Nelson Jovandaric y el temblor profundo de los colores
Fotografía: Pedro Holder
Este es el camino que surca el artista plástico Nelson Jovandaric. Camino donde se va construyendo un territorio de colores a través de un múltiple viaje que sorprende por su sustancia desconocida. La tela y el pincel salen a llevarlo a cada itinerario con un esplendor de entusiasmo creciente.
Los colores, a veces, pueden demarcar verdades sorprendentes: hacia la maravilla respirable y la palanca móvil de las formas. El rojo de sólo fuego o verano; el azul repartido en las vibraciones del aire; amarillos sobre pelambres de felinos o mujeres con las caras volteadas hacia los rayos del allende. Entero, nuestro artista, se sienta y un blando rumor le recorre el espinazo y la chispa larga, larga, se le asemeja a una pequeña tormenta.
La mañana no lo ve vacilar; la monotonía se diluye a cortos y rápidos trazos. El pincel decide aterrizar en la pista del lienzo y penetra y respira mucho en los adentros de la creación. De allí, ¿qué podría surgir? Frutas, atisbos de sombras, panoplias, animales en fuga reprimida. ¿Aquellos parajes abrirán el corazón al ojo perplejo? Estallan los coloridos y se inflan con sus alas elevadas por sobre el suelo. Los matices y los metales llaman al desbordamiento, al calor, a las esferas y a los planos de soberbia grandeza. El artista en lo íntimo repite su hecho de niño en todas las cosas.
Las salpicaduras conducen a un negro de panteras. Las pelusas de los sueños se atraviesan en las rutas. El blancor merecido y dispuesto se conduce en despliegue montado en soles que se alargan. Se sostienen las manchas bajo una especie de fluido memorioso. Ya armado; ya sobresalido. En todo caso, descubierto en la mera prolongación.
No gastan los colores sus horas en disolverse. El fenómeno es de otra índole, de un instante plenipotenciario, inserto en su casa, propio. ¿Desde las telas no se siente el palpitar de un mundo que se desenrolla? ¿Dónde? Todo gana para la permanencia; el soplo del acontecer. ¿Por qué emite fuerza y contundencia? Ya lo buscas y lo encuentras metido en tus pupilas: vamos hacia el color, hacia su siempre adolescencia.
También nos aclaran los aciertos. Un horizonte de pinceles, trabajos y el encantamiento de las líneas cogitando el dúctil espacio para pervivir de agrado y sorpresa. La emoción, la ilusión, la fidelísima tempestad. Allí, en las manos ágiles, se construye el basamento y sus dientes cortan la respiración para un mayor disfrute. Lo estético, la libertad libre del artista, se torna un murmullo inmediato y de la nada brota la precisa planta de los frutos claros-oscuros. Los ojos del pulso, a golpe y flama, encienden los rojos de las telas, su sangre volcánica. Una vez y otra vez y un cuando de revoloteo; una alegría que se allega como luciérnaga: los grises provienen del mundo al otro lado del monte.
Los pinceles se adueñan de la topografía de la tela preparada. La audacia invita a desmontar, a entrar. Luego viene el descanso, el espaciamiento en el reposo. Se afloja el cuerpo y se organiza el cuadro. Habla. Se interroga a sí mismo. Carga al quien eres. Continúa el andar: causa el desborde placentero y aún más.
Lo imprevisto guía su agilidad. Es su modo de responder con valimiento al reto que pende de lo alto del símbolo. Hay una propuesta precisa en la sangre de sus intenciones, en las orillas buenas del hígado. No existe flojedad; importante asunto en la sumatoria del espectro. Una máxima entonación, sin dificultad donde vibra la reverberancia y prosigue en su propósito y en su silencio eficaz.
Bermeja la acción digital, habita los preámbulos que tan callados se movilizan. ¿Cuánto impulso? ¿Fortaleza? ¿Plasticidad exultada en lo lúdrico del color? Todo eso y una ventaja que pudiese. Ahora, en su justa seguridad, los colores abogan por la supremacía y la constancia de la enorme diversidad que resalta de tela a tela. Fuera de los sentidos, el espíritu se eleva en sus puntas y empieza a romper el dinamismo del calor para la transfiguración de lo instantáneo.
La necesidad latente de mirar con la médula del juicio paranormal. La intuición adornada de una larga lista de perspectivas que no finiquitan y el entusiasmo del suceso pictórico logra un hechizo como viento impulsado desde el centro del prodigio.
Nada lo intimida. Oye a su visión interna y luego sonríe. Se dirige en busca de las formas. Las encuentra de preferencias y con poderes reales. Todas brotan naciendo entre atmósferas de remembranzas. Muchas ascienden a las alturas de un eléctrico volar. En el deslizar del tiempo ocurre una breve interrupción. De ahí en adelante se abre paso el requiebro onírico, el despeje de señas angulares y la no costumbre del acontecer maduro.
En un minuto, con conmovedor calibre, nuestro artista plástico insta al diálogo con su obra. Se aviene uno a un arco iris de mutua existencia y ellos, los colores, subvierten en su ámbito. Alterados, empezamos a soñar y demasiado intrínseco se aviva el acto de sentir lo creado-pintado en la carne sensorial. ¿Se puede entender valiéndose de las neuronas? Los ojos en la introspección pictórica extraen conclusiones múltiples y entre tanto el disfrute se desparrama hacia los pormenores de la inteligencia intuitiva.
Por los rincones de los cuadros, sin premura pero ceñido a lo estricto, la energía de las falanges, del cúmulo de manos, se imbrican en el contentamiento del designio. Llega: brinca del tubo a la tela. Vuelve a manar el portento, una y otra y otra vez. Trazo con trazo; respiro a respiro. La fluidez cobijada en la ardua labor. Y parecida naturaleza se acumula.
De su singular orden, positivo, testimonia la importancia de los pinceles en la quietud recurrente. ¿Rigidez o arqueadura? No, hondo, callado, siempre ocupado del arte. Lo temporal calado en la hendedura del presente.
¿Jovandaric lleva en su viaje a quienes contemplan sus pinturas? En ademanes los contiene, los asalta de sombras y vaivenes, los gestualiza de invitación y vuelta. No es extraña una verdad tan evidente, si nos atenemos a la invención de los espacios coloreados: aquello que no hay, sucede, interpola. No se trata de ningún cumplimiento: la vida es de esa suerte y ya.
Resulta muy costoso el transcurrir, pero al fin se avista la cueva de lluvias y rocío. Para más señas la muchedad se manifiesta en la simple sorpresa rehecha, agenciada, pero no por ello facilitada con menoscabo de esfuerzo y perseverancia. A palmos, las luces se tornan en sombras y en un juego de viceversas acuden a la empatía pormenorizada.
Lo que quería y lo que quiere el artista es frotar fósforos en la continua corriente, con la memoria visual amparándose en cuerpos femeninos o de animales. En medio de las raíces de la oscuridad provocar un asalto de luminiscencias. Recoger de lo poco lo suficiente para subir y permanecer. La disposición de las proporciones cohabita en la desnudez que se remoza.
Con los bagajes de la técnica, se resuelve la indagación y sobre la única prisa lenta avanza el desplazamiento de las texturas y de las huellas que signan las vías hacia la explicación estética. Pronto descienden figuras atávicas, sueños de otras épocas, formas que cambian al no más trasponer el umbral de las perspectivas.
En los óleos que no cesan, de extendidas orillas, se depositan los más sutiles légamos. Cauce afuera; caudal adentro. Aquel portento sumergido en la noche de los días ( o en los días de las noches) contrae a un rumor orientado a un orden personal. La obra se escenifica, por momentos, en dramas no concluyentes. Abiertos, se desarrollan junto a un pacto de puro goce. Cual concordancia y combinación hallan los rasgos sus perfiles en un espejo multicolor. Personificación, desenvoltura: dos enlaces que recíprocamente se nutren. El papel que le toca a la energía lo da su estímulo.
Vivir en la pintura, con valentía, ser ágil, no cansarse, sorprender. Tramar su característico episodio; aumentar de lo singular a lo extraordinario. Exigir hasta obtener el estallido. Nelson Jovandaric se propone siempre esto y se escucha. Oye la explosión, la máscara, el arma para el duelo. El ahínco lo retiene de cabo a rabo. Salta y queda encubierto-descubierto de cara a su pintura. Ensaya más allá y se adosa a la contemplación.
Pintar es introducirse más allá de las apariencias, en la verdadera esencia del misterio. ¿ Lo logra Jovandaric?. Comulga con su propuesta y se demora en la doble mirada que libera el juego. La hechura nueva del color cisma los contornos y arrima la candela que se derrite desde la cima de las telas. Él extrae para nosotros lo íntimo de la mudez, la víspera de los blasones cambiantes, la precisión a la cual asiste la veladura con realces de pronta naturalidad.
Silencio. Permitámosle a la mirada dirigirse en despliegue de banda a banda y palpar el trazo temprano donde la fiesta de la pupila se demora en el obsequio a los rostros. A veces semi-ocultos, gimientes o serios, dejan explorar sus almas con nuestro atento reconocimiento. Luego la retención pineal nos repinta los adentros, nos viste de luces y ojos enormes. El silencio. Hondable.
De súbito nos encontramos en el lugar adonde el artista quiere conducirnos: el ámbito que suspende los minutos para ponernos a respirar las disoluciones de la coloratura. Adelante se avistan los interlineados propicios.
La placidez que nadie imaginaba, lo que va a ser el fluido mutante de los colores aparece en nuestra dimensión cerebral. Pero, ¿la formación, el acompañamiento, son el producto consciente? Fenómeno de ida y regreso, la pintura y el observador resuenan cuando transitan en medio del ímpetu de la hora plástica.
La creación enmarcada con notables aires e inhalaciones que dan a los formatos un baluarte de adivinanzas y el aprovechamiento de sus réplicas clarividenciadas. Entonces, sentir, abandonar lo perplejo, vibrar, pensar en el vuelo... Adelante, a la orla de la orilla: en prodigio.
El mundo no se acaba, sólo se detiene, a ratos, para desmembrar la noche. ¿Constituye también una verdad en los pinceles de Jovandaric? El irreversible fulgor enfatiza el rumbo cuyo derrotero marca de los trazos el comienzo de un nuevo fenómeno. En todos los atisbos, detrás del encumbramiento recóndito, surge el anuncio.
La sorprendente claridad reminiscente estimula la conciencia y deroga cualquier obstáculo que se interponga entre quien agudiza el pulso y la pintura que se dinamiza con el paso de los ejes vitales. Adivinación sensorial de lo verdadero y real, ya habido y mutante.
Se trasvasa un desconcierto a otro, un soplido de brasas y el saber penetra en la representación de las formas, en la ubicuidad. La peculiar circunstancia de lo necesario ofrece la porción de los sueños que nos contempla. Escrutamos en la verdad del artista Jovandaric y nos aproximamos a su fondo a medida que nos dejamos sumergir en el aljibe de los colores suyos.
¿Cómo y por qué este artista vino y fue visto? Tras un acordarse mucho y después de rodear las almenas de los terrenos. Concordó con su apremio; expandió la visión. Audaz, intenso, insiste en la repercusión, en el corazón que vibra y que mancha el estaño de la vida. Exacto, come del alba y existe colgado al espíritu del desdoblarse.
Miramos y miramos y aparecen encajes antiguos, arcanos que retroceden por el interior de los espacios y nos compete descifrarlos. Lo hacemos; las respuestas se vuelcan desde el nosotros. Las posibilidades imantan con su red de milagros que componen y descomponen, en una trama sin fin, la consecutiva insinuación a su merced exaltada.
La travesía se asoma al borde de los cuadros y en ellos dejan unos rastros que halan la meticulosidad de hitos y de afirmaciones llamadas intersecciones auspiciantes.
En la andanza con Jovandaric no existe presunto final y él, en el rastro del origen, acomoda las imágenes a la factura donde los sentidos se cruzan para entusiasmar la dilatada posteridad. A modo de puerta, las imágenes atrapan las miradas cómplices y ayudadas por un hálito primigenio establecen un sistema que es una animación en la experiencia del color.
Así, proseguimos penetrados de una fascinación iconográfica, pronto sumidos en un lugar de todavías, a su término y con, no por acaso, sonido de los colores. Repetidas instancias nos arrancan las sensaciones cromáticas de arriba y abajo: indagación que oscila en los días grandes habitados por simbolismos no ceñidos a ningún esquema. Atemporales. De resonancias afectivas.
¿Será capaz nuestro joven artista de deshojar los abismos o las pendientes y atinar con el ímpetu en el nudo de la región solar? ¿Adónde lo conducirá semejante trabazón? Lo sabemos trasponiendo la amplitud de las humaredas, los quemados campos azules, esos ríos de tarde y nadando, las recibidas anochecidas, el mundo atravesado por flechas perseguidas, los ojos y su movilidad en pos de huellas plásticas y siempre el imprescindible destinatario. Principio, pausas, humaredas en sus hoyos.
Reportamos la materia pictórica hasta la practicidad de las faces o facciones y trascienden todas juntas porque las asiste lo prójimo, sin objeciones, ataviadas de expresiones superpuestas al inefable contraste.
Nelson Jovandaric nos invita a seguirle, a pinturar la acción sin prejuicios visuales. Alternadamente, elevados por las pinceladas, arribamos a series de raciocinios e intuiciones. Nos tomará tiempo, pero la gratificación será nuestra propia esencia en la física-química de los espejos internos. Alterando lo imposible la profundidad de los materiales artísticos provocará movimientos que resultarán en sus inherentes entendidos.
Cambiamos momentáneamente al impulso de la insinuación de lo invisible presente en las telas jovandaricianas como un índice de la fidedignidad de lo visible. Los huesos orbitales y ópticos apuestan hacia el cúmulo de volúmenes palpitantes, no precarios, avanzados sobre los suelos de fecundas pesquisas. ¿Qué esplendorosa visión sobrevendrá al culmen del entonces? El alma unida a su metáfora y la piel pintada llena de humanidad. Los perfiles huyéndole a la polarización.
Sin embargo, ¿quedará algún espacio para lo ilusorio? ¿Al margen del espejo o en su parte postrera? La videncia, la magia, simpatía o empatía de los crepúsculos, rotarán sobre las máscaras apoyadas en la percepción de los estados de alegría o tristeza. Enlaces de la constatación, gradaciones del color, lámparas de brillos, aceros y cobres aupando la meticulosidad. La colección de conexiones alegorizan los repiqueteos de las pomadas ensangrentadas que concentran la confidencia cenital.
El método o métodos del cual se vale Nelson Jovandaric para enfocar la secuencia de abstracción y figuración rehusa el constreñimiento a un solo tono. Prefiere alejarse y discurrir en un antiesquema perspectivo y reparar en la sinuosidad de una serpiente que muere de nasciencia, golpeada por una divinidad lustrosa. La torcedura en la vacuidad le abre los ángulos a las fuentes relampagueadas y de máximo ondear.
Son cosas que el artista plástico conforma a la indagación de su abisal designio y hambreado de existencia y creación necesita de muchos toques de espadas, del alijar lo fraguado y envolverlo en el desgonce del arrebato mortal.
Con todas las precedencias y antecedencias y energías materiales actuales Nelson Jovandaric nos seguirá encareciendo las sorpresas al dilatar su tabajo. Cimentará muy por debajo de la superficie el corredor de radio translúcido, los tintes esquivos y afinados, las escaleras y las entradas que merecen contornos sombreados y alojados dentro de los personajes. Su conjunto de armas y armaduras, su personal concepción de la guerra, penderá, para nuestro beneplácito, en la arqueología plástica del devenir.
Allá aguardaremos por las nuevas telas de Jovandaric, con la plena exactitud de que recibiremos un acometimiento sensorial y entonces la razón plástica de su haber nos permeará en su cognomento para insuflarnos del alegato de los colores trastornados por multiformes pinceles.