Poemas
Néstor E. Rodríguez
Razones del miedo
...si estuvieras aquí, si vieras hasta
qué hora son cuatro estas paredes.
Vallejo.
Afuera ya no hay ruidos
sino los necesarios.
No así dentro.
Aquí las manos giran y saludan
con la súbita prestancia del ausente que regresa
como una intemperie de matices probables y remotos.
El tiempo del adentro sujeta la demora
y artificia el curso fijo de los abecedarios.
Desde aquí me confundo como otro factor
entre la turbamulta lívida de sus instrumentos.
Algo de distancia
habrá en el filo de las formas
que las vuelven insondables,
un quién sabe qué de lentas figuraciones
agotando la lámina del suelo
sin el menor espanto.
Deferencia debo a estas paredes
en su ademán de límite baldío.
Padecer la inmediatez de tal visaje
es conocer del miedo y su razón
que nunca es sola
sino la impertinencia
de salvar esta frontera sin plan concreto,
sin orden que defina
el avance o retirada de esta ciudad menor,
de este jardín hostil que todos llaman mi habitáculo.
¿Presagiaré el escarnio de sus pliegues?
¿Maliciaré la conjura de este cuarto
en que se templan los augurios
con el silencio de lo intacto?
La ciguapa
A Mario.
Al borde de sus pasos
recula esta viajera,
velocísima.
Ni rastro de saliva se conserva,
menos el eco de su paso por la yerba y los zaguanes.
Qué no diera por saber de sus motivos,
por beber de la tensión de su escapada.
Prometeico
Por este mundo en blanco
se conjura cada víspera
una suerte de reencuentro.
Cauto se detiene el aire,
el linde avieso principia los rumores.
Observa el espacio una lejana exigencia compartida.
Dónde encontrarse con el tedio bajo los párpados
es un lacónico reparo de promesas
dispuestas ante la espuria silueta de la muerte.
¿A qué esta farsa de agonía?
Fuera el prístino hacedor
y a volverse tornarían
las fauces del apócrifo fingidor de notas,
minúsculo impostor,
famélico oficiante.
Ese inquieto signo
curtido de rigores:
la palabra,
pide se le presente de sus nombres
el más certero,
el apenas insinuado en lugar alguno.
Luego el silencio.
Por este mundo en blanco
algunas cosas quedan:
una línea arcana,
un aire,
el reparo de la tinta obsesa con el fuego.
Jano
Es la cercanía de los espejismos
lo que nos hace inmortales.
Ariel Frieda.
Sobre la sombra única
el debate de dos rostros:
el uno agota los ardides del conocimiento puro,
la soledad precaria,
la vela
y la vasta biblioteca.
Las huellas de la mano le han revelado al otro
el sentido previo a la idea del tiempo.
No son para sus ojos
carne y fuego
verdades distintas,
sino una sola.
La misma de la noche repetida,
los silencios y las voces.
El uno cuestiona su imagen libresca
de ampulosas redes adjetivas.
Es uno su cuerpo,
como uno el gesto que lo abriga.
Vence la vigilia.
Contra la pared,
como atávico reflejo,
el otro torna a soñar.
Sabe del aire conocido por sus padres
y de una extraña palabra
gemela de muchas otras.
El doble murmullo.
Es de cal el lienzo y la certeza
de una sombra sola
que el reflejo desdibuja.
La voz geminada.
Sea la cifra que se escinde
junto a la opacidad del reflejo
la indudable marca,
una frágil seña perfecta.
Ella se niega a referir ambos nombres.
Queda por testigo el parco eco del silencio,
esa continua carencia que no olvida,
y un camino dividido que se expande,
y una secreta promesa que vacila.
El instante precisa un motivo irresoluto,
Jano ensaya su contorno.
Elogio de la llave
Cómo se juega la llave su esplendor metálico,
la dentada caricia vacilante
frente a la vecindad esférica del pomo.
Vuelta
Volver ajeno,
como quien regresa.
Andar oculto,
como quien nos mira.
El retorno es un furor cifrado
contra letras imposibles,
la pátina de horas y memorias
si digo soledad para buscarte,
un intento, pues, de mordedura.
El olvido, al contrario,
es una ficha marcada
que fija en el tiempo su envés.
Con ella se negocia la precaria tregua
de los cuartos,
perdida ya la mínima cordura
al presenciar que al contacto cotidiano de las cosas
una maraña de pasos breves avanza copiosa.