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Fragmentos del relámpago

Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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Fragmentos del relámpago

El relámpago cayó sobre las vidrieras. Disparó sus flashes. La prisión de cristal y bisuterías estalló. Desde los ángulos una fuerza de rara excentricidad sacó a las líneas que se amortajaban. Todo el pedigrí de las plumas se introdujo en un abrir y cerrar de ojos en una ligazón hueca. La noche chasqueaba sus menajes y se repetía su temor de no poder encontrar una víctima propiciatoria. Optar por la total oscuridad era signo de desesperación.

El destino bajó con sus estrellas. La puerta de la tienda amortiguó sus ruidos de compraventa. Los empleados serviles se recluyeron. En la orilla de mi amistad se refugió un perro en fuga. Se creó una complicidad para recoger los anuncios de las memorias fallidas.

 

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Asisto al día de galas y con hierros en los bolsillos me forjo un coraje como pocos. A lo largo de la avenida las vitrinas lanzan sus humaredas de colores y el polvo se acumula debajo de los metales que se adentran en los carteles.

Un hombre pide trabajo. Alguien le dobla los brazos hacia atrás y le da una patada en un flanco. El asombro no existe en estas vecindades donde lo burdelesco emociona.

 

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Fragmentos del relámpago

Los leones de mármol custodian la entrada. El calvario de la moda está naciendo adentro y los pájaros de picos fuertes donan a discreción sus chillidos. La fuente de la náusea se enciende, las mujeres en lucha por aprovisionarse se desencantan y los elogios son aceptados contra pago en efectivo.

Los muebles marchan hacia su edad muelle. Las luces de las lámparas ignoran toda previsión y la presión de la sangre se eleva hasta niveles insostenibles. Yo vi al potentado de barba blanca defecando en el gran salón y las admiradoras lo aclamaban desde sus colinas de pieles y puterías. Hizo falta un grillo que pidiera perdón por todos.

(La genética de las estrellas apagadas se distinguió entre la soledad del momento. Una brisa anunció retazos de una vida nueva y un olor de cordero asado trajo emoción al vuelo).

 

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A otros les liaron sus convicciones y les agrandaron sus presencias de seres bondadosos y gentiles. El curso de la placidez se obstruyó al adosársele una congénita limitante. Sin precio y sin puntuación cualquiera podía obtener un semblante de equino. El oráculo era un ungüento de vaselina para nalgas ilustres.

La policía amenazaba en las puertas. Cada gendarme era una plaga encumbrada sobre el invierno de recíprocas leyendas. Los uniformados estaban sordos y gordos y sus conciencias estaban en serio peligro de rodar por el piso que ensayaba una obertura.

 

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Fragmentos del relámpago

En la mansión desobediente los amantes se cubren de fuego y traspasan con sus gemidos las ventanas que se abren al atardecer del campo de golf. En un coitus interruptus ellos se intercambian donaciones. Las hierbas alucinantes gravitan alrededor de los rostros. La insistencia de los luceros se torna en una ilusión que recorre las chequeras.

 

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En el aniversario de la masacre de las tarifas se acumulan bigotes en el horizonte, un poco hacia el sur. Sin impresos que mantener y sin normas, los que renacen de sus cenizas de tabaco importado sustentan un furor de resplandor prístino y cuasi-opaco.

Hay bocas que gritan por miedo a la extinción y algodones que respiran dificultosamente tras los coágulos. Hay libertades a granel, sin controversias ni reglamentos de partidos. Afuera, la estación se aproxima a la hermandad de la inocencia y las almas ríen, placenteras, porque tienen asegurada la sorpresa de las rosas de utilería.

 

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Fragmentos del relámpago

Los que tienen verdes las entrañas logran el éxtasis ante la sola presencia del disfraz del amor. Para viejos crímenes, nuevos consuelos. Sus caras amorfas de sapos en concubinato se acercan a lo sagrado. ¡Es tan duro subir cuando todos los ascensores nos pertenecen! Los labios se separaron de su otoño para darle paso a una sabiduría que se compone de creencias y cohechos. El cuerpo requiere de vez en cuando un viaje que lo conduzca al decorado de la electricidad del infinito espasmo.

 

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La mujer de corazón vítreo espera el reencuentro con su presente. A través de la hipnosis lo ha convocado para que acuda sin dilación. Ella luce estolas de marta y el huso horario guerrea por su honor y la aparta de la violencia y la iniquidad.

El combate por su vida ociosa se prolonga demasiado. Un dolor le nace de la sombra de su apellido. Fielmente ella procura la total inmunidad. Su hombre tiene fe en los negocios y en la visibilidad de su automóvil de feria.

 

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Fragmentos del relámpago

La felación le reporta la suprema felicidad. La impresiona siempre el perfume de pájaro inasible que se contorsiona entre los muslos. El movimiento de su mano en la verga recuerda al de un molinete que destroza anémonas en una playa rocosa.

Sus deseos son solubles. Allá abajo su vagina masca verdades. Alquimista y actriz de reparto enmascarado. Su lengua canta y diagnostica un sarcasmo. A veces una repentina arcada arriba con su grosor de estorbo y turbación. Su caballero la clava y la satura y ella ruge aferrada a un lugar donde no se perciben fechas ni alturas.

Ella se pondrá de pie en cualquier instante y se asegurará que sus costados tengan la salud debida. Su garganta ensayará una inédita succión y, ligera, en ausencia, ocupará su sitial de donde nadie la destronará.

 

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El invierno desciende con su imprecisión de diamantes y lana de vidrio. En los armarios se despliegan hojarascas balsámicas y unas miradas que empalidecen los trajes vistosos de las viudas. Detrás de una cortina de cristal se incendian las facturas cautivas. El busto inclinado del gran fundador quisiera volar y prenderse de las arañas que iluminan su gloria y su múltiple descendencia.

Los confidentes hieren a los pobres champiñones con sus cigarros inapelables. La muerte lenta se amanceba con los invitados y les canta una canción en inglés de New York. No existen viejos en la recepción: la cirugía ha tornado a todos en mozalbetes con bríos.

Las bellas de las portadas de revista se han ligado las trompas para coronarse en el banco que más albor dé a sus muslos. En la constelación de espejos las flores de carne tierna, impacientes, sueltan sus pétalos al viento de las carteras pródigas.