra proyectada sobre la pared y pregunta para sí mismo: “¿Quién aguarda a la noche con un rifle? ¿Quién se acuesta con la muchacha gimiente? ¿Quién choca contra quién? ¿Quién dona las lealtades que se arrinconan? ¿Quién rueda sobre la grama en procura de bondad?”.
5
Duke Ellington se alarga ante mis ojos y de un modo sentimental bosqueja una sonrisa que me parece harto familiar. La recuerdo cuando por primera vez la advertí en el show de Renny Ottolina y posteriormente en Anatomy of a Murder, cuando después pude admirar esta película. (Aprovecho la oportunidad para decirle a Ellington que no me gustó que aceptase aquella medalla de Nixon. Se encoge de hombros y nada expresa).
Duke Ellington pulsa las teclas y de inmediato suenan acordes parecidos a los de Delius, Ravel y Debussy. Seguidamente, con sus convicciones cromáticas, interpreta “Satin Doll” y el corazón y él se van tras la canción. Al rato regresa y trae las manos llenas de “Cotton Tail”. Pronuncia tres pequeñas palabras: encanto, humor y halago y sus dedos se calientan y la fantasía de la belleza negra una vez más vuelve a ser su gloria.
Cae la tarde dentro de su capricho índigo y una sofisticada dama le aguarda en la estación para tomar el tren que los conduzca hacia la suite del lejano oriente.
6
Hallo a Charles Bukowski con su camisa “exótica” recostado de una pared. (Más bien me parece estar contemplando a Ben Gazzara en el filme Tales of Ordinary Madness). El poeta y escritor se cruza de brazos y pone una cara de condescendencia. En realidad no he tardado mucho en llegar. Bukowski gruñe un poco para no perder la costumbre y luego dice: “Estoy solo aquí con todo el mundo... ¿Estás bebiendo? Sonríe para recordar y para que no olvides ni a la luna, ni a las estrellas, ni al universo... El otro día un hombre retó a la oscuridad y desde el interior de ella surgieron dos disparos que volaron como letales moscas. El rostro del tipo era casi un poema por encargo. Si hubiese sido mi amigo lo hubiese torturado con mis burlas toda la noche. Escuché gemir al pobre idiota como a una radio que se le hubiesen salido las tripas. ¿Te lo puedes imaginar? Cual un gorrión se tornó después muy cordial. Le di una patada en su fofo culo y lo mandé a hacer puñetas”. Nos carcajeamos los dos y celebramos el suceso y nos tomamos la media botella de whisky que reposaba entre sus pies.
7
Miles Davis está sentado en un cómodo sillón y mientras me le aproximo me escruta inquisitivamente, con cierta insolencia, si cabe. Se mordisquea un pulgar y su ancha frente brilla más de lo habitual. De pronto, en un ritual, comienza a manipular el espacio y a gesticular con un poderoso ademán simbólico. Su piel adquiere por instantes la tonalidad del chocolate y un misterio enfatiza su individualidad. Como no me dirige la palabra prefiero quedarme callado, aguardando hasta que se decida a tomar su trompeta. Al rompe, exclama: “Esperaba por ti. Ayer es hoy y los sueños de la luna han caído profundo dentro del mar”. Comienza a tocar su trompeta y un enigma emerge de las hojas de otoño y se incrusta en mi mente. De tiempo en tiempo se dejan oír los inusuales ronroneos de la media noche, pero Miles Davis, con la mirada, me indica que no les preste atención. Después interpreta magistralmente “Summertime” y les dice adiós a los cuervos tan innecesarios para tener presente la naturaleza humana. Varias horas más tarde el círculo se completa y el hombre de la corneta le da vuelta a su asiento y se marcha por el ascensor sin escalas.
8
Es el “Ciudadano Kane” quien está allí como agazapado, a la espera de algún veredicto de la Historia. Orson Welles habla por él: “Charles Foster Kane nació pobre y fue encumbrado por un banco. Yo no tengo la culpa si Kane discurseaba a la manera de William Randolph Hearst. Kane, al igual que Hearst, adquiría cosas, muchas de las cuales nunca eran abiertas y permanecían en sus cajas. La coincidencia entre ambos personajes, en este aspecto, es realmente sorprendente. Una ficción a veces puede concordar con una realidad. Siempre me causó curiosidad la razón profunda de tal asunto...”. Welles se mesa la barba con suavidad y medita unos segundos. Yo aprovecho para extender un poco mis piernas. Luego Welles continúa: “Pero creo, en verdad, que me sentí más a gusto en el papel del capitán de policía Hank Quinlan en Touch of Evil. Me iba bien esa actuación; se adecuaba perfectamente a mi estatura y a mi peso. Encajé a las mil maravillas en aquel personaje corrupto, cínico, inmoral, decadente y derrotado”. Le pregunto si guarda gratos recuerdos de su emisión radial de The War of the Worlds. Con la mejor de sus sonrisas, afirma: “Jamás me imaginé que los oyentes iban a entrar en pánico al creer que efectivamente estaba sucediendo una invasión marciana. Dos años después me encontré con H. G. Wells y conversamos largamente acerca de lo acaecido”.
9
Marilyn gira un tanto la cabeza y me detecta. Como si yo no estuviera a sus espaldas continúa remojándose. Desde hacía varios minutos que la había sorprendido refrescándose dentro del agua. Su blanquísima piel reflejaba la luz solar, la cual me encandilaba y me obligaba a abrir más los ojos para no perderme el espectáculo de contemplar su cuerpo en la más exquisita y sobrecogedora desnudez.
Pensé en gritarle que desde mi época de adolescente había sido cautivado por sus imágenes edénicas y que me había masturbado con ellas al colocármelas encima como una caliente frazada de piel.
Y ahora estaba allí, desnuda, sentada, con la espalda semiarqueada y sus senos a la espera de una caricia y sus fuertes muslos deseando que alguien viniera a separarlos para que las ondas lamieran su abertura de ensueño y yo sin poder atravesar el cristal que nos separaba y sin poder penetrar a su recinto, donde su anatomía convocaba al placer y a la unión.