El relatanteEl relatante

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1

La niña invencible ya estaba bastante loca a la llegada del cometa. Por ese entonces sólo leía libros sobre los veranos que decaían. Su padre la metió en sus “Memorias munificentes”, más por soltar su imaginación que por rescatar su valor.

Ella comenzó a parecerse a un ángel. Sentía que dentro de su pecho latían dos corazones y uno de ellos marchaba siempre hacia atrás. A veces quedaba muda y cuando lograba recuperar la voz decía que un loro le había estado royendo la lengua. Frente a los espejos imitaba la vida de los caracoles y tocaba los fondos con el consiguiente estrépito de máscaras quebradas y duplicaciones de frágiles hechuras.

Alguien dispuso de su muerte y contra toda evidencia supo temprano de su tránsito por la ceniza. Después de su definitiva ausencia su rostro se continuaba observando tras la puesta del sol, manchado de azahar y sonoridad.

 

2

Se olvidó del laberinto mientras recogía sus hojas sueltas, las cuales formaban una unidad en marcha. Su presente era una sucesión de cánticos que resonaban en jardines lejanos, donde pedazos de piedras del cielo aturdían con su belleza exangüe.

Como un santo en duelo se desplazaba por los corredores de su casa. La rojez de sus mejillas le daba a su semblante un signo de dolencia y magia.

Solía hacer conjeturas acerca de las circunstancias adicionales de las historias de los alquimistas. Acudía a las ferias en busca de los murmullos que le pudieran proporcionar prodigios sin límites.

Para él siempre se estaba haciendo tarde y no perdía tiempo en inútiles censuras. El espectáculo que más le divertía era la estúpida vida conyugal de sus criados.

Una mañana escuchó las campanas de la iglesia que repicaban tristes. Pensó en alta voz: “Es a mí a quien entierran”. Luego quedó inerme cual una homilía sin tensión.

 

3

El hombre se presentó con la verga entera del toro. Anunció: “Acabo de luchar con la bestia y la vencí. En el campo sólo permanece un reguero de sangre nada sagrada”.

No terminó allí el arrebato. Temía una emboscada y ese problema lo tornó más ladino. Se refugiaba con frecuencia en los acantilados, protegido por mármoles y un inquieto bosquecillo.

La fatalidad le perseguía, le acosaba sin tregua. La angustia le invadía los ojos y le producía ceguera. Por momentos llegaba a visualizar un monstruo que danzaba bajo una lluvia producida por el redoblar de grandes tambores. Su infierno se iba tornando de piedra y negra soledad.

Ya se sabía el seguro perdedor. Los espíritus le anunciaban la cercanía de las heladas flores concertadas. Cuando unos puntiagudos cuernos sobresalieron en el horizonte, un mugido se le incrustó en el gañote y así comenzó su epílogo.

 

4

El que debía fenecer no vino. En su lugar llegó el propietario de la libertad. Trajo severas inquisiciones, cuarenta balas de plomo y una urna que vacilaba en su pedestal.

El que tenía que morir andaba con los hombres que seducían a las hembras melancólicas. Con ellas experimentaban hasta las últimas tentaciones y siempre salían indemnes de ese desequilibrio.

La vastedad del abandono no era óbice para que lo terrible no apabullara con su peso y la erección de su efigie.

Quien se negaba a sucumbir accedió con facilidad al vagabundeo y con un bastón concoideo desbrozaba los caminos. La tristeza había sido liquidada y su cuerpo yacía pegado contra un paredón. No hubo ningún fracaso. Un silencio se precipitaba, por momentos, como un oráculo mal concebido.

El que debía morir continuó con vida y sus paisajes comenzaron a nacer allá donde el resplandor era un propósito de enmienda.

 

5

Su verdadero apellido era Pulgar, pero la gente le llamaba “Gordo” y él lo consideraba un inevitable sino. Sus escasos amigos constituían el círculo vicioso más manifiesto que se pudiera imaginar.

Pulgar le huía a la escoria de la tierra y entre el yoga y el comisario, su tío, le hacían llevadera la existencia.

Reconocía Pulgar como a sus contemporáneos a Pitágoras, a Euclides y a Thales de Mileto. Nadie sabía la causa. Tal vez debido a los años que pasó sin poder hablar, únicamente dedicado a resolver problemas matemáticos y borronear textos. Los curiosos cruzaban frente a su ventana y la señalaban: “Allí se oculta el que se dedica a los números y a las letras”, comentaban.

Lo más notable en Pulgar era sus expresiones faciales. La verdad de su rostro estaba en otra parte. El guiño de sus ojos anticipaba la despedida del movimiento del olvido. Como propietario de las llaves, él añadía a su vida un ridículo que traicionaba cualquier certeza en el porvenir.

 

6

La pudrición en sus ojos obligó al señor de los perros choznos a emprender un largo viaje. Llevaba un gorro garañón y una cubeta rebosante de vinagre para lavarse las legañas.

Dentro de la calesa donde iba se percibía una suspicacia cardiaca y el paréntesis que albergaba una sangre a punto de envilecerse. Cabe destacar que viajaba solo para dar una impresión de naturalidad y sosiego.

Después de atravesar interminables comarcas signadas por la soledad y la sequía, al fin arribó a la casa de sanación. A la puerta únicamente le esperaba una gente hambrienta. Creyó que eran gratuitos perseguidores y les gritó insolencias. El grupo se disolvió con temor, no sin antes maldecirlo hasta el cansancio.

El señor se alojó en el cuarto más oscuro de la planta alta. Allí todo lo encontró asfixiante y se dedicó a invocar a sus antepasados. La llamada tuvo sus variaciones y al principio no hubo significativas señales. Mas transcurridas un par de horas, unas manos le acariciaron las pupilas y él sintió en el fondo un arco de limpieza.

 

7

Al público arrepentido le gustaba saborear las papas en las fuentes, partidas y bañadas con una salsa de nueces circunstanciales.

Los ruiseñores cantaban en los alféizares de las ventanas. La experiencia de la vida parecía estar al alcance de todos. Episodios más, episodios menos, la tragicomedia se desarrollaba a la manera de un circo donde el conjunto de las caras familiares se hiciesen presentes.

Varios cuentos grises rozaban la superficie del mundo. Los niños en las escuelas eran asesinados a tiros y pronto eran sustituidos por otros que estaban en la lista de los por nacer.

Un cambio recuerda la imposibilidad de decir “esta historia es la íntima jornada de un perdulario”. El engaño se arrastra con su maestría cotidiana ante el confesionario cubierto de moscas atrapadas en las telarañas.

En la casa de los desastres unas fulanas comentan sus peregrinos secretos. La fiebre y el diluvio se deslizan por sus muslos. Los vestigios de sus coitos rigen los diálogos y las palabras se acercan con mucho al graznido de las grullas.

 

8

Junto al pianista, el nombre del bosque desposeído, la partitura de golosos y guerras y el círculo de fuego alrededor de su cabeza. ¿Eso era un hecho irreparable? Ciegamente hablando, sí y no.

La agonía repercutía con su armonía de auroras. El almanaque recordaba a la mujer con su aura de esteta. Los hijos de las banderas habían emigrado muy temprano.

La noche expulsaba sus noches. Un glosario de cierres y aperturas colocaba el punto cardinal en el significado de las bagatelas. El universo se amasaba antes de ayer y las brisas cedían sus apetitos a cambio de un lugar en la regla del juego.

Había bifurcaciones con ruidos y cintas para atar los cabellos a los dogmas de las posesiones. El postrero año caminaba con sus muletas, flébil y descompuesto, casi al borde de una espuria plasticidad.

Un redondel de coral se impuso al grito. La tanatología marcó su imagen guardada dentro de un cajón. El vacío quiso ser perfecto, pero debió aceptar la preeminencia de las estrellas pintadas sobre el techo.

 

9

Los relatos del piloto se encontraron en el interior de una bañera. Eran manuscritos trazados con caracteres pausados, a un ritmo de renuncia e incipiencia.

El alma del piloto estuvo mancillada por recuerdos un tanto dolorosos. La opresión mental le opacaba por largos periodos su necesidad intelectual. Su campo de maniobras se fue haciendo cada vez más estrecho. A través de una prueba acústica comprendió cabalmente cuál era su maldición.

En su relación pormenorizada, el piloto evocaba asesinatos de albañiles no cometidos por él, el rechazo del pueblo que lo vio nacer y la carpa donde varias noches seguidas hizo el amor con una cantante de cabaret. También recogían los relatos las mudanzas de las que nadie sabía nada y la creación de unas máquinas voladoras, espeluznantes y aterradoras.

No obstante, al final de sus escritos, el piloto asume con dignidad la faz de su locura. Se amonesta con ternura como si tuviera la culpa por haber ingresado a ese territorio atroz. Confiesa que le hubiera gustado ser célebre y disfrutar de un aire sereno.

 

10

De su vida entre el humo poco se sabe. Más se conocen sus gozos en los amores y en los alivios de caminante. La invasión lo encontró al fin de la fiesta, sentado sobre un monumento de mujer y pensando en el infinito o en la luna y sus opúsculos.

Resurgió de tramontana, de donde procedían los olvidados. Le precedieron innúmeros clarines de miedo y ocultas iras. La tierra a la que llegó se le antojó una trampa para perder la maleta y los retratos.

Con mirada exuberante de curiosidad comenzó a merodear alrededor de la violencia. Conoció a diversos fanáticos a los que la fe inclinaba hacia lo terrible y abyecto. Vio hundirse a muchos y no quiso salvar a ninguno. ¿Para qué? El mes de julio rielaba sobre las pálidas aceras del pueblo. Visitó con asiduidad el rastro de los murientes insignes. Tejió argumentos que pretendían explicarlo todo. El organillero fue el único que le otorgó su verdadera amistad.

Ahora cuelga su memoria, cual ristra de ajos, de un árbol infeliz que acepta uno que otro pésame.

 

11

El problema de la alegría la cautivó más que el dolor. Más allá de su silencio se encajonaba una indoblegable fortaleza. Por ladrar, el perro siempre le pareció una inaudita ficción.

Fue agregada de educación en la embajada de su país en España. Polemizaba con sus compañeros de trabajo acerca del designio de las conjuras y los avatares de los bebés. Mientras los demás creían descubrir espectros en los rincones, ella sabía que eso no podía pasar allí.

Conoció a un hombre que la ligó al arte y la arrastró a armar una colección. Su verbo le producía una exquisita angustia y el rumor de sus pasos al acercarse la precavía del enemigo que avanza sigiloso.

Le gustaban sobremanera las alusiones. El lugar de su quietud lo ubicaba muy próximo a su almohada. Su misterio preferido era el que se atribuía a las personas en trance de desaparecer.

En su fuero interno llamaba cavernícolas a los policías con los que se cruzaba en las calles. De la perversidad poseía un prontuario que podría ser la delicia de los lectores de bajezas.

Tendida sobre su lecho los domingos de invierno imaginaba leones gruñendo en la cocina al percatarse de que faltaban los alimentos.

 

12

Ese pequeño siempre supo cuántas maneras había de llover. Cada día del verano tenía su propio afán, de acuerdo al íntimo pronóstico del tiempo. Él era el salvador de la canícula y su acto que provocaba lluvia era lo contrario a un divorcio con las nubes.

También se sabía un gobernador de las aguas, un navegante por los ríos por donde discurrían las horas, las sinfonías de los instantes y los límites de las verdades evidentes.

Su ingenio era de azúcar macerado con pasta de jengibre. Cazaba serpientes en las bocas de sus propias cuevas y luego las soltaba dentro de la casa para ver a su tía enferma.

La lentitud de los bueyes constituía el colmo de las incógnitas. De los lobos había escuchado referir tétricas historias, mas no le merecían pautas para la investigación. La laboriosidad de las hormigas, sí.

De la proverbial memoria del elefante tenía testimonios directos en el zoológico. Aquel paquidermo resonaba grandiosamente su trompa cuando le descubría aferrado a la cerca.

Los libros más extraños pasaron por sus manos y por sus ojos. El orden natural de las cosas se erigía sobre su propio orden.