Concursos literarios
Eventos
Documentos recomendados
Cartelera
Foro de escritores
Ediciones anteriores
Firmas
Postales electrónicas
Cómo publicar en Letralia
Letralia por correo electrónico
Preguntas frecuentes
Cómo contactar con nosotros
Envíenos su opinión
Intercambio de banners


Página principal

Editorial
El hacedor. Celebramos el centenario de Borges con Libro de hacedores, título especial de nuestra editorial electrónica.

Noticias
Muere Alberto Gironella. El destacado pintor murió en San Ángel a los 69 años, a causa de un cáncer.
No era Velázquez. Finalmente los expertos españoles determinaron que los restos hallados en San Plácido no corresponden al cadáver del pintor.
Fallece el guitarrista Rodrigo Riera. Uno de los músicos venezolanos más importantes de este siglo nos dejó el 9 de agosto.
Borges a su gusto. Una exposición de fotografías borgianas de Enrique Hernánez D'Jesús es inaugurada en un restaurante caraqueño.
Los cien de Hitchcock. El director de Psicosis también arribó a su centenario.

Paso de río
Brevísimos y rápidos del río que atraviesa la Tierra de Letras.

Literatura en Internet
La Enciclopedia Borgiana. Un glosario de definiciones relacionadas con Borges, su obra y su época.

Artículos y reportajes
El público y su crisis persistente. ¿Hay en Venezuela público para el teatro? El director y dramaturgo Carlos Dimeo analiza los problemas del sector con los espectadores.

Sala de ensayo
¿Fue realmente un sueño? La ensayista mexicana Lenina M. Méndez se sumerge en Un sueño, del escritor ruso Iván Turgueniev.

Letras de la
Tierra de Letras

Dos relatos
Diego Grillo Trubba
Cuatro poemas
Cecilia Bustamante
Taller literario
José Gabriel Ceballos
Poemas
Daniel Idiart
Sólo la polaridad y la pasión se extienden entre la inercia y la vida misma: Danza crepuscular sobre la lluvia
Daniel Ginerman
Tratado de lo interino
Santiago Aguaded Landero
Flaco
Carlos García Schatzle
Poemas
Graciela Wencelblat
Dos cuentos
Marcos Rodríguez Leija
Poemas
Clara de la Fuente

El buzón de la
Tierra de Letras


Una producción de JGJ Binaria
Cagua, estado Aragua, Venezuela
info@letralia.com
Resolución óptima: 800x600
Todos los derechos reservados. ®1996, 1999

Letralia, Tierra de Letras Edición Nº 76
16 de agosto
de 1999
Cagua, Venezuela

Editorial Letralia
Itinerario
Cómo se aprende a escribir
info@letralia.com
La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Letras de la Tierra de Letras

¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo
Dos cuentos

Marcos Rodríguez Leija


Caín

Un aullido se confundía entre el lejano ladrar de perros. Caín corría con desesperación por el bosque. El fantasma del temor se posesionaba de su joven alma a cada paso. La incertidumbre le apresuraba cada vez más las piernas. Iba escondiéndose entre la oscuridad que proyectaban los árboles con la medianía del alba. se deslizaba como una liebre que trata de escapar de un lobo hambriento en luna llena. Como eludiendo a un cazador salvaje que ansía capturar a su primera presa, para sacarle el corazón y bautizarse con su sangre caliente, para luego beberla y verterla sobre su cuerpo.

Caín llevaba la cara pálida de miedo, parecía haber visto al diablo, pero no creía en él, como tampoco creía en Dios. Tenía apenas seis años, hipotéticamente le quedaba mucho tiempo por vivir y por aprender un sin fin de cosas aún desconocidas para él, pero en ese instante la angustia no le permitía pensar en ello. El miedo a lo desconocido lo obligaba a correr desenfrenado, con la intención de mantenerse lo más lejos posible de quienes deseaban asesinarlo.

Por su mente pasaba la imagen de su madre bañada en sangre, convulsionándose en el suelo al igual que su padre. Seguía escuchando en sus oídos los horribles gritos de dolor. Le retumbaban en la cabeza como si fueran cristales molidos, pero a pesar de ello continuaba en su carrera sin rumbo fijo, como un demente. Tenía un nudo en la garganta que le impedía gritar o pedir auxilio. Caín no conocía el llanto. No conocía a nadie más. No sabía dónde buscar ayuda, estaba solo, sin nadie que pudiera protegerlo, sin saber a quién decirle que había visto cómo asesinaron a sus padres. Estaba indefenso. Material y totalmente indefenso. No pudo evitar aquel hecho tan perverso y prefirió huir antes de ser la próxima víctima. Tenía miedo de caer en las garras de la muerte. Le era imposible borrar el momento en que allanaron su hogar aquellos seres que reflejaban furia en sus rostros y llevaban también consigo la sed de venganza. Él no sabía por qué, su edad aún no le permitía comprender el motivo por el cual obraron de esa manera tan cruel y despiadada, dejándolo huérfano y desamparado.

Cansado en su búsqueda frenética por encontrar algún refugio, llegó hasta donde estaba una laguna y ahí se detuvo. No sabía nadar. Dudó por un momento si lanzarse al agua o esperar a que la muerte despiadada cayera sobre él, pero después de un instante sintió tranquilidad al ver que nadie lo seguía.

Se sentó junto al estanque y algo extraño, algo que jamás había visto, llamó su atención. Estaba presenciando todo un acontecimiento que le era agradable. Un pequeño ciervo con un cuerno en la frente estaba junto a él. Caín lo observaba con detenimiento. Le sorprendía el reflejo del animal en aquel charco, y más al ver que la imagen del cuadrúpedo se movía y adquiría distintas expresiones cuando bebía el agua.

El pequeño quiso hacer lo mismo. se agachó e inclinó su rostro para beber de la laguna. Al hacerlo sintió quemarle la garganta. Tenía sed de algo más. Una sed que el agua era incapaz de saciar y que no alcanzaba a precisar. No le dio importancia, lo que quería en ese momento era tan sólo poder contemplar su rostro, con comprensible manía narcisista y quizá inocentemente jugar a deformarlo, como lo hacía el animal. En ese instante, el amanecer abrió los ojos. Un día más llegaba, dejando atrás todos los temores que trasmite la noche. En eso, el cuerpo del pequeño empezó a convulsionarse, se llevó las manos al cuello; sentía asfixia, le era imposible respirar. Un ardor insoportable le empezaba en la garganta recorriéndole todo el cuerpo.

Caín cayó al agua, pero no murió ahogado. Jamás comprendió por qué mataron a sus padres. No alcanzó a entender su verdadera naturaleza. Ni el porqué nunca pudo ver su reflejo en la laguna, ni comprender la perenne insistencia de sus padres al conminarlo a dormir antes de que saliera el sol.


Un hombre desalmado

De niño fue el más terrible en la pandilla del barrio. En la familia se ganó el título de oveja negra durante la adolescencia. Los estudios jamás le agradaron, mucho menos trabajar. Prefirió ganar el dinero fácil. Se hizo de amigos que le enseñaron a matar.

Al cumplir los cuarenta años se había convertido en el hombre más desalmado y perseguido por las autoridades de investigación criminal en el territorio mexicano. Se volvió pendenciero al grado tal de traicionar y asesinar en forma artera a sus cómplices de crímenes y asaltos. Ya ningún cabecilla de las bandas y pandillas del bajo mundo quisieron tener nexos con él. En su familia, hacía mucho tiempo que lo habían dejado de considerar parte de los de su sangre.

Quedó tan sólo en el mundo, y absolutamente nadie lo quería que, una noche, al encontrarse oculto en su madriguera, sentado sobre la cama, vio de frente su sombra reflejada en la pared, y ésta, avergonzada, se levantó y se marchó por la ventana para siempre.


       

Indice de esta edición

Letralia, Tierra de Letras, es una producción de JGJ Binaria.
Todos los derechos reservados. ©1996, 1998. Cagua, estado Aragua, Venezuela
Página anterior Próxima página Página principal de Letralia Nuestra dirección de correo electrónico Portada de esta edición Editorial Noticias culturales del ámbito hispanoamericano Literatura en Internet Artículos y reportajes Letras de la Tierra de Letras, nuestra sección de creación El buzón de la Tierra de Letras