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El mejor tiempo. A propósito de la reciente encuesta hecha por nuestra revista, analizamos el oficio del escritor.
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En el nombre de "Papá" Hemingway. La figura del autor de Por quién doblan las campanas es hoy, en su centenario, muy lucrativa, según el periodista cubano Arnoldo Varona.
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Fernando Daquilema: el Capac Apu de Cacha. La historia de Hispanoamérica está plena de héroes locales que protagonizaron sus propias épicas, como lo revela este trabajo del licenciado Michael Vicuña Botto.
Letras de la Tierra de Letras
La guagua Jorge Luis de la Paz
Memorias inconclusas de Encerrado Bruno Soreno
El suicidio de José Agustín Goytisolo Ivanóskar Silén-Acevedo
Ciegas crónicas de viaje Bale Cahíua
El primer beso Carlos Alberto Nacher
Dos poemas Yamil Rodríguez Montaña
Cuentos Marcos Khedayán
Dos relatos Iván González Vega
Un poema Hernán Tejeda C.
Más allá de las nubes Gustavo Raimondo
El buzón de la Tierra de Letras
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Una producción de JGJ Binaria Cagua, estado Aragua, Venezuela info@letralia.com Resolución óptima: 800x600 Todos los derechos reservados. ®1996, 1999
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Edición Nº 73 5 de julio de 1999 Cagua, Venezuela
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La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
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| Letras de la Tierra de Letras |
Dos poemas
Yamil Rodríguez Montaña
Rareza del silencio
La droga del silencio prendida de los labios,
La sed del miedo, la angustia, los cuernos de la tarde;
y sobre el ojo cuchillo de palabras
sudor de corazones y un as debajo de la manga;
pudieran ser las semillas torcidas
el ácido fruta de la mudez;
pudieran ser los huesos los traidores
y el talón siempre de arcilla al descubierto
estar en un polvo grato y dulce,
pero no es así en esta hora vegetal
mal sembrada a punto de parir una luna sana y fría,
sin un rasguño, pero fría para ser oráculo.
Y las venas se contonean sin palabras
mientras cada parte rendida por la droga
sabe a cántico en harapos
tan surreal y dulce como el silencio que nos come
a dentelladas de jeringa en cólera y mano abrumada por alcohol.
Adicción a la nada del cordero,
fanfarrias sordas en el miocardio de las mareas,
díscola pasión que un sin rostro nos inyectó
para que la corona, el pistilo del reino, pueda dormir en la cabeza.
El agua de las lamentaciones
Un muro de agua bicéfalo hace la celda,
parece una gruta de ballena sola,
un pozo ciego por la fe del alba
que lame con cierto veneno de basilisco enano,
comprime el pulmón de la semilla
que nos dio el aliento y la voz y la sonrisa sin eclipse;
uñas fracturadas contra el liquen
que desdibuja el paisaje de la noche,
ácido del ojo en los barrotes,
escalofríos agónicos fugándose del tiempo
mientras la ansiedad miope de la peste no puede más
con estos cuerpos que la sal escupió a orillas innombrables,
parajes desunidos por el ajo de la ubre
que es nuestro verdugo y Dios;
privados de la luz del mundo que no es mundo
sólo las cenizas murmuran sobre el viento,
sobre el fuego alado de la vida
y la lluvia sin fronteras a veces entre el odio
y el pan enriquecido con palabras
y las mariposas de otros paisajes que una vez
dijeron envenenaban la razón.
Ciudadela de marcas irracionales sobre el muro,
arrogancia de cofre seduciendo el anhelo
de las alas que nadie ha dado a nadie
pero que vuelan ocultas en su propio dolor;
así llevamos cuentas de la última sed,
del retazo de luz de un solsticio anónimo,
quizá de los pies húmedos de la fe
y el aliento feliz de las cartas que no llegan.
Más no se puede hacer en esta celda
donde la sal castiga al ojo,
donde el látigo de la soledad fustiga
con la misma compasión que un cactus
y el caracol bombea oculto sobre pecho
como si no purgara sangre derruida
como si el útero finisecular estuviera siempre
dispuesto a dejarnos entrar y después parirnos a la luz.
Cuatro muros de aguas sordas por el desaliento
hacen esta celda que es país y madre,
mordaza arrepentida pero fiel a estas bocas agrias;
túnel secreto donde se confabulan nubarrones y sueños
mientras agonizan las uñas desterradas de la piedra
y la maraña de venas torcidas por el miedo,
aquí adentro donde los hilos de esta mano van podridos
a mirar el paisaje que la sombra niega
aquí, milagrosamente sobre el muro.
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