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Letralia, Tierra de Letras Edición Nº 76
16 de agosto
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Dos relatos

Diego Grillo Trubba


Atocha recuerda

Recuerdo que pensé que era una tarde de mierda. Lo típico de Buenos Aires en enero: calor, humedad, más calor, más transpiración. Una de esas tardes veraniegas en las que pensamos por qué no tomamos nuestras vacaciones en enero, en lugar del mes siguiente. Recuerdo que además no me había ido a la costa porque con la jubilación no llegábamos a fin de mes, y Estela no podía salir a la calle, con sus sesenta años. En otros tiempos sí, pero ya no. En esos tiempos yo quería ser escritor, convencer a mis amigos de que podía cambiarles la vida, pero ahora sólo quedaba una novela rechazada por todas —absolutamente todas— las editoriales, y mi amigo Astier murió hace tiempo. Al menos a él sí le cambió la vida. Mi caso, en cambio, era distinto: terminé jubilándome en la fábrica de siempre, y por falta de plata empecé a hacer el reparto de cartas en una empresa a la que me recomendó mi cuñado. En eso estaba, aquella mañana.

Recuerdo que me detuve bajo un toldo y dejé que la sombra acariciara mi transpiración: el manto, casi un cosquilleo, que recorre nuestra piel para decirnos que estamos a resguardo. Pero no era suficiente. Mi corazón no era el de antes, lo sabía desde antes de comprar la gaseosa en el kiosco, desde antes de sentarme en el escalón de entrada de aquella casa, de la puntada en el pecho que me obligó a soltar la lata, a llevar mi mano al dolor, a cerrar los ojos, a pensar que todo se terminaba. "Mi corazón no es el de antes", le dije al muchacho que se detuvo a ver cómo estaba, mientras observaba cómo me ayudaba a poner en pie nuevamente, sintiendo que los músculos de mis piernas eran de acero, y mi pecho un témpano.

Recuerdo la gente que me rodeaba, que no entendía por qué arrojé el maletín al centro de la calle y sonreí, o por qué comencé a silbar suavemente "Volver" mientras me alejaba. Tomé el colectivo de siempre, asustado por la sensación de muerte que hacía pocos instantes me había invadido, feliz por estar vivo, por haber renunciado a un trabajo que no me correspondía, por haber elegido que mi dignidad podía buscarla en otro sitio. Con Estela, en casa, bajo las sábanas, con sus labios que se posaran suavemente sobre mi frente, con sus brazos protegiéndome del mundo que rodeaba nuestra habitación en la pensión.

Recuerdo que aún era de día, porque el sol se colaba por la ventanilla e inundaba la hilera de asientos individuales. Fue sólo por eso que aquella muchacha se sentó a mi lado, ya no existían segundas intenciones. En otra época, estaba siempre acompañado de mujeres. Luego vino Estela. Más tarde Renfe, el hombre al que vendí mi alma, contrató dos matones a seguirme hasta que muriera. Pero, cosa increíble en aquel hombre, murió antes que yo. O desapareció, no sé. Lo cierto es que un día me di cuenta que ya no era atractivo, y que mi única compañía era Estela. Aquella tarde, además, me acompañaba el calor.

Recuerdo que deseé llegar a casa para pedirle a Estela que hiciera una ensalada rusa, bien fría. Recuerdo también que temí se enojara conmigo, ella, por mi renuncia, por mi abandono. No sabía cómo decirle que nuevamente sería difícil llegar a fin de mes, que sentí la muerte cerca, que la sentí lejos a ella y quería sólo abrazarla, y que me abrazara. Por sobre todas las cosas, quería sentir sus brazos a mi alrededor. Más o menos entonces me bajé del colectivo, a mitad de camino. Apurado, fui hasta un teléfono público. Pulsé los números que sabía del celular, y cuando mi jefe atendió sencillamente pronuncié una palabra: "Renuncio", le dije. Luego corté. Por un instante, me sentí digno. Luego me di cuenta de que el sol había bajado, que ya no hacía tanto calor.

No recuerdo el resto del trayecto, apenas algunas imágenes. Un par de novios besándose: otro viejo que se cruzaba en mi camino y sonreía, como diciéndome que yo moriría antes que él: un kiosquero que hablaba solo, puteando al repartidor de gaseosas porque no le había traído la heladera nueva. Luego, la puerta de la pensión.

Recuerdo que Estela tardó poco en abrir. Golpeé la puerta de la habitación como si fuera una visita, o la casera, y ella me abrió arreglada. Estaba hermosa, mi mujer. Muchos viejos, en la plaza, me decían afortunado. "A esa edad, a la mayoría se les cayó todo... pero la Estelita...", decía alguno. "¿Quién?", preguntaba el sordo Juan Carlos, y cuando le aclaraban que mi mujer sus ojos se iluminaban; "La Estela", soñaba. Me envidiaban. Y si la hubiesen visto esa tarde, me habrían odiado.

Recuerdo la sospecha que me recorrió al verla vestida así, cuando yo no hubiera debido volver hasta dos o tres horas más tarde. De pie, aún sin entrar, quise explicarle todo lo que me había pasado, pero sólo alcancé a balbucear un murmullo lacrimógeno. Y ella me abrazó. Me sentí protegido, como si el perfume de su cuello, el olor puro de su piel, fuese un sedante. Apoyé mis manos en su espalda, y mientras tiraba de mí para entrar sentí cómo Estela luchaba con fuerza con mi saco, para quitármelo. Poco después estábamos los dos desnudos sobre el sillón, en lo que fue el primer milagro del día.

Recuerdo que, ya sin llorar, sobre ella, moviéndome, quise hablar, pero sus labios taparon mi boca, su lengua trabó la mía acariciándola. Quizás con la edad cambien los modos de hacer el amor, los tiempos, la furia, pero con Estela una cosa permanecía inalterable: la intensidad. La de sus caricias, o sus besos, o sus piernas alrededor de mi cintura. Con ella, el orgasmo era un sitio deseado por su sensación, pero temido por ser un final. Breve, pero final. Luego apoyé mi cabeza sobre su pecho, y sentí el corazón suyo, también agitado. Le pregunté cómo se había enterado, cómo supo que ya no tenía trabajo.

—Tu jefe —me dijo—. Llamó hace un rato. Hiciste bien, Atocha. Nos hacía falta un poco de dignidad.

Recuerdo que el odio por mi jefe en aquel momento, la furia que sentí por ese miserable pendejo, sólo podía ser comparable con el amor que me inundó con respecto a Estela, esa tarde, más que nunca. Besé su frente, estirándome. Acaricié sus mejillas. Sentí mi transpiración y comenté algo acerca del calor. Ella se levantó y fue, desnuda, hasta la cocina. Su cuerpo ya no era el de antes, pero las arrugas, los pozos, la hacían aún más deseable para mí: el paso del tiempo, el fracaso de la vejez, ese ser deleznable que sólo se confirmaba con victorias absolutas, pero al que la vivacidad de mi mujer había destrozado su invicto. Volvió sólo cubierta con el delantal de cocina, y una fuente entre sus manos.

—Tomá —dijo—. Hacía mucho calor y pensé...

Recuerdo la bandeja llena de ensalada rusa, bien fría. Recuerdo sus ojos sonriéndome, como si siempre hubieran sabido. Recuerdo que pensé en la tarde perfecta, en esa tarde y en lo extraño que resulta sentir felicidad con estos años que uno lleva encima. Recuerdo que me senté en el sillón, con un repasador sobre mis piernas desnudas, dispuesto a comer, sólo cubierto por ese trozo de tela, cuando sonó el teléfono. Recuerdo que le hice una seña a Estela para que se mantuviera quieta, sentada en el piso, y atendí. Era mi jefe.

Recuerdo que me preguntó si había estado loco, cuando un rato antes le dije que renunciaba. Reí mientras miraba a Estela, y le confirmé la idea al pibe. Le hablé de dignidad, entre otras cosas. Las palabras salían sin control de mi boca, quizás producto de tanto tiempo sin escribir. Hablé con fuerza, hasta que callé. Hasta que él contestó. Tramó acerca de necesidades y pactos, mi necesidad de dinero, de llegar a fin de mes, un pacto de dignidad provisoria: no decirle nunca a nadie nada acerca de mi senilidad de aquella tarde, de mi renuncia. Lo interrumpí, furioso, le dije que ya había hablado con mi esposa, que el secreto ya no tenía sentido. Un minuto de silencio, y mi jefe que lo rompía para decir que pasase por la oficina a cobrar mi liquidación, que ya no hacía falta en la empresa, que mi arterioesclerosis era lamentable, que él nunca habló con nadie acerca de lo sucedido a la tarde. Colgó. Colgué.

Recuerdo que miré el sillón, mi ropa en el suelo, el ventilador prendido, la ensalada rusa, el cuerpo aún desnudo de Estela, y pensé en el rato perfecto que había vivido, que ahora no entendía, como si ella lo hubiera preparado adrede, sabiendo, como si hubiera podido leer mi mente, aquella tarde.

—Siempre lo hice, Atocha. No sólo esta tarde. Siempre pude leer tu mente.

Recuerdo que sólo atiné a sentarme. A escucharla.

—Siempre supe qué pensabas, Atocha. Quizás por eso me enamoré de vos. Quizás por el amor pude aprender a leer tu mente. No lo sé. Primero fueron ideas sueltas, borrosas, imágenes sin sentido. Eras un cliente más, no te olvides. En una de esas te amé por el trato, pero lo que terminó de volverme loca fue leer tu mente, tus ideas, tus sentimientos. Lo que me terminó de enloquecer fue verme reflejada en todo eso, en saber qué sentías por mí. Me enamoré, y dediqué mi vida entera a satisfacerte. Leer tus deseos, y hacerlos realidad cuando podía. No te das una idea de cuánto hubiera querido que publicaran tu novela, porque sé lo que significaba para vos. Siempre supe que me querías. Siempre te quise, Atocha.

Recuerdo su mano acariciando mi nuca, el débil ronroneo de los músculos que comenzaban a relajarse, mi cuerpo adormeciéndose, pensativo. Pensé en que ella sabía de mis secretos.

—Sí que lo sé. Sé de cuando vendiste el alma por el argumento de esa novela, y quisiste ocultármelo. Supe de tu tranquilidad cuando Renfe murió.

Recuerdo que pensé en qué otras cosas le había ocultado. Pensé en que estaba viejo: ya había llegado a la edad en que no recordaba los pecados, los engaños. Los engaños.

—Los engaños, sí —dijo ella—. Los engaños. Nunca sentí celos, sólo por aquella mujer en Mendoza, cuando te fuiste a seguir a tu amigo, Astier. Siempre supe lo que me ocultabas, así que no sé si llamarlo engaño. También supe, siempre, que pensabas en mí, cuando estabas con esas mujeres.

Recuerdo que imaginé el dolor que habría sentido, mi Estela.

—Al principio sí, pero después... Como te dije, siempre supe que me amabas. Además... una vez me vengué.

Recuerdo la sonrisa en sus labios, ante lo que imagino mis ojos desorbitados.

—Quedate tranquilo, que fue sólo una vez y por venganza.

Recuerdo que le pregunté con quién.

—No, Atocha, no. Quizás no lo sepas... No, no lo sabés. No te das una idea del dolor que produce saber.

Recuerdo la pregunta: ¿qué dolor? ¿El de mi engaño? La abracé.

—No el engaño. El engaño no. Sé del análisis, mi vida. Sé del análisis.

Recuerdo que lo había roto, el resultado del análisis. Estela no sabía leer, así que no le dije nada de lo que decía el papel, o de lo vano que consideró el médico hacerla sufrir con quimioterapia. Le dije que no tenía nada. Quizás, pensé en aquel entonces, tardara mucho en darse cuenta, en sufrir. Fue una mentira piadosa. No quería que supiese que se moría. Tampoco yo quería saberlo. Quizás por eso volví antes esa tarde, para estar más cerca de ella, todo cuanto fuera posible mientras estuviese lúcida.

Recuerdo que la abracé más fuerte, y besé su cuello. Recuerdo, otra vez, el perfume de su piel.

Hoy recuerdo a Estela a cada momento de mi vida. Y sólo puedo recordar.


El deseo según Ignacio de la Parra

A Carolina

El tipo estaba desesperado. No soy psiquiatra sino cirujano plástico, pero no hacía falta ser un especialista para darse cuenta de que el hombre que tenía frente a mí no estaba en sus cabales. Es curioso, he tratado siempre al cuerpo humano como una serie de elementos modificables, pero hasta ese preciso instante en que noté la desesperación en Ignacio de la Parra nunca había podido apreciar los pequeños detalles que superan a los elementos.

La transpiración, por ejemplo. Cientos de pequeñas gotitas cubrían la frente del hombre. Parecían un halo que rodeaba su rostro, no una manta sino una especie de fuerza divina que poseía De la Parra. El temblor, también. En ese caso no se trataba de algo que lo rodeaba sino que parecía una fuerza interior incontrolable que pugnaba por expresar su existencia. Temblaban sus mejillas, manos, labios. Todo lo que en él podía temblar estaba haciéndolo rítmica, simultáneamente. Pero eso no le hacía perder concentración, los ojos eran elocuentes. La mirada hacía que uno olvidara automáticamente el color. Para alguien como yo que lo primero que hago cuando viene una paciente es intentar dilucidar en qué se siente fea además de ese elemento que propone modificar, el ver el color de ojos, si se trata de naturales o lentes de contacto, es natural. Pero como decía, no pude hacerlo con Ignacio.

El tipo estaba desesperado. No se preocupaba por ocultarlo. En realidad, casi podría decir que le gustaba mostrarse así. Siempre le digo, a quien quiera oírme, que con los avances de la ciencia médica ya no existe la resignación. Sí ante la muerte, por supuesto, por ahora, pero nada más. Uno puede elegir cómo ser, quién ser, hasta cómo serán quiénes lo sucedan en el árbol genealógico. Un pequeño defecto debería durar, hoy por hoy, lo que un suspiro de bisturí. Por supuesto que alguien que reclame para sí las dotes del progresismo un argumento obvio será el que afirma que no todos pueden acceder a ciertos niveles científicos. Es cierto, uno tampoco puede andar regalando su saber a cualquiera. Pero no es éste el ámbito para discutir una cuestión tan pueril como ésa, sino que en realidad lo que quiero es aclarar que Ignacio de la Parra no tenía problema económico alguno. De hecho, y aunque suene a lugar común, era un hombre "de buen pasar".

Tenía el tipo de hombre que en apariencia puede resultar insignificante, pero que —confirmando aquello que algunos trasnochados quisieran refutar— al vestirse con elegancia podían superar perfectamente su cuerpo pequeño. Debería remarcar que sí tenía un defecto, que sólo un artesano como yo puedo reconocer a simple vista: en la nariz, en el tabique, poseía una pequeña loma que puede resultar muy cómoda para usar anteojos, pero que a todas luces resultaba antiestética. De hecho, en un principio supuse que había ido hasta mí por ese detalle. Lo admito, el suponer que un hombre de semejante nivel, casado —estoy en una profesión en la que descubrir un anillo de casamiento, o la marca de uno que fue recién sacado, nos proporciona una diferencia notable en el monto a pretender—, se preocupara por un detalle que lo haría ser perfecto excepto en la estatura, me hizo casi admirarlo.

Cuando entró al consultorio, le había preguntado:

—Viene por la lomita en la nariz, ¿no es cierto?

—Con mi nariz no se meta.

Se sentó en silencio, y cuando estuve frente a él me miró aún con los labios sellados.

—Bueno, si no es por eso... Usted dirá por qué viene, entonces.

Entonces noté el sudor, y el temblequeo, y la mirada. Era demasiado tarde, pues cuando tenemos un revólver apuntándonos la cabeza el descubrir que quien lo porta está desesperado no hace sino empeorar las cosas.

—Soy Ignacio de la Parra.

Traté de mantener la calma. No era fácil, es cierto, pero tampoco imposible. Para quienes entramos a un quirófano el nervio es, casi diría, un detalle imposible. Como la loma en la nariz de Ignacio.

—Usted operó a mi esposa.

—¿Sí?

Lo único que me interesaba era ganar tiempo. Supuse lo peor. A veces, los injertos de silicona pueden estallar. La mayoría de los especialistas se refieren a material de mala calidad, pero también es cierto que una fatalidad puede suceder. Una silicona estallada puede provocar la muerte. Era una posibilidad pequeña que el tipo de material que usara yo hubiese estallado, y se convertía en un margen ínfimo el que ese estallido químico hubiera matado a la mujer de De la Parra, pero el tipo me apuntaba con su revólver, desesperado, y una pequeña bala puede provocar un daño gigantesco. Lo ínfimo podía compararse así con lo pequeño, y así ser grandilocuente.

—Tengo seguro —atiné a balbucear—, esto puede arreglarse por una vía judicial.

—Ya no hay vías judiciales para mí.

—Bueno, es cierto que la justicia en nuestro país no es lo que uno le desearía a un ser querido, pero tampoco hay que dramatizar. Vea, yo estoy dispuesto incluso a interceder en su favor ante la compañía de seguros, para que no haya juicio, para que usted cobre lo que le corresponde por el dolor que lo trajo hasta aquí.

El tipo se sorprendió. Por un instante, el revólver apuntó hacia otro lado, hacia otro extremo del consultorio. Temí por los cuadros originales, pero tuve la conciencia suficiente para saber que prefería mi vida. Empecé entonces a tratar de ganar tiempo.

Me dediqué los siguientes instantes a mover los ojos. Inmóvil, con los ojos que señalaban los ocho rincones del consultorio. Es una técnica oriental, que una vez escuché en un congreso de terapias alternativas. Se supone que la víctima quedará embelesada por el andar irregular de las pupilas, y pronto mostrará señales de somnolencia. Lo explicó un hindú como forma de tranquilizar a sus pacientes antes de las intervenciones quirúrgicas. En aquel entonces me reí de lo lindo —recuerdo que aprovechaba el tartamudeo del hindú para acercarme a una médica danesa—, pero bueno, cuando uno está desesperado apela a cualquier cosa. Además, cuando uno está desesperado apela a cualquier cosa, y cuando vi el caño del revólver apuntándome vi pasar toda mi vida en un segundo, incluso ese congreso, incluso al hindú.

—¿Qué hace? —preguntó horrorizado De la Parra—. ¿Está loco?

—Es una técnica que me explicó una vez un hindú en un congreso de...

—Eso no me importa —interrumpió.

Silencio. El tipo estaba entonces desesperado por la situación de la esposa, desconfiado por mi actuar aparentemente demencial, y sorprendido por algo que yo no sabía qué era, algo que él mismo me aclaró enseguida.

—¿Y cómo sabe que estoy dolido?

—Bueno, usted mismo... Lamento lo de su esposa. ¿Cuándo murió?

—¿Cómo sabe que mi esposa está muerta? —la felicidad invadió su rostro—. ¿Cuándo, dónde la enterraron?

—¿Su esposa no está muerta?

—¿No me acaba de decir que sí?

—No, yo pensé que usted me había dicho que había muerto...

Otra vez el dolor en la cara de De la Parra. Comparando, su rostro era más perfecto en los momentos de dolor, con mayor masculinidad., aunque sigo insistiendo en que debía operarse esa loma en la nariz.

—Ojalá hubiera muerto. Ojalá.

—¿Quedó deforme? —la pregunta surgió por sí sola de mi boca; no hubiera sido la primera vez en que una operación no resultaba en lo que se había buscado.

—No, ella quedó hermosa. Usted la reconstruyó. Piernas, cola, lolas, cara, nariz...

—¿Ve que la nariz es un punto importante?

—...la cara, pómulos, orejas. Usted la hizo nacer de nuevo. Quedó perfecta.

—¿Y entonces?

—Entonces me dejó.

Me puse de pie. Era obvio que Ignacio no iba a matarme. Un hombre desesperado por el abandono no mata a quien se le pone en el camino, porque tiene siempre un objetivo mayor. El tipo quería matar a su esposa y, aunque por mi profesión soy naturalmente feminista, debo admitir que la postura de De la Parra me enterneció. Me detuve a su lado, y apoyé una mano en su hombro.

—Lo siento, hombre. Usted vio, las mujeres son todas putas.

—Putas desagradecidas.

—Le propongo una cosa. ¿Por qué no me dice el nombre de ella y así la buscamos en mis archivos? Quizás dejó su nueva dirección, y la podemos... la puede ubicar para hacer con ella lo que se le cante. Lo único que le pido es que no difunda que yo le dije cuál era su paradero.

—No, yo sé dónde está, y con quién está. Lo que quiero es vengarme. Quiero que me opere.

Iba a preguntarle si de la nariz, pero me pareció redundante. Preferí dejarlo hablar. Con los clientes, uno tiene que hacer eso: si metió la pata, dejarlos hablar hasta que ellos crean que tienen control de la situación, y luego esperar el pedido. Al fin y al cabo, su pedido viene siempre acompañado de una recompensa.

—Quiero vengarme de Sara. Ella me lo quitó todo. Prestigio, dinero, mis hijos. Se fue con mi jefe. Quiero demostrarle que él está con ella por haberse convertido en esa mujer que usted fabricó, y no por lo que es ella. ¿Usted se cree que el hijo de puta la aprecia por lo que tiene adentro? No, por supuesto que no. Voy a demostrarle eso, y ella volverá conmigo, y seremos felices para siempre. Quiero que me convierta en mujer, doctor, quiero que me convierta en una mujer hermosa que incluso la supere a ella. Quiero seducir a Di Natale, y que ella nos vea en la cama juntos, y después explicarle lo que hice por amor. Y volveremos. Ya lo creo que volveremos a ser felices.

Respetando el espíritu positivista, no antepuse ningún prurito moral a lo que me proponía Ignacio. Tan sólo me cercioré de que Sara no se hubiera quedado con todo su dinero. Además, y no es porque quiera demostrar un falso filantropismo en mí, me interesaba la operación de cambio de sexo. Nunca la había hecho, y compañeros hablaban de una experiencia fascinante. Incluso el hindú de las conferencias decía utilizar la danza de los ojos para hipnotizar a sus pacientes.

Creo que no es el fin de este relato el explicar los pasos que fui dando, los cuales podrían resultar tediosos en manos de un escritor avezado, y obviamente insoportables en un iniciado como yo. Baste con aclarar que De la Parra fue ingiriendo una serie de hormonas que le receté para que fuera desarrollando interiormente el cambio de cuerpo. Es una de las cosas más maravillosas de mi especialidad, más allá de lo que opinen otros: muchos hablan de cierta artificialidad de la profesión, de fines puramente superficiales, pero lo cierto es que tiene que existir una reformulación interna que pasa tanto por lo hormonal como lo genético, antes de darse el cambio externo. Deseché la psicología dentro del tratamiento previo, más por una cuestión de aversión personal que una finalidad específicamente científica.

Finalmente, luego de meses, tuvimos que salir del país para realizar la operación, pues aquí resulta ilegal. Recuerdo los ojos de Ignacio al subir al avión: parecía que un rapto de esperanza se había apoderado de su cuerpo. Y esa mirada no fue nada en comparación a cuando se vio en el espejo, ya convertido en mujer. La intervención en sí no fue complicada, y en esto sí quiero vanagloriarme: hasta el día de hoy ninguna lo fue para mí.

El cuerpo menudo que antes desentonaba en su personalidad masculina en este caso servía para hacerlo ver mucho más como mujer que la mayoría de las que vemos por la calle. Ignacio se movía frente al espejo en ropa interior, luego probó diversos vestidos, se maquilló. En un instante, se dio vuelta y me preguntó si estaba linda. Juro que hubiese querido contestarle que sí, pero al instante noté que la obra no era perfecta: la loma en su nariz, ese estúpido defecto que me había prohibido tocar aun cuando estuviera bajo los influjos de la anestesia total, desentonaba. No me quedó más remedio que decírselo.

—Bueno, un pequeño defecto siempre sirve para que se pueda disfrutar el resto, ¿no es cierto?

Tengo que admitir que tenía razón, De la Parra. Ni bien volvimos a Buenos Aires nos separamos. Soy un hombre muy ocupado, y aunque me había encariñado con mi paciente tenía otras obligaciones que cumplir, cuentas que pagar. Fui con dirección a la oficina mientras ella iba al encuentro de Di Natale.

Más tarde supe que lo persiguió durante días, intentándolo, dejándose ver, queriendo seducirlo a cada instante en que creía que los ojos de su ex jefe podían llegar a posarse en ella.

Si soy cirujano plástico de éxito es porque soy bueno en lo que hago. Si tengo dinero es porque mi especialidad está bien pagada. Y si la cirugía plástica resulta costosa es porque la carne es débil. Es algo que sabemos todos los que nos dedicamos a esto. Por eso nunca tuve dudas de que Di Natale caería bajo los influjos de Ignacio de la Parra. Primero un beso, luego otra cita, más tarde un albergue transitorio, jurarle amor eterno, proponerle una aventura como es hacerlo en la cama donde duerme con su esposa, y ser descubiertos. La carne es débil, y más de una vez las cosas se solucionarían si pensáramos qué quiere el cuerpo en lugar de la mente, porque en definitiva terminaremos haciendo lo que quiera la carne.

Ahora bien, también es cierto que el cerebro es, por sobre todas las cosas, engañoso. A veces tenemos jugadas perfectamente planeadas que se convierten en nada en el momento de llevarlas a la realidad. A veces un hombre cree que mostrando el desamor de su reemplazante recuperará a su ex mujer, y no es así. Cuando permitimos que la carne gobierne nuestro cuerpo, debemos atenernos a una de las consecuencias más obvias: que lo que piensa el cerebro no necesariamente es lo que sucederá. Por ejemplo, no darnos cuenta de que Sara no nos querrá siendo mujeres.

Lamentablemente, toda la intervención de Ignacio De la Parra en mi vida tiene un final gris. Sara en el extranjero, con los chicos, insultando a su ex marido por haberle arruinado el paraíso que finalmente había podido construir con sus manos, o sus artes. Ignacio De la Parra descubriendo finalmente que ella no merecía todo el amor que intentó prodigarle, y dedicándose en primer lugar a una batalla legal para obtener su DNI donde figure el nuevo nombre con que se bautizó en una iglesia evangelista: Ángeles; luego, me dijo cuando llamó por teléfono el otro día, quizás formar una pareja con el pastor que tantas cosas le ha ido enseñando de lo que es la redención y el amor. Finalmente, Di Natale solo, deprimido, probablemente desesperado.

Pero esto no termina aquí, lo sé. Si hay algo que me dice mi experiencia es que mientras haya carne hay posibilidad de cambio, lo que equivale a decir que mientras haya carne habrá esperanzas. Estoy seguro de que algún día vendrá a este consultorio Di Natale pidiendo convertirse en mujer para vengarse de esa mujer que lo dejó por otro: Ignacio de la Parra será su objeto de venganza, y tratará de herirla por medio del pastor evangelista.

O quizás lo haga Sara, pidiéndome volver a su estado anterior para que nadie la reconozca, para así por medio de un cambio material permitirse un olvido interior de algo que, lo sé, continúa carcomiéndola.

De todos modos, cualquiera sea el que lo haga, vendrán a mi consultorio con la misma desesperación que Ignacio tenía aquella mañana. Ya lo saben: sudor, temblores, etcétera. Probablemente me apuntarán con un revólver, y probablemente flaquearán cuando hagan su pedido, y al igual que Ignacio rogarán:

—Por favor, doctor.

Sólo que entonces yo estaré preparado.


       

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