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Cuando las piedras se congregan y en esculturas devienen

Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

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Cuando las piedras se congregan y en esculturas devienen

Quien llegó primero hizo asamblea, se apropió de la albura y fijó su rostro y lo fichó. Detrás, el paisaje sobresalía en figuras más altas, expresiones adustas y rugidos de leones liberados del interior de las piedras.

Las bocanadas de aire caliente obligaban a la quietud y a la íntima contemplación. ¿Cuántos exilios para lograr la congregación tramada en un patio de compraventa? Pocos recintos huecos quedaban a la hora de los salpullidos. Ningún pájaro podía volar con tanto peso.

Una nueva topografía esculpida pugnaba por alejarse de las fisuras. Entre las esculturas debieron producirse alianzas y multiplicar los injertos que les permitieran sobrevivir y alzarse.

Unidas sólo por la fe en la sustancia pétrea, las esculturas no sintieron los escalofríos de la decrepitud y en sus labios se acopiaron unas sonrisas que atrajeron a los insectos del dinero.

 

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Cuando las piedras se congregan y en esculturas devienen

A los pies del guerrero el buda decapitado. El memorial no señaló quién realizó la ejecución. El buda permanecía dormido y su escudo era el sosiego para enfrentar otras guerras con signos comerciales.

Tal vez el guerrero quiso inclinarse para volver a cortar la cabeza y alejar el abismo de sus pies. Pero él sabía que la extraña asamblea que lo rodeaba no le permitiría salir ileso.

Oculta en la trampa del subsuelo un poder incierto enarbolaba una lanza oscura y en cualquier momento probaría la consistencia de la transmutada piedra.

 

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Cuando las piedras se congregan y en esculturas devienen

Hay que poseer grandes orejas para escuchar el agua silenciosa que se vierte desde un cántaro a tus espaldas. Esas orejas son de sabiduría y contenida devoción por los arcanos.

Ir desnuda como diosa aguadora de occidente otorga un sitial en las venas y en las arterias de los números de donde emana el aroma que mercadea al mundo.

Los nombres de ellas encuentran una travesía en la claridad de la útil batalla por la permanencia y de sus ojos brotan miradas a un precio de rescate.

 

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Cuando las piedras se congregan y en esculturas devienen

Aunque segregadas a un rincón se ponen pronto de acuerdo para establecer su competencia. Si bien es verdad que están mútilas, eso no obsta para la apropiación de los puntos cardinales. Se comienza por el este y de allí se toma el blancor, la cesura en la caída de los pedazos.

A la intemperie, se refugian en la aspiración de los óxidos y en la inmolación de la planta trepadora. La desobediencia de los cuatro se riega hacia abajo y en la luz meridiana que los alcanza se multiplican y ordenan los rezos y los abrazos.

 

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Cuando las piedras se congregan y en esculturas devienen

A las cartas el caballo cincelado decidió su destino. Quedó prisionero en un cuadrado y el aire se le apartó de la cola. La perla que brillaba en su boca cayó y anunció su ruina, el vaticinio del dolor de su cuadril y la porción de vida hecha temblor.

No faltaron las burlas de los seres inmediatos y trastocados de fantasías. Ellos habían ganado la partida y el equino debía subsumirse en el barro: su fatal alimento.

De la frustración estaba concebido el cincel que alumbró al caballo. Un andrajo de sombras lo persiguió durante el desamparo de sus patas, siempre, desde la perpetua inquina. Antes de desintegrarse, la efigie del animal esculpido dará una coz al encierro enmohecido y se internará en la fugacidad prohibida.

 

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Cuando las piedras se congregan y en esculturas devienen

Pechos exuberantes contra el mediodía. Muñones en pos de una danza que no concluyó. En la propia cara una virtud de sosiego. Un collar de perlas para el itinerario del alba. Anchas caderas que arrojan al ámbito el nacimiento de la carne para la usura o el exceso de la codicia que abulta.

Una sonrisa de aquiescencia o complicidad se adelanta en otro rostro. En más o en menos, musita una oración con un dejo de canela.

Ninguna de las dos criaturas es ciega, pero las membranas de sus miradas se incrustan en el paladar de un hombre que goza.

 

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Cuando las piedras se congregan y en esculturas devienen

La severidad del soldado acabó por dejarlo inerme. Ahora en la orfandad de su alabarda le duelen las llagas blancas. Un solo espejo se le enfrenta y lo hiela, mientras las fieras de sus hombros le devoran los brazos. Dentro de poco lo cubrirá un estandarte de seda amarga.

A pesar de todo, unas deidades lo protegen a medias, mientras otra lo espía y piensa en la conveniencia de una máscara borroneada para el guerrero en desmadre.

Las horas saltan y se sobresaltan en medio de intrigas y quien eligió las armas para fraguar su aventura deberá caminar sobre un mapa sombrío y romper sus huesos bajo una lápida de vidrio.

 

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Cuando las piedras se congregan y en esculturas devienen

Como un atavío de antiguos dioses, la mujer mediterránea se reportó en el atado de mieses. Atisbó en la nada una fauna que agonizaba en las liturgias de rocas, hierbas y desechos. Su vestuario incubaba un albergue de hormigas en gestación. De ahí, su gesto de impavidez, la destitución del temor, el desafío de un espejismo tal. Trasudaba la sangre a fondo en la exploración de su ombligo en vértigo.

¡Qué inaudito león se le asemejaba en los bucles! Un bramido quedó inscrito en la piel nada precaria de deseos. Se detuvo con los ojos sin parpadeo y en el peldaño del rey de los animales un juego de audacia mostró la tela del erotismo.

 

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Cuando las piedras se congregan y en esculturas devienen

O tal vez con recostarse apenas y elevar la mano derecha hasta aprisionar con dos dedos el guijarro imposible. Después sumirse en el sueño y permitir que la sombra del árbol simplemente le tatuara el latido.

Pero una cabeza debía posarse en su costado. Era la cabeza del canto sereno de la ilusión. Entre sus labios de piedra perduraba el eco de la separación corporal.

Escondrijo de no fácil olvido el de ambas viajeras dormidas. Sus coronas trocaban las flores en semillas y la vigilia de sus alientos restañaba cualquier condena.

La polvareda de la urbe ahíta no supuso el tacto del verano insepulto. Lo impasible dijo adiós dos veces y el mensaje se aspiró como un elixir cerrado.

 

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Cuando las piedras se congregan y en esculturas devienen

La oca cambió la contraseña y emprendió vuelo. Llevaba correo hacia el sur. Sin presagios de lluvias, a la primera vuelta arribaría a los jardines donde los amantes se extravían. El tiempo viajaba en su caja y la oca iba liviana con las ráfagas insuflando su traslado.

El ojo de la diosa acechaba. Veía el plumaje del ave en el reclamo de la tarde. Su oráculo le advertía que en desconocida encrucijada un sacudimiento podía partirla por mitades y otros tantos.

Con su carga de tachaduras y enmiendas regresó la oca. Aterrizó encima de su pedestal. Sus alas permanecieron desplegadas a la espera de nuevas misivas. La diosa le permitió continuar así, equidistante del peligroso umbral y erigió para ella una lumbre en el cielo, donde escribirle pudiera a los enamorados muertos.