El pronóstico del Dueño del Cielo
Se cumplió eficaz y cabalmente:
El azul volvió por sus fueros
Y el brillo de la luz solar
Reverberó sobre los pinos que se alargaban
Más y más en los verdes del espacio.
Era el Día de la Pura Claridad
Y el cementerio cercado del señor Teng
Se había llenado de silencio y soledad.
Nadie vino a barrer la tumba de Matteo Ricci
Y sólo una campana que sonaba hacia adentro
Atraía a las oropéndolas hacia el tope de la lauda.
Hace más de un siglo que los Boxers
Arrastraron hasta aquí su destrucción
Y para no quedarse atrás
Los “guardias rojos” repitieron la hazaña
Y fracturaron los sepulcros de Ricci, Schall y Verbiest
Y enterraron las lápidas para que las devoraran los demonios de la noche.
Yo tampoco deposité flores ante el túmulo
De Li Ma-dou —como se hizo llamar en chino—,
Mas mi homenaje consistió en el beneficio
De las imágenes claroscuras
Para rescatarlo del recinto olvidado
Donde se encuentra casi prisionero.
Le ofrecí un breviario de hojas otoñales,
Un espejo engastado en el rocío
Y la refracción de la luz
Para que escuchara las notas de un clavicémbalo.
II
Schall y Verbiest flanquean la tumba de Ricci,
Pero sus únicos verdaderos guardianes
Son unos gatos con sarna que apenas emiten maúllos
Y que sin embargo permanecen alertas
Por si las ratas retornan de nuevo con otra locura
O para evitar que una serpiente
Trague durante un eclipse al planeta del jesuita.
Desde su afilado agujero del caballo
Matteo Ricci continúa identificando a Cambaluc
Y mapeando a Catay, él, ese “hombre de Europa”,
De quien los eunucos esperaban que fabricase plata.
Primero enseñó la ciencia y luego la fe
Y convirtió la moral en “Ocho canciones para clavicémbalo”
Vestido con el traje de los mandarines confucianos.
Con cierto estoicismo, usquam in infinitum,
Trató de arreglarlo todo en favor de la cristiandad
Y en la imago de su palacio de conmemoración
Quería detener las alabardas y atraerse a las mujeres del occidente chino
Para acercarlas a la Madona que cargaba al niño y acaso era buena.
¿Recuerdas aún, Li Ma-dou, a aquel “hombre facineroso”
Que fue condenado al suplicio de la “muerte lenta”
Atado a un poste público de la capital imperial?
Un torrente de mandarines acudió a visitarte
Y agravaron tu enfermedad y a los pocos días sucumbiste
Y “estabas lleno de tal alegría espiritual”
Que parecía que nunca antes la habías disfrutado
Y tú mismo cerraste tus ojos para conciliar el definitivo sueño
Y poder reunirte por primera vez con el emperador Wan Li
Acostado y satisfecho sobre tu Mappamondo.
Peking, Día de la Pura Claridad;
5 de abril de 2010. /
Cuatricentenario de la muerte
de Matteo Ricci;
11 de mayo de 2010.