Francés
Víctor Segalen
Estelas
(En el centenario de su primera edición)

“Estelas”, de Víctor Segalen

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De “Estelas de Cara al Oriente”

Rostro en los ojos

Sacando yo no sé qué; en el fondo de sus ojos echando la cesta trenzada de mi deseo, yo no he obtenido el ladrido del agua pura y profunda.

Mano sobre mano, pesando la cuerda desconchada, desgarrándome las palmas, yo no he sacado ni siquiera una gota de agua pura y profunda:

O que la cesta fue flojamente trenzada, o la cuerda breve; o no había nada en el fondo.

*

Sin haber abrevado, siempre inclinado, yo he visto, ¡oh! de súbito, un rostro: monstruoso como perro de Fo, con el hocico redondo y ojos como bolas.

Sin haber abrevado, yo me había ido; sin cólera ni rencor, mas ansioso de saber de dónde venía la famosa imagen y la mentira:

¿De sus ojos? ¿De los míos?

 

Se me dice

Se me dice: Tú no debes desposarla. Todos los presagios están de acuerdo y son nefastos: fíjate bien, en su nombre, el agua, echada al azar, es reemplazada por el viento.

Ahora bien, el viento trastoca, es perentorio. No tomes pues a esa mujer. Y después hay el comentario: escucha: “Se tropieza contra las rocas. Penetra en las zarzas. Se reviste de espinas...” y otras glosas que valdría mejor sortear.

*

Yo respondo: Por cierto, esos son presagios dudosos. Mas no ofrecen demasiada importancia. Y además, ella es viuda y todo eso atañe al primer marido.

Preparad la silla para la boda.

 

Mi amante tiene las virtudes del agua

Mi amante tiene las virtudes del agua: una sonrisa clara, gestos fluentes, una voz pura que canta gota a gota.

Y cuando a veces —a pesar de mí— de fuego pasa en mi mirada, ella sabe cómo se le atiza en temblor: agua lanzada sobre los carbones enrojecidos.

*

Mi agua viva, ¡aquí derramada, toda, sobre la tierra! Ella se escurre, huye de mí —y yo tengo sed, y corro detrás de ella.

Con mis manos hago una copa. Con mis manos yo la contengo embriagado, yo la ciño, yo la llevo a mis labios:

Y trago un puñado de lodo.

 

Estela provisoria

No es en tu piel de piedra, insensible, en donde esto querría penetrar; no es hacia el alba insulsa, informe y crepuscular, que esto, ya libre, querría orientarse;

No es para un lector literario, ni siquiera en favor de un calígrafo, para quien esto tiene tanto placer en ser dicho:

Sino para ella.

*

Vendrá un día en que Ella pase por aquí. Derecha y grande y frente a ti, ella lea con sus ojos movientes y vivos, protegidos de pestañas cuya sombra yo conozco;

Que ajuste estas palabras con labios tejidos de carne (cuyo sabor yo no he olvidado), con su lengua nutrida de besos, sus dientes cuyas huellas aquí siempre están;

Que tiemble hasta sacudirse —mies flexible bajo el viento tibio—, propagando desde los senos a las rodillas el ritmo propio de sus caderas —que yo conozco,

*

Entonces, deducido esto, salvando el espacio y danzando con sus cadencias; este poema, este don y este deseo,

Todo de un golpe se desprenderá de tu piedra muerta, ¡oh! precaria y provisoria —para abandonarse a su vida,

Para irse a vivir alrededor de Ella.

 

Estela al deseo

La cúspide alta ha desafiado tu peso. Incluso si tú no puedes alcanzarla, que el despecho no te trastorne. ¿No la has apreciado con tu mirada?

La vía flexible se despliega bajo tu marcha. Incluso si tú no cuentas los pasos, los puentes, los rodeos, las etapas —lo pisoteas con tu antojo.

La muchacha pura atrae tu amor. Incluso si tú no la has visto jamás desnuda, sin voz, sin defensa —contémplala con tu deseo.

*

Levanta pues esta estela al Deseo Imaginativo; que, a pesar de todas, te ha librado de la montaña, más alta que tú, de la vía más larga que tú,

Y ha acostado, quiera ella o no, a la muchacha pura bajo tu boca.