Astillas de la piedra

Astillas de la piedra negra
que llegó del cielo, los mirlos;
más metal el pico, las plumas
menos duras. (Esto no impide
cortes en el saber inútil).
Sin desandar indagan, hurgan.
En ellas se transforma en oro
el desierto. Sopla la brisa
y leen páginas del libro
de la vida y la muerte. En tanto,
en sus plumas transcurre la vida.
De dos piedras nació la llama:
aletazo, lascas. Ceñía
un halo el ascenso a la cumbre
cuando el vidente degolló
a quien después sabría su sombra.

Los mirlos acostumbran vida
solitaria.

          No se les ve
juntos más que cuando la noche
bajo su plumaje les dice:
Vengan, hijos. Las pesadillas
son su alimento. De mi pico
reciban a los dioses. Lascas
de la Piedra Madre caímos.
Por eso el lenguaje nos niega
los encantamientos del mago,
por eso estas líneas avanzan
dando traspiés a tientas. Pico
filoso, las plumas no menos.
Por la rama de la escritura
subo los trece cielos, bajo
las nueve muertes.
                    Di, tambor,
si tu cráneo cruje, di
de qué extensión es la pradera
para el vuelo del humo; dinos
que cada vértebra del árbol
es una nota diferente
para la agonía del mirlo.

Tres veces puse mi palabra
para el viento del Norte, tres
veces para el viento contrario.
El trigal y las gemas tienen
la misma laca, son iguales
en su resplandor a mis plumas.
De nido ajeno mi linaje
viene. Mi túnica es la luz
de un sol negro.

              Vean mis ojos,
sus aros de solsticio: joyas
robadas al estío, dual
visión sin convergencia.

                      Lascas
de la Caaba, interminable
letanía: Punta de flecha,
sálvanos. Llave del secreto,
guíanos. Hoja sideral,
clava tu daga en nuestra carne...
Eran las nueve de la noche
cuando me vi entre las hormigas
—criatura, despojo, hilachas—.
Nueve es el número sagrado
que repetía por salvarme,
nueve los pasos de la danza,
nueve las notas del carrizo,
las sílabas nueve, las sílabas
de mi graznido, la canción
dos veces nueve de la dádiva:
KAU-CHAC, KAU-TEH, SOKAU, SOKAU.
KAU-CHAC, KAU-TEH, SOKAU, SOKAU.
Doy nueve saltos y otros nueve
de piedra en piedra hasta cruzar
a la otra orilla que amanece.
Del árbol el rocío cae,
toma la apariencia de un rostro
o la máscara de un paisaje
que no me pertenece. Soy
el mirlo en esta voz ajena
y mía, reverberación
de la roca oscura, cuchillas
en todas direcciones. Miro
con la dermis el mundo. Callo
lo que debía confesar.
Hormigas, hormigas, hormigas
pasan frente a mis ojos. Debo
detenerlas. A ningún lado
van. Borro cicatrices. Mirlos
en el cielo sin nubes. Mirlos
en la piedra sagrada. Mirlos
o su canto en mi lengua. Mirlos.