Comparte este contenido con tus amigos

Golondrina

Texto y fotografía: Wilfredo Carrizales

Golondrina

NO CREO que pretendas hacer verano sobre la palidez de un bombillo;
tus golondrinos han desertado de su madriguera de axilas
y sus caprichos se han vuelto tan inestables cual hierbas sentenciadas.
Llegaste con la migración de los meses más ahorquillados
y te afanaste en beber la leche en los orzuelos de la euforia.
Diste en el blanco para tornarte rival del infinito;
cuando bifurcas los itinerarios las golosinas vislumbran los asideros.
En los torneos de vuelo produces las carambolas
y en los espacios se marcan las rayas
y las semillas que anhelas como premio
desaparecen al primer golpe de tu desplante.
Acusas la rapidez de los vientos
y los pestillos de las puertas que se te cierran
afluyen con las rachas que te dejan deudas.
Si bien es cierto que cifras tus razones en los monogramas,
no por ello tu plumaje de cortesía es artículo de fe y victoria.
¿De veras no le temes a las claraboyas
o a las incivilizadas marquesinas de la aurora?
Hay quien se complace en verte colgada
y quien calla ante tu pena para otorgar otras dudas:
observa el momento del despliegue de las nubes
y cuida que todo culmine con el realce que te destaca.
Se supone que nunca llegas tarde y no te enmustias,
pero algo inadmisible puede treparse a tu cola
y experimentarás el adorno de las estatuas
si permites que tu gerundio que vuela se estanque.
Se sabe que no edificas en falso,
que lo fabuloso no hace mella en ti,
que el perjurio no es más que una simulación
para resplandecer sin ruido ni hermetismo.
Maduras con la juventud de las otras aves
y ya posees cierta costumbre de reina y convites de viaje.
¿Recuerdas haber vivido en un retablo oportuno,
donde los títeres asesinaron al maese por falta de discreción?
Todo se achica en ti para que penetre un aguamiel
y puedas medrar con lo terrible de tu vocación.
¿Oyes? Se acerca el periodo de las mareas que pendulan
y tú debes partir de nuevo hacia las franjas del aplauso
y allá estacionarte entre los zócalos rotos, de manera plausible,
y despejar tu destino y el nuestro y el de aquellos
para comenzar a componer las pujanzas
antes que vacilen los gusanos
o la risa se trastoque en repugnancia,
rigurosamente, en el rincón menos imposible.