Descubrimiento del tótem

Cuando vino el tordo
y rozó mi nuca
temblé. Descubrí en el escalofrío
de la página manuscrita, mi tótem.
Mis ojos fueron innecesarios
y sólo el roce de sus plumas bastaba
para descifrar lo que oculta el alma.
Vi, desde los suyos, la certeza del estío.

Mas no era una hoja la que se abalanzaba al fondo.
En don de lenguas.

Había pasado muchos siglos
en la búsqueda de mi protector.
Interrogué a las estatuas,
no sólo con un cíngulo hice vibrar la oreja de las flores
o leí en las estrías de los troncos caídos
el último de los cantos,
si no que puse una gota de rabia
en el pico de la alondra,
en el ojo izquierdo del relámpago
y en las plumas del arco iris.

No había visto el oro de los dioses
perderse en el patio como un graznido
ni bajo la piedra,
al voltear la tortuga,
su húmedo vientre.

Esperé que la indefensa manotease
para hundir la daga en su cuello
y beber su sangre tibia.

El mar habitaría otra vez mis venas,
el velamen de la noche surcaría el Zodíaco
y un tambor igual que las pisadas de un ejército
apisonaría la arena
con la luna menguante de sus herraduras
hasta poner a ras las calaveras y los peces muertos
—hojas también su huesa honda—
hojas también la playa
a donde me llevó la imagen de este vuelo
cuando el tótem llegó con el grajo.

¿Cómo cantan las tinieblas?
La sangre de su graznido sabe a muerte.
Ojos de mediodía, perfil agudo,
puntas de pluma los dedos de las manos;
zanate la voz, irónica mueca.

Coleccionar joyas, versos brillantes,
el vidrio de las lágrimas.

Desde la rama seca observo los afanes de los hombres.
Sé que el silencio es la pócima de los elegidos.
Vuelo. Alguien se acerca.
La rama es ahora una cruz del camposanto,
una cruz sobre mi tumba:
los-ojos-yesca-ardiendo,
los-de-mirada-dura,
los-sin-rastro,
los-sin-rostro.

De hambre me alimento.

Desde que supe de mi doble
es más oscura mi palabra
en la claridad de sus ojos.