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Cuatro poemas
Cecilia Bustamante
Variaciones
A García Lorca
Hoy. Inhumano día
aparta tu cáliz,
el deseo constante,
mientras visito
el ácido bosque
que perfora la luna.
Encuentro este guijarro
pesado de conjuros
urdiendo ser la rosa esquiva
modulando frecuencias de la muerte.
¿Por qué tu aleteo, tu siniestro ojo?
Pecíolos manchados ribetean
el río oscuro
de cualquier romance
la difícil sombra
que se está bebiendo el aguacero.
La menta madura entre los dientes,
y siniestro hollín escapa
del ojo blanco de la noche.
Zumba el bello don
ciego de melancolía
sagitante animalito
imposible de morir, como tú.
Día salobre graficando
aromas con versada estrategia
Y se siente el deseo, Federico,
de "dormir un rato,
un rato, un minuto, un siglo...".
Sábado de Gloria
A Luz María Sarría
Allí sobre el césped
está titilando
el corazón del tigre
y el hijo de la reina
fornica en la nieve
de país que no le pertenece.
Negros insectos crocantes
extraen los ojos,
guijarro sobre guijarro
hacen una montaña que rumia
y borbotea.
El corazón del tigre entibia
el hielo bajo la hierba.
Nos dice de la otra fiera nacida
en el tambor secreto,
de su otro corazón y su coágulo,
de su furiosa materia
afelinándose entre las moscas.
Cómo se fabrica todo aquello
que esclaviza cuando está naciendo
y agotada la fuerza. nos destila.
Ni piel de tigre, ni de leopardo,
yo volio, volio, fuertemente
piel de tigre, las garras
antes que se seque la humedad del pincel.
Porque es hermoso tener
un corazón de tigre
a la luz del sol a la desluz
de la luna. O ser una gacela blanca
disparada en la grisura.
Tantas cosas
cuando abro la puerta
hacia la calle en vaciedad
y silencio, y ver cosas escapadas
de algún bolsillo
con sigiloso resplandor.
"...en aquella dulce estancia..."
A Gonzalo D. M., que me contó la historia
Abeja reina de la luz azulina
madre en la recámara
entorna persianas, gemidos.
En tu alvéolo de leche,
de miel.
Tus abejorros olvidados
sólo muerden
la mullida eternidad
que los expele.
No te perdono, no te lo perdono.
Los pezones morenos o rosados
bajo el éter de la muselina
presuntuosos me aspiraron
en su abismo silencioso
incitándome sus amores evasivos.
mis alas a tu puerta
hasta empañarse las débiles gemas,
a prueba de luz
en tu cámara oscura.
La insidia final de tu vuelo
en la campanilla de plata
resuena y me quiebra incoloro
en este grano que atraviesa
ácidamente tu reloj de arena.
Emblema
Aparece la luna
En su nido de ceniza.
Aparece como antes
Del fuego y el polvo
Donde todo amante
Desaparece.
Es entonces
Pausada y ceñida. Esclava
De su roel encendido
Se inicia y convierte
En extenuada piel apacible,
Carne de otro fruto,
Historia breve de tardanza
Y lentitud que se deja tocar.
Música escrita
Ininterrumpidamente.
Ave. Patria.
Plumas negras
Que desmancha el viento,
Sedimento
De doméstica piedra
En la pavesa del día.