Miniaturas
Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales
1

Casi en cada tiempo se ofrecen los rostros en miniatura, suerte de grotescas expresiones para proseguir con la libación de los vinos. En un instante se puede caer entre las garras del viento. A veces algunas figuras se precipitan sobre el suelo desnudo. Resulta raro, pero existe un ritual que se usa para empobrecer la grama, provocar estropicios o tender dentro de ella un burdo mantel. Después puede celebrarse una ceremonia en honor a los cremados. Gráficamente todo queda reducido a un signo que se construye con dos líneas cruzadas.
2
Ordinariamente el padre le otorga al hijo una etérea cubierta que lo proteja de raptos y que lo transporte mentalmente ante la presencia de los manes de la infancia. Ese amor paternal es un deseo en sí mismo. En ocasiones, las piernas del hijo parecen brazos y los brazos, muslos.
Un nieto, bajo especiales circunstancias, estaría en capacidad de erigirse ante el mundo y proclamar, con un cuchillo de cocina en la mano, que él es el más idóneo imprecador.
(El hijo se uniría al nieto, en sucesión, y una pluralidad de significados les colmaría los rostros hasta garantizar las muecas con las que serán reconocidos en el futuro post inmediato).
3
Las sobras de la conversación permanecen tiradas sobre la mesa o encima del sofá. Un breviario de chapucerías que podría servir como manual de aprendizaje. Los tópicos románticos quedaron divagando en el empalme de la cursilería.
4
Con su risa de conejo o de foca nerviosa, el pedante escritor se accidentaba en el terreno. La ristra de ajos que colgaba de su cuello le daba un aire risueño. Los bolsillos de sus pantalones iban repletos de ripios y cuando alguien se lo hacía saber, respondía: “¡Cuéntaselo a Rita!”. Así que vencía a sus rivales a fuerza de risotadas.
5

El olor de la carne emerge de la caja. Hay que valorar su precio en monedas o en vasos de colores. El análisis de las fibras carnosas pasa por un distanciamiento de la ropa que la cubrió. De forma poco convencional un porteador con labio leporino se acercaría con un gancho de matarife y asimilaría el compendio de la ilusión de la muerte.
Eventualmente una mujer sería violada al lavarse desnuda dentro de una tina de madera. Un sapo figuraría en la historia y un hacha sumergida dentro del agua denotaría la confianza en la flojedad del tiempo.
6
Durante el deceso del Gran Benefactor de la Patria el día hizo ¡zas! y desapareció. La viuda sintió estertores en las tripas y anheló que su descendencia se entusiasmara por las fiebres del oro que se anunciaban en los carteles de la calle.
7
La primera evidencia auspiciosa que el moralista percibió fue el nuevo estándar que solemnemente estaba varado en el trípode de las angustias.
En un santuario cercano se rezaba para que los clanes modernos tuvieran de hecho el control sobre las almas.
8
En el estómago me ladra un perro hibernal. Desdibujo mi silueta con el estonio que cae sobre mi cabellera. Reconozco la explanada donde los tullidos estudian dentro de un escaparate. La impermeabilidad es una situación grave para constatar el precio de las calaveras. ¿Los golfos del Estado no habrán pensado que llegó el momento de las devaluaciones?
9

Estamos entre los obstinados y nos enfermamos en sus jardines de hielo y distraída oficialidad. Ayunamos para parecer chicos malos. Nos exprimimos el cerebro hasta lo indecible: es nuestro entretenimiento predilecto y, si somos capaces de hacer eso, ¿qué nos puede separar del azar, de los accidentes portátiles? Los ciegos bailan y yo los acompaño. Los sigo en sus piruetas y me voy a pique con el corazón venturoso.
10
El mendigo arqueó el lomo. Se remontó a la fuente de sus males. Su albergue era una fatalidad. Pasaba la noche al raso y frecuentaba el trato con putas. Se desahogaba con su sombra y se repetía, una y otra vez, la promesa hecha antiguamente: el próximo pollo frito que comiera tendría que estar adobado con especias de la India.
11
El embajador elaboró un informe acerca de la posible guerra con el país vecino. Había oficiales conjurados con los rebeldes del exterior. Con gestos conminatorios, el embajador leyó su informe frente a diputados y senadores. Mientras unos hablaban con sus queridas a través de los celulares, otros bostezaban o leían los periódicos. Al final, el informe del embajador se empleó para hacer las caricaturas de las secretarias.
12
La luna caía pesada con un ritmo de chachachá a destiempo y su luz se filtraba, modosa, hasta el despacho. Sobre una poltrona estaba sentado el eminente director de la empresa. Introducía su dedo gordo del pie en la abierta vulva que le presentaba su asistente como prueba de lealtad. Mientras giraba su dedo en el interior por demás humedecido y espumoso, comenzó a registrar sus bolsillos en busca de unas tabletas medicinales. No las encontró y entonces recordó que debía dictarle el contenido de una carta urgente a su asistente. La mujer tomó una libreta, con sólo alargar un poco la mano, y empezó a tomar nota del dictado. El dedo gordo se movía ahora de arriba abajo, con cierto frenesí. El director lanzó un grito y juró por sus descendientes que no volvería a pellizcarse el glande de esa manera.
13

Probablemente aquel año el reino de la lascivia ya se había instalado en todos los rincones de la metrópolis que abjuraba de sus antiguas creencias. Durante los banquetes, los comensales se dirigían miradas insinuantes y la comida era masticada y saboreada con exorbitante salivación. Había toqueteos audaces por debajo de las mesas y en algunos casos las rodillas llegaban a tocarse produciendo un excitante castañeteo. Los deseos, sin embargo, iban a dar a las ánforas previamente colocadas en los extremos de las mesas y los tesoros de aquellas herencias de lujuria se resguardaron para mejores épocas.
14
El monumento fálico resultó completamente de buen augurio. Desde el inicio de su erección recibió abundantes ramos de flores y, por alguna razón desconocida, colecciones de cucharas de todos los tipos y diseños. Incluso un fino anillo de bronce amaneció una mañana insertado en la cima del monumento. Una mujer lánguida que lo vio tuvo fiebre por la noche y debió tomar grandes cantidades de líquidos sucedáneos.
15
La pobreza me causa dificultades lenitivas. Parto mis bienes en dos mitades y se los dono a los miembros de la congregación de los latifundistas en quiebra. No espero nada de ellos, ni siquiera la enunciación de la palabra “justicia”.
Cada tarde derivo por una avenida diferente y a veces hay ángulos que se me asemejan a peces en nacimiento. Los cuento y a continuación me siento el más primitivo de los hombres. No me restrinjo en mis dudas; mucho menos en mis pareceres.
De regreso a mi casa voy dibujando sobre las paredes trazos parecidos a ojos abiertos. (Un freudiano me diría que se trata de una fijación vulvar). Cuando llego al portal del edificio donde moro, invierto la órbita de mis cabellos para pasar desapercibido y burlar a la vigilancia que no sabe pronunciar mi nombre.
16
El fornicario recibió su primer mandato directamente del cielo. Él conocía a la perfección su rango y su dignidad. Ascendió por la calzada a ver cuál hembra se le ofrecía. Su espíritu iba desprevenido, más bien, esperanzado. En una callejuela notó una figura antropomórfica de anchas caderas y voluptuosos senos. Con perspicacia avanzó decididamente hacia el bulto corpóreo y cuando estaba a punto de abrazarlo descubrió que era la Venus de Willendorf que andaba en una de sus correrías nocturnas.
17

En un día geminado, el prístino gobernante se trasladó al sur de la ciudad a saludar a la matrona sonriente. Por la noche del mismo día, el gobernante le ordenó a su primer ministro que deliberara en torno a la cobardía con los demás miembros del gabinete. El primer ministro mostró su gratitud con unos pases de manos y pies. A la mañana siguiente se celebraron las exequias del gobierno, muerto por exceso de pusilanimidad.
18
Quien me mira el tórax después sufre de afecciones cardiacas. Yo contemplo al agraviado y lo pongo bajo observación fonética. Si pronuncia mal las zetas lo remito a un sauna cercano; si su dicción continúa impecable le ordeno hacer ejercicios en el interior de una crujía. Luego yo me contraigo y me dedico a desarrollar mi incipiente industria de infundios y contemplo, fascinado, cómo se tornan más radicales los diablos de mi laboratorio.