La ciudad enemistada, por Felipe Celesia

La división consagrada Mar del Plata y sus habitantes sufren de una esquizofrenia que marca las decisiones y destinos de la ciudad como ente individual. El padecimiento se desarrolla en ambas ciudades. Aunque se baile al son de un mismo ritmo social, bajo el mismo contrato, las realidades se modifican en función de sobrevivir en el propio espacio. En los barrios periféricos o en las zonas residenciales, se espera con igual ansiedad la llegada del verano turístico. Aquí, los dos niveles enfrentados que ostenta la ciudad, confluyen y fabrican un punto de intersección, un cruce apto para la identificación y reafirmación social.

El interés en el florecimiento ficticio de Mar del Plata durante dos meses, es un bien compartido que si bien interesa a las dos ciudades, también las divide en la esencia misma del conflicto histórico: el Centro no tiene interés estético en el Conurbano, pero necesita de éste en mayor o menor medida. El Conurbano no aprecia al Centro, su odio es íntimo y ancestral, pero éste le provee de actividades. ¿Qué ocurre entonces cuando la cadena de necesidades pierde un eslabón por alguna de las partes? El resultado es conocido, los bandos se retraen a sus espacios y el abismo social se profundiza.

La proliferación de instituciones, centros nocturnos, comercios, sociedades, clubes y hasta mitos en el Gran Mar del Plata, adelantan una aún más profunda división de una ciudad que tal vez nunca fue sólo una. Los maquis están en la periferia. Mientras que el Centro, siempre triunfante en las contiendas, se limita a revitalizar sus bastiones antiguos y a inaugurar, con gran pompa, los nuevos, que el lector astuto y conocedor de la geografía local sabrá identificar.

La partición también es física. La urbanización, es decir la concentración espacial de la población a partir de unos determinados límites de dimensión y densidad, se delineó en Mar del Plata con un sentido acomodaticio, ligero y tan azaroso que hoy la ciudad bien podría ser un sucedáneo de Las Vegas, Concepción del Uruguay o Marsella.

Mar del Plata se urbanizó en la medida de sus posibilidades de improvisación Mar del Plata se urbanizó en la medida de sus posibilidades de improvisación; en rigor, el diseño estuvo sujeto a los caprichos de la alta sociedad porteña, y a las migraciones internas que acompañaron el desarrollo turístico.

El mapa urbano marplatense tiene claras divisiones sociales en avenidas y figuras geométricas insertadas. Entendiendo la ciudad como un semicírculo, las avenidas Fortunato de la Plaza (39) y Champagnat, introducen allí los ejes cartesianos que separan el Gran Mar del Plata del resto. En abanico se despliega la periferia que se extiende cada vez más hacia el oeste, norte y noreste. En oposición, hacia el sur, y como único apéndice fértil del Centro, se desarrollan proyectos de residencias privadas y countries, análogos a los que impulsaba a principios de siglo el balneario, en lo que hoy se conoce como barrio Stella Maris, Los Troncos, Cabo Corrientes y Centro.

La avenida Champagnat (traza paralela a la costa céntrica) y sus anchísimos carriles y canteros, revela la enemistad ancestral ciudad-ciudad a través de una obra urbana. De la avenida hacia la Pampa Grande, la promesa de cierto avance social para las clases empobrecidas. De la avenida hacia el Mar, el gueto seguro y cálido que otorga a las clases favorecidas las condiciones para desarrollar sus libertades individuales, principal deseo de las sociedades democráticas.

La ansiedad general por acceder a un mayor nivel de vida, estimula la introspección social como método de conquista. Los mass media dan cuenta de la vida interna de los barrios en desarrollo, inclusive a través de detalles ínfimos que no hacen al hecho informativo, si es que existe. La prensa escrita funciona en ocasiones como diario íntimo, como confesionario de las vicisitudes de los sectores sociales agrupados en barriadas o instituciones populares. Las editoriales, con relativo apego a la teoría de la libertad de prensa que asegura la posibilidad de publicar abierta a cualquier persona o grupo, operan como reproductores del discurso progresista de los dirigentes vecinales.

Esto es, en definitiva, la realidad pública que sobre sí mismos, ofrecen los barrios del Gran Mar del Plata. Y a esa identidad son fieles los vecinos en mayor o menor medida. La lucha política, entendida allí como la posibilidad de una aproximación a las negociaciones por mayor calidad de vida ante los organismos oficiales, se desarrolla en la periferia con pasión y ambiciones. La seducción de este espacio de poder, está asentada sobre la aparente facilidad de acceso: basta con la voluntad y la presencia para integrar una comisión directiva barrial.

Sin embargo, las asambleas vecinales tiene cada vez menos asistencia. Salvo que se jueguen intereses muy caros a los vecinos, suele haber en ellas una troupe estable que encuentra allí un grupo de interacción social, más que un cometido institucional. Además, el crecimiento de la infraestructura en servicios, dejó a muchas luchas sin campo de acción. Los servicios básicos están mayormente cubiertos. La batalla ya no requiere de un compromiso total. El vecinalismo se ha frivolizado. Los festejos por cualquier motivo se suceden con mayor frecuencia que las protestas.

Los barrios ven pasar las etapas de su vida cómodamente sentados en la butaca preferencial del acto público, que actúan referentes que no eligieron ni rechazaron. La aceptación de los dirigentes es implícita, indiferente, y en muy pocas ocasiones se llega a cuestionar la autoridad establecida, salvo claro está que exista un deseo de autoridad subyacente o una pretensión de función pública o actividad política.

La mirada profunda observará que en la periferia la comunicación social es más responsable. Al contrario del Centro (es probable que por una cuestión de apiñamiento poblacional), conocer al interlocutor es una regla que no puede evitarse. Se debe saber a quién se habla y sobre quién se habla. Los datos deben ser precisos y evidenciar un interés cierto, un deseo de interacción. De lo contrario, los fundamentos o informaciones no son validados por la comunidad barrial. Aquellos que no conocen en profundidad el esquema social, son desautorizados por sus pares. En el Centro, los códigos y pasaportes son diferentes.

Pero bien ¿cuál es el origen de los barrios populares en Mar del Plata? La Ley de Propiedad Horizontal, sancionada en 1948, cambió la fisonomía del balneario e inició, de hecho, las migraciones de trabajadores y familias hacia una ciudad que aseguraba trabajo durante el verano y una vida apacible, casi pueblerina, durante el resto del año. En 1947, el Censo Nacional decía que General Pueyrredón contaba con 123.811 habitantes; número que se elevaría en 1960 a 224.571, un 80% de crecimiento, mayoría marplatenses adoptivos, aunque el dato es irrelevante para una ciudad satélite de Buenos Aires.

La industria local, por aquella etapa, florecía junto al país y la mano de obra era demanda cotidiana. Una gran actividad económica abarcaba a los trabajadores locales y los beneficios eran invertidos en vivienda, comercio, bienes personales, automóviles, ocio. Los marplatenses solían tener dos empleos: el de todo el año y el que se conseguía durante la temporada para hacer la diferencia que permitía el progreso social.

El levante económico de los sectores ligados a la pesca fue explosivo. La adquisición de buques de altura y la industrialización de las plantas procesadoras, entregaron un nivel de vida jamás soñado por los descendientes de los italianos pioneros.

La pesca produjo una movilización social notoria. Los pescadores ya no tenían que salir al mar para abastecer los hoteles y restaurantes de la burguesía porteña, ahora pescaban para llenar sus barcos, para abarrotar sus envasadoras, para exportar. La prosperidad atrajo marineros espontáneos que luego se radicaron en Mar del Plata.

Extrañamente y pese al abrupto florecimiento, la comunidad italiana nunca se desmembró ni canjeó su idiosincrasia. La mayoría siguió viviendo en el barrio Puerto, inclusive respetando la frontera étnica instalada desde los mismos orígenes del barrio: sur para los sicilianos; norte para los napolitanos.

Las generaciones actuales de pescadores siguen aferrados a la tradición de sus ancestros, no saben de otra cosa, aunque cada vez son más los que se rinden a la certeza inexorable que la pesca ha vuelto a ser una actividad de supervivencia.

En cuanto al turismo, los balnearios y locales gastronómicos produjeron el despegue de un discreto grupo de comerciantes que ahora representaría la clase alta marplatense. Las concesiones de las playas, balnearios, restaurantes y bares, fueron y son explotadas por una refinado grupo de marplatenses de segunda y tercera generación, que juegan golf, practican yatching; veranean en el Caribe y pululan por los paseos coquetos de Alem o Güemes.

Paradójicamente, los grupos sociales más beneficiados por la Mar del Plata generosa de mediados de siglo —pescadores y comerciantes—, habitan en sectores vecinos pero sin cohabitar en lo más mínimo. Los sitios públicos son diferentes para ambos bandos y los pocos puntos de contacto son meramente físicos; la interrelación es ínfima, pese a que los intereses de vida son muy similares. Las clases más privilegiadas, en Mar del Plata practican un hedonismo light, casi temeroso, con singular preeminencia de la vida social, el deporte como terapia, la buena cocina, y la discusión de teorías relativas al espíritu y lo religioso, en ese orden.

La generación madura se ha despojado de la pesada imposición de un dogma único: ya no más absolutismo heredado, paso a la libre interpretación de los sentimientos y la fe. La new age se entronizó en la sociedad marplatense como un bálsamo para el aburrimiento. En parte por la frustración devenida de un sistema familiar rígido y represor, la mujer suelen ser el vehículo de las novedades espirituales.

Como bien señala Lipovetsky, (1) "las convenciones rígidas que enmarcaban las conductas han sido arrasadas por el proceso de personalización que en todas partes tiende a la desreglamentación y la flexibilización de los marcos estrictos". La vuelta al conservadorismo de ciertos países no puede tomarse como tendencia general, por el contrario, la tolerancia y las libertades individuales tienen hoy un valor cardinal, insustituible.