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Giacometti en casa onírica con hombre joven ciego

Texto y collage: Wilfredo Carrizales

Giacometti en casa onírica con hombre joven ciego

Una voz falsamente recia, emergida desde la oscuridad, le dice a Giacometti:

—¡Bienvenido, maestro! Le esperaba desde hacía por lo menos un año.

—¿Quién eres tú? ¿Dónde estoy?

—Está en la casa que siempre soñó. Yo sé que recientemente tuvo sueños donde la casa se le aparecía amplia y vistosa y en su interior había una carreta con toldo y unos zíngaros bailaban al compás de una pandereta.

—¿Cómo sabes tú esas cosas? ¡Déjame ver tu rostro para poder mirar con qué clase de persona hablo!

Una lámpara fue encendida y proyectó una débil luz, pero suficiente para distinguir a la persona que hablaba. El interlocutor era un hombre de aproximadamente veinticinco años. Vestía una larga túnica talar, de indefinible color, tal vez debido a las pringosas manchas que la recubrían en muchas partes. Las concavidades donde debían estar los ojos se mostraban vacías, habitadas por una lobreguez de larga data. Giacometti tuvo un sobresalto y el ciego lo percibió.

—No tema, maestro. No represento a la muerte. Sólo soy un ciego que perdió sus ojos cuando era niño a manos de un traficante de mendigos de El Cairo. Por esta casa han pasado algunos de sus amigos, Samuel Beckett, entre ellos. Yo a usted le he visto en Ginebra y, especialmente, en París.

—Entonces, indudablemente, tú eres un vidente. Alguien que adivina el pasado sin haberlo vivido. ¿No es así?

—Usted ha dado de nuevo en el clavo del cual pende su esfera predilecta.

—¿Cómo llegué aquí?

—Por sus propios pasos, por sus irreprimibles deseos de conocer a profundidad lo sublime de las mansiones que se edifican durante los sueños y que se desvanecen al despertar.

—Pero esta casa está desierta, sin muebles, exenta de adornos en las paredes. Únicamente siento el pulsar de una cuerda que hace vibrar mis nervios.

—Esa cuerda representa a la vacuidad que usted tanto buscó con sus últimas esculturas... Le invito a echar un vistazo a través de la ventana de esta casa. Mire hacia afuera sin mirar, sin fijar la vista en nada... ¿Qué ve?

—La fachada de una casa con un rostro multicolor, cuya boca parece reír burlonamente. También observo un extraño pájaro de cuerpo rojo que forma parte de la faz y que está en actitud suplicante o algo así.

—¿Qué más advierte?

—La casa tiene columnas ubicadas afuera y que soportan un techo de tejas amarillas. ¿Qué casa es ésa y qué significado tiene cada uno de sus elementos?

—La respuesta se encuentra dentro de usted mismo. Sin embargo, puedo decirle que la fachada que ha visto corresponde a la de esta casa.

—¿Cómo es posible? ¿Allí afuera existe un espejo que refleja la parte externa de la casa donde ahora estamos?

—No hay ningún espejo. Usted ha visto con la fuerza de su propia convicción. Con la visión que le permite situarse más allá del lugar que ocupa temporalmente.

El ciego coloca una mano sobre un hombro de Giacometti y le invita a sentarse al lado de la lámpara, cuya luminiscencia ha decaído en buena proporción. Las sombras de las dos figuras sedentes se recortan con un dejo de misterio encima de la pared trasera. Un austero silencio prima en todo el ámbito.

—Recuerdo cuando le atisbé mientras usted cruzaba aquella calle de París en medio de una pertinaz lluvia y se cubría la cabeza con su sobretodo. Usted avanzaba semiencorvado y como abstraído. Yo me dije: ahí viene el hombre que camina, el hombre que marcha hacia su realidad imaginada.

—Todavía siento la frialdad de aquella lluvia tan tenaz. Yo venía de dibujar a una muchacha que me capturó con su mirada, pues era lo único que yo apercibí que estaba vivo en su rostro. El resto de su cara se me manifestaba como una calavera. Por supuesto que no le hice ninguna referencia al respecto.

—Usted no podría dibujar entonces mi semblante, puesto que yo carezco de ojos.

—Tu caso es diferente. Aunque en tus cuencas los globos oculares han sido suprimidos, yo intuyo una “mirada”, penetrante y sagaz, que proviene del fondo, del cauce de tu memoria o del lecho de tu alma.

—¿Eso quiere decir que podrá dibujarme? Para mí sería una experiencia inaudita poder palpar mi rostro y mi “mirada” representados sobre papel.

—Ahora no traigo conmigo ni lápices ni papel, mas te prometo que para la próxima estadía dibujaré tu cara por demás expresiva y sin reticencia.

—¿Cómo sabe usted que volverá a esta casa?

—Pues porque deseo que un vidente como tú, con seguridad capaz de mirar una cabeza tallada en el filo de un cuchillo, pueda apreciar mis delgadas y reducidas esculturas cuando una corriente de aire las eleve, junto con las hojas otoñales, por encima de los tejados. Tú eres el hombre que se sienta o sabe permanecer sentado, el que se hará retratar conmigo, el dueño del ave que está empollando sus huevos en el alféizar de la ventana.

—Yo quisiera que usted también esculpiera mi figura.

—No esculpo la figura humana, sino la sombra que es aspecto.

—Tanto mejor así. Yo dentro de esta casa sólo soy una sombra, una silueta de una era ya olvidada y su escultura me devolverá a la noche y al tiempo corroído que me pertenece.

—De acuerdo. Te haré emerger desde la eternidad donde te encuentras y me serviré para ello de un especial crisol que funda sentimientos y durezas, flexibilidades y zumbidos...

Giacometti y el ciego deciden enmudecer un rato. El vidente extrae del interior de su chilaba una larga pipa, le embute picadura de tabaco y la enciende con la llama de la lámpara. Da una prolongada chupada y luego expulsa el humo con suavidad, con arte. Las volutas forman diminutas figuras humanas en el ambiente sobrio y relajado. Giacometti se queda embelesado observándolas a la luz tenue del quinqué. Rememora sus esculturas y la fascinación se apodera de él hasta hacerlo sentir el efecto centrífugo del espacio. Sonríe y deduce que el ciego también es un artista, un mago de las formas efímeras. En ese momento toma la decisión de reducir el bronce a su más ulterior límite viable en la creación de sus próximas esculturas.

El ciego termina de fumar y golpetea la cazoleta contra el piso de madera para que caigan las cenizas. Giacometti sale de su arrobamiento y espera hasta que el vidente renueve la conversación.

—¿Sabe? Evoco con mucho afecto la ocasión cuando usted se puso a danzar con los niños de la familia Maeght en su apartamento de París. Todavía me parece que ustedes bailotearon, al compás de una música casi celestial, por horas y horas y no manifestaban señales de cansancio.

—¡Ah, París sin fin! Mi suerte en la Ciudad Luz estaba echada. Yo siempre la miré como a una mujer y tenía la sensación de poseerla a plenitud hasta lograr escuchar sus fluidos más íntimos y palpar la ternura y multiplicidad de sus curvas.

—¿En alguna oportunidad pensó en modelar una estatua que encarnase a París?

—Intenté hacer una larga figura femenina, pero llegó a ser tan alargada que más bien semejaba a la Torre Eiffel. Luego la arrojé a las llamas y desapareció vuelta polvo.

—No me atrevo a reírme por esa inaudita ocurrencia porque colapsaría de risa y usted se ofendería.

—De ninguna manera. Realmente es un hecho desternillante y además la cabeza de aquella frustrada figura quedó tan pequeña que podía caber dentro de una cajetilla de cigarros.

—Mejor no río, porque después no puedo parar... ¿Y luego no intentó de nuevo hacer una figura que lo satisficiera?

—Tuve el propósito de acometerla hasta un final aceptable, empero las figuras que salieron posteriormente más se parecían a niñas que a mujeres adultas. El desenlace fue que terminé aceptando aquellas figuras alargadas que a la postre me resultaron tan agradables, tan desobedientes a las reglas estéticas aceptadas.

—Durante el periodo en que veía cabezas flotando en el vacío, ¿no se deprimió por esa experiencia aparentemente contraproducente?

—Estaba espantado, aterrado. Un sudor frío, en exceso, resbalaba por mi espalda y me hacía temblar. Entonces resolví hacerle frente a las testas flotantes. Las acepté como a cosas vivientes y muertas al mismo tiempo. Les di vueltas y estudié todos sus flancos y comprendí que la aniquilación del ser podía tener una existencia concebible. Memoricé cada detalle de sus arrugas, de sus dobleces y comprimí la dirección de sus músculos para que las líneas se dirigiesen hacia el centro, en procura de una contracción centrípeta.

—Yo posaría para usted miles de veces hasta que arranque de mi ser la profundidad del silencio que me engendra. Estoy seguro de que en ese instante yo podría ver realmente con mi vista recuperada y no tendría más necesidad de encoger el rostro.

—Sí, creo que serías grande dentro de la pequeñez lograda. Me gana la euforia de sólo imaginarlo. De esta manera, tú te establecerías a ti mismo, sentirías un emocionante choque en tu pecho, podrías amoblar esta casa para los futuros visitantes, diseñar una existencia acorde con la aventura de la provisionalidad y la pérdida de lo efímero...

De pronto, se escuchó el chirriar de las ruedas del carrito de las medicinas que se usa en los hospitales. En la cara de Giacometti apareció una sorpresa fulgurante. El hombre le indicó con un ademán que tenía que partir. Giacometti se acercó al vano de la ventana y escrutó al tiempo atmosférico. “Va a llover”, dijo. “Y justamente debo pasar y no temer la amenaza que cuelga sobre mi cabeza”. El hombre apagó la lámpara y el recinto quedó completamente a oscuras. Por último se escuchó a Giacometti toser varias veces y a continuación una inexpresable quietud disolvió cualquier posible congoja.