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Lugares

Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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Lugares

Cocotero: es la luz en contrapicado que te nombra. Se conoce que no perteneces a los cecucientes. Quien te hace ascender es la electricidad que mana del grito del día. Allí, asuso, las nubes descifran tus señales de altura e hidalguía. Los estropajos secos pretenden embrollar tu destino con sonidos de semillas que deliran. Mas, tú, cocotero, eres fuerte en el pedestal de arcilla amparada.

Cocotero: tú no vives en un país olvidado. El recorrido se te acrece con las sales que desde el subsuelo sueñan para ti las memorias del mar antiguo que se extinguió. Buscaré en el interior de tus frutos la diminuta ensenada que calma la sed con su tranquilo aguaje y con un golpe de cuchara, posterior, de comensal alerta, devoraré la carne y su aleteo de albura.

Cocotero: tu lugar se hace robusto con las cenizas que invocas para que se conviertan en los centinelas que rechazan el exilio y la omisión. Yo te veo avanzar por entre nubarrones que portan amenazas y descubro un muro de frondas protegiéndote de las chispas aciagas. Yo sé cómo encontrarte, cocotero, y conozco los signos que hacen entendernos. El mal de tus enemigos no supera a la inflexibilidad de tu talismán: criatura que muerde con coraje de verdugo.

Cocotero: el halo de tu orgullo embellece la paciencia de las tardes y los pliegues de las futuras sombras nos pesan menos. En la ceremonia de mirarte cada día hallo una calentura diferente agazapada en tu encendida piel.

 

2

Lugares

Ante la presencia del imponente árbol y su hendedura que profundizó en mí, un asombro se colgó de mi espíritu. La sangre se desplazó sobre los corpúsculos de luz que se aglomeraban en los ramajes. Comencé a viajar sin moverme y el alambre de púas no fue obstáculo para que me mezclara con las yerbas del prado. Las hormigas detuvieron su trabajo y dejaron de lado los atormentados huesos que roían y se dedicaron a liberarme de los residuos de arrogancia que aún traía.

Una garza asaz transparente, casi de niebla, voló hacia el poniente con el ramaje del descomunal tronco enredado entre sus patas. Fue un acto heroico con la fe de crear un solo espacio reverdecido que anulara cielo y tierra, pero el horizonte decapitó al ave y una mancha densa y purpúrea quedó como añoranza sin fragua.

En lontananza las puertas de las montañas se cerraron tras los relinchos extraños de yeguas que se defendían de los latigazos de la topografía. Fuera del alcance de la mano, un hombre que no reconocía estar muerto se deslizó por encima de un rocío extemporáneo y abrió una tronera: treta para cortar el comercio de plumajes.

Un eco se consumió con espeluznante lentitud en los relieves del oído. Un incendio de agua quiso quitar lo amargo de la garganta. En una encrucijada de matorrales un libro de moralejas bostezaba en medio de motas de lodo y heridas torpes de puñal.

Del lugar que puse bajo mi protección inmediata al lugar que se me escapó con rapidez de serpiente, sólo mediaba una distancia de pardusco sentido.

 

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Lugares

No es más que una cruz de cal dura apenas. En un rincón preterido de un cementerio nada más. No llegaron piedras porque sería como apresurar un jardín que no se desea. Un helecho brota del ángulo más húmedo de la pared en un acto de ficción e insaciable encanto. (¿Los soros estarían tan solapados que prescindirían de los humos de las vísperas de los difuntos?). Otras plantas diminutas que oscilaban entre la insignificancia y el esplendor se aposentaron en un escondite para tramar un muestrario de vínculos con la trascendencia.

Aun menos que una reliquia, la cruz de solemnidad de pobre se despreocupa de la insidia y riega con su tenacidad el palmo de tierra que le fue concedido. Un presagio está grabado en la base y el friso se coagula en su vestidura de estuco y redoble de osamentas.

Esas blancuras lo ignoran todo. Esas blancuras eluden el tráfico del sol y extrapolan sus propios eclipses a las represalias que mojan hasta calar a los costados protervos. ¿No habrá nunca la promesa de unas alas que traigan colores desde los albergues casi cercanos de los ángeles?

Llegará incandescente la canícula y entonces ya no habrá más por un largo tiempo el rastrero aroma de frondes, ni los susurros del rezumadero. Únicamente habrá una luminaria de altos poderes a la cual no se podrá mirar de frente.

Le restará a la cruz exhalar su agostado misterio y apartar las grietas más taciturnas para que el retiro se desborde con su fuego y sea el emisario del sofoco.

 

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Lugares

Se afirmaría que la calavera de toro reina en dos emplazamientos. Se aseveraría que el último mugido aún recorre los pastizales en busca de la manada lechera. Se insistiría en que las cuencas vacías todavía destilan el humor de las sentinas y los cuernos se niegan a caer para condensar los años de bravura.

Más corta que la historia del astado sacrificado es la referencia al aroma de la carne ensartada en varas y asándose expuesta a los vientos caribes del mar cercano. Cuando vivía, el toro no permitía la muerte a mansalva en la hondonada baldía. En sus belfos acechaba un remolino y con su mirada secaba a las mariposas en pleno vuelo. ¡Y luego le tocó a él tanta carnicería en el pozo que lo tornó vulnerable, comestible, eructable!

Una cuerda pende de uno de los cuernos sin porvenir. Recordatorio de lo mortal hasta el primigenio hocico de la bestia. Por la cuerda se escurre un vaho que recompone los errores de la estampa campestre. ¡Qué cobertizo para continuar la existencia y el padecimiento de las burlas trasfundidas!

A trasmano, un taburete ha sido tumbado por insistentes preguntas. ¿Erraba el toro? ¿Tenía prometido el destierro? ¿Había jugado a perder? La malevolencia de la materia ósea deviene en máscara para un ritual de sabana. De la incurable eternidad un pálido reflejo se incorpora al cráneo que embiste.

Un lugar cercado. Circuido por las sombras de árboles de ambivalentes accesos. Más allá, más lejos, una silueta enhiesta y cuadrúpeda rumia su trozo de constancia. Mientras tanto, el potrero, la dehesa, el escenario llano, descorre su cortina y un soplo del paisaje se mete, incólume, dentro de las pupilas.

 

5

Lugares

Hace ya un lustro que no te mueves, arrumbada en la playa. No consigo entender si buscas el matrimonio definitivo con alguna alta marea o si por el contrario urdes un insólito rumbo en océanos con cartas cabales. Desde la popa te acosan los cangrejos y aunque aparentes ser de coral, esos crustáceos saben cómo devorar tus maderas que carecen de alientos y que se repliegan con los hachazos de la intemperie.

¿Acaso acatas el mandamiento del Señor de las Arenas y trocaste tu destino de boya por un derrotero de minusvalía y oráculo mudo y vencido? ¿Adónde huyeron tus remos, tus redes y tus arpones? Las fauces del tiburón dejaron su impronta sobre tu casco que escarbaba en los arcanos de la espuma. ¡Ahora hasta los albatros defecan sobre ti y las gaviotas te usan de aliviadero y refriega!

Tu apostadero sólo atrae ruinas que el mar vomita en cada borrachera: raíces, desperdicios de atolones, ramas desnudadas por la sal, conchas y señales del contrabando. Has fundado una ociosidad, obyecta, que acumula sollozos entre tus invisibles mallas. Has acarreado derrotas y un abismo que te embalsama con fuerza.

Tres lanchas pugnan por asirte y halarte para que vuelvas a sobreaguar. Mas tú te envuelves con la costra del escozor, apilas historias de naufragios y te tornas inasible. Tus vocablos pertenecen a la desesperación y a la esfera de la escalofriante cobardía.

Frente al cayo que te monta la guardia se erige un faro de cristal que –sin que tú lo sepas- aleja tus pesadillas y el siniestro seguro de los rebotes del huracán. Si de verdad prefieres la muerte, ¿por qué entonces no implosionas y despedazas el recuerdo de tus mejores días?

 

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Lugares

La encuentro recostada contra el pilar de después de los tiempos. Su sombra le pasa y vuelve con otra sombra mayor y así siempre y siempre. A contraluz se sumerge en el vapor de la llovizna y no se resigna a perecer mientras conmover pueda. Una plegaria gira alrededor del eje y comulga con la soledad que no se identifica con el círculo funerario.

La inacabable zafra le otorga vida entre los muchos viajes en sueños. La rueda estará intacta a perpetuidad y nada la derrumbará. El aroma del guarapo, júbilo único, baja hasta su pie redondo y la recobra para un ademán eterno de silencio o de resplandor en la frente lustrosa del otrora buey de las cosechas.

Donde los cañamelares se han entronizado la rueda encontró su sudor y su corazón. Una vez fue carreta y luego desmembrada quedó, perdida en mitad de un pesar que abruma más que un arenal que no expía. Rueda que avizoraba los bagazos en las esquinas y les quitaba las angustias al proponerles nuevas y excitantes aventuras. Rueda más fecunda que el ingenio agonizante y que el polvo de los memoriales que antaño salían al paso para las despedidas en los bailes de gala en la hacienda.

Mientras fenecen las alcurnias, detrás, las luces del intertrópico reverberan contra las paredes donde se anuncia el alba y, a pesar de ciertas máculas inviolables, el musgo enarbola su juventud para ser el infaltable huésped.

De cuerpo presente, la rueda huella su avatar hacia la cálida ráfaga de los meteoros de los valles. Entonces, cuando a solas con la noche circunvoluciona, un destello le hace recuperar la larguísima extensión de su nombre.

 

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Lugares

Cicatrices del comején. Que nadie se acerque. Que nadie lo deplore. El árbol seco ocupa un lugar remoto y es un ventanal su entorno para merodear al margen de las estaciones. ¿Todo ha de ser en vano si existen tales insectos térmicos que producen alucinaciones y espejismos de la contemplación? ¿Se escucharán los ruidos de esos tatuajes que avanzan en la penumbra y para los cuales no hay solución de continuidad?

Cuando un árbol se nos muere se nos torna dura el alma. Las manos deben despojarse de cenizas desconocidas y musitar con las nervaduras el advenimiento de prístinos cortejos vegetales en las tormentas. Los espejos que tremolan en la distancia reflejan la prolongación de una cadena montañosa y un gris de olor verduzco se apaña para detener a la línea que señala la esfera celeste.

Alguien pide repetir la supuesta ilusión y me espera sentado en el borde de la carretera con un cigarrillo que le transforma las comisuras de los labios. Su rostro es de una apacible y oscura insolación. Él sabe que debe separar su sino de la selva nublada y cuchillo en mano corta lianas para ingresar al pasado.

El ocaso maravilla con su jaula de heridas tenues. Unas palabras ruedan como cerillas hacia el despeñadero. El motor del automóvil levanta su llamarada y sus nutrimentos de carbón que borran lo salvaje. Para no estar en este lugar se requiere un despliegue de fiebres y varios párpados incrustados en los largavistas.

Con unas nubes que se desgarraron con sapiencias de pájaros, el adiós vino y no hubo manera de arrojarlo dentro de la bruma. Al tornar a mirar aquellas cicatrices arbóreas pudimos avistar las uñas de la ogresa en su función devastadora y por demás cruel.