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Lao SheLao She, la primavera de Peking y un intento de crónica

Este año el periodo climático lichun (“comienzo de la primavera”) correspondió al cuatro de febrero de acuerdo con el calendario lunar. Como todas las semanas me fui a pasear por la calle del antiguo Colegio Imperial de Peking. Me gusta sobremanera esta vía estrecha, tranquila (a pesar del incremento de turistas) y arbolada que aún conserva algo del sabor de antaño: estelas con inscripciones a ambos lados del Templo de Confucio y el arco de madera ornamentada en mitad de la calle. La temperatura había descendido un tanto debido a un viento brusco y frío que obligaba a llevar gruesa ropa de invierno, guantes y bufanda y a refugiarse de vez en cuando detrás de una pared o de un tronco de árbol. El ambiente gélido hacía difícil tomar fotografías.

Cuando alcancé la puerta del Templo de Confucio sentí más frío que momentos antes. Miré hacia el interior y descubrí que había pocos visitantes. Compré una entrada e ingresé al amplio patio del Bosque de las Estelas. Busqué un asiento que estuviera lo suficientemente protegido del viento helado que arreciaba con fuerza. Me senté de espaldas al sitio por donde se irrumpe al recinto y me puse a escuchar el ulular del viento sobre los tejados y encima de las copas de los vetustos pinos. De repente, sin saber por qué, recordé que el día anterior, tres de febrero, se había cumplido ciento once años del nacimiento del famoso escritor Lao She, quien había sido ultrajado, injuriado y golpeado por los “guardias rojos” el veintitrés de agosto de 1966, en plena “revolución cultural”, en este mismo Templo de Confucio. Se le acusó de “derechista” y se le obligó a volver al día siguiente para que se retractara de sus “errores” e hiciera autocrítica. De acuerdo con la versión oficial se suicidó ese día veinticuatro, después de permanecer por largas horas a la orilla del lago Taiping de Peking, al sumergirse en las aguas y ahogarse. Sin embargo, existen otras versiones que aseguran que murió cerca del Templo de Confucio como consecuencia de la brutal paliza que recibió de los “guardias rojos”.

Lao She era de origen manchú y provenía de una familia pobre. Su nombre original era Sumuru (en chino Shu Qingchun) y había nacido en Peking el 3 de febrero de 1899, siete días antes de la “Fiesta de la primavera” que aquel año cayó el día 10. Por eso se le puso por nombre Qingchun que quiere decir “Celebrar la primavera”. En 1922 se convirtió en cristiano y se unió a una iglesia de Peking.

Lao SheAntes, durante o después de la “Fiesta de la primavera” en Peking soplan tenaces e incontenibles vientos del noroeste que transportan arena de los desiertos y la depositan por todos los recovecos de la ciudad. Una capa de gualda arenilla se precipita sobre vehículos y personas y las pieles parecen afectadas de ictericia. En la cantidad de años que tengo viviendo en esta capital he visto y padecido unas cuantas tormentas de arena y polvo, pero la que azotó a Peking, durante dos días, hace unos cuatro años puedo considerarla la más violenta y penetrante hasta el punto de llegar a tragar arena aun metido en la oficina o en mi habitación. En el aire flotó durante varios días una cortina de arenilla que enmarillecía el entorno hasta la lejanía del horizonte difuso.

Con todos esos recuerdos de las nunca bienvenidas y desagradables tormentas de arena y mi repentina añoranza por los escritos de Lao She acerca de la primavera de Peking, me levanté de mi asiento en el Templo de Confucio, caminé tiritando de frío hasta la salida y tomé un taxi. Le dije al taxista que me llevase al Callejón de la Abundancia, donde está ubicada la antigua residencia de Lao She, y llegamos allá en un cuarto de hora. Hacía más de veintiséis años que no venía por este lugar. La casa ha sido reparada y convertida en un pequeño museo después que en el año 1979 Lao She fuese “rehabilitado”.

Lao SheLa entrada a la antigua residencia de Lao She es gratuita. Es una casa tradicional de Peking, las llamadas “siheyuan”: un patio cuadrangular rodeado de habitaciones. En el centro del patio hay erigido un busto del escritor. Aunque protegidos por una pared de vidrio, se pueden visitar su lugar de trabajo y su dormitorio. En las dos habitaciones restantes hay vitrinas con diversas ediciones, en chino y en lenguas extranjeras, de sus muy conocidas novelas y piezas de teatro, poemas, investigaciones sobre arte popular y ensayos. En las paredes cuelgan numerosas fotografías que recogen diversos aspectos de la vida de Lao She, tanto en China como en Inglaterra y Estados Unidos.

Pregunté a la salida, al vigilante en su oficina, si había libros de Lao She en venta. Me mostró dos y me decidí por el titulado Lao She habla de Peking, con viejas fotografías, editado por su hijo Shu Yi. Aproveché para interrogar al “camarada” Wang, el vigilante, acerca de la variante del suicidio de Lao She y me repitió la misma versión oficial ya por mí conocida. No insistí más, me despedí y me encaminé hasta un recogido restaurante situado en el vecino Callejón de la Salud. El viento gélido me golpeó el rostro con brutalidad y penetré a toda prisa al reducido establecimiento. Escogí una mesa colocada al fondo, cerca del calentador a carbón, pedí algunos platillos fríos y una botella de aguardiente de sorgo de sesenta grados. Así parapetado y bien provisto de comida, bebida, papel y bolígrafo me dediqué a traducir el primer capítulo del libro de Lao She, que lleva por nombre “El viento primaveral de Peking”. Oigamos al escritor con su característico timbre de voz pekinés:

 

Lao She“Este año, la primavera llegó bastante temprano. Varios días antes de mi cumpleaños, en Peking ya había soplado fuertes vientos dos o tres veces. Sí, el viento primaveral de Peking parecía no ser el que envió la primavera, sino que violentamente la sopló. En aquel año, las personas sabían cortar árboles, no entendían de plantar árboles. Poco a poco las montañas se convirtieron en montañas peladas, la tierra quedó desnuda. Desde antes, incluso en nuestro diminuto cementerio también había tres o cinco cipreses, pero al llegar a la generación de mi padre esto cambió ya en una leyenda. Las montañas peladas del norte no podían detener al feroz viento que venía de más allá de la Gran Muralla. Las murallas de Peking, aunque sólidas y gruesas, tampoco podían detenerlo. El frío viento envolvió a la arena amarilla, vino como con chillidos de almas en pena y gritos de los dioses; el cielo y la tierra se tornaron confusos; el sol y la luna perdieron la luz. El cielo azul se transformó en cielo amarillo; cayó arena amarilla. Sobre el suelo, la tierra negra que contenía orina de caballos y excrementos de camellos y desperdicios, juntos, ufanos, volaron hacia el cielo. En la mitad del cielo, lo negro y lo amarillo subía y bajaba, gradualmente se mezclaron, convirtiéndose en una honda bruma arenosa que tapaba la luz solar. El sol desde su lugar atravesaba el centro de lo amarillo y emergía rojo, como un pedazo de sangre coagulada.

”Vino el viento. Fuera de las tiendas, los arcos adornados que se elevaban hacia el cielo chirriaban en desorden. Los anuncios exteriores de las tiendas, de tela, se rompieron, trayendo no sé cuántos clamores y exclamaciones de dentro y de fuera. Las copas de los grandes árboles bajaron hasta no poder bajar más. Las ramas secas y las vainas enjutas de las sóforas chinas cayeron sucesivamente. Sobre las horquetas de los árboles los nidos de los cuervos estaban esparcidos aquí y allá. Todo el polvo de los pasillos y veredas parecía haber volado; en frente no se veía a nadie. Las personas que no podían no salir parecían peces que se debatían en un oleaje aterrador. Los cuerpos que avanzaban siguiendo al viento eran impulsados sin libertad hacia adelante; las dos piernas caminaban en dirección contraria al viento y el cuerpo retrocedía. Sobre sus cuerpos y rostros había caído tierra negra y los cubría; parecían recién salidos debajo de la tierra donde habían estado metidos. Los ojos enrojecidos, sin cesar lagrimeaban; de los huecos de las narices emergían con violencia dos pequeños arroyuelos de barro...”.

 

Lao SheDe pronto, una brutal ráfaga de viento golpeó de frente la endeble puerta del restaurante y la abrió con un estruendo. Saltaron chispas de los carbones encendidos y mis papeles revolearon y cayeron al piso, desperdigados. Un camarero acudió de prisa a atrancar la puerta y maldijo por el pésimo tiempo. Recogí mis borradores y me repantigué en la silla lo mejor que pude. Me tomé de un golpe medio vaso de aguardiente y continué con la traducción.

 

“...Aquellas personas que sufrían en las casas sentían que los gabletes se estremecían y que las tejas eran arrancadas. No sabían en cuál momento, de las casas conectadas, el viento traería a personas y juntas serían sopladas hasta cuál lugar. El viento soplaba en las cuatro direcciones y expulsaba el poco aire tibio. El agua vertida de día en las tinajas se congeló. Sobre las mesas, encima de las camas de ladrillos, descendió un polvo hediondo y las colmó. Justamente cuando hervía la leche de soja, también en medio del ámbito se revolvieron olas blancas y sobre el borde de las ollas quedó un muy negro redondel.

”En un rato, el viento silbaba desde lo alto y se iba; en un rato, venía frotando con su cinturón de piel, azotaba las paredes de los patios y ululaba de manera confusa. No se sabía adónde se iban soplados los papeles rotos y las hojas secas del patio. En un soplo, el viento pasó. Todos juntos exhalaron un suspiro; los corazones descendieron desde sus altos sitios a las posiciones originales. Pero, el viento regresó y le hizo sentir vértigos a la gente. El cielo, la tierra, las paredes púrpura de la Ciudad Imperial y el Salón de los Tesoros y las Campanillas Doradas parecieron temblar. El sol perdió sus rayos brillantes. Peking se convirtió en un sitio no envidiable, dificultoso para transitar, donde la arena voladora andaba a su gusto. El fiero viento asustó al ocaso. Todos estaban mirando a aquel sol que no parecía tal y que temprano se había ocultado. En la noche, realmente vino el silencio. Las ramas de los grandes árboles se irguieron de nuevo. Aunque todavía ligeramente estremecía, pero la gente manifestó contento y desahogo. Los patios estaban aun más limpios que cuando recién se barrieron. Los papeles rotos y demás cosas no se sabía adónde habían ido; sólo por casualidad, uno o dos pedazos estaban ocultos en los rincones de las paredes. En los bordes de las ventanas se acumularon algunos pequeños túmulos de polvo, extremadamente seco y fino. En el alféizar de las ventanas era un poco grueso aquí, un poco escaso allá. Se aglomeró capa tras capa de pálida y delgada tierra amarilla, como la playa después que la lava el agua, como las huellas que deja el canal de los tejados. Todos estaban un poco calmados; todos esperaban con anhelo que al día siguiente no hubiese ni un poco de viento. Pero, ¡quién podría saber cómo sería! En aquel entonces no había pronóstico del tiempo.

Lao She”No importa lo que diga, ¡mi buena suerte no era pequeña! Aquel día del mes de mi cumpleaños, no sólo no hubo viento, además sobre el cielo azul regresaron relativamente temprano del norte los gansos salvajes. Aunque no eran muchos, sino unos cuantos, pero sus graznidos limpios y frescos hicieron que todos corrieran hasta el centro del patio. Con las cabezas levantadas y señalándolos, además diciendo repetidas veces ‘El siete o el nueve se deshielan los ríos; el ocho o el nueve vienen los gansos salvajes’. Todos estaban muy excitados. Todos además adicionalmente descubrieron que dentro de las hendiduras de los escalones emergió un pequeño conjunto verde suave de fragantes hojas de artemisa. La segunda hermana mayor en seguida quiso quitarse la gran chaqueta forrada de algodón. Nuestra madre la detuvo con un grito: “¡No te permito que te la quites! ¡En primavera te cubres; en otoño te congelas!”.

 

Terminé de traducir el enjundioso y evocativo texto cuando ya la potencia del viento había amainado considerablemente. Apuré lo que restaba de aguardiente en la botella, pagué lo consumido y emergí al callejón donde no se divisaba ninguna figura humana. Una bandada de cuervos pasó crascitando por encima de los árboles desnudos y yo me fui tras ellos hacia el oeste, con el estómago y el corazón calientes, a por un nido cómodo donde terminar de palpar la inusual puesta del sol.