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Poemas
Graciela Wencelblat
Se acuesta
acurruca
distorsiona.
Se va yendo
piolín
flor
globo
destellos
de un cometa al viento.
Entre los espacios
entre los secretos
se esconde,
navega en la noche.
Anónima
porque explotó su nombre
furiosa
cayendo
como hilera de puntos
sombras
baba.
Desborda soledad,
va cambiando,
el tiempo de a poco
señala surcos
en el espejo.
Muere más seguido que los otros
no por eso es más inocente
ni más justa.
Nadie se da cuenta.
Está el desayuno,
el café, las tostadas,
las noticias del diario, que de ella
no dicen nada.
No dicen que se está muriendo
como al descuido,
mientras la magnolia
suelta su fragancia.
El día
que frente
al espejo,
una mujer se corte el pelo
apurada
desprolija
y no pueda parar,
algo
adentro de ella
habrá llegado
a su
punto final.
Sospecha que está muerta.
Camina, escribe, respira,
pero en realidad
está muerta.
Mujer tomada, invadida
por rostros que encubren
el lóbulo roto,
la caída final
entre los labios.
En grandes recipientes
llenos de agua
desparramó los jazmines:
su fragancia
inundó la casa.
Entonces
desnuda
se acostó.
Así la encontraron:
una mujer desconocida,
devorada por el desencuentro.
Cubre tu corazón,
cuídalo,
embárcalo en la distancia,
protege su centro:
que no se perturbe
que la duda no invada su reino.
Adicción a la vida,
aventura,
que oprime
desgarra
persigue.
No quiere oír
no quiere ver
no quiere.
Pero sigue aferrada
día tras día
como una perra en celo.
Hablarán de la perra
la maldita la loca
que grita insulta llora.
¿Sabrán que el amor se defiende
con dientes
con el corazón partido?
¿Cuándo fue suya la vida,
el nosotros?
Y nunca más
sol y sombras
piedras, declives.
Volverá,
en carne viva.
Alerta.
Atrapar el potro
cabalgar hasta alcanzarlo
doblegar su exceso.
En la llanura abierta
ojos al galope
piel contra piel
grito que parte la sangre.
Galopar,
alcanzar el viento:
escuchar el jadeo del silencio.
Canta el pecado
en el andar de la pantera.
Con su energía gastada
pasea por la avenida de los olivos.
El pecado
como mujer de piernas desnudas
caderas que se mecen.
Y en su centro,
donde los pliegues hacen sombras,
el desgano brota extraño
a su porte de reina.
dijo mi amigo
de su mujer.
No fue irónico
ni brusco
ni.
Parecía más bien dispuesto
a aceptar
a su mujer
paseando.
Sentí ternura
ganas de alcanzar
la libertad de la lluvia,
las patas sobre el pasto mojado.
Sí, soy yo
la muchacha de la foto,
fresca.
La que sacude el pelo
la que vuelve y vuelve,
atraviesa puentes
rodeada de oscuridad.
La que perdió las palabras
y se atreve a celebrar la noche.