Francés
Víctor Segalen
Estelas
(En el centenario de su primera edición)

“Estelas”, de Víctor Segalen

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De “Estelas de Cara al Centro”

Joya memorial

Por mi servicio y mi fidelidad, he aquí, el Príncipe me otorgó la joya de la Memoria, perla mágica donde se encierra el pasado.

Una mirada lanzada sobre ella y todo renace, todo se ilumina y se reaviva, reluciente como un reflejo del día presente.

¡Puedo yo contener mi alegría! Volver a encender los soles estudiosos, sentir los éxitos tímidos: cumplidos del maestro, espera colmada de los nombramientos.

*

He aquí, pues: —¡Pero éste no es más mi pasado! ¿Había yo olvidado esto? Miremos mejor, fijamente, al fondo, muy al fondo de la joya mágica:

Yo veo: veo un hombre espantado que se me parece y que me huye.

 

Jueces subterráneos

Hay jueces subterráneos. La asamblea se reúne en plena noche; es preciso atravesar rocas que los satélites rajan y caer en un vacío más profundo que el de los pozos.

Allá, toda vida se desdobla y resuena. Que el Emperador, guerrero desgraciado o mal príncipe, no arriesgue su persona:

El pueblo de los muertos, por su falta militar, le estrangularía en seguida.

*

Yo mismo, regente torpe, viviente tímido, no debo, sin riesgo, conducir allá mi recuerdo.

Mis bellos deseos sacrificados por aquella muy justa causa —soldados rencorosos y fantasmas— me asaltarían en seguida.

 

Príncipe de los gozos prohibidos

Príncipe, oh Príncipe de los gozos prohibidos, ¿oís lo que se canta a vuestro alrededor? “Los cuatro corceles trotan, sueltas las riendas: dejar el mal por el bien sería una nueva delicia”.

Príncipe, oh Príncipe, vuestra ruina está anunciada ¡Pensad en el Imperio! ¡Pensad en vos!

*

El Príncipe dijo: Basta. ¡Malos augurios! Yo soy al Imperio lo que el Sol es al Cielo. ¿Y quién, por lo tanto, iría a desprenderlo? Cuando él caiga, yo también.

Mi trono es más pesado que los Cinco Montes guardianes: él está asentado sobre los cinco placeres y el sexto. Vienen las hordas: se les festejará.

El Imperio de los gozos prohibidos no está en decadencia.

 

Elogio y poder de la ausencia

Yo no pretendo estar allá, ni venir de improviso, ni aparecer con ropas y carne, ni gobernar por el peso visible de mi persona,

Ni responder a los censores, con mi voz; a los rebeldes, con mi ojo implacable; a los ministros falibles, con un gesto que suspendería sus cabezas de mis uñas.

Yo reino por el asombroso poder de la ausencia. Mis doscientos setenta palacios tramados entre sí por galerías opacas se llenan totalmente de mis huellas alternas.

Y las músicas suenan en honor de mi sombra; los oficiales saludan mi asiento vacío; mis mujeres aprecian más el honor de las noches en que yo no me digno.

Igual a los Genios, a quienes no se les puede recusar, puesto que son invisibles —ningún arma ni veneno sabrá llegar adonde pueda alcanzarme.

 

Ciudad Violeta Prohibida

Ella está edificada a imagen de Pei-king, capital del Norte, bajo un clima caliente en extremo o más frío que el extremo frío.

En el entorno, las casas de los mercaderes, la hospedería abierta a todo el mundo, con sus camas de alquiler, sus comederos y sus estercoleros.

Más afuera, el recinto altivo, el Conquistador de ásperas murallas, de resaltos, de torres de esquinas para mis buenos defensores.

En el medio, esta muralla roja que reserva a la minoría su cuadrado de amistad perfecta.

Pero, central, subterránea y superior, llena de palacios, de lotos, de estanques, de eunucos y de porcelanas —es mi Ciudad Violeta Prohibida.

*

Yo no la describo; no la entrego; accedo a ella por vías desconocidas. Único, único y solitario, varón extraño en este rebaño servil, yo no muestro mi retiro: mis amigos, ¡si uno de ellos soñara con el Imperio!

Ahora bien, yo abriré la puerta y Ella entrará, la esperada, la todopoderosa y del todo inofensiva,

Para reinar, reír y cantar entre mis palacios, mis lotos, mis estanques, mis eunucos y mis jarrones,

Para —la noche en que ella comprenda— ser suavemente empujada a un pozo.