Buen ojo, al margen de todo escrito, con la sagacidad puesta sobre el pan y el queso y la grasa que se asemeja a un trazo de imprenta. Dos ojos de jabón para que laven la mugre que se ha metido entre los dientes de los puntillosos. Ojituertos en difícil contienda contra los paisanos ojerosos. Ojos vulvares en la exhalación de lo bermejo con arrastres de cangrejeras.
2
Ojo del culo que ve pasar la materia fecal de quienes hacen la Historia —conquistadores, emperadores, dictadores, demagogos de espesa pelambre, potentados y aventureros que escurren los antecedentes— y que se limpia con displicencia, mientras el caldo que le sirve de colirio se cuece en la calma chicha del retrete que hace el papel de alivio.
3
Ojo de boticario, eficaz para atisbar la enfermedad que no existe y para prever las ganancias en los anuncios de epidemias, infecciones u otras manifestaciones imprecisas de la peste y de las plagas que se propagan con la vibración de los párpados.
4
Ojo de buey que dobla su córnea para exorcizar los fiascos que puedan producirse durante los viajes de grotescas hembras que mugen al compás de las olas, de la espuma y de los chillidos un tanto agobiantes de las gaviotas en celo.
5
Ojo clínico que suele alquilarse con el despropósito de seducir enfermeras que alivian a los moribundos o con mala fe para espiar bajo las sotanas de los curas o con riesgo al escudriñar los orígenes prostibularios de muchas damas de alcurnia.
6
Ojo de la escalera para fornicios de ocasión, poco filosofales, pero plenos de hartazgos en las carnes trajinadas y que sobresalen por su febrilidad.
7
Ojo a la funerala con patente de muerte por etapas. Ojo fúnebre para velorios de borrachos muertos en la excelsitud del oficio de libar. Ojo sombrío que no hace favores a los difuntos. Ojo lúgubre que va al entierro para relacionarse con las pupilas del maestro fallecido.
8
Ojo de gallo que cata las edades y calla porque su canto es de mal agüero. Ojo de gato que pierde a los ratones en los desniveles de la carretera. Ojo de perdiz que caza al cetrero y le atiranta la nariz para que se deprede a sí mismo. Ojo de liebre en procura de una laguna repleta de zanahorias que se añejan por necesidad. Ojo de besugo que avizora la caída de la guadaña sobre el cuello sucio que se tuerce rasante.
9
Ojo del huracán entrevisto en las obras de ficción y cuando se aparece de verdad no hay tiempo para amarrarse los calzones, ni para atar los cuerpos a los troncos de las palmeras.
10
Ojo mágico para pasar mercancías de contrabando de una cama a la otra y para detectar redondeces que se agitan en la oscuridad y para mojarse hasta el fondo del nervio óptimo con la seguridad de enceguecerse y vislumbrar a posteriori las maravillas terrestres.
11
Ojo virulento con la misión de abombarse y saltar por encima de las trifulcas que se escenifican en los comederos de la angustia. Ojo con expresión de tristeza porque le cayó dentro un montón de arena y no halla la manera de nombrar su desierto.
12
Ojos de bitoque que reniegan de los maquillajes propinados a los bizcochos en las expediciones de los panaderos. Ojos estrábicos que incitan a los pellizcos y no reparan en magulladuras o en variantes aproximadas de los visajes.
13
Ojos blandos debido a las cales que los acosan. Ojos degollados por la sevicia de los censores. Ojos que enmudecen de tanto hablar de exageraciones y de tanto ponderar el nacimiento de una pedrada en la vitrina del vecino.
14
Ojos que comen ojos con la confianza puesta en la resurrección de las legañas. Ojos que no son dichosos porque alcanzaron el analfabetismo muy tarde. Ojos que se multiplican por cuatro y engendran fiestas en los rincones y se muestran con el desparpajo más elocuente. Ojos que consiguen la blancura en el fondo de las alcancías. Ojos que se van a pique a causa de los parches en las seguidillas. Ojos que se revuelven en su propia gelatina hasta lograr la emoción que tiembla.
15
Ojos que embisten de achaques y que van dejando malsanos rastros en las comidas. Ojos que conciben planes de sojuzgamiento a las aguas que crían disgustos. Ojos que se escapan con sus niñas y en sus escondites las moldean en reducido tiempo hasta convertirlas en mozas de merecer miradas con puyas.
16
Ojos en cara ajena que simulan estar en el rostro nuestro y esquivan la vista para girar, a placer, en la órbita de los deseos aún no prohibidos. Ojos que compran alabanzas como si adquiriesen preces para sustituir las guiñadas. Ojos en actitud vigilante a ver si descubren a la zahorí envuelta en la piel de Venus.
17
Ojos que cuestan unas gafas que observen hacia adentro. Ojos en el espanto de la cólera por no poder mudar de lugar a los espejos que se desdoblan. Ojos que se proyectan desde el más acá para comprometerse con las andaduras de los giroscopios. Ojos que leen a la ligera las cartas de marear y terminan vomitando en el interior de sentinas.
18
Ojos que descienden del corazón y llegan impregnados de fragmentos de rubor y luego circunvolucionan por el entorno buscando ruidos, buscando pulgas, buscando pies entre las cosquillas. Ojos que gustan de las agudezas y pronto parten hacia el destino de las telas que sobreviven tras sus remiendos. Ojos cerrados con llaves de kaón y que gravitan en el gozo de las pajas cósmicas. Ojos de aparente peligro que se desentienden de los apetitos que se ocultan en la retaguardia de lo voraz.
19
Ojos que muerden con dientes de cinceles y que hacen sangrar los hombros al momento del plenilunio y enseguida empañan la emoción porque enarcan las cejas hasta un extremo amenazador. Ojos que desbrozan refranes percibidos en los mercados y a continuación los constriñen para que pierdan sus sentidos. Ojos enturbiados por el monóxido de carbono de los automóviles que aparecen en las películas proyectadas en el hogar. Ojos para ser alabados por los amos que los engordan con alpiste de bajo precio. Ojos convencidos de las señales de los cuervos y que despliegan sus artimañas al amparo de los secretos a voces.
20
Ojos que fabrican avisos para admirarse en el regodeo de la fama. Ojos brotados de la nada y que terminan al servicio de los últimos nihilistas de la ciudad. Ojos desbarrancados por estar en el lugar preciso donde cayó la desmesura. Ojos que no levantan la mirada por temor de atraer al rayo que ciega y, a veces, siega. Ojos que tragan sinsabores todas las noches y, al final, sucumben bajo la evidencia de la terquedad del sinsentido. Ojos para mapaches de las urbes que se rasuran las pestañas para parecer top models. Ojos en blanco, ojos con el amarillo del huevo, ojos con el rabillo del diablo, ojos zarcos y dichosos, ojos inadvertidos, ojos para el gusto común y para la sensibilidad cultivada.