
"Operativos. Nuevos procedimientos antisubversivos realizaron fuerzas militares y de organismos de seguridad, en distintos lugares de nuestra ciudad, según trascendió de fuentes policiales".
Sin renunciar a sus convicciones políticas, pero desencantados de la lucha armada, los nuevos marplatenses supieron construir un espacio propio. Muchos de ellos profesionales y cuentapropistas, se acomodaron en la ciudad como quien habita una casa: había que modernizar ciertas áreas, aprovechar otras mejor y por sobretodo hacer de la ciudad un sitio cómodo y prometedor.
Esos exiliados son hoy hombres con familia, dirigentes, referentes en definitiva de una sociedad que los aceptó sin prurito, pese a que para ciertos sectores representaban un peligro, o algo similar. El trauma y la frustración de los militantes acogidos por Mar del Plata fue haber sido desgajados por el curso inapelable de la historia de un proyecto político que prometía modificar el mundo y sus vidas.
También hubo liviandad y narcisismo en muchos de los individuos que llegaron a Mar del Plata escapando de las cacerías de los servicios paramilitares. Es un hecho que la sociedad juvenil de aquella década sostenía la actividad política como rumbo exclusivo. El status y el prestigio social en el entorno estaba dado por el nivel de compromiso. Muchos aceptaron los sitiales de poder convencidos de estar realizando una empresa mística que les granjearía el máximo respeto de la sociedad revolucionaria. Era también una moda.
Como era previsible, los hijos de esos militantes heredaron la esencia de la seducción revolucionaria, involucrándose en asociaciones de derechos humanos y preparándose en carreras humanísticas como filosofía y ciencias políticas, pero con preeminencia de historia. Los jóvenes que ahora tienen la misma edad de sus padres cuando llegaron a la ciudad, alientan una dialéctica dentro de sus grupos que explique y devele qué ocurrió y por qué ocurrió. Ya no veneran a los protagonistas propaladores de las batallas épicas; quieren y buscan un método que los conduzca a la verdad.
Las diferencias temporales y políticas, sin embargo, no cambiaron los
adversarios. La generación heredera sigue peleando contra la violencia, el
despotismo, la desesperanza. Quizás ahora el enemigo no sea tan visible,
pero independientemente de ello, los espacios sociales para el desarrollo y
puesta en práctica de una ideología basada en la solidaridad, aumentaron en
Mar del Plata. Aquí un punto de contacto con el Gran Mar del Plata, de un
sector que si bien pertenece al Centro (heredero no legitimado del
balneario), se encuentra cerca de la periferia a través de sus principios
primordiales.
Tal vez en este punto de inflexión se encuentre la bisagra que permita unir, no mezclar, las dos ciudades. La solidaridad como vehículo amistoso, la curiosidad como vínculo saludable. Ambas ciudades pueden mirarse en niveles similares atendiendo a que se enriquecen en forma recíproca. El Centro que observa sus miserias e intenta revertir lo que interpreta como injusto; el Gran Mar del Plata que escapa de su resentimiento y considera una posibilidad de apertura hacia el grupo de enfrente.
A través de un reconocimiento sincero de la propia idiosincrasia, es que las dos Mar del Plata podrán entablar una relación saludable y duradera. Más allá de la posibilidad que, insisto, se dará sólo en función de un grupo con inquietudes sociales, todo cambio conlleva una crisis, un replanteo de la circunstancias pasadas y actuales que motivan el cambio. ¿Cuál bando sufrirá más el mea culpa: el Centro por su explotación sistemática del Gran Mar del Plata, o ésta por su vocación marginal y ánimo vengativo?
Sin duda, no será fácil, el siglo y cuarto de vida de la ciudad arraigó la disputa con esmero. No hubo treguas, aunque sí es deber reconocer que algunos conflictos se atemperaron a partir de los gobiernos socialistas. La elección de Teodoro Bronzini en 1920 posibilitó que las obra pública se distribuyera con mayor equidad. Se fortalecieron las sociedades de fomento y la comunidad italiana en el Puerto recibió una reivindicación que aún se observa en los monumentos y nombres de las calles.
Por primera vez, finales de la década del '30, la ciudad parecía poder torcer la historia. Algunas batallas contra los elegantes porteños se ganaban en un plano de igualdad que en nada apreciaba el establishment del momento. Aquellos inmigrantes y peones que oficiaban de servicio doméstico durante el verano, reclamaban un sitio en Mar del Plata y pugnaban por una participación social y política.
El historiador Roberto Cova (2) describió con ejemplos puntuales el momento capital: "...el Bristol (hotel) entraba en su último etapa, el nuevo Casino esta próximo a inaugurarse y Playa Grande desplaza hacia el sur al turismo elegante...". "Comenzó entonces una nueva etapa...".
El traslado de los balnearios suntuarios hacia el sur tiene su correlato en la Mar del Plata actual. Los sitios de veraneo más exclusivos comienzan a partir del Faro y se despliegan hasta el corte orográfico agresivo de la Barranca de los Lobos. También como en la primera mitad del siglo, el coto turístico del presente es disfrutado por una elite, ahora empresarial y profesional, de Buenos Aires; una suerte de nueva burguesía que comparte su espacio social sólo con la farándula de turno.
Del mismo modo es cierto que los accesos a estos lugares se flexibilizaron en la medida que lo fue exigiendo la economía de mercado. Más allá del prestigio social y el brillo que puede otorgar un cierto grupo, predomina la ganancia y en función de ella es que se humanizan los filtros sociales: no hay otra razón. La tendencia se fue evidenciando en las dos últimos décadas: el poder económico ya no es propiedad exclusiva de los terratenientes, el imperio ganadero pareciera haberse recluido en sus estancias y abandonado su orgullo de casta.
El protagonismo de la high-society en los tiempos dorados, en las primeras tres décadas del siglo, ya no existe. De nada vale decir ahora páis en lugar de país. La pragmática semiótica del balneario acabó por transformarse en un lenguaje más llano, ya no se pretende excluir al desconocido mediante una jerga hermética.
Las pretensiones intelectuales de la vieja burguesía se transformaron en un menú de opciones que no precisamente incluye las letras inglesas y los salones del Louvre. El manifiesto cultural de la nueva elite, pasa por exigir originalidad y suprema capacidad de absorción en todas las novedades. Lo cultural tiene que ser accesible, breve, digerible. Los postulados del pensamiento contemporáneo de consumo masivo deben ser inteligibles porque de lo contrario son interpretados como meras vanidades.
En una sociedad cada vez más alentadora del self-made y el corporativismo, el ejercicio intelectual es admirado desde una óptica romántica pero no práctica. Los referentes de la sociedad marplatense (de las dos sociedades), no son como otrora los humanistas consagrados ni los filántropos temperamentales. ¿A quien escapa acaso que el respeto ancestral por la conquista de nuevos estadios de progreso humano dejó su trono a la seducción materialista, al simple trazo grueso, al impacto y a la sublimación de lo joven y bello?