¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

¿Cuántos hombres?

Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

1

¿Cuántos hombres?

Acaso era el hombre que durante el ocaso llevaba un maletín negro en el parque. Se paraba largo rato frente a los aspersores y contemplaba las decenas de pequeños arcos iris que se formaban sobre el césped. Una que otra vez giraba la cabeza, con extraño nerviosismo, como si esperase la llegada inminente de alguien (¿una mujer?, ¿un importante personaje?). No le prestaba atención ni a los gorriones ni a las oropéndolas. El sudor le resbalaba por las sienes y le daba un brillo de cristal a su rostro. Los perros pasaban temerosos por su costado, pues olían algo extraño, pero incomprensible. Los amplios pantalones del hombre se abombaban cuando soplaba la brisa dándole a su figura un aspecto de soberbia extravagancia. Se marchaba con las numerosas sombras del limbo del anochecer y nunca se sabía si al otro día aparecería por allí.

 

2

Tal vez fuese el hombre rodeado de angustias (un otro yo o un otro tú). Con el corazón saliente en un ángulo de reflexión. Desazonado, apremiado, en ascuas. Con asco por la vida. Quería ascender y de todas partes le llovían las facturas. Asediado por posibles asesinos. Imposibilitado de asentarse en ningún sitio. Dándose de golpes dondequiera. Bamboleándose sobre el filo de una navaja de afeitar. Posándose encima de los líquidos de sus interioridades. Huyéndole a los bailes como un bólido. Bruscamente entrometiéndose en la bruma. Echando los bofes y dejando las uñas en las aceras. Perseverando, mas sin ánimo. Constreñido. Machacado por los desdenes. Sin nada sobrante. Cabalgando encima de lo superfluo. Tachonado de estrellas de pólvora y sangre. Engullido por el enjambre de acreedores. Despachado al local de los trastos inútiles. Acuchillado una vez y otra y otra y miles de veces más.

 

3

¿Cuántos hombres?

Quizá se trataba del hombre que se camuflaba entre troncos de pino y que se sentaba en un banco a espiar a las muchachas que paseaban por los jardines y afirmaba que las cicatrices de su cabeza apenas se notaban y que a pesar de su falta de delicadeza no era un ser brutal y que él sabía trabajar la cal mientras canturreaba con mediana voz y que si bien no tenía cara de ángel tampoco la tenía de demonio y que en su pobre casa conversaba todas las noches con su madre hasta que ésta se quedaba dormida y empezaba a roncar y que él era temeroso del cielo y que apenas fumaba y encendía el cigarrillo con una cerilla que frotaba en el piso y que su cintura se notaba estrecha porque comía poco y trabajaba en exceso y que no era amigo de complicidades, pues en una ocasión resultó contuso sin tener culpa alguna y que por eso no contravenía los reglamentos y que disfrutaba estar solo mirando piernas bonitas sin hacerse ilusiones.

 

4

Por acaso sería el hombre que estaba en la pendiente y pretendía trepar. Ocupaba el cargo de subinspector de aduanas y quería prosperar a toda prisa. Adoraba los decomisos y visitaba a los contrabandistas. Adulteraba las declaraciones y aprehendía sus derechos. Confiscaba tablas y aranceles, sellos y fondeos. Se deshacía en halagos cuando convenía; se humillaba por encargo; lisonjeaba al mejor postor. Solía ser brusco con los subalternos y a los adversarios se los atraía con alabanzas y floreos. Diestro para la mentira; sagaz para los negocios turbios; hábil para picar en los bultos ajenos. La muerte lo cebaba y vivía en comunión con ella. Computaba los numerosos años que todavía pasarían por su almanaque de aranceles. Con una pasión inaudita se adueñaba de mercancías y artículos de lujo. Dejaba el desánimo para los demás: lo suyo era la audacia, la osadía y la insolencia como atuendos para triunfar y merecer un puesto digno entre los truhanes de categoría.

 

5

¿Cuántos hombres?

Pudiera ser el hombre que busca y rebusca en los contenedores de basura y trata de acceder a una vía que lo conduzca a un paraíso sobre la tierra o se digne a una resolución importante que lo convierta en ciudadano honorable de la capital o escuche malcriadeces de los guardianes del orden que le recriminan su proceder o condesciende, benévolo, a usar corbata y accesorios de tocador y prendas suplementarias o se le perturba el ánimo y comienza a desconfiar de la bondad humana o se acojona y amanece cagado debajo de algún puente, acompañado por gatos realengos o azuza a sus iguales para que se levanten contra la armonía social o firma un contrato de capitulación donde conste que se retira a los vertederos de inmundicias o se despoja de la gorra roja y la canjea por unos mendrugos de pan y un vaso de leche o se sujeta a la historia y empieza a remedar su destino como si fuera parte de una comedia anónima.

 

6

Posiblemente sea el hombre de las múltiples cavilaciones, el hombre acostumbrado a darle cabezazos a las paradojas. Se despierta con el sol y se acuesta con la última estrella fugaz. De una obligación se traslada a una responsabilidad. Está siempre al quite. Da consejos y no se confunde. Sabe guisar bien sus palabras. Nunca se santigua y muestra asombro por las supercherías. Le rinde culto a los sabios de la antigüedad. De hombre a hombre, limpiamente, esboza su credo y lo defiende a ultranza. Sopla su sopa caliente hasta que el vapor lo hace llorar. Entonces estornuda y se abanica las fosas nasales con una determinación que merece admiración y perplejidad al mismo tiempo. Toca madera para atraer la buena suerte y se aleja de la insensatez que observa en los otros, nunca en sí mismo. Tolera ciertas cuestiones, pero censura el mal uso que se le pueda dar a las válvulas, a las úvulas y a las vulvas.

 

7

¿Cuántos hombres?

Quizás es el hombre del sombrero blanco y camisa azul con franjas negras, quien sentado en una acera dispone su morral para emprender el viaje de regreso a la región de nunca jamás y cuando llegue allá comprará conejos y gallinas con el dinero que a duras penas ganó en la gran urbe y también adquirirá un pedazo de tierra para sembrar hortalizas y legumbres en ella y flores, ¿por qué no?, que también son necesarias y atraen a las mariposas y a las abejas que son insectos no aciagos y a un lado del huerto cavará un pozo para que sirva de estanque para criar peces y cangrejos y en el momento de la bonanza conseguirá una mujer fuerte con la cual se casará y le dará un hijo varón para que herede todas las propiedades y su apellido se propague y al notar canas en su cabeza podrá desechar las ilusiones y se pondrá a leer aquel libro, regalo de su abuelo, que habla de la vida de un hombre que transcurre en un sueño.

 

8

Quién sabe. Tal vez haya sido el hombre que se reprochaba a cada momento a sí mismo y que formulaba sus peticiones mirando hacia el suelo y demandando por el cumplimiento de lo prometido. Él representaba al prototipo del individuo adicto a la reconvención. (A escondidas requería de amores a una vecina casada sin repugnancia ni aversión). Su sino le conducía irremisiblemente hacia el sitio desde donde mejor asediaba a su enemigo de turno. Contribuía a ello la indoblegable voluntad de la que hacía gala en los momentos más difíciles. Su temperamento discurría de lo impresionable a lo irascible, pero sorprendentemente esto no afectaba a su constitución física. Algunas veces se sentía inclinado a producir temor en los demás. Por fortuna semejante fanfarronada pronto dejaba ver sus mediocres costuras. Aunque no las llevaba todas consigo pugnaba en cada ocasión por sobresalir y quedar airoso... Y todo por un enunciado que era pura desaprobación.

 

9

¿Cuántos hombres?

¿Es que ése era el hombre que por no ser cojo escogió el adecuado lugar para ver pasar las nubes, las motocicletas, las esperanzas, las imágenes? Pues que la gorra que usaba parece indicar que sí era: ¡eccehomo! Y se presentó con su camisa blanca de mangas largas y sus gafas y una barba proverbial, mas sin heridas (externas) ni magulladuras. Hablaba una lengua parecida al arameo, pero más suave, más eufónica y sus interlocutores le respondían en inglés y él continuaba su discurso en aquel idioma de resonancias antiguas en donde uno podía advertir o adivinar vocablos ultramontanos que habían sobrevivido a los ultrajes de las edades, las guerras y las conquistas.

El hombre de la gorra y las gafas quedó prendido de las barandillas de la avenida, mientras el sol recostado en el alero del oeste lo retaba a proseguir un debate bajo condiciones favorables para los dos.

 

10

Tal vez el postrero hombre fermentó una promesa y se esmeró para que no se estropeara por el camino. Tal vez él exhibió un falso pudor. Acaso tuvo miedo de pudrirse e infectar el entorno. En todo caso decidió a rajatabla proteger a los quirópteros de la rapacidad de los predadores humanos. Pronto él adquirió la costumbre de dormir en los poyos de las ventanas. No lo hizo por necesidad, sino por lograr un equilibrio. Por lo que él afirmó se marchaba hacia los sueños para comprobar sus consecuencias. Aglutinaba las espumas que flotaban sobre las aguas y las arrastraba hacia las redecillas donde perecían las ondas. Luego peinaba las cerraduras y contaba una a una todas las puertas y ventanas que rastreaba en su zona. Así se alegraba y acompasaba un jolgorio. Después daba palmadas y trasladaba sus barcos de papel de estraza al estanque que no era apto para nadar, pero sí para ahogarse en él.