Las vocaciones del niño que fui sobre las nubes
Mi religión para ser extranjero en islas remotas
Los crepúsculos de las tardes, reconciliados
Los locos y sus tentaciones, la pluviosidad aguardada
Mi arte teatral pueril, ya tirado al olvido
La puerta atrancada con un madero y que chirriaba
La confitería popular con sus enjambres de avispas y moscas suplicantes
La hora de la mañana cuando el sol era más pleno
Los buenos perros que se sucedían en el cuidado de la casa
El fototropismo de mi cabellera de entonces
La gloria de tentar al peligro en toda su magnitud
La sensualidad de mi inclinación para chupar el tuétano de los huesos cocidos
La bondad de un elefante de latón que se bañaba en mi estanque
Un hemisferio por donde trotaban caballos en estampida continua
La invitación a un viaje que nunca se realizó y que sin embargo yo llevé a cabo cada noche en sueños
Los proyectos en cualquier parte fuera del mundo
Las bienhechurías de la luna que yo reclamaba con insistencia
Los dones de las magas y los deseos de plenitud
Un potrillo de raza entrevisto al momento de relinchar tras su madre en un haras sin nombre
El cuarto donde me ocultaba para seleccionar mis espejismos parisinos sobre la Torre Eiffel
Las hormigas a la búsqueda de terrones de azúcar, sus forcejeos
Los ojos de los pobres en alguna ventana no precisada
Las ventas generosas de frutas del corral y la huida brusca de los pájaros
Los pequeños pueblos de la costa, la desesperanza, el nunca transitar de las cigüeñas
La soledad, las fauces de los monos
Los asomos de los vislumbres, placenteros, en los espejos rotos
El julepe de los gatos amarrados con cordel y pujantes en noches con truenos
Alguna quimera intuida en el rostro flaco de un can perdido en la aurora
El histrionismo de los adultos monstruosos que arrastraban sus zapatos viejos por las calles
La anciana que quiso ser saltimbanqui y sólo logró encanecer mientras el planeta Venus la desprotegía
El primer albatros descubierto al volar a ras del agua en un mar que duplicaba su silencio
Las sopas de la señora eternamente encerrada en su habitación con olores de naftalina y humedad
El paisano que se acomodaba a la solicitud de las festejantes para no molestar al porvenir
El muro como un terraplén desde donde podía matar gallinas a pedradas en los patios vecinos
Las horas de pasarlas en grande devorando mangos y naranjas a pesar de la prohibición de la abuela
La quiromancia en el techo de la gitana que había trabajado en un circo
El resplandor de la plata en los rincones oscuros del confesionario
Lo sobrenatural aportando su poder encima de las aventuras nocturnas y clandestinas
El tractor de los isleños que sembraban papas y que despedía más humos que nostalgias
Los virus que llegaban velozmente con la temporada de las lluvias y tardaban una eternidad en desaparecer y que me hinchaban los ojos
El inigualable arte de zurcir de la consorte del orate que vestía siempre ropa de caqui
La ventaja de haber sido de baja estatura para poder colarse bajo las alambradas
El titiritero que tenía derecho a colocar títulos de nobleza sobre las cabezas de su agrado
Los bachacos alados que volaban desde el cerro cercano y a los que matábamos con teas
La alta taquilla del cine adonde mi mano no alcanzaba y donde frecuentemente me timaban el dinero
El silbido de los malhechores al filo de la medianoche que me obligaba a cubrirme la cabeza con una sábana mientras rezaba un Padre Nuestro y un Ave María
Los saltamontes que se escondían bajo la basura acumulada y que un gallo obligaba a salir con sus patas de naturaleza discontinua
Los saltos en la rayuela con las piernas llenas de moretones y la emoción brincando a raudales
Lo propio de la geometría para los trazos rápidos sobre las paredes de ladrillos del baño
Los pitos más estridentes puestos a sonar cuando los recién nacidos estaban durmiendo
Los pedazos de masa robados en la panadería donde cocían los panes en hornos de leña
La novatada pagada en la escuela primaria y el primer chichón verdadero en plena frente
La nata de la leche que se desbordaba de la olla al hervir el líquido blanco y la humareda que me hacía toser y frotarme los ojos con esmero
El mal de ojo que poseía un bizco llamado José y que causó la muerte a un arrendajo enjaulado
Las noticias de unas muchachas que se bañaban desnudas todos los mediodías bajo un árbol de amplia copa y de los afanes por espiarlas y contemplar sus culos peludos
La letrina cuyo hueco parecía no tener fin y adonde yo suponía iban a dar los cadáveres de las palomas que morían de peste o de ebriedad
Las botellas de todos los tamaños y colores que tintineaban dentro del gran saco sucio que cargaba un viejo aguardentoso que escupía sin cesar y blasfemaba
El canal donde se ahogaron tres hermanos a quienes mucho temía y donde vi repollos de agua florecidos después de aquel suceso
La carretilla del albañil que me servía para transportar a mi hermana hasta el montón de arena y luego dejarla caer para que se hundiera en ella
El cielo que agarraba cada noche con las manos y que metía debajo de la cama para que la levantara y me permitiera dormir a mayor altura
La cuerda con la que ataba a las niñas tontas al guanábano para restregar mi cuerpo contra el de ellas y sentir una calentera divina, inigualable
Los despanzurrados sapos que salían de las alcantarillas al llover torrencialmente y que la corriente se llevaba como embarcaciones idas a pique
Los embustes frecuentes para no ir a la escuela y dedicarme por entero a armar rompecabezas encima de la cama
La exquisitez de la jalea de mango que preparaba mi abuela, aunque era más gratificante limpiar con los dedos el fondo del caldero de cobre donde se cocía el dulce
La repugnancia infinita al oler la mierda de los gatos que cagaban a escondidas en los rincones de las paredes de adobes
La cera de las velas que se iba acumulando sobre la mesita de noche de la abuela y que estaba cubierta de imágenes del Cristo y de otros acompañantes anónimos o advenedizos