Al comienzo era la comida. Y entonces luego vino el desayuno, el almuerzo y la cena y así quedamos hartos y nos dimos por servidos y honrados.
Cometimos el pecado de la gula y no guardamos reposo después de comer, pero nunca hemos sido tragones ni glotones.
La pitanza alcanzaba para todos y en régimen de comunidad disfrutábamos de los alimentos. Lo sustancioso siempre fue nuestra esperanza y como pájaros nos nutríamos. Dentro de la caldera se desarrollaba un cuerpo que pedía ser comido.
Las ollas circundantes. El vapor que no cesaba de manifestarse. El hambre que llamaba a la puerta. Había madurado el cocido. Llegaba la hora de comer. ¿Dónde estaban las cucharas? ¿Y las escudillas? ¡Ah, la estufa!
2
Fuéramos como fuéramos había que convenir en que las ollas estaban sumamente calientes y en que era imposible bajarlas de las cocinillas. Así que barríamos mientras nos amábamos y luego batíamos palmas y nos volvíamos a amar y barríamos de nuevo y volvíamos a barrer si ello servía para que nos amásemos más y mejor.
En fin que yo le decía que vendría siempre con este plan y ella respondía ¡ojalá eso fuera así! y entonces elegíamos unos puestos en el patio donde se estaba bien a la sombra, con una frescura que se podría calificar de perfecta y allí saciábamos los deseos y salíamos mucho mejor instruidos en cosas del amor y por momentos nos olvidábamos de barrer hasta que el olor a arroz quemado nos volvía a la realidad y gritábamos que seríamos amados por las criaturas más inverosímiles y decíamos ¡alegrémonos! y comenzábamos a acariciarnos a despecho de la hora.
3
Alimento para prolongar la mañana. Desayuno que desciende del sostén de la madrugada. Pan en la hora nutricia, suculento, esperanzado y la mantequilla que lo cubre para hacerle justicia al ánimo que atribuye. ¿Y una taza de café? ¡Bendito sea en su aroma y en su complacencia!
No importa que se alleguen las hormigas. Ellas son las compañeras que asigna el calendario de la cocina. Se digiere la sustancia que no embucha: bastimento para cebar el cuerpo.
Nada de abstinencia. Las viandas humean y promocionan sus cualidades al olfato. Ganas de comer y se ataja la ambrosía para deleitarnos con el menú. Se han puesto los manteles y los bocados inician su gira. Los platos del día poseen sus hojas de ruta y la más incitante de las estaciones es el estómago.
II
1
Ante la vista los libros que contienen los atajos de la vida, sus devociones legisladas, sus ideas que rumian con total licencia. Se amontonan las analectas con los epistolarios, las monografías con los breviarios y los estilos se cruzan y se entrecruzan y no se ahorran esfuerzos hasta dar con el método que permita la expurgación.
Escribir. Imprimir. Encuadernar. Y la estación suelta sus reseñas y se trashojan los tomos en busca del reclamo del pensamiento profundo y corrosivo.
La llama intelectual de los locos arde entre las páginas más lúcidas. El diamante no se agota; la savia se abre hacia lo inédito, hacia lo no doctrinal.
Entregan los ejemplares las señales más certeras de sus pasajes. Cuando conviven ilustraciones los folios compendian una gratificación para la mirada y para el alma.
Desde los índices salvamos a los autores que evaden las ceremonias. Los pies de imprenta lo saben todo y son un ejemplo que gana con creces su margen.
Escrituras trazadas sobre el lomo de lo sapiencial. Códices que encuentran sus efemérides en el sumario de las abreviaturas. Arte de las palabras donde consta el equilibrio perseverante de la inteligencia.
2
No vino el rey a la mesa y los libros soltaron las partes donde se hablaba de prendas y águilas.
Buenos días y las tijeras no cortaron la luz y una voz en las afueras hizo las paces con las cruces que provocaban temores.
Las madres de los reyes acuden a las metrópolis y se colocan anteojos negros para que no las reconozcan las moscas ni las aguas enemigas.
Un objeto brilla en la oscuridad y alguien trata de hacerlo suyo, pero no lo consigue y entonces debe abandonar sus lápices para que asienten que la realeza sigue siendo un espectáculo.
3
El libro que predicaba y se cubría de una capa de yema de huevo. Excitante dedicación por no saber qué hacer.
Un animal con un canto de peines, sin miedo de ser atacado por detrás. No hay que darle la razón a ningún consagrado. Sólo esperar el efecto deseado.
Una mujer salía al patio con un árbol de hojas tendidas y ella iba estancada en la sucesiva píldora que la hacía dormir. Su vestido tenía un amplio escote en la espalda por donde se colaba la suspicacia de los muertos.
Lo inverosímil saltaba sobre un caballete y al lado arqueaba el lomo un gato de desconocidas proporciones.
De un agua oculta se desprendía un contagio de ampollas y de escalofríos. Unos donantes de sangre le daban luz a un niño directamente en la boca.
Aquella que habló quedó para soltar la rienda.
III
1
Reciedumbre del tiempo en el reloj henchido de imágenes y cifras. El mecanismo que marca las horas se despierta y traza el radio de los signos que proclaman reliquias.
La cuerda ha sido templada por las muñecas que tocan dos veces la textura de los metales. Algo sale a cantar el complemento de los minutos y el ejercicio pesa suave en el aire y relincha quedo.
El reloj es un organismo vivo que adelanta los cuadrantes hasta que se tornan tensos y deliberantes. La fisiología del péndulo acude a la espiral para mejor estar a tono. Las manecillas juguetean con los números y les invitan a festejar las oscilaciones de los cristales.
Si las muñecas mutan sus nacimientos hacen de los relojes sus picos de cigüeña.
2
Un grano de uva grande que vaya al paso del tiempo y del ritmo de la vida en ascuas. Hay elocuencia en el rayo y a algunos alcanza su aquiescencia.
Existen muñecas que surgen así: no las consume el pavor de los ruidos de los minutos, ni la triste sustancia que sale en pos de su pena. Sólo lo sabe una mujer y de un solo golpe pierde sus vocales y el organismo que favorece la excitación de los vitrales.
Después llegarían los atisbos del verano, su oficio de comunicar las cerraduras, la calamidad con su circunstancia a cuestas. Por lo tanto, el juego acontece.
La misma historia: la dama fue cortada en dos para satisfacer la demanda de sus amantes.
IV
1
El centro ya no estaba en ella. El sol huyó dentro de su cuchillo y también partió un octaedro.
Ojos que perjuraban. Nariz que alborotaba. Manos que olían. Lengua que escuchaba. Orejas que escupían detrás de otras orejas.
De este a sur el baile sin astros. De norte a oeste el pícaro se envalentonaba.
Él no necesitó ser repartido: era pan. En medio de todo una sima donde se hunden los pocos sueños.
Ver lo que alcanza y algo más. Oler las comisuras del destino. Tocar las palpitaciones del habla. Gustar del licor de los moribundos. Oír los colores inquietos del silencio.
2
Mientras se ocupaba de resolver sus asuntos, la idea de sus asuntos ocupaba mi mente. Me constreñía, una y otra vez, sobre la cama que contenía restos de mamíferos y daba un salto hasta el principio de su estatura y caía de ombligo y aspaviento.
3
Libertad de racionamiento. Ojos para comérselos. Cambio en firme. Baraja que se prestigia. Tartamudez sin contrato. Servicio al mediodía de un país que se inventa. Remesa de beneplácitos y quiebres en las zonas erógenas. De boquilla y al contado. Por añadidura, lanzamiento de cortejos y dormitorios para caras largas. Dientes en los aparadores, pinches, renacuajos y cabezas de marionetas. Un emporio al pie de la fábrica de sueños. Bodrios y refrigerios. Refrescos en la antesala.