De preferencia goza de acogida el mensaje solar que viene en cesta de bicicleta. Aunque hay una señal de no pasar, cartel sin palabras, el día se afana por ser huésped y obvia el umbral porque los espejos se encuentran a buen resguardo. La mirada invade el ámbito enladrillado y se topa con otras miradas que indagan, mientras el silencio se establece con sus desconchaduras y candados para ejercer su vigilancia sobre las cabezas y figuras alineadas.
Un banquillo parece aguardar una claridad cenital para sentir con menos intensidad la soledad del mediodía. Por cualquiera de las puertas se puede desentrañar un misterio, siempre y cuando exista una llave que lo permita. Tras los últimos ecos de unos rezos ya casi apagados se levanta una transparencia que es como un fuego en los sueños que organizan los austeros semblantes.
Con una misma disposición se van ligando las testas y las imágenes sedentes. El hilo que las une es de barro y el sabor de su inigualable laberinto queda como un arcano que tarde o temprano será tatuado en la sobrevivencia de las paredes cuando se transformen en proclamas.
II
Pudiera tratarse de un rincón para una premeditada caída. Lo que parece estar muy cerca luego resulta una inexpugnable eternidad. Otra vez de costado un invicto general de antaño teje desde su asiento las estrategias para detener el avance de Buda, quien duplica su acoso y no da tregua. Frente a la grandeza del guerrero, su carruaje y el tiro de cinco caballos de indómita sed se tornan diminutos y no pueden descender por los escalones al encuentro con la gloria que se ensucia en el piso.
No se trata de superar la miseria material. El otoño se ha anunciado con sus muros rotos y la hesitación de un devoto que ora consigue restañar la herida fecunda del tiempo. ¿Habrá alguna campana sepultada bajo un pilar para que al menor descalabro la luz que todo lo roe la tañe y libere los desdenes de otrora y las traiciones?
En ese mínimo espacio se libra un sordo combate y las puertas se han abierto para que nadie pase y tampoco se intercambien contraseñas. Los espantajos de la reverberación lanzarán al aire su oráculo y las tijeras que desvarían por falta de plegarias volverán a usar sus preteridas acechanzas para trastornarlo todo en aras de la levedad que marcha hacia atrás y no se interroga.
III
Se ha bebido el elixir que da vida al farol del reclamo del porvenir. Los budas se han retirado a su estante y guardan la vigilia y juntamente con una mariposa que devora las infracciones esparcen las sales que multiplican los simulacros de la luz en la víspera.
Nada presagiaba el fin de los encierros, pero extrañas estructuras y transparencias sólidas fueron suspendidas para que quienes las contemplaran arrojaran sus propias huellas y clamaran que de fragmentos también se podía sobrevivir.
Y los espías sabrán beber las expiaciones y con ellas avanzarán de un estamento bajo a uno no tan alto y desde allí, frenéticos, con el cúmulo de los estertores, batirán los tazones donde reposan los arroces que conmueven por la defensa de sus migraciones.
La intemperie rezuma hacia adentro su ferocidad de deslucimiento. La ilustre asamblea de piadosos interroga acerca de cada pisada que se siente en los alrededores. En una mutua transfusión de saberes se atreven a respirar con la ausencia predestinada de las cortinas. Se sopesan algunos temblores y se vislumbran los destellos de enanos acantilados. Poco a poco en los resquicios se anima la profundidad de las unciones y las exangües armazones se atreven a desplegar una metamorfosis que redunde en su purificación.
IV
La manada de animales se anima y crece y levanta de pronto una leyenda que gana la calle y embalsama de golpe las corrientes adversas. El brillo se anticipa al ojo del vendedor y en su ley estampa un solo mandamiento: divisa a como dé lugar los borbotones de las monedas turísticas que vienen dando tumbos y se olvidaron de las fundiciones.
Hace ya muchos años que los bastones no salen a pasear y palidecen con tantas preguntas sin respuestas y con tantas escarbaduras que son excesos en los frágiles remiendos. ¿Quiénes los rescatarán de las infatuaciones, de las procaces alegorías?
Las maderas talladas muestran, en sucesivas fases, la mansedumbre de la sentencia que las condenó a tapar los desperfectos de la oscuridad y las encrucijadas donde el ocio se revuelca con su rostro de quelonio de un sonambulismo perentorio.
Los budas no tienen la intención de ponerse de pie: emergieron al mundo así y de esta manera procurarán la búsqueda de trozos de grimorios para sus alojamientos temporales e indescifrables.
Un par de grullas, color de la miel que acarrea herencias, propagan la fe de su conmilitón con armadura y desafío de tormenta en su reino de ascuas descendido del techo a la hora cuando su siniestra se posó, insensatamente, sobre la empuñadura de la espada que ilimitaba su número.