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Edición Nº 72 21 de junio de 1999 Cagua, Venezuela
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La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
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| Letras de la Tierra de Letras |
Papeles de Astarot
Pedro Antonio Valdez
(Nota del editor: En 1992, Valdez publicó su libro Papeles de
Astarot, que le valió ese mismo año el Premio Nacional de Cuento en su
país, República Dominicana. Hoy, Letralia publica tres textos de ese
libro).
I. La búsqueda de la espada
Quien muere dormido ignora que ha muerto. Talmud.
Luego de su fracasada búsqueda del Santo Grial, Luca de Santamaría se
internó en un manojo de papeles antiguos y un ajado ejemplar de la
Historia Scolástica. Veintidós años de cálculos geométricos o
cartográficos, sumados a otros cinco de correcciones imparciales que en
ocasiones lo llevaron a diferir de Ptolomeo, arrojaron por resultado una
diminuta cruz sobre un mapa gastado, la cual señalaba el lugar exacto donde
el Ángel del Señor había enterrado la espada que guardaba al Árbol de la
Vida y de la Ciencia del Bien y el Mal, cuya ventura debía transferir la
eternidad a quien la encontrare. La expedición partió de inmediato rumbo a
las tierras orientales. La travesía se extendió por algunos meses durante
los cuales no se hizo tardar el racionamiento, las fiebres, el saqueo, la
deserción y uno que otro ahorcamiento en nombre de la Fe. Una mañana de San
Miguel, arribaron al sitio señalado, cavaron en cruz y desenterraron la
espada, que estaba tibia. La espada era de hierro forjado y había caído
allí por simple casualidad en los primeros años de la Santa Cruzada. Pero
nadie lo supo. Esa misma tarde, Luca de Santamaría —dormido y cargado de
gloria— murió bajo la sombra de un árbol.
II. La metresa en sueños de alquimia
El hombre salió al patio y contempló inexpresivamente al perro atado al
árbol. Luego soltó la cadena y regresó al interior de la casa. El perro,
que era de madera, siguió inmóvil y silencioso debajo del árbol. La cadena
se estiró levemente y desapareció arrastrándose entre los guijarros.
VI. La señal lejana del siete
El ángel se le apareció en el sueño y le entregó un libro cuya única señal
era un siete. En el desayuno miró servidas siete tazas de café. Haciendo un
leve ejercicio de memoria reparó en que había nacido día siete, mes siete,
hora siete. Abrió el periódico casualmente en la página siete y encontró la
foto de un caballo con el número siete que competiría en la carrera siete.
Era hoy su cumpleaños y todo daba siete. Entonces recordó la señal del
ángel y se persignó con gratitud. Entró al banco a retirar todos sus
ahorros. Empeñó sus pertenencias, hipotecó la casa y consiguió préstamo.
Luego llegó al hipódromo y apostó todo el dinero al caballo del periódico,
coincidencialmente en la ventanilla siete. Sentóse —sin darse cuenta— en la
butaca siete de la fila siete. Esperó. Cuando arrancó la carrera, la grada
se puso de pie uniformemente y estalló en un desorden desproporcionado;
pero él se mantuvo con serenidad. El caballo siete cogió la delantera entre
el tamborileo de los cascos y la vorágine de polvo. La carrera finalizó
precisamente a las siete y el caballo siete, de la carrera siete, llegó en
el lugar número siete.
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