Hechos de máscaras
Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales
(a Magaly Oviedo)
1

Brotan las máscaras de las paredes, de su desconcertante blancura. Las máscaras contienen los asombros y la claridad que se desplaza fugaz desde el jardín. Ellas testimonian los sueños que se ocultan en las noches que yerran y que andan a la caza de los fugitivos.
Las máscaras también vagan por las fronteras de las tinieblas y padecen las cicatrices de las nostalgias y los saltos y asaltos de sus propias configuraciones. La ambigüedad constituye su más fiel rasgo, siempre a medio camino entre la risa y el llanto o la burla y el desespero.
La impenetrabilidad de las máscaras fija una fisura en las miradas y el porvenir de su aparente mudez esgrime una telaraña en el pasado que duda en permanecer o alejarse hasta una sospecha migratoria.
Es bastante probable que las máscaras se hagan preguntas acerca de sus vagos destinos —¿hacia dónde nos movemos? ¿Hacia cuándo de cuál momento? ¿Hacia qué motivo que diluye?— y se guarden en un posterior conjuro.
2

Las máscaras se buscan con sus voces secretas y les dan a su estadía un peregrinaje doméstico de estrellas que reclaman un responso. Nadie descubre con facilidad el lugar donde las máscaras resguardan sus almas. Pocos aciertan en entender su rol en las desmesuras.
No se nota tan cómodamente el reclamo que ellas hacen a las alturas ni el soplo que, cual mutación lejana, surge de sus cuencas inalcanzables.
De las máscaras se desprenden instintos, estallidos minúsculos de una confusión que consigue salida en la extrañeza de la prueba, poros, lunares, encandilamientos de la materia metamorfoseada.
Y en las planas superficies, las máscaras roen las legiones de sombras que amenazan con sus aleteos y sus perversidades. El ayer de las máscaras es nuestro hoy y su mañana, nuestro ayer o nuestro nunca.
Las máscaras se unen, aunque desconfían unas de otras y repentinamente se pierden de vista y, de improviso, vuelven a aparecer, pero con gestos de presagios y atisbos de párpados para entronizar una imperfecta paz que trice las angustias.
3

Arriban como contrabandistas de la penumbra y en los umbrales los fondos de sus ojos tiemblan con un desparpajo de metales gratuitos. Ningún error las aturde ni les arrebata el buen sueño. Si acontecen duelos y quebrantos ellas incendian las cerraduras y clausuran toda señal que intente rebajar la ley que las faculta para realizar proezas.
Muchos morbosos las consideran impuras y aspiran a incluirlas en sus catálogos de supersticiones. Las máscaras, sin dilación, se encargan de sus condenas y los conducen a la máxima ceguera y, a renglón seguido, les raspan la memoria hasta que un fragor les recuerde de dónde ellos proceden.
En los oráculos moran las máscaras o, mejor sería decir, las máscaras son los oráculos que habitan todas las instancias y adivinan las esencias de las raíces. Entonces, ellas se pertenecen, se corresponden con el espejear del alba y con el oficio que trastoca los dominios inalterables.
Están siempre atentas en sus locaciones, prestas a cauterizar las trampas, a invocar el torpe sonido de los goznes y a remedar, sin melindres, la triste torcedura de los rostros.
4

Las máscaras se despojan de las noches y reman en sus ríos, a contracorriente, con sogas que alcanzan el tremedal de las simas del nacimiento y la muerte. Con sus semblantes de inefable utilidad, las máscaras enceguecen a los pasajeros de la usura y los guarnecen de sordera y campanas en los pies.
Por múltiples insomnios, las máscaras tapizan los fervores, heteróclitas, sin deleznable armonía. Por risas de colgaderas, se esfuerzan. Por pliegues de epidermis, no se cuadran. Por pálpitos que saltan como ascuas, se clonan y circuyen la areola del frenesí.
¿Alguien ha visto llorar a las máscaras? A veces, de sus lacrimales emergen rescoldos de sal y un ácido áspero, polivalente, nada contuso. Las máscaras nacen de emblemas que vuelan en las madrugadas y salpican con sus cantos a las lagartijas que les soplan rumores en los oídos.
Cuando el sol recorta su tránsito, las máscaras le arrebatan un filo de obsidiana y abren con él las edades de los simulacros deseantes. No reconocen las máscaras otros estanques que los salidos de sus entrañas, de sus oasis de piel y orzuelos, porque no anhelan rebotar a perpetuidad en los desvanes que ocultan torpes esperanzas, las más de las veces, aciagas, ruinosas por bastas.
5

¿Quienquiera puede arrojar a las máscaras a donde se le antoje? Únicamente a un pobre imbécil se le podría ocurrir tal asunto. Las máscaras son el revés y el envés de las paredes y hasta las criaturas más irrisorias les temen. Ellas se crecen en medio de la avaricia del sol puesto y doblegado.
Las máscaras roncan en el regreso de los letargos y escapan a los escalofríos con maniobras de respiraciones profundas y mordeduras a los espejos. Así, ellas devienen en insomnes que descifran los argumentos de las falsías de los hipócritas.
El hechizo de las máscaras resulta notorio al producirse el desbalance de la luz a la sombra. Una vacuidad se llena de su aliento y reabsorbe las miradas de los curiosos ojos que terminan por tocar fondo y descalabrarse.
¿Quizá las máscaras no han demostrado con hartazgo que se han fraguado al rescoldo de las obras de albañilería y que han sobrepasado lo tangible con sólo efímeras apariciones en las desgarradas grietas de la constancia?
6

Se adelantan las máscaras, siempre, a su tiempo. Se plantan en el borde de los huesos de las casas y acatan la recóndita orden de convertirse en guardianas y asumir la autoridad de la defensa de la transformación de los días en hollejos.
Por ser la soledad su mayor atributo, se cuelgan de un cielo vertical donde se esbozan ladrillos y clavijas. Su prestigio no cesa de espigarse y en medio de su progreso paulatino, no se sacian con las migajas de los réprobos ratones. Ahí comienza su sed y lo inevitable de la ilusión.
Las máscaras comulgan con la impasibilidad y retornan ahítas de los milagros de la siesta. Burbujas invisibles las protegen del caos y cuando su espíritu contiene caolín alcanzan más pronto el altar del sagrario.
Debajo de sus suelos, las máscaras clausuran los orígenes, mientras alas de tierra y materiales de la permanencia y el aguante les aumentan el aliento para que rebasen las desventuras. Las máscaras se buscan con reciprocidad en los sueños. Se palpan las costuras o los pegamentos y la realidad, sí, su real practicidad, las enfunda para el larguísimo viaje sin mensura.
7

En las augustas soñolencias, las máscaras sueltan sus cabelleras hacia la grandiosidad de la medianoche. Sus urdimbres benefician a las virtudes de los ámbitos disfrazados. De lugar a locación, de situación a retiro, las máscaras aparentan inclinarse por lo lúgubre. Mas sucede que lo festivo gravita dentro de ellas y no resalta a simple vista.
A las máscaras no se les idolatra. Se les respeta y se les absuelve tras los telones de calicanto o parapetos domados. Con ellas no ocurren desencuentros y las distancias se acortan hasta la intimidad y el secreto.
Nunca dicen adiós las máscaras y por lo tanto no se puede afirmar si hay lágrimas después de las despedidas. Antiguamente, durante los equinoccios, las máscaras anunciaban oleajes de frescura. ¿Todavía acaecerá tal portento o sólo quedó el hecho para la especulación?
Si las máscaras hieren sus labios, por compromiso, de ellos se desprende un cantar como de lechuzas encomiastas y los agujeros de sus vidas se ensanchan para merecer el numen de los cielos y lloviznar una devoción.
8

Las más lúcidas crónicas las escriben, al alimón, dos máscaras y mientras una se ríe, la otra, muy seria, cogita. El júbilo no se ve, pero flota en el ambiente.
Las máscaras mezclan sus saberes y se trasladan asidas a la memoria. Puede surgir el ladrido de un perro que amarilleaba de hambre o la vergüenza de un muerto que se extravió en el patio.
El dúo de máscaras decapita los malos recuerdos y retrocede hasta el sitial donde el aroma del café invadía la personalidad de la malanga y su antifaz. Otras máscaras invisibles robaban los desperdigados frutos de la aurora y la impunidad era su castigo. Una cuchara se endulzaba y colocaba la marca correcta sobre la corteza colectiva de las máscaras.
No hubo incendio y las máscaras se salvaron. No hubo despojo ni latrocinio y ellas avanzaron por un difícil atajo que resultó, no obstante, la vía expedita e ilesa.
¿Por qué las máscaras no optaron por el destierro? Ese desvarío hubiera sido su martirio y el decaimiento de su poder. Mejor restañar las heridas con los bocados famélicos astutamente compartidos y el caldo emisario de los domingos en su labor de completar el dietario.
9

Yo soy todas esas máscaras y muchas más. Estoy en la colección de postizos rostros que no se sumen en la piel. Me moldeo mi cara al vaivén de los reflejos, pero me hundo en lo intraducible del devenir. Yo me enmascaro en la intemperie, con la intemperie, de la intemperie y muestro ningún modelo realizable. Las máscaras forraron la ausencia y ayudaron a fundar un posible retorno. Gracias a ellas las paredes profundizaron un juicio y una costumbre de observar a las horas también con máscaras. ¿Y para qué? Para husmear en el maullido del tótem con carátula ficcionada. ¿Y para quién? Para mí mismo y el adelanto de mi orgullo o el declive de la vanidad y la indignidad de un error.
Máscaras. Yo soy ese constante devenir. Esa mudable indefensión ante el osario del tiempo. Para sonar en los aquelarres he albergado esos rostros antepuestos. Con mucha o poca prudencia me hago a la mascarada o la deshago. En todo caso, las huellas colgantes ríen, gesticulan, imprecan, se burlan, gritan o se conduelen y el afán del destino queda, ex aequo, mudo. Sólo mi faz sobra y una máscara necesaria tiene que suplantarla en el próximo intervalo.
Cagua, 12 de enero de 2009 / Peking, 24 de marzo de 2009