Dos textos vislumbrados

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Textos y collages: Wilfredo Carrizales

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Dos textos vislumbrados

La luz llega en el pubis de la mujer que abre su juego al recinto que la ampara. La luz le quema la piel y se la oscurece por momentos. El espíritu de la mujer se mueve y trata de amoldarse a la ocasión. Ella olvida sonreír y piensa en un agua fresca que la moje a placer. Se expone a los corpúsculos de luz que ahora flotan con libertad. Sus senos enrojecen con unos frutos que se deslizan de sus manos. Ella desea cubrirse de más soledad y echa a un lado el espesor de la duda. En un ventanal se anuncia el ardor del mediodía. Ella imagina una larga lista de deseos que deflagren su carne. Ninguna sonrisa se asoma a sus labios todavía. Sus manos notan granos amarillos en el aire. Presiona dos con las puntas de los dedos hasta sentir que sueltan un zumo que no posee color, pero que exhala un aroma de barro otrora pisoteado. Ella se queda quieta y se pone a contemplar la vulnerabilidad del tiempo que empieza a consumirla. Se sabe dueña de las imágenes de muchos barcos que navegan sobre las nubes de las paredes y que van trazando estelas que se combinan con los aleteos del silencio. Nada se oculta ahora; ninguna cosa podría esconderse sin que ella la descubriera. Un ángulo forman sus piernas para incitar a la abertura de lo imposible. Obviamente el día se llena de un fluido que emana un dinamismo, cuya condición se parece a la efímera felicidad. El paso de las horas se toma todo el lustre que le cabe en el diafragma. La escena con la mujer en primer plano es un simple ritual adornado de complejidades sensoriales. Se demuestra que incluso un trono puede asentarse en ese espacio, con sólo proclamar que la belleza es un asunto que atañe a la esencia de la sumisión.

 

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Dos textos vislumbrados

El día era perfecto para pasear por el jardín y trabajar los verdores que no sucumben ante insólitas fuerzas. La atrocidad de algunos eventos logra en ciertas oportunidades provocar un descalabro en la razón de quien la observa. La mujer designada se esparce y arriba al lugar donde se concentra la mayor cantidad de arbustos. Sus piernas vienen protegidas por una tela que relaja más sus músculos. Sus manos lucen la coloratura del tinte que la entretuvo hasta hace unos instantes. Su signo impone acatamiento. De improviso, inicia su lectura de las savias. Atrae hacia sí la tos de los insectos, mas ello no le resulta penoso. Ella domina el principio y el fin de las casualidades. ¿A qué preocuparse? Las hojas crujen levemente para dar a conocer sus habilidades. El entorno está lleno de semillas y sus formas hablan por ellas. La mujer se aprieta el corazón para sentirlo redimensionado, enfocado en el punto de su maestría. Una sutil brisa agita los cabellos de la mujer y junto con el agradable hálito llega un ave que quiere curiosear y tal vez aprender. La mujer lo escudriña con ojos velados y le concede estar. Su instinto le dice que esa pasajera migratoria no es de las que picotean, aunque le muestra respeto. La mujer siente la boca seca y cuelga de sus labios un poco de la rutina del rocío. Su abrigo resuena con una blancura que se prolonga hasta donde lo permite la excepción. La mujer se descerraja para que el verdor la empiece a conformar. Ese viaje inaugura su peregrinación por los ramajes y suavemente se deja conducir. No hay enigma que la posea, sino una relación que la aproxime al hogar de las ofrendas del metabolismo. Se disuelven repentinamente las aprensiones y una verdad espontánea se une al legado del tiempo emergente. La mujer escarba en sus uñas y encuentra retazos de una espera que en su momento fue irreal. Ahora hay un brillo de porcelana en el ambiente y un retrato puede surgir del interior del verdín. Los ojos de la mujer le darán la bienvenida y quizá explorarán en su deseo más íntimo para anegarse con el fervor y consentir que a su rostro asciendan unos círculos de espuma y algodón.