Comparte este contenido con tus amigos

El ZorroLa cubierta lábil

Se allegó el olor de la estación lluviosa y mis dedos meñiques añoraron la lejanía de las playas con sus arenas mezcladas y con sus lampos que recordaban las calles donde apedreábamos los perros o insultábamos a los viejos tenderos árabes sentados en sus sillas de lona sudadas.

Un aire se vaciaba en mi canasto, mientras mi abuela paterna me urgía a retirar cuanto antes la mantequilla de la bodega “El Manazo”. El olor del queroseno mantenía a las moscas al borde de la locura.

Las tormentas del agua venían por turnos, bullendo, y con un brillo de bálsamo en los laterales. Nadaban las horas en sus charcos turbios sin encontrar a ningún sapo agazapado. Yo brincaba y destripaba mis alpargatas con capelladas de oscuro coronado.

De la suciedad de mis ojos apenas conservo un recuerdo. Mis pupilas irradiaban una maldad que las comadres atribuían al Diablo. “Quiero provocar a la sal”, solía gritar para que mis vecinos me odiaran y pidieran mi expulsión de la cuadra. “Yo soy y seré el que ustedes se niegan”. De esta matriz embellecía mis fetos cotidianos.

Conspiré con mis propios puños forjados al calor de robadas velas. De nadie quise hombros alquilados. Entre los dientes que usaba y los bollos de pan que sustraía del horno hubo una complicidad a duras penas mantenida. (Por las noches me esperaba una correa y un perro macilento que correteaba, burlón, detrás de mí.)

Siempre me suponía en un rincón. Me sabía colmado de dinosaurios, barcos vikingos, guerreros del medioevo y carretas del lejano oeste con el Cisco Kid amamantando a todos los Panchos del desierto mejicano.

Palpé, a veces, la exhalación de un beso depositado dentro de una botella e infinitesimalmente me condenaba a arrojar mis bacinillas por la ventana equivocada.

Las promesas me alcanzaron, en todo caso, a destiempo, cuando ya la zaranda llevaba largo trecho sacándole lustre al piso del fregadero. De sarampión complicado por poco salto hacia la fuga con los esqueletos y si no hubiera sido por una Melania de sangrado y análisis hace rato que anduviera entre los breñales del osario.

Me quedé casi ciego al momento de ver y palpar la suave tela de algodón de la pantaleta de Natalia; mis dedos mojados en saliva encontraron su devoción. Aunque su asma me hizo toser por varias noches y puse en vilo la economía familiar.

Nunca me propasé con la electricidad. Ella encajaba dentro de mis miedos y traté de mantenerla a raya. Hubo testimonios de índices renegridos en la justa de la temeridad con los cortocircuitos. Luces de bengala en mi habitación para la magia y la pirotecnia.

Anduve flaco y sin sombra, a pesar mío. Tasaba mi acné de acuerdo a la demanda y favorecí jornadas donde la picazón bailaba de incógnito en las fiestas de cumpleaños.

¿Para qué explayarme acerca de las zanahorias hurtadas en el campo del portugués, mientras el tractor suplantaba el sonido del tren traicionado?

Finalicé la aventura tras las perversidades de Pinocchio o la hipocresía de Gepetto, los grititos simiescos de Tarzán, la mariconería mal disimulada de “El Zorro” y Batman, el seguimiento de las travesuras de “El gordo y su pandilla”, las truculencias de Superman y la pérdida del antifaz de “El Enmascarado de Plata” para poder saldar la deuda contraída conmigo y con los otros.