
Retorno
Hace algún tiempo decidí pasear por mi primer vecindario. A pesar de estar
situado en un sitio bastante céntrico, no había tenido la oportunidad de
volver a él, aunque la nostalgia me solicitaba esta visita desde mucho
atrás. Este reencuentro se me antojaba como rejuvenecedor, como si tuviera
la extraña virtud de devolver el tiempo y regresarme a mi infancia.
A medida que me acercaba, sentía que me embargaba una especie de ansia. Era
algo así como el regreso al hogar, un hogar que fue bondadoso con nosotros
y el cual abandonamos irreflexivamente, en pos de experiencias nuevas, sin
tomar en cuenta lo que se dejaba atrás. Por supuesto que no esperaba
encontrar ninguna cara conocida, ya que mi ausencia se prolongaba por más
de veinte años; pero sí anhelaba renovar el contacto con las calles y casas
que de alguna manera se habían alojado en mi memoria y contribuyeron a
formar mi modo de ser, algo nostálgico y retraído.
Ya llegaba: en la esquina, un grupo de muchachos estaban reunidos en un
extraño conciliábulo. Están jugando metras, pensé, ya que eso era lo que yo
podría estar haciendo, a su edad y en esa actitud. Pues no, pequé de
inocente: los muchachitos estaban muy ocupados sorbiendo los vapores
emanados de un pote de pegamento, y ni siquiera se molestaron en ocultar su
actividad. Yo, por mi parte, cambié de acera, sin querer darle mucha
importancia al asunto. Ese detalle no empañaría mi retorno a la infancia.
Apurando el paso, me acercaba al edificio en donde había vivido: en mi
memoria era alto, imponente, casi podría decir que señorial, rodeado de
amables quinticas que le servían de marco y resaltaban su grandeza. Duro
fue el encontronazo con la realidad: el edificio, que realmente contaba con
escasos cinco pisos, estaba en el peor estado de abandono, y las casas que
lo circundaban se habían convertido en talleres mecánicos o en comercios de
la más variada índole. Las pocas personas que deambulaban por la calle no
me recordaban a aquellas que habitaban mis recuerdos; de alguna manera
parecía gente venida a menos, que indolentemente mostraba su indigencia. No
hace falta decir que ya la desilusión me había tomado, pero decidí seguir
adelante. En algún lugar encontraría algo que no hubiera cambiado, que
justificaría mi excursión.
Decidí dirigirme al final de la calle, en donde seguramente seguiría
estando la mansión de la hacienda que era antiguamente el vecindario. Esa
casa, que por lo inaccesible y majestuosa nos hacía soñar a los pequeños
con cuentos de capa y espada o de aparecidos, que a pesar de estar vedada
para nosotros sintió alguna vez las incursiones de nuestra pandilla por sus
prados, buscando los mangos que generosamente brindaban sus añejas matas,
tendría el don de retrotraerme a mi infancia, cosa que ya se me estaba
volviendo algo así como una obsesión. La antigua construcción coronaba una
pequeña colina, sembrada de césped que los jardineros mantenían el mejor
estado de verdor; un sencillo letrero clavado en una estaca anunciaba el
nombre de la estancia. Todos estos detalles estaban presentes en mi
memoria, y quería confrontarlos con la realidad.
Llegué, al fin. Aunque lo mejor sería no haberlo hecho. Un monstruoso
conjunto de edificios usurpaba el lugar que antaño había sido de la casa.
La colina había sido arrasada, y del jardín no quedaba la más remota traza.
El afán urbanista y la búsqueda incesante del lucro se encargaron de
destruir el entorno de mi infancia.
A partir de ese momento, tomé una decisión. De ahora en adelante, efectuaré
estos paseos utilizando los jirones de recuerdos que están desparramados
por mi memoria, sin salir de casa. Será menos doloroso.