
Mar del Plata está partida. Dos ciudades con rasgos definidos, podrían
refundarse en el mismo territorio. En rigor, esto ya existe por más que el
catastro oficial se empeñe en formalizar la unión. El proceso no es
inédito, por el contrario, se liga a los orígenes de la villa, cuando las
mansiones fastuosas convivían con los ranchos de barro y sus propietarios
sostenían las primeras disputas.¿Por qué Mar del Plata repite cíclicamente la escenificación de la enemistad pública y ancestral de sus dos grupos sociales dominantes? Contraste eterno, el balneario luchó contra la ciudad, el puerto pujante con la llanura prometedora, el inmigrante con el criollo, el Centro con el Gran Mar del Plata.
Ciento veinte años no bastaron para responder esta inquietud que aún hoy, a la sombra de un crecimiento demográfico que podría haber superado ciertos traumas de pueblo, no encuentra rasero con el cual medirse. La subjetividad fue y es un mal inexorable en quienes intentaron buscar un motivo a la división social in eternum de la "galana costa", como bien describió, con cierta simpatía castiza, Juan de Garay a los reyes españoles en 1581.
La partición cultural que acompaña la historia de Mar del Plata obliga a situarse en algún margen del río contemporáneo, nunca en ambos, el eclecticismo es un valor jamás obtenido por los marplatenses. Se era porteño o marplatense (por citar una pose que aún tiene vigencia entre los chauvinistas puertas adentro), se vive dentro del ejido urbano o fuera de él, nunca en medio.
La explicación de cómo se llegó a la conurbanización de Mar del Plata, demandaría una puntual descripción sociológica del ser argentino, y marplatense, que se iría del propósito de este ensayo. Pero vale la pena sin embargo apuntar a la médula de la perspectiva social más visible: contraste económico profundo, en principio, y cultural en segundo plano pero en íntima y evidente relación con el primero.