Transfiguraciones tempranas

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Textos y decalcomanías: Wilfredo Carrizales

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Transfiguraciones tempranas

Desde la última fase de la luna la faz ha cambiado su aspecto y ha transigido en la transición para vivir su verano en pleno invierno. Transfirió a otro rostro el derecho a heredar las normas permanentes de la mutación. Ahora sobre un fondo de pez se aleja de las pezuñas que antes la hirieron tanto. Sabe que en el transcurrir del reloj logrará la transcendencia. Está tranquila y observa con nuevas oquedades las lazadas que se forman en su entorno.

La faz se deleita entre el azafrán y el almagre y transgrede el haz de músculos que impiden las hazañas de la transexualidad. Transpira en su transparencia no vaya a ser que luego le falte el aliento. Vierte su versatilidad en la semiinconsciencia y semejante a un semestre se transporta y se enajena. Odia meterse por una transversal, pues el trajín del transeúnte la incomoda y le transmite una carga de turbiedad que no está dispuesta a aceptar.

 

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Transfiguraciones tempranas

El torso femenino, fementido, muestra sus maduros senos, turgentes y bermejos, y los traspone hasta alcanzar el límite de la vehemencia que se oscurece. Ellos no se turban, pero producen trastornos un tanto atroces. Gozan al enredarlo todo, a sabiendas de que los mirones entran en un desasosiego del cual les cuesta salir indemnes.

El tronco pone a prueba su volumen y, a trasquilones, trastoca los fogonazos de la candela y, trashoguero, pervierte la paz de los antros. Con sus sacudidas arregla un ajetreo que da al traste con los juguetes del erotismo, fiel trasunto de la realidad pasmada.

Torvo, el torso procede según su deseo y trasvierte sus fluidos y los consigna para la beligerancia. Se nombra en su fisiología y comercia sus acuerdos. Más tarde se hidrata y, traslúcido, usurpa la agonía de los espasmos.

 

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Transfiguraciones tempranas

Detrás de un rostro que se adormila acaecen besos nada furtivos que conturban a los jueces del extravío. Los besuqueadores transpiran y se ponen amarillos y ocultan lo que acontece en sus traseros.

Semblante que quedó traspuesto y en su breve excursión onírica no logró salir a escena. Sólo sintió un ligero rumor de “ósculos” y le pareció que lloviznaba una saliva que sabía a savia. Conmovido, lloró para desarraigarse y para alejar de sí el desbarajuste que lo traspillaba.

De cara a la subversión, el rostro se trasplanta a otro horizonte, donde engañen menos y donde los desaciertos sean tolerados. Ya emigrado se translimita y saca ventaja de su mudanza y se soba los mofletes hasta extraerles el granate que le brindará la necesaria ebriedad.

 

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Transfiguraciones tempranas

Conjunto de senos para ser besados y para que sus abultadas venas transfundan su sangre a los labios en secano. Mamas exuberantes para alimentar al transferidor de euforias. Pechos que comunican la redención y reparten su bondad ad infinitum

No se renuncia tan fácilmente a un tejido adiposo que llegó, expresamente, para amamantar al sediento. El tejido posee serenidad, posee sentimiento, posee secretismo. Hay unos vasos que interactúan y que se prolongan en todas las direcciones.

A veces un fulgor de oro recorre las protuberancias del ardor y parece que un ombligo inmenso brota para frotarse contra los poros abiertos con el deliberado propósito de arrancarles visiones, gritos, remesones.

Una como oruga chupa, succiona, extrae la mezcla que se guarda por el mundo.

 

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Transfiguraciones tempranas

Los amantes se abrazan por encima de los promontorios y unen sus labios en un anagrama del deseo y la pulsión. De llamas se tiñen sus figuras y transliteran sonidos de los huesos en acuerdo. Entretanto los vientres profieren un conocimiento para las alianzas. La elocuencia ha caído al suelo o se ha desparramado bajo los pies. Los ojos reflejan muchos ojos y todos ellos se fusionan en un solo aplauso.

Los amancebados comienzan sus evoluciones al pie de la larga cola del mediodía. Sus ritmos se atan sin ningún peligro y pronto los jadeos son memoria avasallante en el interior de sus diafragmas. Y luego rugen y entonces musitan y sus muslos transparentan el color que habrían heredado del desprendimiento sagaz del alazor y así, abrazados, compenetrados, engruesan las horas para que el placer sea más eterno o acaso harto prolongado.

 

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Transfiguraciones tempranas

Un animal de tal grandeza con un hocico que apabulla y que es instrumento de succión para la flema que deja el éxtasis. Y el mencionado animal por ser traslaticio adquiere su forma de hombre cuando el sol se despeña por el abismo de enero. El alguien trasborda su reluciente y gran falo y en el umbral del otro sexo entabla un promisorio quejido que dura hasta el fin imposible de las interdicciones.

¡Cuánta pasión transflora ese morro y en qué medida! No se cansa su motor de carne. En el tiempo inusitado lo vemos y no se desprende de su faena; no se separa de su afición; no bosteza mientras ruge; no levanta la cabeza y es pura seducción. El destino lo pegó a su imán y el temblor prometido lo cimbra y él, transgresor, dispara sus dardos de lava al interior de la concavidad que lo vio nacer y reír.